[Pasado - Caza y recolección] Una delicia prehistórica
#1
Grand Line| Día 40 de Primavera| Año 17 
Isla de Little Garden | 18:35  
El campamento de la División 60 en las orillas de Little Garden era limpio y ordenado, manteniendo una pulcritud que solo era comprensible con alguien como el comandante Stroud Redgrave al mando. Mientras el Royal Quiver cabeceaba suavemente sobre las aguas cristalinas de la bahía, Kibai dormitaba tranquilamente sobre su puesto no oficial en el bauprés de la goleta, meditando acerca de los últimos acontecimientos que habían acaecido a la División. Aunque el aroma de la comida aún flotaba levemente desde la hoguera del campamento, como cocinero del grupo, Kibai sabía que el entusiasmo por el marisco fresco de la mañana se agotaría pronto. Little Garden había demostrado hasta la fecha ser un lugar donde una expedición de reconocimiento pensada para vovler antes de la hora de la cena podía convertirse en un periplo de varios días de ocurrir algún tipo de imprevisto. Además, aunque los suministros de la Marina eran adecuados para la vida en el mar, lo cierto es que Kibai tenía que admitir que estaban ideados para trayectos entre islas más o menos civilizadas, dónde los tripulantes podían reabastecerse de suministros frescos con relativa facilidad.

Rascando la madera con una de sus garras, el mink pensó en lo que había visto hasta ahora de la isla. Los animales eran grandes y la vegtación abundante, de modo que tanto los depredadores como los grandes herbívoros abundaban. Animales grandes, con músculos desarrollados para mover sus enormes pesos y mucha grasa para proteger los órganos de los colmillos y garras de los carnívoros o de rivales por el territorio. 
De pronto, una idea iluminó su cabeza, junto un un flashback momentáneo de algunos miembros de su tribu preparando una mezcla oscura y maciza en su tierra natal, y a los exploradores y vigías metiendo pequeños paquetes en sus zurrones. Con una sonrisa, Kibai recogió su mochila, metió dentro unos cuantos paños de los que usaban para remendar las velas y un cuchillo curvo de la cocina, y tras asegurarse de que su Den Den Mushi estaba operativo, se ató a Raimei al cinturón. Mirando hacia el cielo para calcular el tiempo restante de luz solar, saltó de la cubierta a la arena de la playa, adoptando un paso ligero para internarse una vez más en la espesura verde.

La selva lo recibió con un aire saturado de humedad y el olor dulzón de la fermentación vegetal en descomposición. Kibai no perdió tiempo y escogió un árbol para encaramerse a él, moviéndose como una sombra de copa a copa. Con todo lo que llevaba viendo en la isla, haría bien en mantenerse fuera del nivel del suelo todo lo posible. Sus garras apenas hacían crujir la madera de las ramas mientras se dirigía hacia los arroyos que serpenteaban desde el centro de la isla. Sabía quesi algo unía a todo ecosistema es que las grandes bestias se acercaban a beber con la caída del sol. Tras una hora y media de marcha, con el cielo teñido de naraja por el atardecer, sus fosas nasales captaron un aroma terroso, una mezcla de lodo y almizcle animal. Allí, en un claro donde el agua corría lenta en una serie de pequeñas cascadas naturales, el mink encontró a su presa.

Era un Anquilosaurio. Un ejemplar joven, pero magnífico, de unos seis metros y medio de largo y algo más de un metro y medio de alto. Su lomo estaba cubeirto de una coraza formada por placas óseas, nódulos y espinas que se entrelazaban formando un escudo impenetrable. Su cabeza, protegida por una armadura craneal que ocultaba sus ojos pequeños, se movía con lentitud mientras arrancaba helechos de la orilla, masticándolos con la parsimonia propia de los grandes herbívoros. Pero aunque apacible, aquella bestia no estaba exenta de peligro: su cola era un látigo de puro músculo rematado en una maza de hueso sólido, capaz de pulverizar rocas con un solo impacto.

Kibai, se mantuvo sobre la copa de un árbol, calculando con paciencia su momento. Desenvainó a Raimei suavemente para que su silbido no alarmase a su presa. Con decisión, aguardó a que el dinosaurio bajase la cabeza hacia el agua para empezar a beber para dejarse caer sobre él. Sus primeros tajos fueron rápidos, precisos, buscando las juntas de las placas, pero el filo de Raimei rebotó contra la coraza de hueso con un agudo tintineo metálico, sin dejar más que un arañazo superficial.

— Tché... más duro que el casco de un acorazado. — masculló Kibai mientras retrocedía rapidamente para evitar los coletazos del Anquilosaurio, que azotaron el espacio dónde el mink había estado unos instantes atrás, levantando una nube de tierra y piedrecillas.

Cambiando su enfoque, Kibai optó por intentar entonces una técnica de larga distancia. Extendiendo la mano libre, el mink invocó un enjambre de sus avispas, que zumbaron hacia el dinosaurio con intención de ralentizarlo con su veneno y así poder ejecutar un golpe preciso en un punto vulnerable. Sin embargo, los aguijones de los insectos se estrellaron inútilmente contra las escamas queratinizadas. La piel del animal era tan gruesa que los las avispas no conseguían penetrar lo suficiente como para que el veneno se infiltrase en el sistema del saurio. La bestia, irritada por el hostigamiento, emitió un bramido grave y giró su cuerpo con una agilidad inesperada. La maza de su cola barrió el aire con un silbido aterrador, destrozando un árbol joven que se interponía en su camino como si fuera un palillo de dientes. 

El mink comprendió que sus esfuerzos eran inútiles. Aquel ser estaba demasiado blindado, al menos en la parte superior. Tendría que arriesgarse en un movimento inesperado. Envainando a Raimei, extendió los brazos y se plantó con las piernas semiflexionadas ante el dinosaurio, invitándolo a atacar de nuevo. La bestia rugió y cargó, bajando la cabeza para embestir. Kibai saltó hacia atrás, pero el dinosaurio fue más rápido y lanzó un barrido horizontal con su cola.  En lugar de saltar para esquivarlo, el mink se arrojó al suelo, deslizándose por el lodo justo por debajo del arco destructivo de la maza de hueso. La presión del aire al pasar la cola sobre él fue tan intensa que le erizó el pelaje de la espalda.

Encajonado bajo el vientre del animal, el espacio era mínimo. Kibai abandonó la idea de usar a Raimei pero viendo la carne blanda y desprotegida del vientre del Anquilosaurio, extendió sus garras. Con un rugido que nació desde lo más profundo de su pecho, hundió sus dedos en la carne blanda y desprotegida, donde la piel era elástica para permitir el movimiento de las patas. Sus garras se abrieron paso con un desgarro húmedo, haciendo que la sangre saliese a chorros, empapandole el rostro y el pecho con un brillante tono escarlata. Sin embargo, aquello aún no había terminado. Con sus manos hundidas en las entrañas de la bestia, Kibai liberó un enjambre masivo de sus avispas directamente dentro del organismo del dinosaurio. Esta vez no hubo coraza que las detuviera. El veneno se propagó directamente por el sistema interno, alcanzando los órganos vitales y los grandes nervios que recorrían la columna del Anquilosaurio desde el interior. Rapidamente, el mink sacó las manos de dentro del cuerpo del dinosaurio y rodó sobre si mismo hacia la derecha.

El cuerpo del ser se tensó de forma violenta. Sus patas flaquearon y su cuerpo colapsó con un impacto que hizo temblar el suelo del claro. Emitió un bramido agónico, impropio de un ser de su tamaño, y empezó a retorcerse de dolor en un baile agónico de músculos contraídos y espasmos violentos. Kibai se puso en pie, empapado en el lodo del arroyo y en la sangre caliente de la presa. Desenvainó de nuevo a Raimei, y se acercó. El animal seguía vivo, pero su sistema nervioso estaba frito; sus ojos ya no veían al cazador, sino que miraban al vacío.

El mink se acercó a la cabeza. No había regocijo en su mirada, solo la seriedad de quien entiende el ciclo de la vida en la naturaleza. Como depredador natural, comprendía que el soporte que aquel animale iba a proprocioanr a sus a sus compañeros era vial, y su respeto por ello era absoluto. Dando lentos pasos, Kibai se situó en el único punto donde la armadura del cuello cedía un poco ante la flexibilidad del movimiento, apoyando una mano al lado del ojo del Anquilosaurio.

— Gracias compañero, parte en paz. — susurró.

Con un solo movimiento, Kibai descargó un tajo descendente sobre el dinosaurio, apuntando a la zona del cuello que estaba desprotegida para permitir el movimiento. La hoja de Raimei atravesó el tejido blando y la columna con la limpieza de un bisturí, poniendo fin a la agonía del animal de una vez por todas. El eco del último estertor del Anquilosaurio se desvaneció en el aire del claro, dejando a Kibai solo con el suave sonido del arroyo. 

El mink no se permitió ni un segundo de descanso tras haber acabado con su presa; sabía que en una isla como Little Garden, el olor a sangre fresca era una invitación abierta para los depredadores y carroñeros. Despeciar al saurio fue una tarea agotadora que puso a prueba su resistencia. Raimei, su fiel compañera, demostró ser tan útil en la carnicería como una pistola de petardos, así que se alegró de haber empacado el cuchillo curvo de la cocina del Royal Quiver. Kibai ignoró las partes más nobles que deleitarían a cualquier otro cocinero para centrarse en lo que su receta exigía: carne magra de los costados, desprovista de cualquier veta de grasa interna, y los grandes depósitos de grasa, blanca y suave, que rodeaba el vientre. Cortó las piezas de carne en tiras manejables y la grasa en grandes cubos, envolviéndolas en los paños para las velas para así protegerlas de los insectos antes de emprender el camino de vuelta hacia la costa. Por el camino, siguiendo su olfato, aprovechó para recoger varios puñados de bayas silvestres, esferas del tamaño de huevos de gallina de un profundo color azulado que mejorarían en gran manera la comida.

Cuando finalmente emergió de la espesura y divisó la silueta del Royal Quiver atracada en la bahía, la luna ya iluminaba la arena con su luz plateadaa. En una zona apartada del campamento principal, para que el humo no molestase al resto de int, inició el laborioso proceso.

Cortando varias ramas de los arbustos cercanos a la playa, Kibai construyó una estructura de madera dura que sostenía una rejilla de ramas verdes a un metro sobre las brasas de la hoguera. Colocó las tiras de carne del Ankylosaurus sobre este lecho, permitiendo que el humo de la madera las envolviera. El objetivo era más que cocinar la carne, deshidratarla lo suficiente para que durase más tiempo gracias al secado; el calor debía evaporar cada gota de agua de las fibras hasta que la carne se volviera quebradiza y oscura, adquiriendo una textura similar a la corteza de árbol. 

Mientras tanto, fue depositando los cubos de grasa en un caldero de hierro, colocándolo casi fuera del fuego encimad e varias piedras candentes. Poco a poco, la grasa fue derritiendose, transformandose en un líquido dorado y burbujeante. Kibai no le quitaba la vista de encima, retirando cualquier impureza que flotara en la superficie. Una vez hubo terminado de derretir toda la grasa, Kibai machacó las bayas con una piedra hasta obtener una pasta densa y oscura, que desprendía un aroma ácido y dulce al mismo tiempo. Una media hora después, cuando la carne estuvo finalmente seca, la retiró del fuego. Con la misma , golpeó las tiras sobre una piedra plana hasta reducirlas a un polvo fibroso.

Con todos los ingredientes ya listos para el paso final, Kibai recogió un cuenco de madera de gran tamaño. Con movimeintos regulares, integró la carne pulverizada con la pasta de bayas, a la vez que vertía lentamente la grasa líquida encima. El calor del sebo ayudaba a que la fibra y el fruto se fundieran en una sola entidad. El resultado final fue una masa oscura, densa y de una textura granulada. El mink fue moldeándola en bloques rectangulares, prensándolos con fuerza. Tras recoger unas cuantas hojas de las palmeras más cercanas a la playa, fue envolviendo los bloques en las hojas, dónde se conservarían durante meses sin poder estropearse.

Con gran satisfacción, Kibai se limpió las manos y se sacó la camisa y la capa para lavarse en el mar, ya que estaba aún cubierto de la sangre del Anquilosaurio. Tras comprobar que ya no apestaba a dinosaurio muerto, Kibai recogió todos los paquetes y los llevó a la bodega, deseando ver la cara de sus compañeros cuando despertasen al día siguiente.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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