Por un puñado de Berrys.[Priv.Cill Blinton][Pasado]
#1


En aquellos días la suerte no había acompañado al médico brujo, ya que, a pesar de ser alguien que tenía conocimientos de sobra para poder subsistir en cualquier isla, en esos momentos un buen número de eventos desafortunados habían hecho que todas sus fuentes de ingreso se vieran con problemas de una forma u otra. No era ignorancia ni falta de recursos lo que lo aquejaba, sino una cadena de infortunios mal sincronizados. En primera fue en su oficio como médico, ya que todo su trabajo creando venenos, paralizantes y otro tipo de medicinas terminó por derrumbarse cuando le avisaron que las hierbas y raíces que traían de Torino tuvieron problemas tras una tormenta, una lo suficientemente violenta como para obligar al barco a hacer una parada de emergencia tras sufrir unos cuantos desperfectos de consideración.

Después de eso, los problemas comenzaron a acumularse cuando empezó a aumentar la seguridad marine por algunos incidentes ocurridos en ciertos bares que normalmente el médico brujo visitaba, lugares en donde también ganaba unos cuantos ingresos aprovechándose de los borrachos y los incautos que bajaban la guardia tras demasiados tragos. Ahora, las cosas seguían bajas, estancadas, y la necesidad de ganar un poco de berrys se hacía ya cada vez más desesperada para él, apretándole el pecho como una presión constante.

La llegada al bar de Gary fue diferente a otras veces, ya que esta vez no había una sonrisa dibujada en su rostro ni una actitud extrovertida que saludara a los presentes con aquella presencia única y estrafalaria que solía caracterizar al médico brujo. Caminó de mala manera hacia la barra, con pasos pesados, mientras Gary limpiaba un vaso con despreocupación, observándolo de reojo al ver cómo el brujo casi arrastraba los pies hasta llegar frente a él. Allí dejó reposar su brazo derecho sobre la madera gastada, suspirando profundamente antes de acariciar su entrecejo con fastidio, como si intentara ahuyentar la mala suerte que lo venía persiguiendo en esos momentos.

—¿Qué pasa, brujo? ¿Otra vez te persiguieron por estafar a unos piratas? —preguntó aquel hombre con tono seco, mientras Bones suspiraba una vez más antes de levantar la mirada y responderle.

—No digas nada, esta ha sido la peor semana que he tenido en esta maldita isla. Todo lo que supuestamente no podía salir mal terminó dándose vuelta en mi contra —dijo con una cara larga, visiblemente cansada, mientras el bartender lo miraba con aquella estoica normalidad de quien está acostumbrado a escuchar, una y otra vez, los problemas de borrachos y piratas que desfilaban por ese lugar.

—Bueno, las cosas a veces no pueden salir como uno quiere, Bones, así que será mejor que puedas adaptarte a la situación o hacerte una bola en el suelo y llorar hasta que mueras.
Una de las características de Gary era que, además de ser un gran barista, era violentamente honesto, sin filtros ni adornos, diciendo después la única cosa que realmente era de preocupación para él.

—¿Qué te sirvo?

Bones le quedó mirando con mala cara; después de todo, tampoco esperaba palabras de apoyo por parte de aquel tipo que era más áspero que una lija. Bajó la mirada antes de dar unos cuantos golpecitos con su índice en la base de la barra, pensativo, resignado.

—Solo quiero un whisky, etiqueta roja.

Al decir aquello, el bartender se detuvo de golpe, abriendo los ojos de manera sorpresiva por la boca del médico brujo.
—¡¿Etiqueta roja?! Vaya, no pensé que estaban realmente tan mal —dijo, negando levemente con la cabeza, antes de que Bones se quedara mirándolo y le respondiera mientras se daba vuelta.

—Vamos, Gary, un poco más de tus palabras de ánimo y termino por lanzarme al mar a ver si me come alguna bestia marina.

En eso, giró la cabeza un poco para observar el tablero de anuncios del bar, un rincón olvidado donde algunas personas dejaban trabajos rápidos y de poca monta, favores mal pagados o encargos dudosos. Se odió unos segundos por pensarlo, y un poco más por el simple hecho de aceptar acercarse y ver qué ofertas había colgadas en aquel lugar, como si aquello fuera un reconocimiento silencioso de su propia necesidad.

Ahí fue cuando, entre todos esos avisos viejos, mensajes torcidos, carteles desgarrados y cartas mal escritas, destacó un afiche que parecía más nuevo que el resto. Llamó la atención de Bones no por lo que decía, sino por el número que estaba escrito en él: $500.000 berrys, una cifra que resaltaba de forma obscena entre todas las letras que había en aquel mensaje.

El médico brujo entrecerró los ojos al ver la cifra.
No era un trabajo común. No era un favor de borrachos ni una deuda saldada a golpes. Quinientos mil berrys no se ofrecían por capricho… ni por algo simple.

Se acercó al tablero con paso lento, casi medido, como si temiera que el número pudiera desvanecerse si lo miraba con demasiada atención. El afiche estaba clavado con una tachuela nueva, el papel aún firme, sin manchas de alcohol ni quemaduras de cigarro. Alguien había querido, de forma deliberada, que ese mensaje destacara.
Bones lo leyó en silencio.

“Busco un grupo capaz y discreto.
Han robado algo que me pertenece.
No es un objeto. No es reemplazable.
Es mi mascota.
Recompensa: $500.000 berrys.
Preguntar por el Sr. Halbrecht.”

El médico soltó una breve exhalación nasal, y una sonrisa ladeada se dibujó apenas en su rostro, cargada de ironía.

—Mascota… —murmuró—. Cuando un hombre rico usa esa palabra y ofrece medio millón, rara vez habla de algo que ladre sin consecuencias.

Arrancó el afiche con cuidado, doblándolo una sola vez antes de guardarlo en el bolsillo interno de su abrigo. En ese gesto no había entusiasmo, sino cálculo frío. Las mascotas se recuperaban… o se devolvían en piezas, dependiendo del tipo de hombre que pagara la recompensa, pensó con crudeza.

Regresó a la barra justo cuando Gary dejaba el vaso frente a él. El whisky rojo brillaba con un tono profundo bajo la luz del local, casi hipnótico.

—¿Encontraste algo que valga la pena o solo más miseria ajena? —gruñó el bartender.

Bones tomó el vaso, lo giró lentamente entre sus dedos, observando el líquido como si leyera presagios en su superficie.
—Tal vez ambas cosas —respondió con calma—. Pero esta miseria… paga bien.

Dio un sorbo largo. El alcohol le quemó la garganta, pero no hizo mella en su compostura. Aquello no era un trabajo médico. No era un timo de borrachos. Era una búsqueda, y las búsquedas solían llevar a violencia, secretos… y cadáveres.
Justo el tipo de terreno donde la suerte, tarde o temprano, volvía a encontrarlo.

Bones dejó unas monedas sobre la barra y se incorporó con parsimonia.

—Si no vuelvo en un par de días —dijo sin mirar a Gary—, puedes quedarte con mis frascos del fondo. Los verdes explotan, los negros gritan y los transparentes… mejor no los abras.

El bartender soltó una risa seca, breve.

—Siempre tan alentador, brujo.

Bones ya iba camino a la puerta cuando añadió, con voz baja y elegante, casi como una confidencia:

—La desesperación es solo otra herramienta. Y esta isla acaba de recordarme cómo usarla.
La puerta del bar se cerró tras él, mientras la cifra de 500.000 berrys pesaba en su bolsillo como una promesa… o una sentencia.

Off:
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#2
~... Que aburrimiento...~

el humo del cigarro salía por mis labios mientras mi rostro se alzaba al techo y mi cabeza arqueada hacia atrás. Mi rostro, carecía de emoción, no había habido nada excitante, que fuera algo emocionante en todo el día... Los jugadores ya no querían apostar conmigo, y realmente no hubo muchas opciones. Mi cuerpo, recostado sobre la silla un poco arqueada levemente hacia atrás haciendo equilibrio con las dos patas traseras; mis piernas se encontraban estiradas de manera cruzada una sobre otra arriba de la mesa contigua. En mi diestra el cigarro se consumía en su propia brasa, la camisa abierta hasta el pecho dejaba ver el collar en cruz colgando de mi cuello, el saco, negro, abierto, sobre los hombros y mi katana descansando a mi cadera.

¿En la mesa? Un cenicero con tres colillas aplastadas verticalmente y algo de ollín. Una botella de licor y un vaso a medio tomar. Ese día podría haberlo borrado del calendario, ni una apuesta, ninguna aventura, ningún desafío, nada nuevo, nada divertido. No podía negar sentir ese desdén del final del día cuando nada de lo que uno había querido o diseñado acababa tal como en la concepción. Aquel bar, era la última parada, donde iba a dejar morir la ilusión de un día al que creí en vano, o al menos iba a intentar ahogarla en algo de licor mientras disfrutaba unos cigarros. Podría asegurar que ni siquiera había prestado atención al entorno, solo fui resignado a sentarme allí, allí ordene, allí me sirvieron, allí pagué, de alguna forma en mi cabeza estaba la extraña idea de que si yo perdía no tenían que hacerlo obligatoriamente los demás así que ¿Por qué no pagar?

No había reparado en el ambiente, su decoración, en absoluto. Había simplemente observado analizando posibles sujetos problemáticos y no más que eso. No es que tampoco estaba haciendo turismo, solo quería beber y terminar el día, no había mucho más. Dejando mis piernas caer en flexión adoptando una postura sentada dejé caer para delante a la silla, ahora bien sentado, con el codo izquierdo sobre la mesa, y mi mentón apoyado en la palma de la misma mano izquierda. Realmente no miraba a ningún lado, podría decirse que mis ojos divagaban entre las botellas exhibidas en el muro detrás de la barra.

~¿Está viniendo acá?~ pensé con curiosidad al ver un sujeto que se acercaba en dirección a la mesa. Mi postura no cambió en lo más mínimo, pero le seguí con la mirada... ~Ah que había un tablero aquí al lado~ me dió gracia tal pensamiento, dejando salir una imperceptible risa en forma de suspiro nasal acompañada de un ínfimo espasmo. Ahora sí... Mi curiosidad había sido despertada, parecía que por fin habría algo interesante. Mientras fumaba echaba un vistazo desde mi lugar, y prestaba atención a como observó uno en específico, no voy a mentir, no lo leí solo llegué a ver la recompensa ofrecida... Pero las palabras del muchacho ya habían encendido el interés, ahora si prometía ser algo divertido... Y no había sido difícil comprender aquel sujeto, mascota, rico, recompensa, medio millón, era un rescate, honestamente no me enloqueció el dinero... Pero definitivamente tenía que saber que animal era que valía tal cantidad ¿Sería grande? ¿Lindo? ¿Feo? ¿Agresivo o manso?... Tenía que saberlo...

Mi atención ahora estaba en el portador de aquel afiche, quien se acercaba a la barra y al parecer se despidió pagando. Inmediatamente, hice lo mismo, y comencé a seguirlo a una distancia prudente, encendí un cigarro y dejaba que mis pasos replicaran los suyos a unos metros de distancia
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#3
Bones abandonó el bar con un aire renovado, casi vibrante, como si la sola promesa de aquella recompensa hubiera insuflado nueva vida en su elegante figura. No era un hombre fácil de impresionar, mucho menos de entusiasmar por algo tan mundano como la captura de un simple animal; sin embargo, la cifra anunciada en aquel cartel tenía el curioso efecto de suavizar su humor y aligerar sus pasos. La escasez era una vieja enemiga, y él no tenía intención alguna de volver a estrechar su mano huesuda.

Caminaba con soltura por las calles de la ciudad, el taconeo firme marcando un ritmo constante sobre los adoquines. Había algo teatral en su andar, una elegancia estudiada que hacía que incluso el acto de desplazarse pareciera una puesta en escena. Entre sus dedos, como si fueran una extensión natural de su propio cuerpo, aparecían y desaparecían cartas de naipe con impecable destreza. Surgían entre sus falanges con un giro sutil de muñeca y se esfumaban con la misma facilidad, como si el aire mismo conspirara para obedecerle. Era un gesto inconsciente, casi meditativo, pero también una advertencia silenciosa para quien supiera leer entre líneas.

A medida que avanzaba, las callejas humildes quedaron atrás. Las casas de madera húmeda y maltratada, inclinadas por el peso de los años y la indiferencia de sus dueños, daban paso poco a poco a fachadas más refinadas. La piedra pulida reemplazaba la madera astillada; los balcones ornamentados sustituían a las ventanas torcidas. El contraste era tan marcado que resultaba casi obsceno. Bones observaba aquella transición con una sonrisa apenas insinuada, consciente de que la desigualdad era una constante tan firme como la muerte misma. Y él, después de todo, conocía bien ambas caras del tablero.

Fue entonces cuando su expresión se tornó más contenida. No necesitaba girarse para saber que no estaba solo. Su olfato, afinado por años de experiencias menos que legales, captó de nuevo aquel persistente aroma a tabaco. Lo había notado desde que salió del bar, una fragancia densa y áspera que no encajaba con el perfume salino del puerto ni con el aroma dulzón de las panaderías cercanas. Era un olor que insistía, que se mantenía a una distancia prudente, pero constante.
Intentó ignorarlo al principio. Podía ser coincidencia. Una ilusión. Una paranoia alimentada por viejas traiciones. Aun así, al atravesar una zona más concurrida —comerciantes vociferando ofertas, niños corriendo entre los puestos, marineros cargando barriles— decidió acelerar apenas el paso. No lo suficiente para parecer apresurado, pero sí para poner a prueba la persistencia de aquella sombra invisible. Se deslizó entre la multitud con elegancia, las cartas danzando entre sus dedos como si el truco fuese más importante que el destino.

Durante algunos minutos, el ritmo se mantuvo estable. Bones permitió que una parte de su mente se relajara, considerando la posibilidad de que todo no fuera más que una jugarreta de su imaginación. Pero justo al llegar a la dirección indicada en el cartel que había extraído de la tablilla del bar, el aroma regresó con fuerza, inconfundible. Esta vez no había duda.
Se giró lentamente, sin perder la compostura. Allí estaba: un hombre de cabellos despeinados, traje desprolijo y mirada entrecerrada, como si el mundo le resultara apenas digno de atención. Sus ojos transmitían una despreocupación calculada que a Bones no le agradó en lo más mínimo.

Frunció el ceño, dispuesto a pronunciar alguna frase cortante, cuando la imponente puerta de madera de la mansión ante él se abrió de par en par con estruendo teatral. La escena cambió de foco en un instante.
Un hombre regordete apareció en el umbral, de mejillas sonrosadas y barba blanca perfectamente arreglada. Su vestimenta, colorida y estrafalaria, parecía competir por atención con su propia personalidad desbordante.
Sr. Halbrecht.


—¡Ahoy, qué alegría! ¡Otros interesados por la búsqueda de mi querido Prince! —exclamó con voz cantarina, gesticulando con entusiasmo—. ¡Vamos, vamos, no hay tiempo que perder!

Sin darles oportunidad de replicar, se dio media vuelta e inició la marcha por el amplio pasillo de la casona. La entrada era ostentosa hasta el exceso: alfombras gruesas, lámparas de cristal, retratos dorados. El anfitrión avanzaba hacia unas puertas abiertas que revelaban lo que parecía un despacho personal.
Bones permaneció unos segundos inmóvil, evaluando la situación, antes de entrecerrar los ojos y mirar de soslayo al hombre del tabaco.

Comenzó a caminar hacia el despacho, sus pasos resonando con calma calculada.
—Así que habías estado siguiéndome todo este tiempo, ¿no? —murmuró sin mirarlo directamente, una carta girando entre sus dedos con precisión hipnótica—. Espero que entiendas algo importante: ese dinero ya tiene dueño… y sería una verdadera lástima que malinterpretaras tu papel en esta pequeña obra, ewa.

Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada.

—Deberías ir olvidándote de la recompensa. No suelo compartir aquello que he decidido reclamar.
Y esta vez, no pensaba volver a conocer la escasez.
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