04-02-2026, 09:13 PM
Día 20 de Otoño, Año 9.
01:07 de la madrugada.
Zona costera del río, cerca de una arboleda.
01:07 de la madrugada.
Zona costera del río, cerca de una arboleda.
Jorek solía quedarse dormido mientras le cantaba. Una rutina extraña, pero bien asentada entre nosotros.
A bordo de aquel navío, nunca volví a pasar hambre. Jorek me obsequiaba con reliquias de tierra firme: un brazalete con zafiros, gargantillas doradas, plumas para que pudiera llenar de tinta mis cuadernos. Lo único que necesitaba era calmar sus humos con susurros almibarados y espantar entre canciones las pesadillas que lo acechaban.
Otras veces, sin embargo, recordaba. Hacerlo era como despertar de un mal sueño. De pronto me encontraba frotando mi piel con esparto y jabón, desesperado por arrancar de ella el hedor a puros. Solía ocurrir a media noche, cuando Jorek dormía.
Recordaba que estaba atrapado cuando él desembarcaba, mientras nosotros permanecíamos abordo. «Nosotros», curiosa expresión para un traidor. Nunca hubo un nosotros. Al contrario que al resto de esclavos, mi camarote no lo invadía un cliente diferente cada noche. Jorek no lo permitía y yo... lo agradecía.
Fingía que todo estaba bien, hasta que el siseo del látigo rasgando carne me despertaba del trance. Aquel sonido desagradable anunciaba el destino que esperaba a todo aquel que osara desobedecer a Jorek. Un cuerpo más por la borda. Él nunca midió bien los castigos. Por las noches, con mi única compañía, maldecía haberse excedido. Siempre susurraba lo mismo:
«No quería matarlo. —Aquel lamento me recordaba a mi padre—. Joder, con el dinero que me costó».
Nunca lo carcomió la culpa de una muerte inocente sino la del mal empresario que no gestiona sus bienes. Yo no era diferente para él. Ser el favorito de Jorek tenía sus privilegios, pero ninguno de ellos se asemejaría jamás a la libertad.
El día que decidí escapar, esperaba haber estado más lejos para cuando Jorek se diera cuenta. Iluso de mí. Apenas había conseguido alcanzar la linde de la arboleda cuando los gritos del capitán irrumpieron la quietud de la madrugada. Debería haber seguido corriendo, igual que el día que me marché de casa, pero ocurrieron dos cosas simultáneas.
La primera de ellas fue un ataque de tos. Los pulmones me fallaron y el aire me hizo boquear, mientras me arrastraba hasta uno de los troncos para refugiarme en él. La segunda, mientras luchaba por un poco de oxígeno, fue el ramalazo de culpa. Jorek debía haber enviado a sus camaradas a rastrear el perímetro. Deseé que mientras lo hacían no pusieran en riesgo a la gente de los alrededores. Mucho menos, al carpintero que se había prestado a reparar el barco que yo mismo había dañado para alcanzar esta oportunidad.
¿De qué había servido, si ahora me fallaba el cuerpo? Cerré los ojos con fuerza. Todavía estaba a tiempo de regresar para fingir que solo había salido a tomar el aire. Estaba convencido de que Jorek me perdonaría, pero entonces me condenaría a una prisión perpetua.
