[Pasado] Te vi volar... [Elara]
#1
Tener a Elara así de cerca, atrapada entre mis brazos, hacía que todo el ruido de la Isla Karate desapareciera por completo. Ya no me importaban los entrenamientos, ni el peso de mi lanza, ni las misiones de la Revolución que siempre nos mantenían de un lado a otro. Solo podía sentir el calor de su cuerpo contra el mío y ese aroma suyo que me nublaba el juicio. Mis dedos se hundieron en su espalda, justo donde nacen sus alas, y apreté el agarre por puro instinto. Tenía ese miedo estúpido de que, si me soltaba un poco, ella fuera a salir volando y yo me quedaría aquí, anclado a la tierra con mi pesada cola de pez cofre.

Mis cuernos dorados brillaban bajo la luz que entraba por la ventana, pero yo solo tenía ojos para ella. Verla así, tan pequeña y a la vez tan poderosa entre mis músculos, me hacía sentir una envidia punzante hacia mis propios compañeros.

— A veces... me da rabia pensar en Kaizer y en Kyo — murmuré contra su cuello, dejando que mi voz saliera ronca, casi como un secreto que no quería que nadie más escuchara. — Tienen esa libertad de no estar atados a nada... y yo aquí, que solo puedo pensar en cuándo te volveré a tener así de cerca. Soy un vicioso, Elara, pero mi peor vicio eres tú. —

Sentí cómo mi cola daba un latigazo suave contra el suelo de madera, delatando que por mucho que intentara mantener mi fachada de guerrero serio y elegante, estaba totalmente desarmado. Me encantaba verla sonreír, pero lo que realmente me volvía loco era esa forma en la que me miraba, como si supiera perfectamente el desastre que estaba causando en mi cabeza.

— Eres una tramposa... sabes perfectamente que con esa mirada me tienes donde quieres — le susurré, acortando ese último centímetro que quedaba entre nosotros.

Mi corazón retumbaba en mis oídos, tan fuerte que pensaba que ella también podría escucharlo. Estaba derretido por completo, aunque mis bíceps se mantuvieran firmes rodeándola. Quería demostrarle que podía ser su protector, su compañero en la Revolución, pero ahora mismo solo quería ser el hombre que le quitara el aliento. Me incliné apenas un poco más, dejando que la punta de mi nariz rozara la suya, sintiendo su respiración mezclarse con la mía.

Ya no había marcha atrás. No me importaba el código de honor, ni el uniforme revolucionario, ni lo que pasara mañana en el mar del South Blue. Solo importaba este calor que nos envolvía.

— Entonces... ¿vas a seguir volando lejos de mí, o vas a dejar que me cobre todas las ganas que te tengo de una vez? —

Lo solté en un susurro bajito, desafiándola a que fuera ella quien terminara de romper la distancia, mientras mis manos bajaban un poco más por su cintura, reclamando lo que mis instintos pedían a gritos desde que entramos en este cuarto.
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#2
Elara sentía que el mundo se estaba deteniendo... era una sensación muy brusca, como si fuera un helado bajo el sol de la Isla Karate. Estar ahí, tan apretada contra ese cuerpo tan grande y tan "sólido", la tenía con el corazón saltando como un pajarito asustado, ¡muy asustado! Sus alas estaban bajitas, dándole pequeños espasmos de puro nerviosismo porque nunca nadie la había sujetado con tanta fuerza y con tanta... tanta pasión, nee~.

Se quedó muy tiesa y muy pálida cuando sintió los dedos de él justo donde nacían sus alas. Era una sensación extraña, nueva y muy fuerte que le recorría toda la espalda hasta las puntas de las orejas. Sus sentidos aumentados no la dejaban en paz; podía sentir cada músculo de esos brazos apretándola, sentía la dureza de su pecho contra el suyo y ese calor que la dejaba toda atontada y mareada. ¡Era demasiado para ella! ¿Cómo podía alguien ser tan... tan macizo?

— ¡A-ah! ¡Nee~! — soltó un ruidito agudo y muy bajito cuando escuchó su voz ronca contra su cuello. Se estremeció un poco. — N-no digas esas cosas... ¡me pones muy nerviosa! — balbuceó ella, escondiendo la cara en el hombro de él porque sentía que sus mejillas estaban ardiendo, estaban ardiendo tanto que seguro que si las tocabas te quemabas de verdad.

Su fetichismo era como una trampa ahora mismo. No podía dejar de sentir lo firme que se sentía él y eso la hacía sentir muy pequeñita, muy delicada y muy, muy inocente. Elara no sabía qué hacer con sus manos, así que terminó apoyándolas con mucha timidez sobre los pectorales de él, sintiendo ese latido de corazón tan fuerte que la asustaba un poquito, pero que también le gustaba de una forma que le daba mucha vergüenza admitir. ¿Por qué se sentía tan bien estar así de cerca?

— Yo no soy ninguna tramposa... ¡lo juro! ¡Nee~! — dijo con su honestidad de siempre, aunque le costaba mucho formar las palabras porque sentía que el aire se le escapaba de los pulmones. — Es que... es que eres muy... muy imponente. Y me asustas un poquito cuando me miras así, como si me fueras a comer... nee~. ¡Pero no es una mirada mala! Es una mirada que me hace sentir que mis alas ya no sirven para volar lejos... — añadió con un hilo de voz, casi desapareciendo en el abrazo.

Cuando él rozó su nariz con la suya, Elara cerró los ojos muy fuerte, con muchísima fuerza. Sentía que sus piernas eran como gelatina, una gelatina blanda que no la iba a sostener mucho más tiempo. El roce de sus manos bajando por su cintura la hizo soltar un jadeo que fue casi como un silbido eléctrico, sintiendo que sus chispas querían saltar de la pura emoción que tenía acumulada. ¡Estaba a punto de explotar!

— N-no quiero volar lejos... — susurró ella, casi sin aliento, siendo tan honesta que sentía que se estaba entregando por completo en ese cuarto. — Es que no sé qué es lo que quieres cobrarte... ¡nee~! No sé cómo se hacen estas cosas... soy muy nueva en esto. Pero... pero si te quedas así de cerca... creo que no me importaría nada quedarme aquí atrapada para siempre, nee~. — dijo finalmente, escondiendo el rostro de nuevo, esperando que él hiciera algo al respecto.
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#3
Escuchar ese ruidito agudo que soltó contra mi cuello fue como si me clavaran una lanza, pero de las que no duelen, sino que te prenden fuego por dentro. Sentir su cuerpo tan pequeño, tan frágil y tembloroso entre mis brazos, hacía que mis instintos de mestizo se volvieran locos. Mi cola de pez cofre dio un golpe seco contra el suelo, casi con violencia, delatando que mi autocontrol pendía de un hilo muy delgado. Me encantaba que se sintiera así, pequeña ante mí, porque me daba esa sensación de poder y protección que solo ella despertaba.

Bajé un poco más la cabeza, dejando que mis cuernos dorados rozaran suavemente el borde de su frente mientras ella intentaba esconderse en mi hombro. No la iba a dejar escapar, no hoy.

— No te escondas... me encanta ver cómo te pones cuando te digo la verdad — le susurré, dejando que mi voz vibrara directamente contra su piel. — Y sí, quiero comerte. Te lo dije, soy un vicioso... y tú eres lo único que me quita el hambre y me da más ganas al mismo tiempo. Es un castigo estar así de cerca de tus alas y no poder morderlas un poquito. —

Sentí sus manos tímidas sobre mis pectorales y juraría que mi corazón saltó con más fuerza solo para que ella lo notara. Mis músculos se tensaron bajo su tacto; era una tortura deliciosa. Cuando confesó que sus alas ya no servían para volar lejos de mí, sentí un triunfo que ni la mejor misión de la Revolución podría darme. La apreté un poco más, dejando que el calor de mi cuerpo de guerrero la envolviera por completo, recordándole que yo era su ancla, su sitio seguro en esta isla.

— ¿Que no sabes cómo se hacen estas cosas? No te preocupes por eso, Elara... — murmuré con una sonrisa de lado, una que cargaba con todas las promesas que mi código de caballero me prohibía decir en voz alta. — Yo tengo experiencia suficiente para los dos. Tú solo tienes que quedarte así, quietita, y dejar que yo me encargue de enseñarte por qué me dan tanta envidia Kaizer y los demás cuando ellos no tienen a nadie que los mire como tú me miras a mí. —

Mis manos, que seguían firmes en su cintura, bajaron apenas unos milímetros más, sintiendo la curva de su cadera. El jadeo que soltó fue como música para mis oídos. Ya no había dudas. Si ella no quería volar lejos, yo no iba a ser quien le abriera la jaula de mis brazos.

— No te voy a soltar, quédate atrapada todo lo que quieras. Pero prepárate... porque voy a cobrarme cada segundo que pasé mirándote de lejos en el barco. —

Sin esperar más, dejé de rozar su nariz para buscar sus labios, eliminando ese último centímetro de aire que nos separaba, con la intención de demostrarle que, aunque fuera un caballero, mis ganas de ella no tenían nada de educadas.
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#4
Elara sintió un escalofrío que le recorrió hasta la última pluma cuando escuchó que él quería morderle las alas. Aquella confesión tan salvaje la dejó sin palabras, sumergida en un mar de sensaciones que nunca imaginó experimentar en una habitación de la Revolución. Sus manos, que seguían apoyadas en los pectorales de Cassian, notaron cómo sus músculos se ponían todavía más duros ante su tacto. Era como tocar una estatua de oro, pero una que respiraba y que desprendía un calor que la estaba mareando por completo, nee~.

Le asustaba un poco eso de que él tuviera experiencia por los dos, porque ella se sentía como una niña pequeña aprendiendo a caminar. Sin embargo, cuando sintió que las manos de él bajaban apenas unos milímetros por su cadera, su cuerpo reaccionó solo. Soltó un suspiro entrecortado, uno que delataba lo mucho que le gustaba sentirse atrapada y protegida de esa forma tan posesiva. ¡Sus alas estaban tan bajas que casi barrían el suelo!

— ¡A-ah! ¡Nee~! No sea tan malo conmigo, señor Cassian... — alcanzó a susurrar, aunque su voz sonaba más como una invitación que como una queja. Se aferró un poquito a su ropa, buscando estabilidad mientras sus piernas se volvían de gelatina. — Si usted me enseña... yo prometo ser una alumna muy aplicada. ¡Incluso si me cobra todos esos segundos! — admitió con una honestidad que la dejaba totalmente expuesta ante él.

Cerró los ojos con mucha fuerza cuando notó que él dejaba de rozar su nariz. Sabía lo que venía ahora, podía sentir el aliento de Cassian mezclándose con el suyo y eso la ponía tan nerviosa que pequeñas chispas azules empezaron a bailar sobre sus hombros. No quería volar lejos, ni siquiera quería moverse un milímetro. Quería ser suya, quería descubrir por qué él la miraba con tanta hambre y por qué su corazón martilleaba con tanta fuerza contra sus dedos.

— Entonces no me suelte... ¡nee~! Prefiero estar atrapada aquí que ser libre en cualquier otro sitio del mundo — dijo finalmente, inclinando apenas el rostro para facilitar ese encuentro que llevaba deseando desde que subieron al barco. Esperó el contacto de sus labios con una mezcla de miedo y una devoción absoluta, sintiéndose la chica más afortunada de toda la Gran Línea por tener a un guerrero así reclamándola solo para él.
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#5
Escucharla llamarme "señor Cassian" con ese hilo de voz tembloroso fue como si me desarmaran por completo. Yo, que he enfrentado a dojos enteros en Isla Karate y que no dudo en blandir mi lanza frente a cualquier peligro, me sentí de repente pequeño ante su honestidad. Me reí bajito, una vibración sorda que nació en mi pecho y que ella seguramente sintió bajo sus palmas. No era una risa de burla, era de pura fascinación.

— ¿Señor Cassian? Elara... si sigues siendo tan aplicada, me vas a volver loco antes de que podamos salir de este cuarto — murmuré, rozando con mis labios su mejilla en lugar de su boca, conteniéndome con un esfuerzo sobrehumano para no romper mi propio código de caballero.

Sentí las chispas azules bailando sobre sus hombros, ese cosquilleo eléctrico que me avisaba de lo mucho que ella estaba sintiendo. Mi cola de pez cofre volvió a latiguear el suelo, pero esta vez con un ritmo más pausado, envolviéndonos en nuestra propia burbuja. No necesitaba besarla para sentir que ya era mía; me bastaba con ver cómo sus alas barrían el suelo, totalmente rendidas a mi contacto.

Bajé una de mis manos desde su cintura hasta su espalda, recorriendo con una lentitud tortuosa la columna hasta llegar a la base de sus alas. No las mordí, aunque las ganas me quemaran, pero sí dejé que mis dedos acariciaran las plumas con una delicadeza que no parecía propia de un guerrero con manos curtidas por el entrenamiento. Quería que supiera que, aunque soy un hombre de instintos fuertes, con ella mis manos solo saben ser un refugio.

— No te voy a soltar. Te lo prometo por mi lanza y por mi nombre. Si prefieres estar atrapada aquí... entonces yo seré tu cárcel y tu guardián para siempre — le dije, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello, aspirando su aroma con una intensidad que me hizo cerrar los ojos. — Me da igual el mundo, Elara. Me da igual la Revolución si no te tengo cerca. Eres mi único vicio real, el único que no quiero curar nunca. —

La estreché un poco más, dejando que sintiera cada músculo de mis brazos rodeándola como un muro infranqueable. Me sentía inmenso teniéndola así, tan pequeñita y confiada. Era una sensación de poder, sí, pero de un poder que solo quería usar para que ella nunca volviera a tener miedo, ni de mí ni de nadie.

Me quedé ahí, simplemente respirando a su ritmo, dejando que nuestras frentes se apoyaran la una contra la otra. Mis cuernos dorados casi se enredaban con sus mechones rojos, creando una imagen que me hizo pensar, por un segundo, que quizás los mestizos como yo sí que podíamos encontrar un lugar que no fuera ni la tierra ni el mar. Mi lugar era este calor, este silencio compartido y la suavidad de sus alas bajo mis dedos.

— Quédate así un momento más... deja que me aprenda de memoria el ritmo de tu corazón, porque ahora que sé que no quieres volar lejos, no pienso dejar que nadie nos moleste, nee~ — bromeé al final, imitando su muletilla con una ternura que me salió del alma, solo para ver si lograba que soltara otra de esas risitas que me daban la vida.
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#6
Elara sintió que sus alas daban un sacudón tan fuerte que casi golpean la pared. Cuando Cassian empezó a acariciar la base de sus plumas con esa lentitud tan tortuosa, un gemido muy agudo y muy bajito se le escapó de entre los labios sin que pudiera evitarlo. — ¡A-ah...! ¡Nee~! — soltó ella, escondiendo la cara con más fuerza en el hueco de su cuello. Sentía que sus chispas azules estaban descontroladas, saltando de sus hombros hacia la piel de Cassian como si quisieran marcarlo también.

Estaba totalmente a su merced, sintiendo cada centímetro de esos brazos que la rodeaban como un muro de piedra caliente. Pero de repente, mientras él le prometía ser su cárcel y su guardián, una imagen cruzó por su cabeza de forma muy rápida y muy nítida: los ojos verdes de Dharma y su risa tranquila. Elara apretó los párpados con fuerza, sintiéndose la chica más terrible del mundo. ¿Cómo podía estar disfrutando tanto de los mimos de Cassian y a la vez extrañar la presencia del otro? ¡Era un lío muy grande, nee~!

— Es usted... muy tramposo, señor Cassian... — balbuceó ella, con la respiración entrecortada y el corazón martilleando tan fuerte que seguro él podía sentirlo perfectamente. — Me dice cosas tan bonitas que... que me hacen sentir que mis alas son de papel. ¡Nee~! No se aprenda mi ritmo, que va muy rápido y me da mucha vergüenza... — admitió con una honestidad que casi le dolía.

Sentir que él imitaba su muletilla con tanta ternura la hizo soltar una risita tonta, una risita que terminó en otro suspiro suave cuando notó sus frentes unidas. Sus sentidos aumentados captaron el aroma a mar y a guerrero de Cassian, envolviéndola en una nube de la que no quería salir, aunque su mente siguiera dando vueltas como un remolino loco entre dos orillas. Se sentía muy pequeña, muy protegida, pero también muy pecaminosa por tener el corazón dividido de esa forma tan extraña.

— No me voy a mover... lo prometo, nee~ — susurró finalmente, dejando que su cuerpo se relajara por completo contra el suyo, aceptando ese calor que la consumía. — Pero si mi corazón va así de loco... es porque usted lo tiene atrapado, y no sé si quiero que lo suelte nunca. — añadió con un hilo de voz, dejando que sus dedos se enredaran tímidamente en la ropa de Cassian, entregándose a ese vicio del que él hablaba mientras intentaba alejar el recuerdo de Dharma de su cabecita mareada.
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#7
El ruidito que soltó Elara cuando mis dedos rozaron la base de sus alas fue como una descarga eléctrica que me recorrió los cuernos hasta la punta de la cola. Sentí cómo mis escamas se erizaban bajo la túnica de seda; ese gemido agudo, cargado de una mezcla de sorpresa y entrega, era el mejor premio que podía recibir en esta isla que me vio crecer. Me quedé un momento así, simplemente disfrutando de la vibración de su voz contra mi piel, dejando que mis manos curtidas por el peso de la lanza de oro se volvieran lo más suaves posible. No quería ser el guerrero de la Revolución ahora, quería ser el hombre que la mantuviera anclada al suelo, el que le recordara que, mientras yo estuviera cerca, no necesitaba sus alas para nada.

Noté las chispas azules saltando de sus hombros. Pequeños latigazos de energía que chocaban contra mi pecho, recordándome que ella no era una mujer común, sino algo místico, algo que merecía ser adorado con la misma disciplina con la que entreno mis ataques. Me causó una gracia inmensa que me llamara tramposo. Si ser honesto con lo que me provocaba era hacer trampa, entonces aceptaba el título con orgullo.

—Si tus alas son de papel, entonces deja que yo las guarde bien cerca de mi pecho para que no se rompan, Elara— susurré, hundiendo mi nariz en su cabello rojo, aspirando ese aroma que me estaba volviendo loco. —Y no me pidas que no me aprenda tu ritmo. Como guerrero, mi vida depende de saber cuándo el enemigo va a atacar, pero como hombre... mi vida depende de saber exactamente qué es lo que te hace suspirar así.—

La apreté un poco más, dejando que mis bíceps se marcaran contra su espalda. Sentía su corazón galopando, una criatura salvaje atrapada en un pecho pequeño. Me encantaba esa sensación de posesión, ese vicio que me recorría las venas y que me hacía querer encerrarnos aquí y olvidarnos de que el South Blue existía. Sin embargo, por un segundo, noté algo extraño. Una tensión en ella que no era solo nerviosismo. Fue un milisegundo en el que su cuerpo se puso rígido, como si su mente hubiera volado a otro lugar, a otra persona quizás. Mi cola dio un latigazo brusco contra el suelo, un golpe seco que hizo eco en el cuarto, delatando mi instinto territorial. No sabía en qué pensaba, pero no me gustaba que no fuera yo.

Apreté el agarre, no para lastimarla, sino para recordarle quién la sostenía en ese momento. Quería que sintiera cada gramo de mis ochenta y cinco kilos, cada músculo de mis brazos y la firmeza de mi pecho contra el suyo. Quería borrar cualquier otra imagen de su cabeza solo con mi presencia.

Cuando soltó esa risita tonta porque imité su muletilla, el mundo volvió a su sitio. Me relajé un poco, permitiéndome disfrutar de la calidez de su frente contra la mía. Mis cuernos dorados, esos que tanto cuido y que nadie tiene permiso de tocar, estaban ahí, a milímetros de sus dedos, como una ofrenda silenciosa.

—¿Atrapado? No, Elara... tu corazón no está atrapado. Está en su casa— le dije con una seriedad que me salió del alma, dejando de lado por un momento el coqueteo para ser puramente honesto. —Si supieras cuántas veces me quedé mirándote en el barco, calculando cada paso para acercarme a ti sin parecer un animal... entenderías que el que está atrapado aquí soy yo. No necesito libertad si no es a tu lado. Los demás pueden tener sus viajes, sus aventuras y sus risas, pero yo me conformo con este silencio contigo.—

Pasé mi mano por su cintura, subiendo lentamente hasta su mejilla, obligándola con mucha suavidad a que mantuviera el contacto visual conmigo. Sus ojos eran un laberinto en el que estaba más que dispuesto a perderme. Me sentía inmenso, poderoso y a la vez completamente vulnerable bajo su mirada.

—Dime, nee~... ¿qué tengo que hacer para que ese corazón deje de ir tan rápido por miedo y empiece a ir rápido solo por mí? Porque no pienso soltarte hoy. Ni mañana. Ni cuando la Revolución nos llame de nuevo a filas. Eres mi vicio, Elara, y yo soy un hombre muy, muy difícil de rehabilitar.—

Me quedé ahí, acunando su rostro entre mis manos grandes, protegiéndola de sus propios pensamientos, de sus dudas y de cualquier otro recuerdo que no fuera el calor de este cuarto en Isla Karate. En mi mente, ella ya no tenía alas para nadie más; ahora solo eran parte de mi tesoro personal.
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