Dia 42 de Primavera, Año 17.
Samba no se anunciaba con sutileza.
Mucho antes de que el barco tocara el muelle, la isla ya se hacía oír: tambores marcando un pulso irregular, risas desbordadas por el alcohol y el eco de canciones que parecían no tener principio ni final. El aire estaba cargado de sal, ron barato, sudor y pólvora vieja. Un perfume espeso, humano, vivo… demasiado vivo.
Desde la borda de La Golondrina Errante, Dr. Bonez observó el puerto con atención clínica. Antorchas encendidas pese a que el sol aún no se había ocultado del todo, banderines de colores colgando entre edificios de madera carcomida, y una multitud que se movía como un solo organismo febril. Samba no dormía: convulsionaba en forma de carnaval.
—Perfecto —pensó.
El barco atracó entre gritos, música improvisada y empujones impacientes. El medico brujo descendió con paso medido, bastón de ébano marcando el ritmo contra las tablas del muelle. Su figura contrastaba de manera casi obscena con el caos circundante: impecable, erguido, sereno. Algunos lo miraron con curiosidad, otros con desconfianza. Un par de músicos callaron por un segundo al verlo pasar, sin saber muy bien por qué.
Sus ojos recorrieron la escena con interés profesional. Hombres con nudillos hinchados. Mujeres con vendas mal colocadas. Cicatrices recientes, sangres secas, miradas cansadas disfrazadas de euforia. Samba ya estaba rota. Solo fingía lo contrario.
Avanzó entre la multitud como si el gentío se abriera por instinto, el tintinear suave de huesos y cadenas anunciando su paso. La música aumentaba de intensidad a cada calle, los tambores aceleraban, y los cuerpos bailaban como si quisieran olvidar algo urgente.
Se detuvo frente a una taberna abarrotada, de puertas abiertas y risas demasiado altas. Desde el interior le llegó un grito ahogado, seguido de un golpe seco. Sonrió, apenas.
Samba cumplía su promesa.
Acomodó el sombrero con un gesto elegante, ajustó los guantes y apoyó el bastón en el suelo.
—Bien… —murmuró—. Veamos que tiene este lugar para ofrecer.
Y así, mientras la música seguía rugiendo y la isla bailaba al borde del colapso, Dr. Bonez dio su primer paso en Samba, no como un invitado a la fiesta, sino como el hombre que siempre llega cuando alguien va a necesitar ser reconstruido.
Samba no se anunciaba con sutileza.
Mucho antes de que el barco tocara el muelle, la isla ya se hacía oír: tambores marcando un pulso irregular, risas desbordadas por el alcohol y el eco de canciones que parecían no tener principio ni final. El aire estaba cargado de sal, ron barato, sudor y pólvora vieja. Un perfume espeso, humano, vivo… demasiado vivo.
Desde la borda de La Golondrina Errante, Dr. Bonez observó el puerto con atención clínica. Antorchas encendidas pese a que el sol aún no se había ocultado del todo, banderines de colores colgando entre edificios de madera carcomida, y una multitud que se movía como un solo organismo febril. Samba no dormía: convulsionaba en forma de carnaval.
—Perfecto —pensó.
El barco atracó entre gritos, música improvisada y empujones impacientes. El medico brujo descendió con paso medido, bastón de ébano marcando el ritmo contra las tablas del muelle. Su figura contrastaba de manera casi obscena con el caos circundante: impecable, erguido, sereno. Algunos lo miraron con curiosidad, otros con desconfianza. Un par de músicos callaron por un segundo al verlo pasar, sin saber muy bien por qué.
Sus ojos recorrieron la escena con interés profesional. Hombres con nudillos hinchados. Mujeres con vendas mal colocadas. Cicatrices recientes, sangres secas, miradas cansadas disfrazadas de euforia. Samba ya estaba rota. Solo fingía lo contrario.
Avanzó entre la multitud como si el gentío se abriera por instinto, el tintinear suave de huesos y cadenas anunciando su paso. La música aumentaba de intensidad a cada calle, los tambores aceleraban, y los cuerpos bailaban como si quisieran olvidar algo urgente.
Se detuvo frente a una taberna abarrotada, de puertas abiertas y risas demasiado altas. Desde el interior le llegó un grito ahogado, seguido de un golpe seco. Sonrió, apenas.
Samba cumplía su promesa.
Acomodó el sombrero con un gesto elegante, ajustó los guantes y apoyó el bastón en el suelo.
—Bien… —murmuró—. Veamos que tiene este lugar para ofrecer.
Y así, mientras la música seguía rugiendo y la isla bailaba al borde del colapso, Dr. Bonez dio su primer paso en Samba, no como un invitado a la fiesta, sino como el hombre que siempre llega cuando alguien va a necesitar ser reconstruido.
