[Pasado] [Social] Tras los barrotes.
#1
Día ??? de ???, año ???
Aproximadamente tres y media.
CLINK
La puerta se abría como de costumbre. Un pequeño Kyozan era deslumbrado por la luz que entraba desde el exterior, mirando hacia un lado como comportamiento adquirido por la costumbre. Antes intentaba cubrirse con la mano, tapar el resplandor que acostumbraba a cegarle aunque descubrió que cada veinticinco mil trescientos veintiuna gota que caía del techo era el momento de la comida. Un desconocido pasaba de largo y entraba a dar de comer a los que yacían con el Oni. Celda por celda escurría algo de alimento. No mucho, lo justo y suficiente para sobrevivir: pan mohoso, algo de agua y como objeto de burla un poco de césped o tierra, según el día. Tras terminar, el intruso siempre le dejaba un trozo enorme de carne de procedencia desconocida a Kyozan. No se lo entregaba; se lo lanzaba al suelo ignorando el hecho de que se pudiera echar a perder la carne debido a la suciedad y la grava del lugar. No le importaba a nadie. Ni al alcaide ni al pequeño coloso. Uno sentía desdén y el otro había aprendido que comer del suelo era la norma.

CLANK
El invitado que ya no se mostraba presente cerró la única salida a la libertad, la única oportunidad de ver lo que había más allá. Cada día era lo mismo, un machaque constante a su voluntad. Algunos días el niño rascaba el latón de la puerta con sus uñas hasta levantarlas y hacerlas sangrar, otros días se hallaba escondido en una esquina encogido en sus propias rodillas. Era soledad. Soledad pese a que no estaba solo, y dentro del calabozo era el más libre de todos. Ojos perforantes marcaban la carne arrojada en medio de la sala bajo la penumbra total. Algunos ya eran conscientes de lo que sucedía pues llevarían tiempo observando el circo que se montaba a la hora de comer. Otros eran nuevos y debido a la falta de costumbre se mantenían absortos en el miedo y la desesperación de estar encerrados.

El salón de juegos de Kyozan niño era todo lo que abarcó su consciencia: aquellas paredes que conformaban una "T" semejante a la distribución de una iglesia románica en la que sólo los necios rezaban. La nave central se extendería hasta el extremo opuesto a la puerta y en mitad del cruce con los transeptos se hallaría lo que podría ser la comida o la cena del Oni. Se acercó gateando. Todo el mundo dejó el pan a un lado y se adherieron a los barrotes como si les fuera la vida en ello. Los más pequeños incluso lograban extraer un poco la cabeza para conseguir alguna pincelada más de lo que estaba sucediendo. Kyozan agarró la carne y la empezó a despedazar con dificultad, mas faltaría decir que se encontraba en un estado de total crudeza. Tras unos largos minutos un preso de entre tantos logró espetar una orden:

—¿¡Nos das ya de comer!?

El niño volteó asustado ante la agresividad con la que era arremetido. La carne nunca fue para los presos. Con total claridad se daba a entender que era el sustento de Kyozan y de nadie más. Sin embargo desde que empezó a compartir por compasión un poco con los otros se le fueron aferrando más y más y él no sabía decir que no. Su figura ya empezaba a parecer escuálida, calavérica. Se acercó a la primera jaula con los trozos de carne en su mano y las ajenas no tardaron en arrebatarle una gran cantidad de forma ansiosa. El niño miró hacia delante. Le faltaban 19 más. Probablemente el hambre que tanto le dolía debería durar más tiempo. Quería comer, quería suturar esa sensación de ardor. Pero al niño le requerían, le mandaban. Algunos presos eran más benevolentes que otros y a cambio le enseñaban cuatro cosas o le contaban historias que podían ser verdad o no; otros lo tacharían de monstruo y le arrojarían la tierra que a veces les daban. Pese a todo él siempre repartió su comida.

Era la jaula 16. En ella vivía una chica de parecida edad a la de Kyozan. No sabía el motivo por el que la habían raptado y metido allí aunque tampoco se planteó mucho que se debiera tener un motivo para estar dónde estaban. Para él la gente vivía encerrada. Él era distinto. Era el único que permanecía. Los demás se los llevaba el alcaide cuando les llegaba la hora, o así al menos se lo había explicado. La joven era la única persona que parecía que nunca se iban a llevar, pues contaba y contaba gotas y jaulas vacías pero ella permanecía. A veces le daba más carne, a veces otros se la quitaban toda. "Lo siento.", hoy no me queda nada. Se lo ha llevado todo lo que me quedaba el de la jaula 15. Pasaron los años e incluso parecía que intercambiaban carcajadas y las pocas alegrías que habían en ese lúgubre mundo. No le requería más comida, no le requería que la sacara de allí. Parecía que una niña había sido la única lo suficientemente fuerte como para aceptar la situación en la que se encontraba y no pedir de más.

CLINK
¿La puerta estaba abierta? Pero no era la hora de comer. Probablemente venían a buscar a alguien. Sí, hay alguno que merecía que se lo llevaran. El de la jaula 2, o el de la jaula 15 mismo. Decían una palabra y se referían a sí mismos con ella. "Nombre". Kyozan no lo entendía. Para él cada persona era un número más, excepto Vera, su primera amistad. "Vera.", "Vera.". Sonó muy diferente cuando la palabra salió del alguacil. A Kyozan se le heló la sangre pues no quería que desapareciera esa persona en específico de su mundo. Mientras se abría la jaula número 16 el pequeño Oni arañó e inclusó mordió la pierna del alguacil, quien no dudó en patearlo contra la pared. Le inhabilitó la posibilidad de casi ni ver cómo se la llevaban.

¿CLANK?
El ardor que sentía en el pecho Kyozan era igual o mayor del de su tripa, aunque notó algo extraño. ¿Era por su osadía que el alguacil no cerró bien la puerta? ¿Se habría despistado por el enfado? El Oni corrió a alcanzar la luz, no sin antes hacer uso de toda su fuerza para mover la pesada puerta. Los demás presos gritaban. No para apoyarle, sino para insultarle. "¿¡Qué te crees que haces!?", "¡Tú estás encerrado al igual que nosotros!". Las voces de los demás no parecían arderle tanto como el miedo a que se llevaran a esa persona.

Tras la puerta, un montón de pasillos. El decoro de cada uno de ellos era evidente, magnificiencia hecha de marfil y toques de oro. Jamás en su vida había visto el exterior y el tamaño de todo parecía abalanzársele encima. Al final del pasillo vió al alguacil y a Vera girar hacia la derecha, así que los siguió a escondidas. Otro giro a la izquierda, otro a la derecha. Se encontraba la puerta hacia el exterior, el mundo real que le habían contado algunos presos. Kyozan se escondió detrás de unas cajas que apenas le cubrían y que se encontraban allí para una posterior entrega y observó algo que no debió observar jamás. El alguacil lanzó a Vera hacia delante y entre un montón de personas que parecían venir a buscarla. El miedo le paralizó. Miró cómo la "ponían contra la pared" y gritaba, ella, a una niña de apenas 13 años. El Oni quería volver a su lugar seguro, hacer como si no hubiera pasado nada, encerrarse y esperar a repartir la carne el siguiente día porque el ardor del estómago dejó de existir tras eso. Izquierdda, derecha, izquierda. De vuelta a su "hogar". Ajustó la puerta como pudo, pillándose los dedos en el proceso y con las prisas, tropezándose al acercarse al extremo más lejano a lo que sería el altar de la iglesia.
¿Ese iba a ser su destino por el resto de la vida? ¿Qué habrá fuera? ¿Podrá volver a ver a Vera? La ansiedad le hacía morderse la piel de los labios y arrancársela.
El resto de presos miraron a Kyozan en terror. ¿Qué habría visto allá fuera? ¿Sería el destino de todos, inevitablemente? Ver al Oni en un estado como nunca antes lo habían visto les causó un sentimiento de culpa a muchos, aunque nadie allí sería capaz de lograr nada...
En la oscuridad...
Acompañados pero solos...
Por el resto de sus vidas.

Be strong, to defend the other
[Imagen: YrlvrPU.gif]
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