Segunda visita a Isshin. Tenía ganas de volver y tras la pelea con los marines y conseguir el dichoso caracol parlante, decidí que si iba a abandonar esos mares, quería volver a meditar en el santuario que me proporcionó tanta paz. Después de la pelea de Vulkan y Joe contra mi y Sohem en la playa había llegado a la conclusión de que era fuerte pero que todavía podía ser lo más. Y gran parte de mi debilidad radicaba en mi mente. En los pensamientos que me atormentaban de mi pasado y me quebraban la voluntad en los momentos más cruciales. A veces, ni siquiera en esos sino en cualquier momento totalmente desafortunado. Por lo que tomé la determinación de acudir de nuevo al único lugar que me transmitió la paz suficiente como para no escuchar la voz del demonio detrás de mi nuca pidiendo que busque más sangre a mi alrededor: El santuario de Ryuma en la isla Isshin. No conocía un lugar más espiritual que ese, por alguna razón que desconocía. Tras un rato de meditación bajo el sol del atarceder, bajé del santuario Ryuma tras una pequeña meditación. Mis hombros parecían aliviados y más ligeros después de comprender que, todo lo que necesito es controlar mis emociones. Mantener al Oni bajo control era una tarea constante y ardua que requería de esfuerzos constantes para no caer en la facilidad de la sangre. Los pequeños instantes que había pasado meditando a los pies del santuario bajo la atenta mirada del Kanji de Ryuma, parecían ser largas horas. Inicié mi camino de vuelta hacia la villa para buscar las provisiones que había conseguido gracias a la detención del maleante que encontré justo cuando llegué a ésta. Sin embargo el destino tenía otros planes y no sabía que mi estancia allí sería bastante más larga. Durante el camino hacia el puerto encontré al hombre que instruía a los niños en la villa. Pude reconocerlo por su voz nasal y profunda cuando me saludó al cruzarnos en los escalones que estaban arropados por las puertas tori. No pude evitar preguntar, me comía la curiosidad.
- Disculpe, ¿puedo preguntarle algo? - cuestioné al hombre que subía silencioso al santuario. El hombre se giró con un gesto amable. - ¿Quién es Ryuma? - proseguí. Su mirada profería orgullo.
- Ryuma es uno de nuestros más grandes guerreros. Un samurái. Se dice que mató un dragón el mismo. - Explicó el maestro. Parecía que no era la primera vez que narraba esa historia. Se notaba que era una de las historias del pueblo y que se enorgullecían de su antepasado.
- Un samurái, ¿eh? Aquí todos lo parecéis. Lástima no saber usar una espada, podría aprender mucho de vosotros.
- Pero, tu eres un guerrero. Solo que tus armas son tus puños. - dijo mirando de arriba abajo mi cuerpo y deteniéndose en mis manos. - Se nota por el trabajo en los nudillos.
- Entonces poco hay para aprender aquí. Gracias por la historia, samurái. - Dije continuando mi camino. -
- Aunque… - replicó el maestro, con una pausa un tanto dramática. - No todos aquí usan espada. - Había captado mi atención. - Aquí hay un maestro, un paria, que practica un curioso estilo de combate. Es destructivo y, en manos de alguien físicamente fuerte como tú, podría ser un arma increíble. Quizás deberías intentarlo.
- ¿Y donde puedo hallar a ese hombre? - pregunté. Al menos iba a intentar conocerlo.
- Búscalo en las minas. A veces lo veo entrenando ahí. Si te acepta, quizá puedas aprender algo útil. - Dijo el maestro tornándose al santuario y partiendo.
Mostré una reverencia cordial mientras se alejaba y puse camino al pueblo. De camino seguía pensando en el maestro que me describió. ¿Cómo sería? ¿Aceptaría alumnos? ¿Sería tan útil ese arte marcial como el maestro samurái mencionaba? Yo no había tenido maestros desde que abandoné mi hogar. Incluso allí, mi maestro no logró mucho conmigo dada mi falta de control. Apenas pudimos iniciar mi entrenamiento y calmar parte de mi genio. Quizás este nuevo estilo me proporcionara herramientas para aprovechar mi rabia y sacarla en una forma más ofensiva. Conjeturas, quizá. De camino al pueblo, la noche me atrapó y pensé en hacer noche. El bosque de bambú que me ayudó a entrenar mis puños dio buena cuenta de algunas ramas grandes y caídas, seguramente por muchachos que iban a entrenar allí. Gracias a ellas pude improvisar un refugio simple, colocando unas cuantas en ángulo y así resguardarme un poco del rocío. Aparté las hojarascas del suelo y dejé algunos más pequeños que sirvieran de plataforma. La noche era cálida y aunque el tiempo parecía ir a dar tregua, no podías fiarte de los elementos. Tumbado en mi resort particular, no paraba de pensar en todo el día. Había sido trepidante. Pero al final, quedaba una última cosa sin resolver. Mi padre. Quizá todo mi odio a él era injustificado. Quizá se fue por una buena razón. Si soy como él, y el era un Oni completo, quizá su autocontrol fuera peor que el mío y eso le llevara a alejarse. Quizás nos intentaba proteger. Quizá. Estos pensamientos comenzaban a no hacerme tanto daño, pero, en el fondo, seguía sintiendo la herida abierta. Algún día debía encontrarle.
Pasada la noche, me acerqué al pueblo, no sin antes desmontar mi refugio privado, intentando no dejar rastro alguno de mi presencia nocturna allí. Por la mañana, el pueblo volvía a rebosar de vida. Apenas estaban apareciendo los primeros rayos de sol pero el pueblo estaba lleno de gente de nuevo en la plaza, en las calles… los muchachos portaban sus armas de madera de camino al sitio donde los vi entrenar. Y yo, bueno, yo me dirigía a la mina. Hubiera comido algo pero, para variar, estaba tieso y no había sitio donde cazar por lo que tocaría ayunar.
La mina no se encontraba lejos, se veía desde el pueblo en la base de una cadena montañosa cercana. A esta se podía llegar fácilmente por un camino que salía cerca del puerto. Apenas tardé una media hora desde allí. El lugar era solitario. Se notaba que apenas iba gente. El suelo tenía pocas marcas de pisadas y la vegetación hacía fácil su trabajo de apoderarse del terreno. Todo indicaba que era un lugar abandonado por alguna razón. Sin embargo, no estaba vacío. De fondo, muy tenue pero, audible, había un sonido percutante que se repetía cada pocos segundos. Parecía un martillo golpeando un yunque. Seguí el sonido hasta la base de la montaña donde la entrada a la mina se abría en la roca viva. Era una amplia entrada, podía caber alguien incluso el doble de grande que yo. Dentro, había luz y se notaba que estaba frecuentado porque la abertura estaba en condiciones y sus antorchas tenían mecha de sobra. Cerca de la entrada, los sonidos se intensificaban. Sonaban como rocas partiéndose en pedazos. No pude evitar pensar en si era el hombre que buscaba. Tras unos instantes buscando en la cueva, siguiendo el sonido por los ecos de ésta, hallé al hombre que practicaba sus técnicas golpeando la roca de la montaña. Estaba golpeando con sus manos la piedra y estalládola en pedazos. Cada golpe se sentía como un pequeño terremoto en sus manos que hacía quebrar las rocas más frágiles y resquebrajaba las duras creando más túneles. Había algo de marcial en él aunque, si fuera por su apariencia, hubiera dicho que es un minero cualquiera.
- Disculpe, buen hombre yo… - comencé a hablar acercándome con cuidado, pero hablando alto para que mi voz lo alcanzara.
- Tu quieres aprender, pero yo no quiero enseñar. - Replicó el hombre, sin ni siquiera volver su mirada a mi. - Lárgate, estoy ocupado.
Si respuesta, lejos de decepcionarme, me disgustó. Ni siquiera sabe si puedo aprender. ¿No va a mirarme a la cara para decímelo?
- Escuche, anciano, podría darme una oportunidad, podría aprender mucho de ust.. - repliqué esperando que el hombre se volviera hacia mi para hablar. Y vaya si se volvió. Giró bruscamente y golpeó con su puño desnudo sobre mi vientre, haciéndome volar varios metros hacia atrás y provocando que cayera de espaldas. El impacto fue terrible. Sentí una fuerza como nunca había sentido, un dolor indescriptible. Sin embargo, el dolor fue apartado por la rabia que me inundaba por su desprecio. Me levanté como una furia y me enfoqué en él. Pensé en forzarlo a enseñarme. En golpearlo hasta que revelara sus secretos. Estaba encendido, la sangre hervía y mis ojos se tornaban rojos de rabia. Comencé a andar rápidamente a él para atacarlo pero, a medio camino, recordé el día de ayer. Recordé como había sido capaz de calmar mi mente y mi espíritu y me serené. Frené en seco y cerré los ojos, respiré profundo y me calmé lentamente.
- Interesante… - dijo el hombre mientras abría los ojos. Su mirada era de sorpresa. - No solo eres un mestizo… y uno enorme además. Sino que tienes sangre. Quizá sí que puedas aprender un par de cosas. - Mi sorpresa era inmensa. No entendía que había pasado. - Pero antes… ¿has desayunado? - preguntó con una sonrisa enorme en la cara. - Yo aún no, podríamos comer algo antes de empezar, y así te conozco. Mi nombre es Sham. - Asentí levemente, incrédulo.
Tras esto, el hombre comenzó a andar alegremente hacia la salida. Su paso era firme y asentado, aunque extrañamente feliz. Por alguna razón parecía haber pasado de cien a cero en cuestión de segundos. Lo acompañé por las galerías hasta llegar a una zona amplia donde había montado un campamento. Era obvio que el maestro había hecho de la montaña su hogar. Entrenaba y vivía allí. El lugar era amplio, tenía un saco para dormir cerca de una gran hoguera central que se rodeaba de rocas talladas seguramente a mano. Cerca, algunas cajas y mesas de madera maltrecha que había visto momentos mejores. El hombre me invitó a sentarme con un gesto de su mano y sacó de unas cajas unos cuentos que rellenó con un liquido denso que guardaba en una olla cerca del fuego, cocinando a fuego lento.
- Avena, muchacho. Energía y fibra. - Dijo alegre dándome el cuenco e invitándome a probarlo.
Di un sorbo al cuenco y, bueno. He comido de todo y no le hago ascos a casi nada pero, esto era comer cartón. No pude esconder mi cara de repulsión aunque lo tragué por respeto. El hombre comenzó a reír sobremanera.
- ¿Sabe a pura mierda, verdad? - dijo entre risas – Pero es nutritivo, créeme. - explicó dando él mismo un gran sorbo del cuenco y suspirando al final - ¿Entonces, quién eres?
- Taka. Soy de Gecko y… sería un honor poder aprender ese poder. - contesté firme al maestro.
- Y eres un luchador, por lo que veo. Y uno resistente, no todo el mundo soporta un golpe de mi Hasshoken y se levanta como si nada buscando pelea.
- ¿Hassho qué? - Pregunté curioso.
- Hasshoken, muchacho. Ese es mi estilo de combate. Es lo que buscas, ¿cierto? - el hombre parecía sorprendido de que no conociera el nombre.
- Si le soy sincero, cualquier cosa que me ayude a golpear más y más fuerte, me ayuda. - repliqué.
El maestro Sham se levantó, dio un enorme trago y soltó el cuenco de golpe. No sé cómo no se partió del impacto. Me miró fijamente, serio y decidido. Tras unos incómodos segundos, sonrió ampliamente.
- ¿Comenzamos? - dijo con alegría, como si él tuviera más ganas de empezar que yo. Asentí y me levanté raudo, dejando el cuenco en el suelo. El maestro Sham me invitó a seguirlo hacia el interior de la mina de nuevo, donde estaba practicando inicialmente. Cuando llegamos allí se situó delante del lecho rocoso de la mina y comenzó su explicación.
- Golpea la roca. - ordenó tajante. Toda la alegría desapareció dejando paso a la disciplina de un maestro marcial. Podía reconocer eso fácilmente. Sin prepararme, golpeé la roca con un movimiento seco. Mi puño impacto contra un saliente e hizo que se rompiera en un único pedazo. - Bien, eres fuerte, y sabes golpear. Pero el Hasshoken es más que eso. - dijo ubicándose frente a la roca el mismo. Era un hombre fuerte, pero no tan grande como yo. Me sorprendía y me hacía desconfiar de mi propia fuerza. - El Hasshoken controla las vibraciones para añadir un impacto de gran poder a tus golpes. - dijo golpeando la roca y partiéndola en mil pedazos. - Puede ser utilizada con tus puños, piernas… cualquier parte del cuerpo. - dijo antes de golpear con su propia cabeza la roca y hacerla añicos. - Pero para lograr dominarlo, primero, vamos a endurecerte. Creo que ya has empezado ese camino pero, vamos a ahondar ahí. Quiero ver tu tenacidad. - Dijo apuntándome con su índice. Sus manos eran callosas y se notaban trabajadas. Ese hombre había pasado horas y horas endureciendo sus manos. - Golpea este muro durante unos días. Mientras tanto, voy a ir a por provisiones y algo que necesitarás. Cuando vuelva, empezaremos el entrenamiento de verdad.
- ¿Y cómo sabrás que lo he hecho? - cuestioné desconfiado.
- La roca me lo dirá. - respondió el maestro Sham. - No esperes demasiado para empezar, ¡ya has calentado! - dijo marchándose despidiendo con la mano.
No entendía nada pero… si quería que ese hombre me enseñara, no me quedaba otra. Iba a golpear hasta hacer una mina nueva si era necesario. Me posicioné delante de la roca y bajando mi centro de gravedad, comencé con el entrenamiento. Había venido aquí con un propósito claro en mente: entrenar y aprender esta técnica para superar los desafíos que se avecinaban en mi camino como cazador de piratas. Sabía que no sería un proceso fácil, pero estaba dispuesto a someterme a esta prueba para fortalecerme y convertirme en un luchador aún más formidable. La entrada de la mina era un agujero oscuro por el que la luz del día se desvanecía rápidamente a medida que me adentraba en las sombras. La temperatura había descendido notablemente, y el sonido de mis pasos resonaba en el aire húmedo y cargado de sudor. Las sombras se cerraban a mi alrededor, envolviéndome en una oscuridad opresiva. Mi única compañía era el sonido constante de gotas de agua que caían desde lo alto, como si la propia cueva estuviera viva y respirando. La roca sería mi compañera de entrenamiento, mi obstáculo a conquistar. Me acerqué a la roca y la examiné detenidamente. Era áspera al tacto, llena de grietas y protuberancias. Decidí comenzar con golpes suaves, calentando mis manos y acostumbrándome a la sensación de golpear la roca. La primera impresión fue chocante. El impacto reverberó a través de mis manos, enviando una corriente de dolor por mis brazos. Pero no me detuve. Sabía que la clave era la perseverancia. Golpe tras golpe, las grietas comenzaron a formarse en la superficie de la roca. Mi piel se endureció, adaptándose al castigo constante. La sensación de dolor se desvaneció gradualmente, reemplazada por una especie de entumecimiento que me permitía continuar. Las horas pasaron y los días se sucedieron mientras golpeaba la roca una y otra vez. Mis manos se llenaron de ampollas y cortes, pero me negué a detenerme. En mi mente solo estaba el día de vuelta del maestro Sham y mi madre. El único motivo por el que realmente estaba aquí. Cada impacto era un recordatorio de mi determinación y mi compromiso con el entrenamiento. La mina se sumió en la oscuridad total, y mi única guía era el sonido de mis propios golpes y mi respiración entrecortada. La sensación de aislamiento era abrumadora, como si estuviera completamente solo en este abismo subterráneo. Me asombraba que el maestro Sham viviera y entrenara aquí diariamente, solo, sin compañía más allá de la roca viva. Con el tiempo, mis golpes se volvieron más poderosos y precisos. La roca, que una vez había parecido invulnerable, cedía ante mi perseverancia. Los fragmentos de piedra caían al suelo con cada impacto, creando un montón de escombros a mi alrededor. Asumí que se trataba de estrés estructural en la piedra, no había grandes cambios en mis manos, más allá de las heridas y costras. El cansancio comenzó a hacer estragos en mi cuerpo, pero mi espíritu seguía siendo inquebrantable. Sabía que este entrenamiento era una prueba de resistencia tanto física como mental. Mi mente estaba completamente enfocada en el hecho de golpear la roca, en superar cada obstáculo que se interponía en mi camino. Día y noche se convirtieron en una sola entidad mientras continuaba mi entrenamiento. Perdí la noción del tiempo, inmerso en el ritmo constante de mis golpes y la creciente montaña de escombros a mi alrededor. La cueva se convirtió en mi mundo, y la roca en mi desafío constante. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la roca cedió por completo. Con un golpe final, se partió en pedazos, revelando el interior liso y pulido. Mis manos, ahora endurecidas y callosas, habían logrado lo que parecía imposible al principio. Estaba exhausto pero satisfecho, con la certeza de que este entrenamiento me había transformado en un guerrero más fuerte. Al séptimo día, caí desfallecido. Me senté y miré la roca quebrada, los escombros en el suelo y mis puños ensangrentados. Ni siquiera había parado a comer. Estaba famélico y extenuado. El silencio se hizo en la mina, solo escuchaba mi respiración crepitante y lenta hasta que, un sonido perturbó esa calma. Unos pasos lentos y seguros desde el exterior de la cueva. Tras unos instantes el maestro Sham apareció. Cargaba un enorme saco a cuestas y parecía sorprendido de verme.
- Por alguna razón pensé que te habrías ido. Me sorprende que sigas aquí. - dijo con su voz alegre el hombre que soltaba el saco cerca de la entrada al campamento.
- Te dije… que te esperaría. - La voz se me entrecortaba del cansancio. Levanté mi mano izquierda con el índice extendido hacia la roja – Logré romperla. - dije sonriendo. El hombre se acercó a la roca y la examinó cuidadosamente, acariciándola con su mano. Tras esto, me miró seriamente y cambió su tono de voz de nuevo.
- Y ella te ha roto a ti también. - hizo una pequeña pausa mirándome – Comamos algo. Creo que te hace falta.
Me arrastré hasta el campamento y comí como no lo había hecho nunca. Engullía la comida que el hombre traía en el saco mientras me miraba atentamente. Tras terminar de comer, caí de espaldas y cerré los ojos unos segundos. Estos segundos se convirtieron en días, porque, cuando abrí los ojos de nuevo el maestro Sham no estaba y habían pasado horas y horas. El hombre se acercó a mi lentamente sin hacer mucho ruido.
- ¿Qué te duele más, la cabeza o las manos? - no entendí la pregunta pero tenía la respuesta clara – Las manos, de lejos… - contesté – Con el golpe que te diste al caer dormido, hubiera entendido las dos. - dijo riendo – Ven, vas a aprender el Hasshoken. - terminó la frase invitándome a seguirlo con su mano.
Volvimos a la habitación de entrenamiento. Pude observar, ahora si, con la luz de todas las antorchas encendidas, el desastre que había causado mi entrenamiento inicial. El maestro Sham durante el tiempo que he dormido, se habría pasado el tiempo libre recogiendo los escombros y apilándolos en un lado de la sala. La montaña de piedras era descomunal y su tamaño variaba de pequeñas a bastante grandes. Cuando nos acercamos a la pared donde entrené, el maestro Sham se detuvo.
- Bien muchacho. Has endurecido tus manos. Has aprendido a utilizar tu fuerza y resistencia. Ahora ha llegado el momento de dar un paso más. Solo la fuerza no será suficiente para aprender este estilo de combate. Verás, el Hasshoken, es un estilo que utiliza y controla las fuerzas vibratorias alrededor del impacto para aumentar su poder destructivo. Así es como un humano ordinario, medianamente entrenado, puede destruir rocas sin esfuerzo. - explicó el maestro Sham – Bien, ahora quiero que te pongas delante de la roca, baja tu centro de gravedad y atrasa la pierna derecha, cargando tu puño desde atrás. Ya deberías conocer esta posición.
Obedecí de inmediato. Ubiqué mis pies frente a la roca y lancé mi pierna derecha atrás buscando la estabilidad para golpear. Mi guardia estaba ubicada delante y con la mano derecha cerca del torso para rotar e impactar a máxima potencia.
- Ahora, golpea. - ordenó el hombre con voz firme. Tras esto, un golpe poderoso impacto en la roca y la agrietó. - Bien, golpeas fuerte y ya no sufres por el impacto de vuelta. Has empezado a sentir esas vibraciones y poco a poco las harás tuyas. Quiero que sigas con ese mismo puño. Lento y firme.
Continué golpeando la roca. Cada impacto se sentía mas ligero y firme. Iba agrietando la roca poco a poco y mi mano se adaptaba a las grietas de la roca sin problema. El maestro Sham, desde mi lado iba indicando correcciones.
- Más alto. No descuides la cadera. Siente como la energía cinética se distribuye… - sus palabras resonaban fuerte en la mina, reverberando en todas las paredes. Pasada una hora, mis golpes comenzaron a adquirir una sonoridad distinta. Cada impacto resonaba hasta el fondo de la piedra como si se incrustara y la quebrara. Paré mostrando mi asombro. El maestro Sham no se inmutó. - Continua, vamos bien. Ahora quiero que ralentices el tiempo entre golpes y te concentres en los dos primeros nudillos. Golpea solo con esa zona y haz un impacto preciso. - corrigió severamente.
Estaba comenzando a notar los efectos del entrenamiento. Notaba esas vibraciones en mi puño. Sentía como poco a poco dominaba la sensación de impacto y me hacía dueño de la caverna que estaba siendo testigo silencioso de mi desarrollo. Pasado un tiempo más, el maestro Sham comenzó a desconcentrarme, todo lo contrario que venía haciendo.
- Entonces, buscas poder. ¿Por qué?
- Quiero vengar a alguien. Necesito poder para hacerlo.
- O sea que te mueve la venganza. Un triste motivo. Seguro que quién murió no lo celebraría. - replicó el hombre provocando un último golpe con todas mis fuerzas. Me giré hacia él enfadado.
- Tú no sabes qué hubiera querido ella, ni sabes si era su destino morir en aquel momento. Así que todo lo que tengo son mis puños y mi ansia de venganza.
El hombre permaneció quieto mirándome y señaló lentamente con la mirada a la roca. Volví mi cabeza y observé el último impacto. Había creado un agujero tremendo.
- Ahora es cuando empieza lo divertido. La rabia te da poder. En otros artes quizá requieras de máximo control pero, la furia es un potenciador poderoso si sabes controlarlo. Sigue usando tus sentimientos y tu ira, pero ten todo eso a raya, así podrás ser mucho más letal. - explicó el maestro Sham - Ahora por el otro lado.
Asentí y me coloqué de nuevo, cambiando la pierna atrasada derecha por la izquierda y por consecuente mi guardia y puño de golpeo, para comenzar a golpear con la mano izquierda. Poco a poco la sangre hervía en mi recordando mi misión. La razón por la que había comenzado este viaje. Conforme las imágenes de mi hogar aquella noche, el olor a quemado y tierra mojada, la escena de mi madre en el suelo, carente de vida. Todo esto era solo gasolina para mis venas que poco a poco bombeaban cada vez más el líquido vital que soñaba con derramar de aquel malnacido. Cada golpe que daba en la roca, sentía que lo hundía en su pecho. Casi creía oír como crujían sus huesos y músculos con cada golpe y poco a poco me iba motivando. Toda esta rabia, parecía estar bajo control y, cada vez más, mis golpes se intensificaban. Ante la atenta mirada del maestro Sham que parecía sorprenderse. Hasta que claramente tenía que llegar el momento inevitable en el que los recuerdos se desbordaran y rebasaran cualquier tipo de control mental que tuviera. Esto ocasionó que mis golpes se volvieran erráticos y dispares, perdiendo toda la efectividad.
- Suficiente. - exclamó – Paremos por hoy.
El maestro Sham se había percatado fácilmente de mi dificultad para mantener la calma. Creo que ni él ni yo estábamos dispuestos a pasar de nuevo por el discurso del autocontrol. Mañana sería otro día.
Durante varios días más, el entrenamiento continuó. Durante este tiempo, el maestro me contó como el estilo se originó en una familia y fue masterizado pro ellos, los Chinjao, que llevaron el Hasshoken al máximo nivel. Estos, originarios del West blue, habían dominado las vibraciones de cada impacto consiguiendo destruir escudos, armaduras y cualquier cosa que se les ponga por delante. Entre sus narraciones, había amor y pasión. Quizá había algún tipo de conexión entre ellos más allá de las técnicas y el arte marcial. Quizá la sangre los uniera de alguna manera. Sea como fuere, una cosa me quedó clara, esos golpes eran de cierta manera imposibles de evitar. Si te golpeaba, el impacto dañaba tu cuerpo aunque bloquearas con tu mejor defensa, gracias a la reverberación del impacto que traspasaba cualquier escudo. Además, el maestro aconsejó que durante los meses siguientes cuando partiera, siguiera practicando e intentando aplicar el estilo a otras partes del cuerpo, siendo capaz así de convertirme en un arma mortal del estilo de combate Hasshoken. Cuando pasaron varios días entrenando de sol a sol, el maestro Sham me llevó una sección nueva de la mina. Parecía aún por terminar y era mucho más angosta. Las luces estaban mal ubicadas y se notaba que aún había material que sacar de ahí.
- Tu última prueba. Quiero que conectes esta galería con la contigua. Para hacerlo deberás usar todo lo aprendido hasta ahora, sacar el máximo potencial y utilizar el Hasshoken o no serás capaz de traspasar el duro material del que están hechas estas rocas. Te veo en una hora. - sentenció el maestro Sham antes de marchar.
- Una hora… - murmuré. - Entonces no hay tiempo de calentar, ¡lo haré mientras empiezo!
Me coloqué como aprendí y comencé suave, como cuando endurecí mis puños. Poco a poco aumenté la intensidad, concentré todos mis esfuerzos en mis manos y mis sentimientos en el corazón. Aplaqué toda la rabia y la puse a un lado. Por el otro lado, mi control. Mi disciplina me ayudaría a perseverar. El maestro Sham había salido de la galería y yo, comenzaba mi tarea. Unos minutos después, volví al campamento interior. El maestro debió escuchar mis pasos porque antes de que dijera nada comenzó a hablarme.
- Muchacho, si tienes dudas… - comenzó a relatar hasta que lo interrumpí – No, maestro. No tengo dudas. - el maestro me miró con sorpresa. - Ya he terminado. - sentencié con orgullo. - el maestro Sham miró atónito y salió disparado a la galería. Cuando llegó encontró ambas galerías conectadas perfectamente con un agujero de mi tamaño que atravesaba el lecho de roca de lado a lado. Había completado la tarea en apenas unos quince o veinte minutos lo que sorprendió a todas luces al maestro.
- Entonces está claro. No hay dudas en tu corazón y tus puños están listos. Llega el momento de marchar, Taka. - anunció el hombre, casi con pena.
- Lo sé, maestro. Le agradezco la paciencia y créame, cuando vea a mi primer maestro, le hablaré de usted, de cómo con su paciencia y simpatía logró enseñarme el Hasshoken. - dije orgulloso.
- Vete chico, y recuerda. La venganza es un motivo vago. Pero eficaz. Sólo procura mantener otro para cuando lo completes. Porque se que lo harás. - dijo antes de despedirse de mi con un choque de su puño.
- Lo haré maestro. Cuídese mucho y… salga de la mina. Volveré a aprender más. - dije riendo mientras marchaba.
Una vez salí, después de días, el sol estaba en todo lo alto del cielo. Mis cuernos habían crecido y tenía que limarlos, para ello, rompí una dura roca de la montaña con mi recién aprendido arte de combate y comencé a limarlos hasta la frente dirigiéndome al puerto. Estos días había aprendido mucho más que herramientas para combatir. Había aprendido que lo más importante para dominar un combate es dominarse a si mismo y que, cuando realmente quieres lograr algo los límites físicos y mentales son barreras pequeñas que se pueden traspasar con un poco de voluntad. Quizá todo lo que necesitaba ya lo sabía. Quizá solo tengo que seguir a mis pies porque conocen el camino y todo lo necesario ya está en mí. Con todo esto y las enseñanzas del maestro Sham, de camino al puerto, traté de adivinar cómo demonios se utilizaba el Den Den Mushi que Sohem me hizo conseguir para contactarlo. Quería decirle que me había hecho más fuerte pero, por desgracia soy un desastre y no sé como utilizarlo.
- No importa, lo haré en persona. Tengo la sensación que nos veremos pronto. - afirmé mirando al cielo. El camino de la mina a la villa Shimotsuki se hizo largo y pesado, el cansancio acumulado de los días de entrenamiento se hizo patente en seguida. El dolor en mis puños, la falta de comida, de sueño y descanso. El dolor muscular y las casi segura lesiones óseas en partes del cuerpo que ni me imaginaba que podría lesionarme estaban haciendo mella.
- Cuando encuentre un barco y coja rumbo, voy a dormir como un demonio. - dije parando en seco tras darme cuenta. - Como un demonio.. - comencé a reír a todo volumen. Jamás pensé en decir algo así. Sin embargo todo esto, me había hecho aceptar mi lado demoníaco y mi herencia de Oni. De hecho, en ese preciso instante me juré algo. El maestro dijo que tuviera un objetivo para cuando lograra mi venganza. Ya lo tenía. Encontrar a mi padre y enseñarle lo fuerte que es su hijo. Lo gran guerrero que ha logrado ser un vástago sangre de su sangre. Y si era el gran guerrero que mi madre narró en sus historias, dará buena cuenta de ello contra mí. Superaré su fuerza y me convertiré en un Oni pero también en un humano. Por mi padre y por mi madre. Porque ella querría eso antes de verme sometido por la oscuridad.
Miré mis puños, llenos de callosidades y costras de sangre. Sonreí.
- Ahora tengo la fuerza que necesito para cumplir mi objetivo. Estoy seguro de que puedo hacerlo, mamá.
