05-01-2026, 01:22 AM
South Blue | Reino de Samba
Primavera 2, Año 17
El mercadillo de Samba era, sin exagerar, una afrenta directa al concepto de orden.
Puestos improvisados, telas colgando como si alguien hubiese decidido declarar la guerra a la simetría y entre olores mezclados sin permiso, como carne, azúcar, sudor a partes iguales y una multitud que caminaba sin mirar, sin pensar y, lo que era peor, sin respetar el espacio personal.
Avancé entre ellos con pasos cortos pero decididos, con mi bastón golpeando suavemente el adoquín para anunciar una presencia que, aunque diminuta, exigía atención. Mi traje estaba impecable, por supuesto, si estaba hecho de tela clara, botones pulidos y portaba un aroma a perfume caro que contrastaba violentamente con el ambiente. Mi cola purpúrea se balanceaba detrás de mí con una elegancia que ningún otro ser en ese lugar merecía presenciar.
Saqué mi reloj de bolsillo dorado que hizo un clic, miré la hora y si, era la hora era correcta, sin embargo el lugar, no. —Detestable—murmuré, cerrando mi reloj —Absolutamente detestable.—No estaba allí por placer. Eso debía quedar claro incluso para mí. Yo no frecuento mercadillos, pero había escuchado rumores mientras desayunaba en una posada decente, no excelente, pero decente, sobre un ladrón reincidente, torpe, de esos que roban porque creen que nadie va a molestarse en perseguirlos. Un hombre que había robado joyería menor y dinero de varios puestos y que, según parecía, seguía suelto porque los guardias locales estaban demasiado ocupados vigilando las zonas ricas del reino.
Irritante, ineficiente y, por tanto, una oportunidad para mí, no porque me interesara la justicia, por favor, sino porque alguien había tenido la osadía de alterar el flujo comercial de la isla sin permiso y además había recompensa. Nada espectacular, pero suficiente para justificar el esfuerzo y, más importante aún, suficiente para recordarle a esta isla que incluso alguien de mi tamaño podía imponer orden cuando los demás fallaban.
Caminé hasta uno de los puestos afectados, era una mujer mayor, con la espalda encorvada y mirada cansada, al parecer vendía collares simples y pulseras de caña tratada, nada que yo usaría jamás, pero claramente importante para ella. —Anciana —dije, sin preámbulos y la mujer parpadeó al verme. No era la primera vez que alguien reaccionaba así, la verdad es que ya estaba acostumbrado.
—¿Eh… sí? — Su respuesta fue corta, breve, casi torpe para mí gusto.
—Explícame, con calma y sin dramatizar —añadí—qué te robaron, cuándo y cómo y no omitas detalles irrelevantes solo porque no sabes distinguirlos. —
La mujer me miró confundida, tragó saliva, pero habló. Me explicó del hombre, de cómo había fingido tropezar, de cómo había distraído a otro comerciante y desaparecido con varias piezas y una pequeña bolsa de berries, nada especialmente brillante, un ladrón mediocre y mientras hablaba, yo asentía apenas, sacando de nuevo el reloj, el sonido de sus manecillas al dar la hora era fascinante, además pensar con ritmo siempre me ayudaba.
—Muy bien —dije cuando terminó de hacer su explicación de lo ocurrido —Quédate aquí, no grites y no hagas escándalo y sobre todo pase lo que pase no intentes "ayudar" — Porque claro gente como ella piensa en ayudar y termina siendo mas una carga que una ayuda.
—¿Va a traer a los guardias? —preguntó y entonces la miré con desprecio suave, casi didáctico.
—No seas ridícula. Los guardias llegarían tarde, mal y probablemente me pedirían explicaciones, y yo no explico, yo actúo anciana. — Me giré y me alejé antes de que pudiera responder. Seguí el rastro sin dificultad. El hombre no era precisamente cuidadoso, había restos de fruta mordida, una tela caída y sobre todo gente murmurando el haber visto a alguien correr en la misma dirección en la que iba el enano, una forma despectiva de llamarme. Incluso para alguien sin olfato refinado era evidente y para mí, era casi insultante lo fácil que resultaba encontrar al tonto que disfrutaba de robar en los puestos.
—Cazarrecompensas—murmuré con ironía— Quién lo diría— Nunca había pensado que me uniría a este grupo tan extraño que busca criminales, pero aquí estaba probando suerte.
Lo encontré en una calle lateral, estrecha, húmeda, donde la arquitectura se volvía más pobre y la sombra más persistente. Estaba revisando su botín con manos nerviosas, apoyado contra un muro de madera, un hombre adulto, mal afeitado, con ropa gastada víctima de su propio entorno, no parecía especialmente fuerte, mucho menos especialmente inteligente, perfecto bueno para nada.
Me aclaré la garganta antes de hablar—Deja eso en el suelo —ordené —Ahora.— El hombre se giró sobresaltado, mirando alrededor antes de bajar la vista y verme, parpadeó y uego rió, la reacción de muchos al verme.
—¿Qué? ¿Un muñeco parlante? — Respiré hondo lentamente y con control, saqué el reloj, ví la hora y lo cerré.
—Última advertencia —dije con una calma peligrosa —Deja el botín. Si me obligas a repetirlo, me irritaré y cuando me irrito, la gente acaba en situaciones incómodas. — Volvió a reír, primer error.
—Lárgate, enano —dijo —No tengo tiempo para juegos. — Avanzó un paso hacia mí, segundo error, pero ahí fue cuando sonreí.
—Ah —murmuré —Qué alivio, temía que fueras a ser razonable y perdiera mi diversión — Con un movimiento rápido, saqué de mi bolsillo una pequeña esfera de humo, un lujo caro, importado y la lancé contra el suelo entre nosotros. El estallido fue seco, el humo era espeso, pero no letal, un poco dramático, pero eficiente.
El hombre gritó, tosió, retrocedió a ciegas. Yo, en cambio, ya sabía dónde estaba, me moví con agilidad, saltando a una caja cercana y desde allí a su espalda. Mi tamaño era una ventaja cuando se usaba correctamente. Le di un golpe seco detrás de la rodilla con el bastón, no para romper su pierna, más bien para desestabilizarlo y hacerlo caer, cosa que funcionó a la perfección.
Cayó de rodillas con un alarido. —¡¿Qué demonios!?— Gritó mirando a todas partes sin verme.
—Cierra la boca —le espeté, apoyando el bastón en su cuello —Estás sudando y es asqueroso. — Noté el olor, el sudor y mi ceño se frunció con asco inmediato.
—Repugnante —añadí —Esto habría sido mucho más agradable si te hubieras rendido. — Intentó moverse y le presioné un poco más, nada letal, nada irreversible no iba a matar a mi primera presa.
—Ahora —continué —vas a escuchar con atención. Vas a devolver lo que robaste. Luego vas a caminar conmigo hasta la oficina más cercana de recompensas y vas a hacerlo sin quejarte, sin forcejear y sin tocarme. Si fallas en cualquiera de esas tres cosas, me veré obligado a humillarte públicamente. — El tipo solo tragó saliva y asintió.
Me aparté un poco, pero sin bajar la guardia, revisé el reloj y todo iba según lo previsto, recogí el botín con dos dedos, como si pudiera contagiarme algo. —Levántate —ordené—Despacio.— El camino de regreso fue silencioso, la gente miraba, murmuraba y señalaba. Yo avanzaba con la barbilla en alto, el prisionero caminando delante de mí, con las manos atadas con una cuerda fina pero resistente.
Luego de unos minutos y un muy incómodo recorrido llegamos al edificio de recompensas, un lugar pequeño, mal ventilado, pero funcional dónde supuestamente entregaban a los delincuentes a los marines o los apresaban ellos mismos según sus crímenes. Un guardia bostezó al vernos.
—¿Qué…? — El guardia comenzó hablar pero no lo dejé.
—Cazarrecompensas independiente —dije antes de que pudiera terminar —Captura por robo menor en el mercadillo, aquí está el sujeto, aquí el botín y aquí mi paciencia agotándose. — El guardia parpadeó, miró al hombre, miró la cuerda y luego expectante me miró a mí.
—¿Usted lo atrapó? — Preguntó sorprendido.
—No no, que va—respondí— No ves que se ató solo para disfrutar de mi compañía — Hubo un silencio incómodo, luego el guardia carraspeó.
— Por supuesto que lo atrapé yo, como son de incompetentes en este sitio. — dije perdiendo la paciencia ante esta situación.
—La recompensa es de —revisó un papel— diez mil berries. — Suspiré, claramente no era mucho pero era lo que había.
—Menos de lo que vale mi perfume —murmuré—pero supongo que el orden social no se mantiene solo. — Me entregaron la bolsa, la pesé en la mano y para mi era aceptable.
Antes de irme, me giré hacia el ladrón.—Considera esto una lección —le dije —La próxima vez, roba algo más grande o no robes en absoluto. La mediocridad es imperdonable. — Salí del edificio sin mirar atrás, el mercadillo seguía siendo un caos, pero al menos, por hoy, yo había ganado, había atrapado mi primer criminal desde que decidí ser parte de lo que para mí antes no era más que un grupo de payasos.
Saqué el reloj una última vez, observe la hora, sonreí y volví a ponerlo en su lugar. —Cazarrecompensas —repetí—Quizá tenga su encanto y nada me evita seguir navegando por todo el mundo. — terminé susurrando mientras salía de ese sitio, ya había sido demasiado tiempo cerca de la inmundicia, de los malos olores y la asimetría.
No pude evitar pensar en mi familia, en mis hermanos, en mamá y papá, pero ya soy un hombre y haberme quedado significaría perderme de muchas cosas que el mundo me tiene preparado.
Primavera 2, Año 17
El mercadillo de Samba era, sin exagerar, una afrenta directa al concepto de orden.
Puestos improvisados, telas colgando como si alguien hubiese decidido declarar la guerra a la simetría y entre olores mezclados sin permiso, como carne, azúcar, sudor a partes iguales y una multitud que caminaba sin mirar, sin pensar y, lo que era peor, sin respetar el espacio personal.
Avancé entre ellos con pasos cortos pero decididos, con mi bastón golpeando suavemente el adoquín para anunciar una presencia que, aunque diminuta, exigía atención. Mi traje estaba impecable, por supuesto, si estaba hecho de tela clara, botones pulidos y portaba un aroma a perfume caro que contrastaba violentamente con el ambiente. Mi cola purpúrea se balanceaba detrás de mí con una elegancia que ningún otro ser en ese lugar merecía presenciar.
Saqué mi reloj de bolsillo dorado que hizo un clic, miré la hora y si, era la hora era correcta, sin embargo el lugar, no. —Detestable—murmuré, cerrando mi reloj —Absolutamente detestable.—No estaba allí por placer. Eso debía quedar claro incluso para mí. Yo no frecuento mercadillos, pero había escuchado rumores mientras desayunaba en una posada decente, no excelente, pero decente, sobre un ladrón reincidente, torpe, de esos que roban porque creen que nadie va a molestarse en perseguirlos. Un hombre que había robado joyería menor y dinero de varios puestos y que, según parecía, seguía suelto porque los guardias locales estaban demasiado ocupados vigilando las zonas ricas del reino.
Irritante, ineficiente y, por tanto, una oportunidad para mí, no porque me interesara la justicia, por favor, sino porque alguien había tenido la osadía de alterar el flujo comercial de la isla sin permiso y además había recompensa. Nada espectacular, pero suficiente para justificar el esfuerzo y, más importante aún, suficiente para recordarle a esta isla que incluso alguien de mi tamaño podía imponer orden cuando los demás fallaban.
Caminé hasta uno de los puestos afectados, era una mujer mayor, con la espalda encorvada y mirada cansada, al parecer vendía collares simples y pulseras de caña tratada, nada que yo usaría jamás, pero claramente importante para ella. —Anciana —dije, sin preámbulos y la mujer parpadeó al verme. No era la primera vez que alguien reaccionaba así, la verdad es que ya estaba acostumbrado.
—¿Eh… sí? — Su respuesta fue corta, breve, casi torpe para mí gusto.
—Explícame, con calma y sin dramatizar —añadí—qué te robaron, cuándo y cómo y no omitas detalles irrelevantes solo porque no sabes distinguirlos. —
La mujer me miró confundida, tragó saliva, pero habló. Me explicó del hombre, de cómo había fingido tropezar, de cómo había distraído a otro comerciante y desaparecido con varias piezas y una pequeña bolsa de berries, nada especialmente brillante, un ladrón mediocre y mientras hablaba, yo asentía apenas, sacando de nuevo el reloj, el sonido de sus manecillas al dar la hora era fascinante, además pensar con ritmo siempre me ayudaba.
—Muy bien —dije cuando terminó de hacer su explicación de lo ocurrido —Quédate aquí, no grites y no hagas escándalo y sobre todo pase lo que pase no intentes "ayudar" — Porque claro gente como ella piensa en ayudar y termina siendo mas una carga que una ayuda.
—¿Va a traer a los guardias? —preguntó y entonces la miré con desprecio suave, casi didáctico.
—No seas ridícula. Los guardias llegarían tarde, mal y probablemente me pedirían explicaciones, y yo no explico, yo actúo anciana. — Me giré y me alejé antes de que pudiera responder. Seguí el rastro sin dificultad. El hombre no era precisamente cuidadoso, había restos de fruta mordida, una tela caída y sobre todo gente murmurando el haber visto a alguien correr en la misma dirección en la que iba el enano, una forma despectiva de llamarme. Incluso para alguien sin olfato refinado era evidente y para mí, era casi insultante lo fácil que resultaba encontrar al tonto que disfrutaba de robar en los puestos.
—Cazarrecompensas—murmuré con ironía— Quién lo diría— Nunca había pensado que me uniría a este grupo tan extraño que busca criminales, pero aquí estaba probando suerte.
Lo encontré en una calle lateral, estrecha, húmeda, donde la arquitectura se volvía más pobre y la sombra más persistente. Estaba revisando su botín con manos nerviosas, apoyado contra un muro de madera, un hombre adulto, mal afeitado, con ropa gastada víctima de su propio entorno, no parecía especialmente fuerte, mucho menos especialmente inteligente, perfecto bueno para nada.
Me aclaré la garganta antes de hablar—Deja eso en el suelo —ordené —Ahora.— El hombre se giró sobresaltado, mirando alrededor antes de bajar la vista y verme, parpadeó y uego rió, la reacción de muchos al verme.
—¿Qué? ¿Un muñeco parlante? — Respiré hondo lentamente y con control, saqué el reloj, ví la hora y lo cerré.
—Última advertencia —dije con una calma peligrosa —Deja el botín. Si me obligas a repetirlo, me irritaré y cuando me irrito, la gente acaba en situaciones incómodas. — Volvió a reír, primer error.
—Lárgate, enano —dijo —No tengo tiempo para juegos. — Avanzó un paso hacia mí, segundo error, pero ahí fue cuando sonreí.
—Ah —murmuré —Qué alivio, temía que fueras a ser razonable y perdiera mi diversión — Con un movimiento rápido, saqué de mi bolsillo una pequeña esfera de humo, un lujo caro, importado y la lancé contra el suelo entre nosotros. El estallido fue seco, el humo era espeso, pero no letal, un poco dramático, pero eficiente.
El hombre gritó, tosió, retrocedió a ciegas. Yo, en cambio, ya sabía dónde estaba, me moví con agilidad, saltando a una caja cercana y desde allí a su espalda. Mi tamaño era una ventaja cuando se usaba correctamente. Le di un golpe seco detrás de la rodilla con el bastón, no para romper su pierna, más bien para desestabilizarlo y hacerlo caer, cosa que funcionó a la perfección.
Cayó de rodillas con un alarido. —¡¿Qué demonios!?— Gritó mirando a todas partes sin verme.
—Cierra la boca —le espeté, apoyando el bastón en su cuello —Estás sudando y es asqueroso. — Noté el olor, el sudor y mi ceño se frunció con asco inmediato.
—Repugnante —añadí —Esto habría sido mucho más agradable si te hubieras rendido. — Intentó moverse y le presioné un poco más, nada letal, nada irreversible no iba a matar a mi primera presa.
—Ahora —continué —vas a escuchar con atención. Vas a devolver lo que robaste. Luego vas a caminar conmigo hasta la oficina más cercana de recompensas y vas a hacerlo sin quejarte, sin forcejear y sin tocarme. Si fallas en cualquiera de esas tres cosas, me veré obligado a humillarte públicamente. — El tipo solo tragó saliva y asintió.
Me aparté un poco, pero sin bajar la guardia, revisé el reloj y todo iba según lo previsto, recogí el botín con dos dedos, como si pudiera contagiarme algo. —Levántate —ordené—Despacio.— El camino de regreso fue silencioso, la gente miraba, murmuraba y señalaba. Yo avanzaba con la barbilla en alto, el prisionero caminando delante de mí, con las manos atadas con una cuerda fina pero resistente.
Luego de unos minutos y un muy incómodo recorrido llegamos al edificio de recompensas, un lugar pequeño, mal ventilado, pero funcional dónde supuestamente entregaban a los delincuentes a los marines o los apresaban ellos mismos según sus crímenes. Un guardia bostezó al vernos.
—¿Qué…? — El guardia comenzó hablar pero no lo dejé.
—Cazarrecompensas independiente —dije antes de que pudiera terminar —Captura por robo menor en el mercadillo, aquí está el sujeto, aquí el botín y aquí mi paciencia agotándose. — El guardia parpadeó, miró al hombre, miró la cuerda y luego expectante me miró a mí.
—¿Usted lo atrapó? — Preguntó sorprendido.
—No no, que va—respondí— No ves que se ató solo para disfrutar de mi compañía — Hubo un silencio incómodo, luego el guardia carraspeó.
— Por supuesto que lo atrapé yo, como son de incompetentes en este sitio. — dije perdiendo la paciencia ante esta situación.
—La recompensa es de —revisó un papel— diez mil berries. — Suspiré, claramente no era mucho pero era lo que había.
—Menos de lo que vale mi perfume —murmuré—pero supongo que el orden social no se mantiene solo. — Me entregaron la bolsa, la pesé en la mano y para mi era aceptable.
Antes de irme, me giré hacia el ladrón.—Considera esto una lección —le dije —La próxima vez, roba algo más grande o no robes en absoluto. La mediocridad es imperdonable. — Salí del edificio sin mirar atrás, el mercadillo seguía siendo un caos, pero al menos, por hoy, yo había ganado, había atrapado mi primer criminal desde que decidí ser parte de lo que para mí antes no era más que un grupo de payasos.
Saqué el reloj una última vez, observe la hora, sonreí y volví a ponerlo en su lugar. —Cazarrecompensas —repetí—Quizá tenga su encanto y nada me evita seguir navegando por todo el mundo. — terminé susurrando mientras salía de ese sitio, ya había sido demasiado tiempo cerca de la inmundicia, de los malos olores y la asimetría.
No pude evitar pensar en mi familia, en mis hermanos, en mamá y papá, pero ya soy un hombre y haberme quedado significaría perderme de muchas cosas que el mundo me tiene preparado.
