Tocar fondo | Pasado | Miyori
#11
El frío del mar acariciaba sus cicatrices. El agua, cristalina y salada, arremetía con suavidad contra su figura, arrullado por el oleaje tranquilo de la noche. Ese que desconocía el caos que se desarrollaba en la costa. Lamentablemente, Enji no podía hacer lo mismo. No podía abstraerse de lo que pasaba. Los gritos lo acosaban, anclándolo a ese dolor, a esos viejos recuerdos que emergen con el ondear de las llamas y sus lenguas de fuego creciendo hacia el firmamento. El aire estaba viciado de pavor, miedo y desesperación confluyendo en un alarido multitudinal. Un bramido de terror que calaba en los huesos y congelaba la sangre. Aunque, en su caso, la hacía arder. Ese mismo ardor crecía y se extendía por su cuerpo, como raíces volcánicas arraigando en cada articulación y perforando los músculos. Cómo la pobre víctima de un manto ardiente seguido de un viento helado, se quedaba estático, convertido en una estatua. Un monumento a la vida que alguna vez tuvo. Vida que pasaba frente a sus ojos, una y otra vez.

¿Dónde estaban? ¿Por qué no podía encontrarlos? Habían pasado años, pero las velas blancas con el símbolo del Gobierno Mundial plasmado en negro no volvieron a aparecer en ninguna costa. Al menos, no en su presencia.

«Los encontraré», prometió una vez, más esa promesa se fue diluyendo con el tiempo. Sus esfuerzos menguaron con el pasar de los meses y poco a poco se dejó arrastrar a la resignación. Hacía guardias eternas en el muelle de cada isla por la que pasaba, observando el mar. Esperando. Y temiendo, a la vez, que su espera conociera el final un día. Que ese barco volviera a aparecer. No lo quería admitir. Nunca lo haría. «Los encontraré», prometió. ¿Y luego qué?

Estaba sordo, ciego. Sus sentidos se habían paralizado y flotaba en el aire, ajeno al mundo más allá de las llamas. Todo lo que lo rodeaba ardía. Cómo esa vez en la casa, debajo de los tirantes de madera y encima de los cadáveres de su familia. Todo ardía.

Hasta que algo lo alcanzó.

Era… tibio. Un toque cálido que atravesó el ardor en su piel. Una fuerza pequeña, gentil, que lo envolvía. ¿Cuándo fue la última vez que sintió ese cobijo? El frío del mar no apagaba el calor en su piel, pero esos brazos… esos brazos podían hacerlo. Podían aislarlo un momento de sus pesadillas, brindarle un segundo de silencio, dotarlo de paz. Un segundo, nada más. Un único segundo de calma después de años sumido en la locura. Se sentía bien. Cómo la primera bocanada de aire después de un largo tiempo bajo el agua.

Enji abrió los ojos.

Estaba de espaldas al fuego y, aún así, podía sentir el calor llegando desde el incendio que rápidamente se propagaba por la costa. Los esfuerzos de los locales y marineros de todos lados que habían atacado en Baquella lograron contener una parte, evitar que se extendiera hacia dentro de la isla, pero las llamas eran enormes y el humo negro se debía ver desde Samba. El barco que transportaba aceite era ahora una enorme antorcha y a su alrededor, en el agua, el fuego crepitaba contra las olas, pues varios habían optado por hundirlo para que el mar se tragara las llamas. El aceite encendido flotaba y tenías en el mar una alfombra roja, brillante y aterradora.

Estaban lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo.

—Tu hermano está ahí —señaló tras reparar en quién era la persona que lo sostenía entre sus brazos—. ¿Qué haces consolando a un vagabundo? ¡Tu maldito hermano está ahí!

Apretó los dientes, apretó los ojos, tensó todo el cuerpo y aún así no pudo moverse. No pudo girarse. Estaba atrapado en el terror y solo se sentía capaz de hablar porque le daba la espalda.

—¡Yo no puedo ayudar! ¡Dejame aquí y busca a alguien que pueda mover el culo!
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#12
Las llamas del incendio danzaban a lo largo del muelle, devorando sin piedad cuanto encontraba todo a su paso, deshaciendo en minutos la estabilidad mercantil de los comerciantes. Habitantes y visitantes de Baquella hacían lo imposible por contener aquel desastre casi indomable. El baco que debía partir cargado con el mejor aceite se había vuelto ahora en una antorcha gigantesca, visible para cualquiera en alta mar. Una densa capa de humo negro cubría la costa y el aire se impregnaba de un olor agrio y ardiente como azufre. Los gritos no cesaban, no mientras aún quedará algo por salvar…. O, en la pena del dolor de haberlo perdido todo.

El resplandor rojizo de aquel escenario lúgubre iluminaba radiante todo lo que estuviese a su alcance, y a pesar de eso, mis ojos no siguieron la dirección de su dedo apuntando el puerto, no miré el incendio ni el muelle. Lo miré solo a él. 

Entre mis brazos lo sentí temblar apenas, distante de la realidad que nos rodeaba, como un prisionero encerrado en un recuerdo del que no encontraba salida, ya no me quedaban dudas, él no huía solo de un incendio, si no, de algo mucho más antiguo que ardía detrás de sus ojos. Y aún así, cuando su voz rompió el aire con un tono pesado, áspero y con todo el deseo de reprochar mis acciones, yo sentí alivio de escucharle hablar. Alivio por que en medio del miedo finalmente encontró la lucidez para notar mi presencia, en medio del caos, lo escuché respirar y solo así supe que ahora estaba conmigo.

Me aferré a él con más firmeza, rodeando su cuello para que su mentón encontrará descanso en mi hombro. Mis dedos se perdieron entre los mechones rebeldes de su nuca. Lo abracé con sumo cariño mezclada con preocupación. No importaba si me odiaba, ni si me lo pedía, no pensaba separarme, no lo abandonaría en el umbral de su propio abismo, no mientras aquella pesadilla tomaba forma frente a sus ojos. —-Lo sé…. —- Susurré flaqueante, casi con miedo, porque también yo comprendía lo que era temer perder a alguien amado. Mi cuerpo también temblaba ante esa posibilidad, pero no me importaba.

—Por favor…. —- Cerré mis ojos para no ver más aquel escenario vuelto en llamas. Y me centré solo en esto, en él, y en su miedo reflejado en su cuerpo que ahora era más que una roca incapaz de moverse. —- No me rechaces…

—- Te prometo que me iré en cuanto pase todo lo malo…. —- Traté de hablarle de manera gentil, para no provocar su molestia, en verdad no quería molestarlo, solo alcanzarlo. — Me iré ,y no te molestaré nunca más ... .pero… —- No me importaba que el agua salina empapa mi vestido ni que pronto el aceite que escapaba del barco hundido lo manchara de rojo, tampoco me importaba respirar aquel humo pesado, áspero que arañaba la garganta, permanecería allí el tiempo que hiciera falta, hasta arrancarlo de ese lugar…. De donde sea que su mente se encontraba atrapado.

—- No me alejes.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#13
El grito del fuego crepitaba en la costa. Enji lo podía escuchar, justo detrás de la voz de Miyori: caos y miedo convergiendo en un sonido particular, una armonía de muerte, aguda y penetrante. Cuán bien conocía ese ritmo y que fácil era perderse en sus compases, alejado de la realidad del mundo para sumirse y hundirse en las pesadillas del ayer. Esta vez, sin embargo, había algo por delante. Un latir particular, que, incluso lejos de su origen, podía sentir vibrando en las manos de la chica, en sus brazos, en su voz. Un golpeteo rápido y constante, cargado de temor, desesperación, frustración, y cariño. Reconocía todos esos sentimientos menos el último. El único que desentonó en su melodía y lo arrancó del ensueño. Su ancla a la realidad.

Los brazos de Enji respondieron levantándose del agua y rodeando esa figura pequeña, menuda, que lo sostenía. Se sentía frágil y aún así, firme. Valiente. Lo suficiente para tener el fin del mundo delante y no apartar la mirada.

Él no podía decir lo mismo.

—Estas loca, chica —dijo, y vio como un velo naranja caía frente a sus ojos. Sintió el descanso en ese hombro y sus párpados cayeron, cansados, mientras sus brazos apretaban la delicada figura que le brindaba cobijo—. Te vas a morir de frío en el agua.

Cosa que él no sufría. O si, pero no lo sentía. Todo el frío pesaba menos cuando habías sufrido el abrazo del fuego alguna vez.

En el muelle, las cosas no estaban mejorando. El fuego apenas y se había podido contener en la zona comercial y muchos temían que se fuera a extender por culpa del viento, que, inoportuno, había dejado de correr hacia el mar y ahora parecía regresarse, trayendo consigo el calor de las llamas. Los vecinos habían organizado líneas de pasamanos para llevar baldes de agua hacia el origen de las llamas, empapar las casas cercanas y las calles en busca de encerrar el incendio lo más lejos posible de la zona residencial. Los techos anaranjados, típicos de Baquella y una seña de identidad del pueblo, empezaban a ennegrecer.

Entonces, bajo el cobijo de la noche, llegaron los marines. Irrumpieron desde la calle principal con fuerza y autoridad, empujando a los civiles, abriéndose paso en el tumulto.

—¡Acordonen la zona! ¡Escuadron azul, al agua! ¡Escuadron rojo, a los baldes! ¡Vamos, vamos, vamos!

Una cuadrilla de gyojin uniformados corrieron al agua, pasando a un lado de Enji y Miyori, sorteando su momento para internarse en las aguas y formar entorno al barco que era el principal foco del fuego. Desde debajo, anclados a su casco por las palmados dedos, empezaron a arrastrarlos mar adentro, alejando la fuente del aceite y la antorcha que lo había empezado todo. Cuando hubieron separado un trecho seguro, la mitad del grupo regreso y mediante movimientos de Gyojin Karate, ejecutados en simultáneo y con suma precisión, precipitaron una lluvia de agua salada sobre esa sección del puerto. El fuego se revolvió, salvaje y rebelde, reticente a rendirse después de haber ardido con tantisima fuerza.

—¡Evacúen toda la costa hasta que podamos controlar el fuego! No quiera nadie cerca del agua. ¡Ya, ya, ya!

El superior ladraba las órdenes y sus subordinados asentían, rugían un “Sí” y corrían a cumplirlas.

—Necesitos que nos acompañen. Esta zona es muy peligrosa, jóvenes —dijo uno de los Gyojin que regresaban del mar al pasar junto a ellos—. Por favor, deben volver.
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#14
Mi corazón latía con una inquietud dulce y dolorosa, me hallaba entre la espada y la pared, y aún así elegía la espada, aceptando la posibilidad de la herida. Pero no sentía miedo a las posibilidades de un final trágico, presiento que todo terminaría en calma cuando el fuego abandonase el lugar en una silenciosa despedida.

En mi pecho floreció un sentimiento sin nombre, difícil de comprender, pero cuando lo sentí corresponder mi abrazo al rodear mi cuerpo con sus brazos, algo en mí sintió felicidad. No fue solo alivio… en sus brazos me sentí eterna.

Ya no era únicamente yo intentando rescatarlo del abismo; era él quien, en silencio, me permitía entrar.

Sus manos, su cuerpo… todo en él me resultaba cálido, aún cuando el oleaje frío del mar nos bañaba de forma constante. Sí, estaba loca, y me enorgullecía serlo, porque de no estarlo… no quedaría en mí una pizca de humanidad, y lo vería como los demás, como alguien que no merece que se le extienda la mano. Como él, me aferré a nuestro abrazo como si fuera lo único importante en ese instante, y lo era.

—No me importa. —- Respondí con voz tranquila, dejando reposar una suave sonrisa en mis labios, gentil y dulce. No sentía el frío, solo su calidez alrededor de mi cuerpo.

La ayuda de los marines finalmente había llegado. Sus órdenes resonaban entre el estruendo y el caos, desplegándose para resguardar al pueblo. ¿Sería este, por fin, el final de aquella noche infernal?, los sentí correr a nuestro alrededor, pasar junto a nosotros como una ráfaga urgente, y aún así, no me aparté de este hombre al cuál le brindaba refugio.

En la costa, la situación parecía tensarse cada vez más. Aunque los gyojin de la Marina intentaban dominar aquel barco devorado por las obstinadas llamas, no sería tarea sencilla…no mientras personas como nosotros permanecieran dentro del margen del peligro.

Me separé apenas de su abrazo, pero no sin antes sumergirme en la profundidad de sus ojos, del chico de cabellos desordenados y mirada carmesí. Mi duda seguía allí, una leve preocupación de alejarme, aunque lo sentía más tranquilo, no estaba segura de que fuera el momento de apartarme. Mis manos permanecieron en sus hombros, como si apartarlas del todo fuera traicionar lo que aún nos unía.

Mi atención se vio obligada a desplazarse hacia los gyojin, que nos indicaban la urgencia de abandonar la zona en llamas —- Si, señor... —- Dije sutil, casi a regañadientes, pero obediente. Y fue entonces que decidí levantarme. Con mi vestido, pelo y cuerpo empapado. Extendí mi mano derecha al hombre que aún desconocía por completo, quizás en la posibilidad que vuelva a golpear mi mano en rechazo. Pero soy terca, y me gusta serlo.

—- ¿Está bien si te acompaño hasta el muelle?, bueno lo que queda de él. —  Dije con una sonrisa suave, teñida de ironía. No habia un lugar realmente agradable donde quedarse, pronto las cenizas cubrirían más que los recuerdos bellos de Baquella.

Aun así, había una promesa que debía cumplir, no causarle más molestias.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#15
La escena se rompía en dos encuadres superpuestos, tan distintos y, aún con ello, complementarios el uno del otro. El incendio, por un lado, con sus colores cálidos y estridentes. Rojos, amarillos y anaranjados superpuestos al blanco de los edificios del puerto. La furia de las llamas y el terror de los vecinos, pescaderos y comerciantes presionando contra la línea de marines, algunos para huir y otros para regresar, reticentes de aceptar la tragedia de haberlo perdido todo menos la vida. Después, por otro lado, estaba el retrato del abrazo de un hombre y una mujer a la orilla del mar. Sumergidos parcialmente en las aguas de la costa, se aferraban el uno al otro por motivos que sobra explicar, prefiriendo el calor de un alma compasiva a la abrasión de las llamas, indiferentes en tu hambre por destrucción. Conocían del otro lo único que hacía falta saber: que lo necesitaban.

Enji dejó correr el dolor, la frustración, la resignación y el odio a través de esas vías invisibles que lo conectaron a otra persona por primera vez en años. Respiró el aroma del cariño, se llenó los pulmones y suspiró, deshaciéndose del peso que había echado raices en su pecho. De pronto, todo se sentía un poco más fácil. Nada se había resuelto, nada había mejorado en la realidad, pero dentro suyo, dónde importaban las cosas, regresó un poco de lucidez. La neblina se dispersaba.

Con ese aire en el pecho, decidió regresar a la realidad.

El abrazo se rompió, pero seguía conectado a esa fuente de calor frío. Enji miró a Miyori a los ojos por unos segundos eternos. El mundo los reclamaba. Ese momento, sin embargo, duraría mucho más que lo que dijera el tiempo. Duraría todo cuanto su voluntad permaneciera a flote una vez más.

Ella fue la primera en levantarse y él, poco después, la siguió, usando su mano de anclaje para poder ponerse en pie. Se irguió, recto, y ganó unos centímetros en comparación a como lo había visto Miyori por primera vez. Sus vértebras crujieron al ordenarse. Inclinó la cabeza a un lado y su cuello tronó como una rama al romperse.

Que alivio.

—Hay que buscar a tu hermano —dijo Enji, señalando con el mentón al tumulto.

Había algo diferente en su mirada. Una chispa, un fragor, recuperado después de despejar los nubarrones de su incertidumbre. Se rascó el cuello mientras dirigía su mirada al fuego que los marines luchaban por contener.

Todavía sentía el dolor atenazarle el pecho. No, no podía acercarse. Por mucho que quisiera ayudar. Sería solo un lastre.

Suspiró.

—Salgamos de aquí. La marina se encargará.

Y se dirigieron a la calle principal, alejados de la fuente de calor que amenazaba los muelles. Sería una larga noche de luchar contra las llamas. El terror seguía en alza entre los testigos, buscando con la mirada familiares, amigos o empleados que pudieran faltar en su cuenta. Nadie quería enterarse de que su conocido permanecía en ese pequeño infierno.

Mientras caminaban, uno al lado del otro, algo nació en su pecho. Algo que hace mucho no surgía dentro suyo.

—Gracias —murmuró—. Y no lo pienso repetir, así que, si no lo escuchaste, mala suerte.
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#16
No pude evitar sorprenderme con cierta felicidad escondida cuando tomó mi mano sin reproche como antes. Pero aquella dicha duró solo un segundo al verlo incorporarse sin miedo, y todo su cuerpo crujió como si estuviera a punto de romperse, como si sus huesos hubiesen resistido demasiado tiempo al dolor, encogidos, ahora me pareciá más alto que antes. Mi expresión debió delatar el susto que sentí al escucharlo como ramas trituradas entre sí.

Antes de que pudiera preguntarle si estaba bien, si no le dolía, me sugirió que era momento de buscar a mi hermano, acompañado de un leve movimiento de cabeza hacia el puerto en llamas, pero más hacia la zona de retención y seguridad impuesta por los marines.

Mis ojos se volvieron hacia aquel escenario que, por un instante, había logrado olvidar. Sí… debía ir y asegurarme que todo estuviera bien. Luego de reflexionar, dirigí mi mirada de nuevo al joven de ojos carmesí, con cierta duda, pero terminé por aceptar su idea. ¿De verdad estaría bien volver?, ¿Al menos para él?.

—- Está bien.  —- Murmuré suavemente.

Volví a mirar a los gyojin de la Marina intentando contener el desastre del barco, más bien, fue el barco lo que me tenía intrigada un momento. Una idea cruzó silenciosa mi mente, si nada de esto hubiera ocurrido…¿Nuestros caminos se habrían encontrado alguna vez?. Probablemente no.

Una sonrisa tenue nació solo para mí. A veces la vida te presenta a alguien en medio del caos, cuando todo arde y parece derrumbarse… y aún así, entre las cenizas, nace un recuerdo hermoso e imposible de olvidar.

Me incorporé a su lado, caminando juntos hacia aquel escenario donde las familias y los habitantes intentaban encontrarse y permanecer juntos. El frío empezó a calarse en mi cuerpo a consecuencia del agua del mar que aún escurría de mi, y el viento no ayudaba en su oposición en cada paso que dábamos, logrando alborotar algunos mechones de mi cabello naranja. Nos acompañamos en silencio, pero no era incómodo, no hacía falta hablar. 

Pero… al escucharlo darme las gracias, un pequeño sobresalto recorrió mi pecho. Al mismo tiempo, una risa suave se escapó de mis labios, me causaba gracia lo arisco que había sido en tan solo un instante. Sin detenernos, y con una sonrisa totalmente cálida de mi parte, me sentí más cercana a él. 

—- Bueno, entonces tampoco repetiré que me alegra saberlo. — Dije con un tono un tanto sonoro, en tarareo músical. Pero sin burla alguna y con la mirada puesta en el camino.

La multitud reunida en un punto de control de la Marina me permitió percibir mejor el ambiente y la manera en como Baquella intentaba recuperar sus vínculos. Algunos lo lograron con suerte, otros no. Antes de dirigirme a ese lugar, detuve mi andar por un momento, dejando que la brisa me atormentara un poco más, un poco más de frío que soportar. Suspiré un poco inquieta porque pronto podría toparme con una realidad dolorosa, no lo sabía., 

Luego miré a mi acompañante con una sonrisa sútil pero dulce.

—No me has dicho tu nombre. — Expresé curiosa pero a la vez tranquila, en plena iluminación nocturna. Postergando el momento de encontrarme con mi familia.

— Estoy segura que ya sabes cuál es el mío… pero lo diré por si acaso… Mi nombre es Miyori Hoshino.
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#17
El mundo volvió a tomar color, poco a poco, en sus ojos cansados. Pese a que las ojeras seguían allí, el cansancio seguía allí, y el hambre, definitivamente, seguía allí, algo fundamental estaba cambiando. De pronto, sintió ganas de dormir en una buena cama y no en el primer callejón donde pudiera acomodarse. Deseó comer algo, una comida lo suficientemente deliciosa como para activar su dormido sentido del gusto. Saborear algo más que el tibio humo del cigarrillo. Nada había cambiado y, a la vez, nada era lo mismo.

Enji se detuvo dos metros por delante de dónde Miyori frenó su andar. Se giró, y, con el mar y la luna de fondo, dejó caer su mirada en ella.

¿Qué importaba su nombre? No era nadie. Ya no. Una cáscara vacía, resignada al fracaso, que abrazaba la tragedia en la que se había convertido su vida. ¿Su apellido? No quería recordarlo. Le daba pesadillas. ¿Su nombre? No recordaba la última vez que alguien lo mencionó. Era una sombra, vagando por el mundo bajo la falsa premisa de un objetivo. Temiendo el día que la casualidad lo llevase demasiado cerca de él. Aterrado de la sola idea de tener la verdad a tiro, y correr en dirección opuesta. Un patético…

—Me llamo Enji —dijo, y todos esos pensamientos quedaron atrás. Se evaporaron, sepultados por un simple paso al frente—. Recordaré tu nombre, Miyori Hoshino, como el nombre de la mujer más terca que he conocido. —Chistó con la lengua y negó con la cabeza, pero sonreía de forma muy tenue—. Vamos, tienes que encontrar a tu hermano. Deben estar preocupados por ti.

Señaló al frente, al tumulto, tanto con la mano como con la cabeza. El temor se reflejaba en todas y cada una de las miradas de los civiles, quienes, llamados por la columna de humo que se levantaba al cielo desde la costa, se habían acercado desde todos los rincones de Baquella. Algunos para tratar de ayudar. Otros atraídos por el morbo de saber que estaba pasando. Afortunadamente, la mayoría parecía formar parte del primer grupo.

—La próxima vez que te topes con un vagabundo desequilibrado, Hoshino, haz el favor de no acercarte tanto —dijo, de pronto y tras pensarlo unos segundos. Se rascó el cuello con la mano derecha mientras caminaban entre el caos de gente y estiró la otra mano para tomar a Miyori por el antebrazo. No quería que se le perdiera en medio del tumulto—. No todos serán tan amables como yo.

Y eso él lo sabía bien, después de meses y meses conviviendo en la calle, algunas cicatrices nuevas en el torso y muchas, pero muchas peleas. Nadie le tenía compasión a un loco desahuciado, mucho menos otro sujeto en las mismas circunstancias y con un callejón que defender. Resultaba increíble lo mucho que se podían echar por un trozo de suelo que estuviera cubierto de la lluvia.

Enji no los culpaba.

—Oye… —Se detuvo y su mano se elevó, señalando al frente con el índice—. ¿Ese de ahí no es tu hermano?
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#18
Su mirada se posó sobre la mía, y acompañados de un breve silencio que me hizo contener un momento la respiración ante la curiosidad de su nombre. Finalmente, eligió presentarse. Enji es su nombre, lo cuál me pareció curioso por su significado, y sin embargo, parecía encajar con él como un anillo a medida. Al menos eso creo.

Ahora podía ponerle nombre a su ser, llenarme de su recuerdo como alguien que conocí en medio del caos. No como el desconocido que intenté ayudar a la fuerza, sino, con su nombre grabado en mi corazón. Sonreí agradecida por su confianza y por permitirme saberlo.

Me encogí de hombros y me reí suavemente ante su comentario sobre mí. Sí, acepto que soy terca cuando se trata de proteger o ayudar. Mis pies retomaron el camino hacia la multitud, ya no sentía miedo ni preocupaciones. La inquietud se desvaneció, y por fin me sentí completa de nuevo.

Estando más cerca de la calle principal, pude observar los rostros de los habitantes llenos de aflicción contenida. Algunas familias estaban completas, otras no, pero todos compartían la preocupación por haber perdido sus puestos mercantiles, esos que con años y dedicación habían mantenido a flote. ¿Cómo sería la mañana siguiente?, los comienzos siempre suelen ser los más difíciles.

Escuché a Enji hablar mientras nos abríamos paso entre la multitud. Quizás para él era fácil avanzar y esquivar a las personas, yo en cambio, podía retrasarme en cada tropiezo al toparme con alguien. Por eso me sentí agradecida cuando me tomó del brazo y caminó frente a mí para evitar que me perdiese entre la multitud. — Hasta ahora no me he topado con ninguno. — Dije tranquila ante su comentario de tener cuidado al encontrar vagabundos. Él no me parecía eso, solo una persona cansada. — Pero lo tomaré en cuenta.

Nuestro camino se detuvo en cierto punto, y antes de que Enji me señalará dónde se encontraba mi hermano Takeshi, mis ojos se llenaron de felicidad absoluta. No solo estaba él, estaba mi familia completa. Tan pronto como me vieron, alzaron los brazos al aire, indicandome que debía agruparme con ellos. Todos sonrían con gran alivio, todos felices de verme a salvo, como si fuera la única perdida entre los Hoshino — ¡¡MIYORI!!

Mi familia, compuesta por mis tres hermanos mayores, la esposa de mi hermano mayor, mis dos sobrinas pequeñas, y por supuesto, al hombre que más amaba en todo el mundo. Mi padre, todos estaban ahí, en una pieza. Me sentí afortunada.

— Es mi familia. — Dije lo obvio, en lo que mi atención caía de nuevo en Enji, con cierta sonrisa de alivio y sollozos que en su momento quiso abordarme pero no permití desplazarse. — Me gustaría presentarte con ellos, pero creo que en este momento no hay lugar para reír.

— Gracias por traerme hasta aquí…. — Expresé con una sonrisa dulce hacia él, sin perder contacto visual alguno de sus ojos rojizos. Tomé su mano, con la que me había dirigido todo el camino, la tomé con cierto entusiasmo y cariño. — ¡Por favor visitame la próxima vez que estés en Baquella! ¡Me encantará verte de nuevo!, mi familia también estará feliz de recibirte. — Silencié unos segundos, dudando si debería continuar y apartarme. Quería conocerlo más, no solo sus miedos, sus rabietas o su enojo, quería verlo amando la vida. — Estaré esperándote...

—- Nos vemos, Enji …. —- Solté su mano ahora. Jamás lo recordaría como aquel hombre que vi al inicio de la noche, alguien aislado en la vereda del camino, siendo ignorado y juzgado por las personas. En mi corazón siempre permanecería su lado humano, y la certeza de que, al igual que yo, nos habíamos reconfortado mutuamente.

Me alejé para ser recibida ahora en los brazos de mi familia. Con la esperanza de un futuro maravilloso después de este día de tragedias. Aunque, de la tragedia también se puede encontrar la belleza de nuevos comienzos.
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#19
Al cobijo de la noche y bajo la luz de las llamas, una familia sentía el peso de la preocupación caer a sus pies y desvanecerse, transformado en alivio en un parpadeo. Los ojos se llenaron de lágrimas y las gargantas quisieran desgarrarse para llamarla, para confirmar que se trataba de ella. La euforia, el shock, el cariño. Algo se removió dentro de Enji al presenciar esa escena, lo que llevó su memoria al pasado una vez más. Pero un pasado diferente. Uno todavía más lejano que esa visión que el fuego había proyectado en su memoria. Un pasado… magnífico. Tan luminoso y cálido que lo llenaba de vigor.

Se vio sentado en un sillón, junto a la chimenea, recibiendo una taza de chocolate de su madre. Todos estaban allí. Su padre, su hermano, su madre y él estaban acomodados en torno al fuego en una noche invernal. La paz inundaba su hogar, junto al aroma del pan recién horneado que se templaba en la cocina. Casi podía saborearlo. Pronto, su madre traería una bandeja con sendas rodajas para repartir y hablarían de la última travesura de su hermano menor, del último chisme del pueblo, y volverían a tocar el tema de su soltería. Se reirían de él cuando alegase no sentirse listo y esa noche, como no, los cuatro acabarían desmayados sobre la alfombra después de exprimir hasta el último juego de mesa de su colección. 

Todo eso lo había perdido. Se lo habían arrebatado. Y, por primera vez en meses, lo que sintió no fue pena. No sintió tristeza o dolor al mirar atrás. Lo que sintió… fue ira, y un combustible nuevo llenando sus arcas. Ya no quería llorar por justicia.

No.

Clamaría por venganza.

—¿Están todos? —Por la actitud de la chica, asumió que sí—. No hay nadie a quien presentar, chica. Solo soy un desconocido por el que casi te quemas las manos.

Se paró, cuan largo era, de perfil, con Miyori a su izquierda y la familia, bastante más lejos, a su derecha. El cabello oscuro, largo y enmarañado cubría parte de sus ojos y la barba disimulaba las marcas más significativas de sus facciones, como el lunar en su mejilla o la cicatriz de su labio. Eso estaba bien. Cuando se afeitase y tuviera mejor cara, mejor sería que no lo reconocieran. Pasaría desapercibido. Volvería a ser un fantasma, solo que, está vez, no solo vagaría por allí como un alma en pena. Si ya estaba muerto, lo mínimo que podía hacer era sembrar un poco el caos y propiciar unos cuantos sustos.

—Supongo que puedo hacerlo —dijo, bajando la mirada para encontrarse con los ojos de Miyori—. Pero no prometo nada.

Se separaron.

Su mano sintió frío al privarse del contacto de ese agarre suave, gentil y cariñoso. Regresó al frío y la soledad. Pero eso estaba bien. Era lo que había decidido.

—Nos vemos, Miyori. Y espero que no explote nada ese día —musitó, rió entre dientes y se dió la media vuelta, soltando sus pasos en dirección contraria al fuego—. Hazle más caso a tu hermano.

Siguió la línea de la costa y se perdió en la oscuridad de la noche, a la que ya no opacaban las llamas. El incendio se estaba controlando. La tragedia se desvanecía…

Y otra miraba al futuro.
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