03-02-2026, 10:43 PM
Día 78, Primavera, Año 17
Si hay algo característico en la isla de Baterilla, para Kael no es su faro, uno de sus mejores lugares turísticos en todo el lugar gracias a su diseño encima de un acantilado, así cómo tampoco lo es su volcán, que se alza sobre la tierra a unos dos kilómetros por encima del nivel del mar. Mucho menos daría algún tipo de importancia a la pequeña aldea, o mejor dicho pueblo pesquero de Baquella. Incluso si este se remarcaba con colores característicos de aquella isla, siendo el principal la pintura blanca con toques anaranjados en sus fachadas, y con tejados dispares que buscaban darle un poco de color al asunto, lo cierto es que nada de eso era algo que a él le importase.
Si había algo que verdaderamente llamase su atención, sin duda alguna era la pequeña base de la Marina.
Quizás puedas pensar que la respuesta correcta es el banco Goldreich, pero nada más lejos de la realidad.
Kael llevaba lo suficiente en la Marina como para saber distinguir entre una base rutinaria y una base cuidada, incluso si esta era pequeña y no muy vigilada. Según se dice, las verdaderas amenazas para la Marina no se encuentran en los mares azules, sino mucho más allá, tras las líneas del nuevo mundo. La base de Baterrila no está fortificada, tampoco reforzada, y mucho menos preparada para la guerra. Esa base simplemente se encuentra tal y como he mencionado: cuidada. Como una herramienta que no se usa a menudo, pero que se mantiene limpia porque, llegado el momento, debe funcionar sin fallos.
La base de Baterilla no destacaba por su tamaño ni por su armamento. Estaba situada a cierta distancia de Baquella, lo bastante cerca como para responder rápido a cualquier incidente, pero lo suficientemente lejos como para no formar parte de la vida diaria del pueblo, y todo con un sentido bastante acertado según los pensamientos del humano. La gente no tiene recibiendo con buenos ojos a ninguno de los miembros de la marina, casi siempre descuidando su deber y haciendo más mal que bien a la gente que vive con humildad en aquel lugar.
Desde fuera, el asentamiento parecía casi irrelevante. Desde dentro, funcionaba con una precisión silenciosa que Kael no había visto en otros destinos.
Llevaba ya casi una semana en la isla. Aún no conocía los nombres de todos sus compañeros, ni los hábitos exactos de los oficiales. Apenas se estaba acostumbrando a formar parte de la División setenta y cinco cuando, tras llegar a este destino, les comunicaron que a su equipo se unirían dos nuevos miembros más, y eso hacía este uno de los escuadrones más grandes de todo el cuerpo cuando recién había comenzado a actuar como uno solo.
Por las noches, el de cabello azabache dormía en una litera junto a otros tres marines rasos, todos igual de jóvenes, igual de prescindibles. El aire olía constantemente a sal, incluso dentro de los muros de piedra, pero para él, ese olor era casi un lujo que debía atesorar, pues acostumbra a oler los perfumes caros de su amigo de la infancia, los cuales a día de hoy prácticamente le han arrebatado por completo todo sentido del olfato, y por consecuencia, del gusto.
Las órdenes eran simples cada día: Patrullas costeras. Turnos de guardia. Apoyo logístico. Nadie mencionaba el pasado de la isla. Nadie hablaba del porqué de la base. Y eso, precisamente, era lo que hacía que Kael no pudiera apartar la vista de ella. Aún tiene que esperar a que le entreguen una cita para poder hablar con algún superior de alto rango, dispuesto a entregar sus informes de la isla de Samba, así cómo de realizar la petición que su equipo, de una forma o de otra, habían accedido a realizar bajo sugerencia de Dashrath, o como fuera que se llamase el más alto del grupo.
Desde el primer día notó algo extraño: no había urgencia, pero tampoco relajación. No se gritaban órdenes innecesarias. No había castigos arbitrarios. Todo seguía un ritmo estable, casi monótono, como si la base existiera para no alterar nada y fuese solamente una decoración para asentar el dominio del gobierno y la Marina en la Isla.
Kael fue asignado a patrullas mixtas, a veces bordeando el pueblo, otras adentrándose unos kilómetros en la isla. El interior de Baterilla estaba cubierto de palmeras altas, vegetación densa y ciertos senderos bastante antiguos que apenas hoy en día quedaban marcados debido al desgaste en el tiempo. No era peligroso a simple vista, pero sí aislado, y sobre todo poco transitado.
El volcán siempre estaba presente en el horizonte. Inmóvil. Silencioso. No imponía miedo, sino una sensación extraña de permanencia. Como si hubiera estado allí antes que todo lo demás… y fuera a seguir allí cuando todo cambiara. Dos mil años no se presentan así cómo así alegando que en todo ese tiempo no había mostrado actividad volcánica alguna. ¿Sería durante su estancia el día en que por fin despertaría? Lo dudaba muchísimo, pues no posee ese tipo de malas fortunas en su haber.
Los habitantes de Baquella no parecían temer tampoco el volcán. Simplemente, por algo que aún no termina de entender, no hablan de él en ningún momento.
Con el paso de los días, Kael empezó a fijarse en los detalles pequeños. En cómo ciertos caminos nunca eran patrullados dos veces seguidas. En cómo algunos informes se revisaban incluso cuando no había novedades. En cómo los oficiales veteranos se detenían a observar el interior de la isla durante unos segundos más de lo necesario.
No era paranoia. Era hábito.
El banco Goldreich, por su parte, seguía siendo una distracción evidente. Grande, sólido, con más seguridad de la que un pueblo pesquero requeriría. Kael lo observó durante días, esperando encontrar en él algo diferente en todo aquello, pero no había patrullas adicionales. No había órdenes especiales. No era el centro de atención de la base. Para ellos simplemente estaba ahí, existiendo, como si no fuese extraño que un gran banco como ese estuviese en un lugar tan remoto.
Al final, eso solo reforzó su intuición: lo importante no estaba en el pueblo.
Las guardias nocturnas eran las peores. El silencio del interior de la isla era distinto al del mar. Más pesado. Más cerrado. En una de esas rondas, Kael creyó incluso haber sentido un leve temblor bajo los pies, apenas perceptible, tan breve que dudó de haberlo imaginado, puesto que durante el resto del tiempo nadie dió la alarma, y tampoco ocurrió nada más. Sin duda, la inmensa cantidad de pensamientos que tiene en su cabeza le hace sentir cosas que no son reales...y eso puede ser peligroso.
Revisando mapas antiguos en el archivo auxiliar —una tarea aburrida que le habían asignado por falta de personal—, Kael encontró registros de actividad geológica. No advertencias. No alarmas. Solo mediciones periódicas, actualizadas con una constancia meticulosa.
Décadas de observación.
No indicaban peligro. Indicaban vigilancia continua.
Kael empezó a entender que Baterilla no era una isla bajo amenaza, sino una isla bajo custodia. O eso es tal y como había sido hasta ahora...
A la fecha actual, durante la mañana fue asignado a realizar una vez más una ronda de patrullaje, pero esta vez lo debía hacer en solitario. Quienquiera que fuese su compañero ese día, había decidido como una buena idea saltarse su deber como si nada, y eso dió la oportunidad al humano de poder hablar con algunos habitantes del pueblo. Nada directo. Conversaciones normales. La pesca. El clima. El faro. Siempre el faro. Era el orgullo de Baquella, el símbolo de que, pasara lo que pasara, los pescadores encontrarían el camino de vuelta. Pero hubo uno que comentó algo distinto. Un pescador que solía viajar a mareas más profundas parecía estar asustado, casi aterrado, y eso llamó la atención del siempre impasible Omuyaga.
—¿Qué te ocurre? ¿Qué te ha pasado?
—Hay...hay algo en el mar. ¡Un monstruo, cerca de la isla, capaz de hundir embarcaciones enteras! —le respondió el pescador—. Nadie en toda la isla me cree, ¡pero usted es un Marine! Tiene que hacer algo, ¡avisar a los suyos! ¡Haga algo, por favor!
Kael pensó si estaba en lo cierto, si aquello tenía algún tipo de sentido.
—Está bien, déjeme tomar sus datos.
Por un instante, cuando dijo aquellas palabras, pareció dibujarse una diminuta sonrisa en el rostro de aquel señor, antes de comenzar a contar su historia detalladamente hasta el punto de sentirse verdaderamente preocupante.
De no haber sido por esa duda, de no haber creído ver algo durante esa fracción de segundo, muy seguramente Kael habría acudido con presteza a entregar un informe a cualquiera que fuese el informante en la base...pero esa duda, esa pequeña incertidumbre, le hizo replanteárselo una vez más.
Decidió preguntar en el pueblo, buscar algún indicio de corroboración a las palabras de ese pescador. Alguien más que tomase una ruta similar a la del pescador, y que hubiese notado algo similar en las aguas. Si verdaderamente había alguna criatura marina que acechase a los barcos, la marina debía hacer algo al respecto en el menor tiempo posible.
La sorpresa sí apareció esta vez en su rostro. No solo no había ni una sola persona que hubiese notado alguna criatura extraña, sino que tampoco había nadie que conociese a ese pescador, a pesar de claramente llevar unos ropajes característicos de la zona. Si era un turista, desde luego se camuflaba lo suficientemente bien con el entorno como para no levantar sospecha.
Kael salió, tras preguntar durante horas a distintas personas por todo el poblado, a buscar a aquel pescador cerca de donde se separaron...pero no lo encontró por ninguna parte. Había desaparecido sin dejar rastro, sin que ninguna persona lo viese, saliendo del escenario de la misma forma en la que llegó...como si nunca hubiese existido. Su patrulla le impedía salir de la aldea, por lo que si había salido del mismo no iba a poder buscarlo, pero estaba claro que algo le había pasado.
—Me parece que tú también lo has visto, jovencito.—Un hombre muy mayor, a su espalda, había sorprendido al marine sin que este pudiese percatarse de su presencia.
A pesar de su longeva edad, el hombre se mantenía saludable como un roble, fruto de posiblemente un largo entrenamiento con los años. Ese hombre, incluso con esa edad, era sin duda alguna más fuerte que el propio soldado allí presente.
—No has visto un fantasma, Marine, eso te lo aseguro. Se dice que ese hombre busca generar pánico en todos los Reinos de los mares del sur allá por donde va, y lo cierto es que llevo un tiempo siguiéndole la pista. Hoy en día no tengo la influencia en la marina como en mis tiempos sirviendo, así que me es difícil hacer las cosas con algo de ayuda.—El anciano extendió el brazo hacia Kael, ofreciéndole un apretón de manos.—Mi nombre es Samael, ex-comandante de la Marina, retirado ya hace años...pero no puedo dejar que tontos como este se dediquen a desestabilizar a la Marina con sus tonterías. El comercio se puede ver verdaderamente afectado si sigue así.
Casi con genuina sorpresa, Kael devolvió el gesto, estrechando la mano para finalmente observar con atención a aquel hombre, quién no parecía dispuesto a quedarse a charlar.
—Mira, por el momento, me harías un favor si pudieras escribir un informe formal avisando de la situación de este pescador a tus superiores. Sé que eres alguien de confianza; te llevo observando desde horas, y he visto como te preocupabas en silencio por las gentes del pueblo. Si eres capaz de hacer esto por mi...quizás llegue el día en que pueda devolverte el favor. La gente de este lugar puede confiar un poco más en ti, y por tanto, se que puedo hacerlo yo también.
Quizás, aquel día el soldado no había logrado desbaratar ningún plan malvado, por ridículo que fuese, pero para su aparente suerte, parece que de pronto hay alguien interesado en su forma de actuar, y quizás, en un futuro, ese contacto si tiene suerte de volver a encontrarlo, le permitiría lograr algo más que todo lo que ha hecho hasta ahora, en post de ayudar a la marina.
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