[Fic][Pasado] Piedras, viento y acrobacias en el interior de un cráter
#1
Día 51 de Otoño, Año 16

Aquel entrenamiento con sus compañeros le había servido para concienciarse de la importancia de la mejora en el combate. Tenía que ser capaz de ver que iban a hacerle, anticiparse, tener la capacidad de reacción suficiente como para poder hacer esquivas o bloqueos, y no solo eso, debía ser capaz de aguantar esos golpes en caso de comérselos y también ser capaz de hacer daño con los suyos. Aunque esto último se le estaba complicando bastante teniendo en cuenta la enorme resistencia de su par de compañeros.

Si se comparaba con ellos, en este aspecto se quedaba muy atrás, debía ser más fuerte, y ahora era lo que tenía en mente priorizar. Akira ya era rápido para el nivel de entrenamiento que tenía, y tenía buenos reflejos, pero la fuerza y la resistencia le cojeaban bastante. ¿En qué enfocarse? Pues ahora mismo lo tenía claro. La resistencia podía dejarla de lado en este día de hoy y centrarse en mejorar su fuerza e incrementarla con creces. Tenía la ventaja de sus guantes y sus punteras, pero su daño base tenía que ser más y más.

Tras estas reflexiones aún tumbado en la cama, decidió levantarse y desayunar con ganas, tostadas de aguacate y jamón, un par de huevos duros y un zumo recién exprimido de naranja. Era hora de empezar un entrenamiento algo especial y desarrollar así nuevas formas de combate. Quizá una nueva técnica estaría bien, al fin y al cabo, Akira todavía no tenía ninguna técnica propia que le hiciera reconocerse en el campo de batalla. Tenía que idear algo con lo que poder reconocerse, algo que se acercara a su forma de ser, a su forma de moverse, a sus acrobacias, a su velocidad. A un macaco.

Regresó a su habitación y se cambió el uniforme de la marina por ropa deportiva marcial, aquella que le gustaba tanto. Camiseta pegada de color naranja, y un dogi ancho de color azul con el que poder moverse con total libertad. Se ató con fuerza el cinturón, se cambió las botas y se puso los guantes. Ya estaba listo, momento perfecto para dirigirse a la falda del volcán.

—¡Estoy listo! Vamos a ello, hoy será un buen día.

El volcán llevaba inactivo mucho tiempo, se podía hasta andar por el cráter sin ningún tipo de peligro aparente, la única pega es que en el interior del mismo las corrientes de aire tenían una fuerza abismal. La forma del cráter hacía que el aire que entrara empezara a girar en el interior y le fuera difícil salir, es decir, entrar ahí dentro sin gafas aislantes era quedarse ciego. Así que, por el momento, iba a quedarse en la falda, rodeado de palmeras, ya que era un escenario perfecto para entrenar.

Respiró profundamente y analizó el entorno. El suelo era de arena marrón oscuro, con tonos rojizos si le daba la luz directa del sol, era como estar en Marte. Las palmeras, por su parte, y al encontrarse en una isla tropical, eran demasiado diferentes a las palmeras que cualquiera se imaginaría cuando le nombran una. Estas palmeras no eran de troncos rectos y marrones como las palmeras del desierto, tenían formas serpenteantes y los troncos de colores tan blancos que parecían de nácar. Tal vez por esto también las construcciones de Baterilla solían ser de color blanco, homenajeando la vegetación de la isla.

—Bueno, ya hemos llegado, ¿por dónde puedo empezar? ¡Ya está, los troncos! ¿Qué simple, no? —se decía a sí mismo en voz alta, con las ideas claras.

¿Qué podía hacer Akira para mejorar sus golpes? Empezó a golpear los troncos, y no solo eso, a intentar reventar los cocos y algunas de las piedras que encontraba por ahí. La única pega de las piedras es que eran piedras pómez, piedras que se originaban a partir del volcán, por lo que apenas pesaban. Pero se le ocurrió algo. Arriesgado, pero eficiente.

Ya había golpeado varias palmeras y notaba sus músculos más bombeados, así que agarró la mayor cantidad de piedras que pudo y cargándolas en el interior de su camiseta, que ahora hacía la función de saco, las lanzó dentro del cráter del volcán. Las fuertes corrientes de aire no daban tregua a aquellas piedras que tan poco pesaban. Se movían de un lado a otro sin ningún tipo de sentido. Era perfecto, justo lo que Akira estaba buscando.

Interior del cráter del volcán

Cuando ya lanzó casi todas las piedras que encontró por la zona, dejó colgada la camiseta sucia en una palmera y regresó corriendo a la cima del volcán, saltando con decisión y una sonrisa. Ahora mismo, su entrenamiento consistiría en esquivar aquellas piedras de movimientos impredecibles debido a las fuertes ráfagas de aire, e intentar con esas esquivas golpear a la siguiente que se le acercara y hacerla añicos. Eran piedras pequeñas, por lo que tenía que tener mil ojos, y tener sus movimientos claros y precisos.

—Esto es genial. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡Y lo tengo al lado de casa! —los ojos le brillaban de emoción, no podía dejar de sonreír.

Empezó con cortes, intentando ser más rápido que las piedras, pero sin mucho éxito, y fallando los puñetazos que acababan golpeando al aire, pero a medida que pasaban los minutos y las horas se iba familiarizando más con lo que le rodeaba. Ya no solo había aprendido a esquivar y golpear con precisión a las diminutas piedras para destrozarlas, sino que además había aprendido a moverse con las corrientes de aire. Combinó sus saltos y volteretas con la fuerza que le acompañaban de las ráfagas consiguió hacer de sus movimientos algo erráticos unas acrobacias y fintas fluidas y elegantes.

Terminó con las últimas tres piedras del interior del cráter con un salto horizontal y con un giro de 540 grados, acompañando sus codos con tres ráfagas que le hicieron dar tres golpes directos y precisos, prácticamente automáticos, a esas últimas tres piedras, piedras que consiguió esquivar y hacer que explotaran con éxito—. ¡Wow! ¡¿Y esta ráfaga triple?! ¡Eso es! ¡RÁFAGA TRIPLE! —gritó levantando las manos al cielo con los puños cerrados y una enorme sonrisa que enseñaba los dientes.

Salió del cráter, se colocó de nuevo la camiseta, y notó como ya empezaba a caer el sol. Los atardeceres más bonitos sin duda los tenía la isla de Baterilla. Bajó a oscuras corriendo cuesta abajo, sin importarle sufrir más arañazos, llego al cuartel, se duchó y cenó con el resto de sus compañeros.

Terminó el día en la cama pensando en que este había sido el origen de su primera técnica propia, la “Ráfaga Triple”. Sonrió orgulloso y se durmió. Ahora sí que se sentía preparado para afrontar cualquier peligro y cualquier tipo de misión que le encomendaran. Era solo el origen de muchas otras técnicas con las que destacar en el combate. Ahora, el próximo paso era ponerla en práctica en situaciones de verdadero estrés y con enemigos reales. El bien siempre vence, y uno bien entrenado, mucho más y mejor.
—Hablo —. ”Pienso”
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