05-03-2026, 11:47 PM
37 de Verano, año 17
«Los mares son salvajes. Eso es lo primero que debes entender cada vez que te enfrentes a una reparación. Las aguas no perdonan. Las olas no tienen contemplación alguna de la vida fuera de él. Los mares no siempre estarán de tu parte».
Wonwick siempre le ha dicho que el oficio de astillero es muy ingrato, extremadamente egoísta y exigente a más no poder. Si ella tuviera que pensarlo, es normal teniendo en cuenta todos y cada uno de los momentos en los que se preguntó por qué decidió seguir con el oficio. Bien pudo haber tomado otro el día en que se enlistó en la marina. Bien pudo dar vuelta la cara al martillo, las asperezas, las manos maltratadas y el dolor de espalda. Bien pudo haberse encargado de decir «hasta aquí» cada vez que se le clavaba una astilla entre las uñas o las piernas se le dormían por estar de rodillas frente a las tablas de madera.
Y ahora mismo, si presta atención en el entorno, el aroma a sal de la madera húmeda y el ambiente costero tampoco es algo que le atraiga. Sin embargo, allí está. Triste es no tener a sus compañeros a la mano para pedirles que le lleven un vaso de agua. Bueno… En realidad, no lo pensó y le da muchísima pena pedirlo, cuando está sumergida entre clavos y martillazos. Los pequeños golpes, esos que parecen marcar el fin de un proceso arduo, solo son un preludio de otra nueva necesidad planteada: ver que todo esté perfectamente bien.
No puede negar que repasar la madera para ver que no haya asperezas o aserrín adherido de manera anormal, le relaja. Es uno de esos pequeños mimos que se permite dar al nuevo barco que los representa. Los clavos salidos, en este punto, deberían estar encajados en su lugar. Da otro par de martillazos cuando ve que hay una pequeña sección salida por un mal proceder propio, con el fin de arreglarlo. Cuando se levanta, luego de quitarse los guantes gruesos que le permiten manipular la madera tratada y los clavos filosos, observa el fin de su obra terminada.
Suspira con orgullo: un trabajo perfectamente hecho.
Reparar un barco, al final, es una aventura en sí misma. Saber que sus creaciones y reparaciones dan forma a una pequeña historia es, tal vez, el motivo por el que sigue haciendo esta clase de trabajos, a pesar de que no sea precisamente lo más gratificante del mundo. A Choi le da una pequeña sensación de estabilidad; es un trabajo hecho con sus propias manos, lo que le permite mantener un poco de independencia en caso de que un día tenga que dejar la marina para recorrer otros caminos.
Por lo menos, sabe que sus habilidades son útiles para la tripulación en la que ahora se encuentra. Si pudiera llamar a sus compañeros para que le ayuden a cortar madera o pasarles clavos cuando es necesario, sería genial. Al llevar un mechón de cabello tras la oreja, la dama entrecierra los ojos.
—Hmmm —Sonríe con un poco de malicia al entender los hilos que ahora entretejen sus ideas más descabelladas—... Le pediré a los chicos que barran todo el aserrín que quedó desperdigado en los tablones. Seguramente les encantará la idea~.
No. Sabe que no serán felices, pero ahora mismo eso le da muy igual. Tienen que agradecer que, al menos, ya saben que esta parte del barco está reparada.
La siguiente parte será el problema.
Ah, que la vida es ingrata en sí misma. Si tan solo alguno de los suyos pudiese ayudar y colaborar con esto, podría ser un poco menos solitario. No importa demasiado, a estas alturas, que el golpe del martillo sea contundente y el peso del mismo ya le esté pasando factura de alguna forma y otra.
Está cansada por el último encargo que tuvo que atender en nombre de la Marina. Es complicado, si se lo mira de alguna forma, el proceder con la madera que debe clavar o mantener lo más entero posible el material original. Cuando toma el cubo con barniz impermeable y empieza a pasarlo por la madera recién clavada, puede sentir ese aroma insoportable.
Es uno de los motivos por los cuales ella no pudo hablar con Dimitri mientras se ponía a trabajar. Al tener pulmones débiles y una afección física dolorosa a causa de la migraña, la prudencia por sus cuidados le impide compartir esta afición con él sin algo que cubra su boca de por medio. Ya quisiera ella mostrarle su trabajo al moldear la madera y manipular los clavos.
—Al menos, no estoy tan sola si de trabajar la madera se trata.
Porque Wonwick siempre está presente en cada cosa que hace. Por eso, al ajustarse las gafas que la protegen de lastimar sus ojos, piensa en todo lo que ha vivido hasta ahora: sus recuerdos junto a él; sus muchos errores al comenzar con esta profesión.
—Pero bueno —Se habla a sí misma—. Me queda trabajar en las columnas y revisar que no haya filtraciones en la bodega. Así que tocará revisar allí también.
Es un proceso de horas que pasan volando, pero si quiere hacer todo a detalle para dejar el barco tal cual lo compraron, se tiene que esforzar. Sabe que el pegamento de carpintero va a secar bastante rápido y el barnizado será igual, pero tendrían que estar fuera del barco por al menos unas horas para evitar intoxicaciones por el aroma fuerte del barniz y los engrudos.
A eso debe sumarle las maderas cortadas con serrucho, el reemplazo de piezas faltantes y alguna que otra pasada de pintura en detalles pequeños por fuera. El anochecer se vislumbra en el horizonte, brillante y lejano a la tormenta que tuvieron que atravesar en Briss hace apenas un par de días.
Quiere dejar todo listo para antes de que las mareas se agiten y las fuerzas del destino empiecen a dictaminar cada paso que den como tripulación. No hay nada de malo en prevenirse; la fortaleza del prudente siempre está anclada a las distintas vertientes futuras que vislumbre para prevenir posibles desastres futuros.
—Debí tener esos pensamientos en cuenta y haber trabajado todo esto en el Reino de Briss, y no ahora —Suspira, cansada, mientras se limpia las manos con un trapo luego de ordenar todo para dejarlo impecable—. La próxima vez, tendré que trabajar con mayor previsión.
La próxima vez haría todo lo que esté en su mano para arrastrar a alguno de sus compañeros, con el fin de terminar esto más rápido.
Pero, desde fuera, admira con entusiasmo y satisfacción su obra completa.
Wonwick siempre le ha dicho que el oficio de astillero es muy ingrato, extremadamente egoísta y exigente a más no poder. Si ella tuviera que pensarlo, es normal teniendo en cuenta todos y cada uno de los momentos en los que se preguntó por qué decidió seguir con el oficio. Bien pudo haber tomado otro el día en que se enlistó en la marina. Bien pudo dar vuelta la cara al martillo, las asperezas, las manos maltratadas y el dolor de espalda. Bien pudo haberse encargado de decir «hasta aquí» cada vez que se le clavaba una astilla entre las uñas o las piernas se le dormían por estar de rodillas frente a las tablas de madera.
Y ahora mismo, si presta atención en el entorno, el aroma a sal de la madera húmeda y el ambiente costero tampoco es algo que le atraiga. Sin embargo, allí está. Triste es no tener a sus compañeros a la mano para pedirles que le lleven un vaso de agua. Bueno… En realidad, no lo pensó y le da muchísima pena pedirlo, cuando está sumergida entre clavos y martillazos. Los pequeños golpes, esos que parecen marcar el fin de un proceso arduo, solo son un preludio de otra nueva necesidad planteada: ver que todo esté perfectamente bien.
No puede negar que repasar la madera para ver que no haya asperezas o aserrín adherido de manera anormal, le relaja. Es uno de esos pequeños mimos que se permite dar al nuevo barco que los representa. Los clavos salidos, en este punto, deberían estar encajados en su lugar. Da otro par de martillazos cuando ve que hay una pequeña sección salida por un mal proceder propio, con el fin de arreglarlo. Cuando se levanta, luego de quitarse los guantes gruesos que le permiten manipular la madera tratada y los clavos filosos, observa el fin de su obra terminada.
Suspira con orgullo: un trabajo perfectamente hecho.
Reparar un barco, al final, es una aventura en sí misma. Saber que sus creaciones y reparaciones dan forma a una pequeña historia es, tal vez, el motivo por el que sigue haciendo esta clase de trabajos, a pesar de que no sea precisamente lo más gratificante del mundo. A Choi le da una pequeña sensación de estabilidad; es un trabajo hecho con sus propias manos, lo que le permite mantener un poco de independencia en caso de que un día tenga que dejar la marina para recorrer otros caminos.
Por lo menos, sabe que sus habilidades son útiles para la tripulación en la que ahora se encuentra. Si pudiera llamar a sus compañeros para que le ayuden a cortar madera o pasarles clavos cuando es necesario, sería genial. Al llevar un mechón de cabello tras la oreja, la dama entrecierra los ojos.
—Hmmm —Sonríe con un poco de malicia al entender los hilos que ahora entretejen sus ideas más descabelladas—... Le pediré a los chicos que barran todo el aserrín que quedó desperdigado en los tablones. Seguramente les encantará la idea~.
No. Sabe que no serán felices, pero ahora mismo eso le da muy igual. Tienen que agradecer que, al menos, ya saben que esta parte del barco está reparada.
La siguiente parte será el problema.
…
Ah, que la vida es ingrata en sí misma. Si tan solo alguno de los suyos pudiese ayudar y colaborar con esto, podría ser un poco menos solitario. No importa demasiado, a estas alturas, que el golpe del martillo sea contundente y el peso del mismo ya le esté pasando factura de alguna forma y otra.
Está cansada por el último encargo que tuvo que atender en nombre de la Marina. Es complicado, si se lo mira de alguna forma, el proceder con la madera que debe clavar o mantener lo más entero posible el material original. Cuando toma el cubo con barniz impermeable y empieza a pasarlo por la madera recién clavada, puede sentir ese aroma insoportable.
Es uno de los motivos por los cuales ella no pudo hablar con Dimitri mientras se ponía a trabajar. Al tener pulmones débiles y una afección física dolorosa a causa de la migraña, la prudencia por sus cuidados le impide compartir esta afición con él sin algo que cubra su boca de por medio. Ya quisiera ella mostrarle su trabajo al moldear la madera y manipular los clavos.
—Al menos, no estoy tan sola si de trabajar la madera se trata.
Porque Wonwick siempre está presente en cada cosa que hace. Por eso, al ajustarse las gafas que la protegen de lastimar sus ojos, piensa en todo lo que ha vivido hasta ahora: sus recuerdos junto a él; sus muchos errores al comenzar con esta profesión.
—Pero bueno —Se habla a sí misma—. Me queda trabajar en las columnas y revisar que no haya filtraciones en la bodega. Así que tocará revisar allí también.
Es un proceso de horas que pasan volando, pero si quiere hacer todo a detalle para dejar el barco tal cual lo compraron, se tiene que esforzar. Sabe que el pegamento de carpintero va a secar bastante rápido y el barnizado será igual, pero tendrían que estar fuera del barco por al menos unas horas para evitar intoxicaciones por el aroma fuerte del barniz y los engrudos.
A eso debe sumarle las maderas cortadas con serrucho, el reemplazo de piezas faltantes y alguna que otra pasada de pintura en detalles pequeños por fuera. El anochecer se vislumbra en el horizonte, brillante y lejano a la tormenta que tuvieron que atravesar en Briss hace apenas un par de días.
Quiere dejar todo listo para antes de que las mareas se agiten y las fuerzas del destino empiecen a dictaminar cada paso que den como tripulación. No hay nada de malo en prevenirse; la fortaleza del prudente siempre está anclada a las distintas vertientes futuras que vislumbre para prevenir posibles desastres futuros.
—Debí tener esos pensamientos en cuenta y haber trabajado todo esto en el Reino de Briss, y no ahora —Suspira, cansada, mientras se limpia las manos con un trapo luego de ordenar todo para dejarlo impecable—. La próxima vez, tendré que trabajar con mayor previsión.
La próxima vez haría todo lo que esté en su mano para arrastrar a alguno de sus compañeros, con el fin de terminar esto más rápido.
Pero, desde fuera, admira con entusiasmo y satisfacción su obra completa.
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