[Pasado] Buscando pichón |Priv.
#1
Día 40 de Verano| Año 16

No hacía mucho que había empezado la huida de su familia, de su clan. Y para su desgracia, aún no lograba conseguir cómo colarse en ningún barco y salir de allí. No quería estar más allí. No después de ver el desprecio en los ojos de aquellos que la vieron crecer. Pero tampoco es como que pudiera simplemente dejarlo todo atrás, ¿O sí? Como fuera, ahora se consideraba a sí misma una fugitiva y también por fuera de la ley. Una pirata más como los muchos que frecuentaba Baterilla. Así que era mejor que se empezara a comportar como una... sin llamar demasiado la atención, claro.

Había iniciado todo sin poder beber su té diario y estuvo desesperada. Tuvo que mentir en una panadería y pagar con algo de su dinero. Pero por suerte, aquello la salvó de provocar algún lío.

El plan para ese día era, entonces, conseguir dónde quedarse y dónde comer. Y por supuesto, no podía simplemente usar dinero que se había llevado cuando huyó. Eso solo llamaría más la atención. Y la opción más segura que le quedaba era también la más entretenida... y la que la había metido en todo ese rollo, para empezar. Exacto, apostar.

Mientras huía, llegó a un sitio con un puerto pequeño, donde apenas habían unos botes no muy grandes. Dos, de hecho. Parecían que eran más bien usados como ferry para llevar a la gente a algunas de las ciudades de Baterilla. Había unas cuantas casas de los habitantes del pueblito y una taberna grande, que al frente, cruzando la calle, tenía unas cuantas tiendas de diferentes elementos básicos. Aunque no había ni tienda de armas ni de equipo para navegar. Era, en toda regla, un pueblo de paso para viajantes dentro de la isla a través de sus costas.

Pero había gente. Suficiente. Quizás demasiada. Y esto a Yuuki le venía bien. Así que sin mucho escándalo, ingresó en la taberna. No era muy lujosa y tampoco parecía tener el ambiente más agradable del mundo. Todos allí tenían cara de que podían sacarle un ojo al primer imbécil que los provocara. Pero se mantenían civilizados. Era una taberna de dos plantas, la inferior con varias mesas y sillas dispuestas a lo largo de toda la nave, donde la gente se acomodaba para beber y comer; y la planta superior, con mesas más grandes y donde varios se sentaban para jugar a las cartas. Allí es donde iría Yuuki.

Desde la segunda planta, que cubría solo la mitad de la primera, se podía ver hacia abajo y tener una especie de control sobre quiénes entraban y salían del lugar. El borde de la segunda planta estaba rematado por una barandilla de seguridad que evitaba que cualquier despistado cayera desde el segundo piso sobre los clientes en el primero.

Al fondo de la primera planta y justo debajo de la segunda, estaba la barra y el personal atendía desde allí. Detrás de la barra y en un lugar inaccesible para los visitantes, estaba la cocina y el cuarto de suministros.

A la derecha de la barra, estaba la escalera que llevaba al segundo piso. Y detrás de la escalera en una especie de pasillo semioculto, estaban las habitaciones que se rentaban a los visitantes. había un total de cinco.

Yuuki pediría en la barra una pinta de cerveza y solicitaría que se la llevaran al segundo piso. Y luego subiría las escaleras como si conociera el lugar y fuera una visitante frecuente. Se hizo junto a las mesas de apuestas y esperó su turno allí.

Había un sujeto que iba en una racha ganadora y otro que acababa de llegar. Y también había otro que estaba algo picado, murmurando algo sobre que le estaban haciendo trampas. La birkaniana guardó silencio en todo momento, pero se movía como si quisiera que la notaran y, cuando recibió la bebida, dio un sorbo con delicadeza. Estaba buscando un pichón a quién hacérsele a un lado y desplumar, y luego, claro, usar el dinero para apostar ella misma. Tan solo necesitaba que la notaran... y eso pasó eventualmente.

El tipo que estaba quejándose de que le hacían trampas la llamó, diciendo que ella sería su amuleto de buena suerte. Con las puntas de sus dedos tamborileó sobre el frasco de la pinta que tenía en sus manos y luego sonrió con delicadeza y feminidad.

—Ciertamente...

Y con ello dicho, se movió hacia el sujeto. Tan solo pensaba en el final del día y en ella bebiendo su té de antes de dormir... y con el dinero del idiota en sus bolsillos, claro.
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#2






Día 40 verano || Año 16
Isla de Baterilla




Hacía cuanto estaba en Baterilla era dificil dictaminarlo, sin embargo, no era algo que Cill disfrutara mucho. Muchos días oscuros que le traían en remembranza cosas que prefería olvidar, nunca dio con buen puerto en ese sitio... Desde el vamos, allí fue donde tocó tierra firme después de haber sido secuestrado en el East Blue, y allí permaneció cautivo buen tiempo con esa banda que le enseñó todo lo que sabe, que le dieron a comer esa fruta maldita solo por diversión, para jugar con ver como se ahogaba, y no obstante ello, allí fue detenido por primera vez, también culpa de ellos que lo usaron como chivo expiatorio. Sin dudas Baterilla no era un lugar que le avocara mucha gracia. Pero allí estaba, pese a todo pronóstico.

El motivo de su regreso se remontaba hacía una semana atrás, aproximadamente, claramente por motivos de trabajo, había sido contratado por un gordo mercader que quería evitar la competencia en el transporte de armas robadas, no a gran escala, algo de poca monta, pero, era dinero al fin, y tampoco era que pensaba cumplir con el trabajo, no estaba muy a favor del tráfico de armas, iba totalmente en contra de sus ideales, así que vio la oportunidad perfecta de tomar su ventaja cobrando por anticipado el trabajo, y luego "perder" la mercadería tanto de la competencia como la de su contratista que se encontraban en el puerto. Una parte ya estaba hecha... Faltaba la otra, deshacerse de la carga de su contratista...

~Será mañana...~


En su mente ya estaba decidido, ese día sería complicado poder realizar tal maniobra, lo mejor sería esperar al día siguiente, donde hubiera más movimiento, y sería más fácil escabullirse, era algo que tenía bastante claro. Luego de reunirse con su contacto, para dar el parte del sabotaje hecho a la otra banda oriunda de Baterilla, y no levantar sospechas, salió de aquella improvisada oficina en el barco de éstos amarrado al puerto mismo. Tan solo tocar cubierta y sentir el aire puro, deslizó su mano al bolsillo para tomar un cigarro, mismo proceso para sacar el mechero y encenderlo. Dió una profunda pitada, para exhalar el humo mientras se iba con una sensación de asco del barco. Odiaba ese tipo de criminales que los veía nada más que como simples cobardes y lucraban con la muerte ajena, lejano a la idea de aventurarse y las emociones vivas que el prefería. No podía respetar a esos que les gustaba jugar con armas pero no estaban dispuestos a pagar el precio del riesgo de lo que estas mismas pueden ocasionarle a otro en uno mismo, no veía la gracia en eso...

Poco a poco sus pasos lo alejaron del sitio mientras se dirigía a la pequeña posada que se encontraba ahí cerca en el puerto, algo de poca relevancia, más que nada ocupada por mismos trabajadores y tripulantes que frecuentaban el puerto o se encontraban allí anclados. En el camino, no dejó pasar el descuido de un comerciante, que distraido hablando con un cliente allí en su puesto, no vió como Cill sobre la marcha en su caminata tomo un pan y una botella de licor, continuando su camino. Una sonrisa acompañó su rostro, de pura satisfacción por saber lo que esperaba al día siguiente. No hizo falta más que una ducha y beber un poco para cerrar el día tranquilamente.

Ya de mañana, el puerto comenzaba a registrar movimiento, gente yendo y viniendo. Un ambiente propicio para desencadenar el caos, y poder darse por terminado, no tenía dudas, solo ansias. Se dirigió nuevamente a aquel barco que le despertaba las sensaciones más repulsivas, pero sus pasos no lo adentraron a la oficina donde aquel tipo trajeado, algo sucio, estaba sentado, entre hojas de registros de sus negocios... No, ésta vez, haciéndose el tonto, fue al cuarto de armas, donde guardaban toda la pólvora, municiones, y demás. Fué sencillo y rápido, amontonó todo lo explosivo ahí en una esquina, y dibujó un camino de polvora hasta la puerta. Se sentó sobre una caja de balas de cañón, y encendió un cigarro. El humo en su garganta bajando, a medida que lo hacía le daba una sensación de placer, que no pudo hacer más que regalarle una sonrisa en su rostro. Pero no iba a quedarse allí a "disfrutar" ese cigarro... Suspiró, volvió a incorporarse, y ajustó su katana en su cintura. Sacudió la cenizay dejó caer su cigarro a brasa viva sobre el comienzo del camino de pólvora. No hace falta pensar mucho más que fué lo que sucedió... El se fue corriendo rapidamente del lugar, procurando no ser visto o reconocido por nadie, y saltó del barco antes que se diera cuenta alguien... Lo siguiente era actuar normal... Solo caminó... Intentó mezclarse entre la multitud, en ese movimiento aglutinado de gente que buscaba precios, oportunidades o simplemente trabajaba allí.

Mientras caminaba, volvió a encender un cigarro que esta vez si pensaba no desperdiciar. Tan solo la primer pitada, una sonrisa se clavó en su rostro, empezando a reír internamente al escuchar explotar ya a buena distancia aquella sala, generando un gran incendio en la nave, y masivas pérdidas a esos tipos. Lo siguiente lo tenía claro, era desaparecer un rato, y el donde no tardo nada en aparecer frente a él, allí en el puerto había una taberna de mala muerte, un lugar de esos que le encantaban, donde la diversión y el peligro para los civiles iban de la mano. ¿Para él? Un caldo de cultivo emocionante de diversión, juego y lo que más necesitaba, desaparecer un tiempo.

Allí dentro, todo le era familiar, no importaba la isla, el ambiente siempre le era familiar. El humo, el ruido, las caras de pocos amigos, los avariciosos que buscaban hacerse con el dinero ajeno, el juego, las apuestas... Apuestas... Solo esa idea le hacía refulgir un brillo en sus ojos, no podía haber ido a parar a mejor sitio. En un principio comenzó a beber algo de licor, mientras se puso a jugar dados con unos tipos que parecían criminales miembros todos de una banda... Se dió cuenta que estos tipos le estaban haciendo trampa, pero no tenía como probarlo, por lo que siguió jugando, apostando, haciendo que su pérdida sea cada vez mayor, hasta que el ambiente comenzó a ponerse hostil, y las caras más amenazantes... Cosa que solo hacía que le resultara todo más divertido, no podía evitar sonreír...

—Será mejor que pagues infeliz, no vas a moverte hasta que lo hagas, ¿O prefieres morir aquí y ahora?— dijo uno de ellos amotinándose contra el pirata sacando una navaja. Cill no pudo contenerse y echó a reír. En el momento que éste se acercó, le pegó con el mango de su katana en la nariz rompiéndola, y aprovechó a voltear la mesa contra los otros. El escándalo se había instalado, pero no quería pelear realmente, solo se agachó mientras se escabullía entre los ojos curiosos a carcajadas por lo sucedido. Vió otra mesa más distante a la que se acercó para ver como un tipo se jactaba de aprovechar de una joven como su amuleto de suerte para ponerse a jugar, el vió a la chica de cicatriz y al tipo y no pudo evitarlo, tenía que... Se les aproximó sonriente para estar frente a éstos, y de espaldas a donde había montado la escena.

—Hoy me siento con suerte viejo ¿Qué tal si probamos quien tiene más?— le consultó mientras sonreía rascando su nuca, cigarro en boca. —A ver que tanta suerte te da tu amuleto— le dijo desafiante pero entre risas, pícaramente.
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#3
Yuuki se acomodó al lado del sujeto y, mirando por encima y coqueteando de manera sutil con los otros jugadores, conseguía hacer que dieran suficientes pistas durante el juego como para que ella le dijera al sujeto que la usaba de amuleto cuando era bueno aumentar la apuesta, continuar o simplemente desistir. Y le estaba funcionando bastante bien. De paso estaba embriagando al sujeto para luego dejarlo dormido en algún lado y sin una sola moneda.

Mientras tanto, la mesa vecina iniciaba una pelea y aunque a nadie más le importó, Yuuki logró observar quién es el que la había empezado. Se sonrió de oreja a oreja cuando vio que el mismo que iniciaba la pelea del otro lado se escabullía y ahora se acercaba la mesa de cartas. Y no solo eso, ahora retaba a los jugadores para que le permitieran apostar en aquella mesa también.

Si fuera la pelirrosa quien estuviera jugando, habría enviado a aquél problemático fuera de inmediato. Tenía ya a un pichón gordo y si se armaba una bronca allí, iba a tener problemas para reclamar la recompensa de las fichas. Para rematar, el sujeto a quien estaba "aportando suerte" aún no estaba lo suficientemente borracho.

—Adelante, idiota. Siéntate si te sientes con ganas de quedarte sin nada. Mi amuleto va a darme toda la suerte que necesite. ¿Verdad, cariñito? —Y dicho aquello, el gordo abrazó a Yuuki de la cintura y la apretujó, tocando donde no debía tocar. Y causando que la birkaniana quisiera de inmediato romperle la mandíbula.

Pero ella sonrió. Sonrió de la mejor manera que pudo. Siempre amable. Hasta dio la impresión de ser una princesita bien educada al acariciar los hombros del desagradable hombre.

—Ciertamente... —Expresó mientras sonreía aún y miraba a los demás. Sentía que la estaban desafiando a romper el personaje.

—Pero que sepas, galán, que si veo que pierdes... te quedarás con las ganas. Porque yo solo me quedo con un ganador. —"Y si vas ganando es por mí, idiota oloroso". Pensó después de dejar clara su advertencia.

Dicho aquello, Yuuki misma puso la silla para el tipo del cigarrillo y hasta le sirvió los tragos. No era un trato especial. Todo el rato, mientras engordaba de victorias al asqueroso que la había manoseado recién, estuvo atendiendo a todos en la mesa y obteniendo información de sus juegos. Con el nuevo no era diferente. Pero luego de servirle el trago, lo puso en su mano y hasta apretó los dedos del hombre alrededor de este. Parecía coquetería de toda la vida, pero la mirada de Yuuki con aquél nuevo fue fría, como si tuviera filo.

—Los ojos arriba, galán... —Le guiñó un ojo mientras hacía el típico comentario de la que quiere que la atención sea en su cara y no en lo que le cuelga del pecho... que por cierto, iba bastante escotado. Con el guiño del ojo, se tocó el cuello con el dedo índice y medio dos veces. Era una seña secreta. Si el nuevo la captaba, bien por él. Si no, lo desplumaría igual que al gordo aquél.

Volvió al lado de aquél que la había llamado y se vio forzada a tomar una copa de licor. No le caía mucho en gracia, pues no era la mejor bebiendo.

Se sentó y cruzó las piernas y se reclinó sobre el hombro del gordo, mirando todo su juego y luego mirando a los demás. Arrojaba diferentes miradas a cada uno, todas de simple coquetería y juego, pero así le era fácil saber cuando les había tocado una buena mano o no. Además del recién llegado y del puerco al que estaba asistiendo, habían otros tres jugadores. Por el lado derecho del recién llegado habían dos. Y el restante por el lado izquierdo. Alrededor de ellos, había varios otros observando y esperando a animarse a entrar o a que alguno de los presentes se fuera. Quedaba aún un puesto libre.

Por las reacciones que había obtenido, los otros tres tenían manos regulares. El gordo tenía una pésima. Y cuando lo notó, volvió a tocarse el cuello con el dedo índice y medio en el cuello. De manera sutil y como quien estuviera tan solo revisando que el maquillaje estuviera en su lugar, pues hacía también algo de calor allí dentro y no solo era el recién llegado quien estaba fumando.
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