¿Quién Extorsionó a mi Memoria? [Aventura |T1| Pres. Rel]
#11
Mientras Enji avanzaba por la selva, librando una guerra personal contra una civilización de mosquitos que claramente había decidido declararlo territorio estratégico, en algún punto impreciso de Baterilla sus compañeros atravesaban su propio momento histórico: un lánguido episodio de pereza absoluta que parecía estar relacionado con la reciente y desconcertante noticia de la «lobotomía del culo», concepto que, como ocurre con todos los grandes hitos científicos, nadie entendía del todo pero todos fingían comprender.

Después, tras ese paréntesis de inmovilidad filosófica, los marines decidieron hacer lo que mejor sabían hacer cuando no sabían qué hacer: empezar a hacer cosas.

Y, así, se pusieron en marcha hacia el campamento de los bandidos.
Con una salvedad importante: no tenían ni la más remota idea de dónde estaba pues, Enji, en un ejercicio de liderazgo creativo, había olvidado proporcionar algo tan secundario como la localización exacta.

Aún así, ellos avanzaron, en términos generales, hacia algún sitio. Y, de mientras, por el camino, intentaron reclutar a un pequeño grupo que terminaría compuesto por médicos, marines adicionales y, lo más importante, personas capaces de sostener papeles con aire profesional. Al fin y al cabo, este hito en Baterilla nos recuerda que no hay nada impone más que un documento correctamente rellenado.

Además, si todo salía razonablemente bien —o al menos no catastróficamente mal—, más adelante intentarían volver a comunicarse con él.

***

Si pudiera girar la cabeza hacia la entrada, Enji, apenas vería un trémulo trazo de luz reptar por la fisura hasta acariciar su piel. Pero, teniendo en cuenta que la pared frente a él aplasta su pecho, parece una gesta imposible. Por suerte, la negra roca a su espalda lo sujeta con holgura motivándolo a avanzar.

Hacia el otro lado en cambio, hacia la luz que por momentos parece titilar —pese a que se trata de una ilusión producto de las deformaciones de la tierra—, lo más relevante es el olor denso y terroso que dista mucho del aroma del de una cueva húmeda. Y es que ahí, en medio de una tenue oscuridad, lo que abunda es un aroma seco y mineral decorado con el perfume del azufre, la ceniza vieja y ese toque metálico tan característico en los volcanes.

No es hediondo ni insultante. Pero, al no circular aire ahí, se estanca y aferra a la garganta.

Además, si hubiera alguna posibilidad de evitar esa molestia, el mero hecho de que su rostro esté tan cerca de la pared como para que a cada exhalación su aliento choque contra la roca y esta se lo devuelva, está ha desaparecido.
Y aún así, Enji, podrá avanzar.
Mientras lo hace, el calor residual de las paredes aumentará por momentos. No es suficiente para quemar, pero sí como para hacerle sentir que una agobiante y claustrofóbica sensación.

La roca soltará motas rojizas que le caen sobre el pelo y los hombros susurrando un leve quejido, como un crujido seco, que nace en lo alto y se apaga demasiado rápido, absorbido por la estrechez de la grieta. Entonces, al escucharlas rodar entre sus pies, quizás, algo en su estómago se tense.

No suena como arena.
Suenan como algo que se mueve.

Y, entonces, la respuesta llega de golpe: una bolita de pelo caliente y vibrante se desliza entre sus piernas. Lo toca apenas un instante, pero ese instante basta para sentir su agitación y miedo visceral.

Es una rata. Una muy pequeña y joven que, ante el olor a tabaco del muchacho, mezclado con el olor mineral del lugar, la ha enloquecido de pánico.

¡Hiiiiiic!

Su chillido estalla con violencia y la fisura lo multiplica.

El sonido rebota en la roca como una descarga de mil voces hablando al mismo tiempo.

¡Hiiiiiic!

Las paredes vibran de forma casi imperceptible mientras el sonido golpea en todas direcciones como una flecha que busca taladrar la mente de Enji.

Después, casi al instante, un silencio denso, caliente y tenso se instala en el pequeño lugar.
—¿¡Otra vez esas malditas ratas!? —a la lejanía la voz de un hombre suena como un susurro.

¿O es el viento deformando sonidos?

Cuando Enji logre avanzar hasta el otro lado de la grieta, lo que espera es un pequeño rincón bastante oculto. El punto más apartado de una estancia natural que se asemeja a una cámara semirredondeada. Allí, la roca es oscura y vetas de algo que eres incapaz de identificar, destellan anaranjadamente bajo el baile de luces que profesan las velas ancladas a la pared parecen estar a punto de morir.

En el suelo y las esquinas, cajas de madera gastada yacen apiladas de forma caótica. Algunas han sido aplastadas, otras muestran marcas y unas pocas se mantienen intactas.

Es evidente que alguien —o algo— ha traído suministros aquí.
Por otro lado, justo junto a la fisura, a medio metro del camino por donde Enji saldrá, reposa una caja particularmente intacta. La tapa está ligeramente abierta, como si alguien la hubiera dejado así a propósito o hubiera sido interrumpido antes de cerrarla.

En el suelo quedan restos de actividad reciente.

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#12
El espacio era escaso y el aire, viciado por el calor y el olor a azufre, convertía toda la experiencia en un pequeño descenso a las puertas del averno. Enji se arrastraba de forma lenta y torpe hacia la derecha, dando pasos cortos. Su mejilla rozaba en la roca y sus omóplatos, codos, rodillas y tobillos ya tenían varios raspones a causa del contacto estrecho que mantenía en todo momento con los límites de la grieta.

—Vamos a investigar, Enji —dijo, con los labios apretados, mientras seguía arrastrándose—. Encontraremos algo de dinero, Enji. Piensa que tienen que comprar un putisimo barco propio, Enji… —Su mal humor empeoraba con cada oración, hasta inflarse la vena de su frente y perder foco en su mirada por el odio—. La marina no paga una mierda, Enji.

Se detuvo en seco cuando sintió algo moviéndose entre sus piernas, algo pequeño y peludo. Alzó una ceja. ¿Qué podía ser? ¿Un duende? ¿Un empleado con enanismo —En antítesis de los dos gigantes de antes—? ¡¿El hada de los dientes?!
Lamentablemente, un chillido poco después le confirmó que se trataba de un ratón. Ese sonido era el último que esperaba escuchar en ese lugar, cosa que le dió un pequeño respiro, una confianza extra. Los roedores no andaban arrastrándose por grietas que llevasen a un lago de lava.

¿Verdad?

Enji decidió creer.

—Llevame con tu líder, amiguito —dijo, sudando la gota gorda—. Vamos, vamos. ¿A dónde vas a comer? ¿Dónde te escondes? Llévame directo al spa secreto escondido en la montaña.

Estaba fantaseando, hablando tonterías, pero esas mismas tonterías eran las que lo mantenían activo y con un humor estable. Lo justo para seguir poniendo un pie delante del otro, respirar profundo y avanzar. No era poco, no. No era ninguna tontería en unas circunstancias de ese tipo, dónde muchos otros podían flaquear y dejarse llevar por la ansiedad del encierro, la sensación de claustrofobia, o el hilo ponzoñoso que lo llevaba a pensar que algo saldría mal. Un mal movimiento, un desplazamiento en la roca, un animal más grande que esa rata… y las cosas podían torcerse demasiado.

Aún así, Enji continuó adelante. Contra el calor y sus sofocos, avanzó, triunfando en cada metro cumplido hasta finalmente alcanzar la luz. Brotó a ella como el corcho de una botella al ser arrancado, solo faltando el característico sonido de plop al emerger fuera. O emerger dentro…

Emerger a la cueva.

—Mamá mía, así debe sentirse una feta de queso entre dos tostadas…

Off
#13
Mientras Enji forcejea para salir y el eco de unos pasos suaves resuena a través de la grieta, un diálogo inconfundible se cuela hasta él.

—Propongo que se evalúen los hechos acontecidos el día de ayer conforme al registro oral número tres —replica una primera voz masculina —. Cito textualmente las palabras de Endika: «He encontrado este folleto de la Marina».

Tras decirlo se hace un breve silencio únicamente roto por el andar de la persona que va hacia él.

—Solicito que se analice la estructura sintáctica de la frase —Responde la misma voz que había hablado al inicio.

—Concedido —.Ahora, si pone atención, notará un timbre bajo y cansado.

—Sujeto elíptico: yo —.Comienza a decir una mujer — Verbo en primera persona del singular: he encontrado —. Prosigue con su voz aguda en comparción a los otros dos —. Complemento directo: este folleto de la Marina.

De repente vuelve a haber una breve pausa; en una zona contigua a donde Enji saldrá, ese silencio flota en aire mientras la mujer anota lo que acaba de decir en unas hojas maltrechas.

—Conclusión lógica: usted no solo encontró un folleto. Usted encontró a la Marina en forma documental —. Sentencia la mujer.

—¡Objeción! ¡Yo solo encontré el papel! —Una voz joven y nerviosa, la de Endika, reberbera por toda la sala hasta los oídos de Enji como un talado.

—Queda registrada la admisión: «Yo encontré». Gracias por confirmar el núcleo verbal —.De nuevo habla la mujer.

—Por el amor de... —Quien puedes suponer que es Endika empieza a quejarse —¡Vamos, Vanessa! Eso no significa que…

—Encontrar implica contacto.
Contacto implica proximidad.
Proximidad implica conocimiento potencial —.Prosigue Vanessa haciendo oídos sordos.

—Eso es una extrapolación.

—No. Es una progresión lógica.

—Además —interviene otra voz masculina—, encontrar información sensible y no declararla de inmediato constituye ocultación preventiva.

—¡La declaré, Cave!

—Después de leerla —. Sentencia Cave.

De nuevo vuelve a haber un silencio. Un breve espacio de tiempo que te permite pensar.

Son cinco voces en total, claramente diferenciadas. Una femenina, de timbre agudo pero con una base firme. Otra, grave y poderosa, fatigada, como la de alguien mayor. Una tercera, joven y nerviosa. Las dos restantes pertenecen a hombres; no podrías describirlas con precisión, pero distingues que una está más cerca de ti que la otra.

—Por lo tanto, se propone que el señor Endika asumió capacidad de decisión previa al consenso grupal —sentencia la voz masculina más lejana.

Una silueta cruza frente a la grieta y bloquea la entrada durante un instante. Parece estar buscando algo. Desde ahí lo oyes farfullar y rascarse la cabeza.

Cave


—Acepto que utilicé la expresión «He encontrado este folleto de la Marina» —se escucha, amortiguado, mientras el hombre frente a Enji continúa revolviendo algo a su lado.

—Primera persona. Acción directa —Vanessa parece no ceder.

—Correcto. Sin embargo, solicito que el análisis no se limite al verbo.

—Proceda —. La persona mayor vuelve hablar.

—Gracias, Don Átivos —. Endica, el joven, se aclara la garganta —.El complemento final es «de la Marina».
»Sustantivo propio y entidad externa al grupo. Cuando se mencionó por primera vez a la Marina en nuestras reuniones, ¿quién la introdujo en el discurso?

El hombre se aparta de la caja.

—Fue Cave —responde la mujer.

—Correcto. Cito textualmente: «Si seguimos así, la Marina vendrá».

—Futuro simple.

—Proyección anticipada.

—Anticipar una intervención implica contemplarla activamente.

Las tres voces suenan a la vez y, el hombre frente a Enji, gruñe y maldice. Ahora sabes que se llama Cave.

—¡Objeción! ¡Eso es una paparruchada! —estalla mientras se apresura hacia algún punto de la sala.

—Contemplar activamente implica proximidad conceptual —arremete Endika.

—Y, como se ha establecido que la proximidad conceptual puede derivar en proximidad causal… —la voz de la mujer empieza a disminuir dandote a entender que está pensando.

De pronto, el arrastre violento de una silla rasga las voces, que cloquean como gallinas sorprendidas.

—Por cierto, ¿has encontrado a la rata? —De nuevo vuelves a escuchar al hombre de mediana edad.

Los pasos de Cave cesan. Otros se acercan. Y justo en ese instante, Enji logra salir.

Al principio nadie repara en su presencia y, eso, es una ventaja pues tienes unos largos segundos para observar el reflejo oscilante de las siluetas que proyectan las velas sobre las cajas del fondo y la estancia en sí.

—Ha desaparecido entre las cajas.

—Esa maldita bribona… ¡Se ha comido la parte más importante del artículo 42! —dice el hombre desconocido mientras aparta a Cave—. Ya la busco yo.

Entonces él se fija en ti.

Völker


Primero te observa como si estuviera viendo un fantasma.
Se hace el silencio y, tras varios murmullos en otro lado que no alcanzas a ver, termina con su rostro iluminado por algo que sólo sabe él.

—Völker, ¿está todo en orden? —la voz de Don Átivos se cuela en medio del momento haciéndo que el hombre deje de sonreir.

—Sí... Ahora sí.

En ese instante, Cave se gira hacia ti y su rostro adquiere la misma sonrisa que el otro hombre poseía hace unos segundos. La cual, no es una sonrisa amplia ni amable. Es la expresión de alguien que acaba de encontrar una pieza que faltaba en un mecanismo complicado.

Durante un segundo, nadie más parece haberse dado cuenta de que estás allí y, los que lo han hecho, parecen estar procesando el milagro frente a ellos.

Todavía tienes opciones.

Puedes retroceder hacia la grieta y desaparecer antes de que el resto repare en tu presencia. Pues, al fin y al cabo, para llegar hasta ti tardarian mucho más de lo que tu en volver hacia adentro.

Mientras tanto, el murmullo del juicio improvisado continúa, todavía ajeno a ti.

De no volver hacia atrás, uno de los hombres, Cave, te hablará.

—¡Hombre! —gritará con la expresión de quien conoce al otro desde hace eones —. ¿Ya has recuperado la memoria?

Si decides dar un paso al frente o hacer cualquier atisvo de movimiento el otro interferirá.

—Llegas en el mejor momento —añadirá Völker—. ¿Vienes?

Llegados a este punto, ambos hombres te harán una señal para que los sigas. Ambos se encuentran cerca de la única salida —exceptuando la grieta— del lugar. Si decides seguirlos, al otro lado encontrarás una sala casi gemela, con un par de diferencias evidentes. La primera es que la caja negra del centro está rodeada de personas y, la segunda, que el suelo cruje bajo tus pies por todo el desorden que hay.
Eso hará que varias cabezas se giren al unísono.

Vanessa


En medio, Don Átivos presidirá la escena sentado en una silla ligeramente más alta que las demás, lo justo para marcar jerarquía; a su alrededor, varios desconocidos ocuparán sillas: una especie de secretaria que toma notas frenéticamente, un acusado jóven que murmura para sí y dos sillas vacías que presumiblemente son las de Cave y Völker.

Hasta entonces, todos se habrán estado acusando entre sí, buscando exculparse y convertirse en el único, junto al líder, que saldrá impune de allí. Pero ahora... Casi cualquier cosa puede llegar a pasar.

Si te fijas en el improvisado atril, frente a Don Átivos, descansa un collarín conectado a varios cables que serpentean hasta una caja metálica con una única palanca. Es un aparato que te recuerda a los documentos que has encontrado en tu camino, los mismos que aún posees y por los cuales te han confundido con uno de los bandidos pese a que, a todas luces, no eres uno de ellos.

De repente, el aparato emitirá un leve zumbido intermitente, como si aguardara con paciencia su turno de palabra. Esa es tu prueba irrefutable de que tenías razón y que no te has inventado nada. La misma que convencerá a tus compañeros de que tus palabras no son las de un zumbado cualquiera. Solo uno muy realista. El problema, si has llegado hasta aquí, será escoger bien entre el cabecilla, la máquina o una imaginativa forma de terminar.

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#14
Los últimos metros fueron los peores, bañado en sudor y sufriendo las abrasiones de la piedra flagelando su espalda, hombros y pecho. No hubo más ratas y eso fue un alivio, francamente no quería tener que tolerar sus mordiscos en los tobillos, sus chillidos o la incómoda sensación de su pelaje acariciándole la piel cuando se colaban entre sus pies. Se sentía raro. Cómo si alguien estuviera con una pluma haciéndole cosquillas, pero ese alguien, en lugar de ser alguna hermosa mujer, se tratase de un tipo viejo, gordo y barbudo que no paraba de sonreír mientras lo hacía.

En fin, muy incómodo.

—La próxima vez, haré que manden a Juan o Sigrid. Nadie les hubiera recriminado nada por no entrar aquí. ¡Ni siquiera entran en la grieta! —reflexionaba en susurros cuando el sonido de voces más allá de la luz lo llamó al silencio. Había alguien más allí. Más de uno, además. Dos… tres. ¿Cuatro? El signo de pregunta imaginario que flotaba sobre su cabeza se hacía cada vez más y más grande. ¿Análisis sintáctico? ¿Extrapolaciones? ¿Acaso había entrado en la sala de juicio de una escuela de letras?

Justo cuando más confundido estaba, plop, salió de la grieta y sus pies tocaron suelo dentro de la cueva. Vio las cajas, vio las velas y vio un par de ojos que también lo estaban mirando.

«Mierda»

¿Y si lo desmayaba? No, demasiado tarde. Gritaría antes de que pudiera arrancarle la consciencia de un puñetazo, ni hablar del ruido que hacían sus puños al aplastarse contra el rostro de un idiota. Estaba bien, pero bien jodido, así que se quedó quieto. Estático. Quizá el sujetó tuviera alguna especie de enfermedad rara de los ojos que le impidiera discernir a una persona si se quedaba quieta, como los pollos.

Los pollos no te veían si te quedabas quieto, ¿verdad?

—Ah… ¡Si! Claro que está todo en orden. ¿A qué sí, Volker? —Se subió al tren de lo absurdo una vez más y decidió seguir el juego, convencido y confiando en que, si todavía no había gritado, era por algo.

Y, en efecto, un milagro había pasado. Un verdadero milagro nacido de la mismísima estupidez humana, como todos los demás 

Los secuaces de Don Ativos creyeron que Enji era uno de los desmemoriados idiotas que estaban afuera.

—Y menuda jaqueca tengo. ¿Siempre va a ser así? —replicó—. ¡Vamos! Que me muero de hambre. Uno se olvida hasta de comer con esa cosa. ¿Tienen bocadillos aquí?

Rápidamente asimiló la mentira y adoptó su papel. Relajó la postura, se puso las manos en la cadera, los brazos en jarra y caminó siguiendo los pasos de Volker y Cave con la calma de quien conoce el negocio de raíz. Estaba en una posición privilegiada y tenía que encontrar la forma de sacarle partido.

Salieron a una sala contigua, otra cueva prácticamente calcada a la anterior pero con contadas diferencias. La principal era la presencia de más gente en el lugar y un aparato justo en frente del más importante de todos: Don Ativos. El pez gordo.

—Señor —saludó agachando la cabeza un segundo—. ¿Soy el primero en regresar?

Una idea empezó a tomar forma en su cabeza. Necesitaba esa máquina y, de ser posible, también información. Toda la que pudiera conseguir y llevar al cuartel, porque en esas circunstancias, superado cuatro a uno, sentía muy lejana la posibilidad de atraparlos. Aquello le pegaba en el orgullo pero tendría que sacar las cosas adelante usando su otra especialidad: mentir como un cabrón.

—¿Qué sucedió con los chicos de afuera? Éso sí que es un desastre.

Caminó en torno a las cajas negras que marcaban el centro de la reunión, pensativo. De pronto, se detuvo en seco y con un estrépito se llevó una mano al pecho.

—¿Qué…?

Abrió los ojos, grandes y desorbitados, mientras hacía surgir de su oído un líquido morado y espeso. Se tocó la oreja derecha con la mano y luego miró sus dedos manchados con horror.

—¿Qué… me está pasando…? ¿Señor…? —Llevó su mirada a Don Ativos, a quien trató de acercarse pero empezó a trastabillar. Se agarró la cabeza con ambas manos mientras daba tropezones de un lado a otro—. ¡Los recuerdos! Oh, dios, ¡son muchos! ¡Me duele la materia gris!

Chocó con las cajas rosadas, giró y se terminó desplomando sobre las negras, en mitad de la reunión. El líquido empezó a brotar en mayor cantidad, ahora también de su nariz y hasta de su boca en una escena tétrica como poco. Más y más del veneno salía, empapando su torso casi por completo.

—¡Duele! ¡Duele tanto! Don Ativos… ¿No era seguro el proceso? ¿Esto es lo que le pasó a todos los que están afuera? ¡Ahhhhhhhhh! Ghua… ugh… uh…

Y cayó, dramático, más no muerto. Daba pequeños espasmos en periodos irregulares, moviendo los dedos de una mano y tensando el cuello. Con un poco de suerte el shock de lo que acababa de pasar y el nuevo temor a que si alguno de ellos se sometía al proceso, sus sesos acabarían revueltos, llamaría lo suficientemente la atención como para que dejasen la tiara mágica debajo suyo. Y, ¿quién sabe? Igual se les iba la lengua en mitad del desastre.

Off
#15
Pronto todo se volvió caos. No el tipo de caos elegante y funcional que se encuentra en un centro lleno de funcionarios, ni tampoco el de una fila autorregulada que se ha declarado anarquista. Aquello era puro y duro caos, de ese tan auténtico que te hace reconsiderar seriamente la posibilidad de huir al monte y dedicarse a la nada.

Y es que, la aparición del fluido morado a través de la oreja de Enji, trastocó a la mujer que hasta entonces se había considerado estoica.

Así, lo que primero ocurrió, fue que la rubia dio un brinco hacia atrás, alejándose de Enji como si este acabara de anunciar que poseía una enfermedad contagiosa. 
— Secreción sin identificar saliendo por sus oídos.
» Jaqueca.
» Estado de confusión...
Vanessa empezó a murmurar un seguido de síntomas como si estuviera leyendo el folleto de un medicamento.

Mientras tanto, Cave permanecía tan inmóvil que cualquiera habría jurado que llevaba horas ahí, posando; «Tener horchata en las venas» le encajaba tan bien en ese instante que habría sido un eslogan publicitario perfecto para su futura biografía.

—¿Posible daño en la masa encefálica? —dejó caer la rubia justo en el instante en el que el marine empezaba a «sangrar» por la nariz.

Y Cave, que continuaba sin entrar en acción solo pudo mirar de uno a otro, con la expresión de alguien que no entiende las reglas del juego pero sospecha que debe hacer algún movimiento.

—¡Tiene el cerebro hecho papilla! —la voz de la mujer reverberó por toda la estancia cuando, finalmente llegó a la conclusión de que el joven no había resistido los efectos adversos del P.E.C.A., tal y como los manuales, siempre llenos de optimismo, advertían—. ¡Ni en mis mejores sueños me pongo eso encima, Don Átivos!

Como si las palabras fueran un desafío personal, Völker —firme seguidor del viejo y hombre tan pendenciero como brabucón— se abalanzó sobre ella, agarrándola por el cuello de la camiseta para zarandearla con la delicadeza de un terremoto con complejo de protagonismo.

—¿¡Qué acabas de decir!? —gruño.

En ese momento, Cave, todavía sin hacer nada, descubrió una verdad tan profunda como reveladora: su tolerancia al estrés era tan baja que, cuanto más gritaba su compañero y más volaba la rubia de un lado a otro, él más retrocedía.

—Chicos, yo... — el hombre asustado pronto se encontró pegado a la pared, como una pegatina que nadie recuerda haber puesto pero que en cualquier momento echará a volar.

—¡Suéltala, Völker!— Endika saltó de la silla dispuesto a separar a sus compañeros —. Es normal que esté asustada.

—¿¡Asustada!? ¡Es una cobarde! Desde el principio intentó que no usáramos la máquina.

Vanessa, consciente de que enfrentarse a Völker era tan útil como discutir con un ladrillo, aprovechó que él estaba distraído para deslizarse fuera de la camiseta, dejándola colgando de sus manos como la muda de una serpiente.

—¡Cabeza de chorlito! ¿¡No te das cuenta de que acabas de sobrecargarla!? —insistió el joven.

Pero, para aquel entonces, sin hacer ruido, la rubia estaba huyendo semidesnuda.

—¿Es eso cierto, Vane? —la frase quedó a medias al darse cuenta de que estaba sujetando una camisa sin portador.

Völker se giró hacia todas partes buscando a la mujer.

—¡Basta! —la voz de Don Átivos hizo que todos callaran de golpe.

El hombre continuaba sentado frente al supuesto cadáver. No se había movido un ápice. Y pese a que el fluido comenzaba a acercarse peligrosamente hacia él, no parecía tener intención de hacer ningún movimiento.

—¿No veis que este hombre nos viene como anillo al dedo? —con uno de sus raquíticos dedos de la mano izquierda lo pinchó en la espalda como si así pudiera comprobar si estaba vivo —Pongámosle el P.E.C.A. y que cargue con nuestros crímenes.

Endika, que en ese momento vio el cielo abierto, fue el primero en asentir. Después le siguió Völker pues, Vanessa y Cave habían desaparecido en algún momento.

Endika


En medio, Don Átivos presidirá la escena sentado en una silla ligeramente más alta que las demás, lo justo para marcar jerarquía; a su alrededor, varios desconocidos ocuparán sillas: una especie de secretaria que toma notas frenéticamente, un acusado jóven que murmura para sí y dos sillas vacías que presumiblemente son las de Cave y Völker.

Hasta entonces, todos se habrán estado acusando entre sí, buscando exculparse y convertirse en el único, junto al líder, que saldrá impune de allí. Pero ahora... Casi cualquier cosa puede llegar a pasar.

Si te fijas en el improvisado atril, frente a Don Átivos, descansa un collarín conectado a varios cables que serpentean hasta una caja metálica con una única palanca. Es un aparato que te recuerda a los documentos que has encontrado en tu camino, los mismos que aún posees y por los cuales te han confundido con uno de los bandidos pese a que, a todas luces, no eres uno de ellos.

De repente, el aparato emitirá un leve zumbido intermitente, como si aguardara con paciencia su turno de palabra. Esa es tu prueba irrefutable de que tenías razón y que no te has inventado nada. La misma que convencerá a tus compañeros de que tus palabras no son las de un zumbado cualquiera. Solo uno muy realista. El problema, si has llegado hasta aquí, será escoger bien entre el cabecilla, la máquina o una imaginativa forma de terminar.

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#16
Su dramática muerte cumplió con sembrar la duda y la incertidumbre en el imaginario de la sala, infectando de temor los pútridos corazones de los más débiles. Escuchó y vio, con esos ojos abiertos de pupilas dilatadas y mirada desenfocada, como el caos se adueñaba de la sala. Aquellos de mente frágil empezaban a imaginar el peor escenario, y la perspectiva de ser el desafortunado que pasara por la máquina, perdiera la memoria y después muriese supurando sesos por las orejas… bueno, había que ser muy duro, o muy fanático del jefe, para que nada de eso te moviera un pelo. En la sala había un ejemplo de los dos casos. O, al menos, eso creía Enji desde su privilegiada posición.

—¡Ni en mis mejores sueños me pongo eso encima, Don Átivos!
—¿¡Qué acabas de decir!?


Era el momento perfecto. Mientras los subordinados peleaban, Enji actuó unos espasmos, moviéndose ruidosamente pero, al amparo de la atmósfera caótica, su torpe temblor apenas y debía llamar la atención. Tenían otras cosas en las que pensar. ¿Quién se daría cuenta de que había metido el brazo bajo su cuerpo? ¿A quién le importaba que girase sobre la mesa de cajas? Resbalando a posta en el veneno que había goteado hasta el suelo.

Agarró con la diestra ese peculiar collarín conectado a cables varios y de distinto color. Lo sujetó con fuerza, plenamente consciente de que esa era la prueba que necesitaba. Su mejor basa para encerrarlos.

—¡Cabeza de chorlito! ¿¡No te das cuenta de que acabas de sobrecargarla!?

Cuando Vanessa escapó, Enji vio su oportunidad. Alguien como ella, conocedora de las cuevas y en un estado de completo terror, tomaría el camino más corto para salir de ese lugar, sin grietas estrechas o respiraderos ardientes. Seguirla era su mejor opción para escapar junto con el collarín, así que, cuando Don Ativos tomó la palabra, el marine reaccionó. Los músculos de sus piernas se inflaron de golpe al tensionar sus fibras y, en un abrir y cerrar de ojos, Enji salió disparado detrás de la rubia del overol naranja. Se movió a la máxima velocidad que su entrenado cuerpo permitía y dejó atrás de sí nada más que una estela de veneno, desapareciendo en las narices del grupo mientras cargaba consigo el artefacto. Esperaba que arrancarle los cables en el primer tirón no lo estropeara del todo.

Tenía que seguir a esa rubia hasta dar con la salida más rápida de la cueva y, luego, ya alejado, encontrar dónde comunicarse con el cuartel. Más les valía a esa panda de vagos estar cerca del campamento que —no—, les había señalado en su primera llamada.

—¡Devuélveme mi cerebro! —exclamó, con la voz rasposa de ultratumba, mientras corría detrás de Vanessa. Ningún incentivo era poco para que la mujer corriera más rápido. Quería volver a respirar el aire de afuera, aunque no estuviera muchos menos viciado que ese.

Off
#17
Una formación en abanico se internó en la selva sin un destino claro, únicamente guiada por la imprecisión de los rumores, las palabras de Enji —para nada claras— y la confianza depositada en un hombre al que se le atribuía una suerte casi providencial; no había más certezas que esas, y sin embargo resultaban suficientes para avanzar bajo el sol menguante, cuya luz oblicua se deshacía entre las copas altas y espesaba el aire con un resplandor cansado.

Y, mientras la espesura cerraba filas a su alrededor, las comunicaciones a través de los Den Den se sucedían con constancia para informarse, con gran brevedad, y descartarse de trayectos y márgenes que no conducían a nada. Así, con un poco de suerte, podrían trazar un perímetro invisible y acotar las zonas hasta ir a dar con ellos.

***

Mientras tanto, en la cueva, Endika corría hacia la máquina eléctrica, detenida demasiado tiempo como para conservar intacta su potencia; el armatoste, vasto y rudimentario, se alzaba como una mole de madera dominada por una rueda descomunal cuyo borde sostenía una palanca tosca que exigía el peso entero de un cuerpo para ceder siquiera unos grados. En su cara interior, sembrada de piedras magnéticas negras y rugosas, se revelaba el corazón desnudo del mecanismo: una caja de delgas metálicas, oxidadas y mal ajustadas, que apenas contenían el verdadero núcleo del artificio, metros y metros de hilo de cobre enrollado en espirales densas, frente al cual aguardaba, inmóvil, una segunda rueda gemela, tan próxima que entre ambas apenas existía un pasillo de milímetros por donde la corriente solía circular.

—¿¡Qué cojones!?

Justo en el preciso instante en que el joven se plantó ante aquella dínamo gigantesca, una figura desnuda irrumpió en carrera hacia la salida.

—¿¡Qué está pasando!? —la voz de Völker volvió a reberberán por la sala quebrando la tensión que hasta entonces había quedado suspendida en el aire.

A esto, le siguió una mirada urgente por parte del hombre y de un gesto escueto de Don Átivos que bastó como orden, mientras los cables conectados al P.E.C.A. se tensaban hasta vibrar con una amenaza latente.

—¡Dale, Endika! —gritó el viejo.

Entonces, la palanca fue forzada con violencia en un intento desesperado por arrancar de la máquina la chispa necesaria; al mismo tiempo, otra silueta emprendía la persecución.

***

Delante de Enji, al principio sin conaciencia de ello, Vanessa corría como jamás había corrido en su vida. Pero, después, cuando su larga cabellera dorada se meció hacia la derecha y volteó la cabeza, tal fue el terror primario —ese impulso antiguo que nace cuando la muerte respira demasiado cerca—, o tal vez la imagen que la perseguía: un hombre casi desnudo, descompuesto en gritos, irrumpiendo en la lógica del mundo como una pesadilla hecha carne, hizo que sus músculos se endurecieran para así potenciar sus zancadas.

La mujer gritó, comenzó a correr errática y frente a ambos la gruta comenzó a estrecharse mientras avanzaba. Pronto, la roca, húmeda y áspera, parecía cerrarse con cada paso, obligándolos a encorvar el cuerpo y ceder altura para no golpear la frente contra el techo bajo.

¡BAM!

La mujer aulló de dolor al golpearse con una piedra en las costillas. Giró bruscamente a la derecha y se deslizó por un paso aún más angosto que exigía avanzar casi agachada.

—¡Yo no te hice nada! —gritó mientras reptaba sin detenerse hasta tomar otro desvío.

Ahora, un túnel curvado que trazaba un arco irregular, se abría ante ellos.

—¡Déjame!— su voz se perdió tras el sonido de algo al caer en el infinito.

Le siguió el sonido de piedrecillas desmoronarse. Se había hundido en un hueco. Saltarlo no iba a ser difícil pero requerría de haberlo visto previamente; más adelante, el túnel se abría a otra especie de cueva, una pequeña y tremebundamente oscura que, al final, iba a dar a la boca caliente. La misma abertura por la que Enji nunca había querido entrar.

Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
#18
Enji se disparó en persecución de Vanessa y perseguido por Volker, mientras, a la vez, Endika y Don Ativos hacían su propio movimiento para tratar de detenerlo. Solo una serie de afortunadas coincidencias podrían llevar a buen puerto su escape, pues corría prácticamente a ciegas, confiando en una mujer que estaba en mitad de un ataque de pánico y perseguido por un sujeto que lo atropellaría en la primera oportunidad. La esperanza, sin embargo, era lo último que se perdía y Enji confiaba particularmente en sus instintos. En ese primer impulso que lo empujaba a actuar de cierta manera.

Los cables que conectaban la corona del olvido a la máquina se tensaron cuando la distancia recorrida por sus zancadas igualó el largo de la conexión. De un firme tirón, las pequeñas pinzas metálicas saltaron por los aires y un arco eléctrico, como nunca antes había visto, surcó el aire, azotó la pared y tiró abajo algunas piedras a su espalda. Se seco el sudor de la frente con una mano. Había ido de un pelo.

—¡Tú tienes mi cerebro! —acusó a Vanessa mientras seguía acortando distancias con la aterrada mujer—. ¡Tu me lo quitaaaasteeeee!

El tono fantasmal fingido en su voz, que subía y bajaba en su tono, de grave a aguda y de aguda a grave, era cuánto menos decente. Lo suficiente para que la mujer siguiera sumida en ese temor irracional, escabullando en pasillos y rendijas en la roca cada vez más estrechas. Enji no dudó en seguirla, abriéndose paso como podía entre las paredes irregulares de piedra. Gorgoteando lamentos que mantenían a Vanessa apretando el culo y el paso.

—¡Cereeebro! ¡Cereee–...!

De pronto, la voz de Vanessa se escuchó lejana, pero ya no hacia adelante sino… hacia abajo. Entonces, Enji bajó un poco la velocidad, avanzó con más cuidado, y paso por la última zona donde sintió los gritos de Vanessa siendo capaz de ver el hueco donde ella cayó.

—Uh… —mascullo mientras daba un saltito para superarlo—. Espero no se haya muerto. Era linda.

Se encogió de hombros y siguió corriendo.

La grieta se hacía más angosta por momentos, para luego, al final, abrirse a una cueva mas amplia. Un pasillo grueso que se hendía en la montaña volcánica, dónde se sentía ese sofocante calor del que tuvo una probada antes de entrar. Automáticamente, Enji supo dónde estaba y empezó a corrar hacia la luz del exterior. Emergió fuera del “Pulmón de la montaña”, cómo lo había imaginado, y se movió de forma directa a esa entrada alternativa por la que se había colado en primera instancia. Allí, frente a la grieta, seguía parado su Den Den Mushi. Entrar en la cueva sin tener un bolsillo donde guardarlo hubiera sido una equivocacion y dejarlo atrás demostró ser un acierto.

Levantó al caracol del suelo y siguió corriendo mientras se comunicaba con el cuartel nuevamente.

—¿DONDE ESTÁN? —exigió saber—. ¿Qué? ¿Cómo que no fui preciso? ¡En el volcán! Bueno, a ver…

Y lo que siguió fue una larga conversación en plena carrera de regreso al campamento. Enji aseguró a Rey, Capitán, Cacerolero y al loco del Barril, y los guió, a tientas, a la civilización, como si fueran un grupo de niños que apenas aprendían a caminar. A saber si los medicos del cuartel podrían hacer algo con ellos después de investigar la tecnología del collar que se había robado, y los papeles que hablaban de ello. Con un poco de suerte recuperarían la memoria para poder ser debidamente encarcelados.

Cuando se encontraron con el grupo, informó de manera más precisa la localización de Don Ativos y Endika, los dos que quedaron en la cueva, con la esperanza de que fueran atrapados, pero era muy improbable. Al mismo tiempo, le pidieron reconocer a Cave y Vanessa, que habían sido encontrados en el bosque y tomados en custodia por sus compañeros.

El cabecilla había escapado junto a dos de sus cómplices, pero otros dos, además de los lobotomizados, estaban ahora en manos de la marina.

¿Misión cumplida?

—Esperen todos un momento —llamó Enji, sentado en un tronco del campamento que ahora habían reclamado junto a sus compañeros. Sería un buen lugar de reagrupe mientras terminaban de investigar la zona—. Entonces, ¿qué carajos es el IVA?

Resumen

Off
#19
✓
Aventura T1: Completada

Recompensas Narrador (Bai Mudan)

— Puntos Mugiwara: 6

— Puntos de Rol: 10

— Berries: 15.000


Recompensas User (Enji)

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 15

— Atributos:

— Berries: 10.000

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