La arena estaba tibia bajo mi espalda, todavía guardando el calor del sol como si no quisiera soltarlo del todo. Me había recostado a un costado del barco, lo suficientemente cerca como para que su sombra me cubriera medio rostro, pero no tanto como para sentir el olor constante de la madera húmeda y dañada. Desde ahí podía verlo bien: varado, inclinado, con la quilla mordida por la costa de Little Garden. No parecía que fuera a partirse de inmediato, pero tampoco estaba en condiciones de hacerse el valiente.
Igual que nosotros, supongo.
Jin seguía sin aparecer. No era la primera vez que desaparecía cuando más falta hacía, así que decidí no amargarme. Alguien tenía que quedarse cuidando el barco, y sinceramente… no me molestaba. La jungla estaba a unos cuantos metros detrás, espesa y verde pero también llena de mosquitos del tamaño de humanos y otros bichos que estarían hambrientos por chupar la sangre de un gigante. Debía ser una gran bolsa de sangre a ojos de ellos. Por eso, prefería la playa. Aquí al menos el viento del mar ayudaba a espantarlos, y si algo grande se acercaba, lo vería venir.
Ya no pensaba en si mis compañeros estaban bien. Sabía que podían cuidarse solos. Yo estaba haciendo lo mío: vigilar el barco, vigilar el horizonte y el mar, asegurarme de que nada raro se acercara.
Escuchaba el mar romper con suavidad, una y otra vez, siempre igual pero nunca idéntico. Las olas dejaban líneas irregulares de espuma que se deshacían rápido, y más allá el agua cambiaba de color: turquesa cerca de la orilla, azul más oscuro a unos cientos de metros. El cielo estaba limpio, apenas decorado con nubes grandes, blancas, lentas. De esas que parecen quedarse quietas aunque sabes que se mueven.
Empecé contando nubes. Una, dos, tres… perdí la cuenta rápido. Así que cambié de método.
Siempre me parecieron una buena unidad de medida, como tambien un manjar exquisito de la naturaleza.
Miré una nube grande, estirada, y calculé cuántas vacas harían falta para llegar desde donde yo estaba hasta ahí arriba. Una vaca encima de otra, bien alineadas.
Diez… mmmmm no, más. Cincuenta. No, no, demasiado pocas. Cien vacas. Tal vez ciento veinte si eran vacas grandes, de esas bien alimentadas. Me tomé el tiempo de imaginarlo bien, con detalle: las vacas perfectamente apiladas, muy tranquilas, sin mugir demasiado, flotando hacia el cielo.
Otra nube parecía más lejos. Esa debía estar como a doscientas vacas. O doscientas cincuenta si contaba el espacio entre vaca y vaca. Me concentré tanto en el cálculo que dejé de escuchar la jungla y los zumbidos de los insectos de la lejanía.
El sol me calentaba la cara. El viento mecía apenas mi cabello. Mis párpados empezaron a pesar.
Seguí contando vacas, pero ya no estaba seguro si iba en doscientas o en cuarenta. Las vacas empezaron a caminar solas, a desordenarse, a acostarse en el aire como si también tuvieran sueño. Me di cuenta, muy vagamente, de que estaba roncando antes incluso de quedarme dormido del todo.
Y ahí me quedé. Tirado en la arena de la costa, roncando como bebé recién dormido y soñando con vacas qué pastaban en las nubes.
Igual que nosotros, supongo.
Jin seguía sin aparecer. No era la primera vez que desaparecía cuando más falta hacía, así que decidí no amargarme. Alguien tenía que quedarse cuidando el barco, y sinceramente… no me molestaba. La jungla estaba a unos cuantos metros detrás, espesa y verde pero también llena de mosquitos del tamaño de humanos y otros bichos que estarían hambrientos por chupar la sangre de un gigante. Debía ser una gran bolsa de sangre a ojos de ellos. Por eso, prefería la playa. Aquí al menos el viento del mar ayudaba a espantarlos, y si algo grande se acercaba, lo vería venir.
Ya no pensaba en si mis compañeros estaban bien. Sabía que podían cuidarse solos. Yo estaba haciendo lo mío: vigilar el barco, vigilar el horizonte y el mar, asegurarme de que nada raro se acercara.
Escuchaba el mar romper con suavidad, una y otra vez, siempre igual pero nunca idéntico. Las olas dejaban líneas irregulares de espuma que se deshacían rápido, y más allá el agua cambiaba de color: turquesa cerca de la orilla, azul más oscuro a unos cientos de metros. El cielo estaba limpio, apenas decorado con nubes grandes, blancas, lentas. De esas que parecen quedarse quietas aunque sabes que se mueven.
Empecé contando nubes. Una, dos, tres… perdí la cuenta rápido. Así que cambié de método.
Vacas.
Siempre me parecieron una buena unidad de medida, como tambien un manjar exquisito de la naturaleza.
Miré una nube grande, estirada, y calculé cuántas vacas harían falta para llegar desde donde yo estaba hasta ahí arriba. Una vaca encima de otra, bien alineadas.
Diez… mmmmm no, más. Cincuenta. No, no, demasiado pocas. Cien vacas. Tal vez ciento veinte si eran vacas grandes, de esas bien alimentadas. Me tomé el tiempo de imaginarlo bien, con detalle: las vacas perfectamente apiladas, muy tranquilas, sin mugir demasiado, flotando hacia el cielo.
Otra nube parecía más lejos. Esa debía estar como a doscientas vacas. O doscientas cincuenta si contaba el espacio entre vaca y vaca. Me concentré tanto en el cálculo que dejé de escuchar la jungla y los zumbidos de los insectos de la lejanía.
El sol me calentaba la cara. El viento mecía apenas mi cabello. Mis párpados empezaron a pesar.
Seguí contando vacas, pero ya no estaba seguro si iba en doscientas o en cuarenta. Las vacas empezaron a caminar solas, a desordenarse, a acostarse en el aire como si también tuvieran sueño. Me di cuenta, muy vagamente, de que estaba roncando antes incluso de quedarme dormido del todo.
Y ahí me quedé. Tirado en la arena de la costa, roncando como bebé recién dormido y soñando con vacas qué pastaban en las nubes.
