Isla de Little Garden, Campamento de la División 60
Día 15 de Primavera, Año 60
Día 15 de Primavera, Año 60
La tarde en Little Garden había teñido todo de dorado y ámbar, con la luz del Sol que se filtraba a través de las hojas gigantescas de la selva y bañaba la cubierta del Royal Quiver con un tono anaranjado casi irreal. El aire estaba cargado de una humedad que se adhería a la piel como una sábana invisible, y el único sonido que rompía la calma era el rítmico tac-tac-tac de un cuchillo golpeando una tabla de madera en la cocina de cubierta.
Kibai, estaba terminando de preparar un pequeño tentempié para sus compañeros de la División 60. Sobre la mesa se extendían bandejas con bocados de pescado ahumado, rodajas de frutas tropicales que desprendían un aroma dulce y cítrico, y unas raíces crujientes que había aprendido a sazonar con hierbas locales. Era su forma de cuidar a la tripulación; sabía que un estómago lleno mantenía la moral alta en una isla donde el peligro acechaba detrás de cada helecho.
—¡Hey, chicos! El snack está servido en la mesa de guardias — anunció el mink al resto de sus compañeros, que disfrutaban de un breve respiro en cubierta. Kibai se secó las manos en un paño y se colgó una bolsa de lona resistente al hombro. Ajustó el tahalí de Raimei al costado, sintiendo el peso reconfortante del acero contra su cadera.
— Estaré fuera lo que queda de tarde. — dijo dirigiéndose hacia Stroud—. El inventario de especias frescas está bajo y he visto algunos brotes de jengibre silvestre y bayas de fuego cerca del sector norte que vendrían de perlas para el guiso de mañana. Aprovecharé para traer algo de caza menor si se cruza en mi camino.
— No te alejes demasiado, Kibai —respondió el oficial mientras masticaba un trozo de fruta—. Esta isla tiene una forma muy fea de recordarte que no eres el depredador más grande de la zona.
Kibai asintió con una media sonrisa. Saltó por la borda con la ligereza de un felino, aterrizando sin apenas hacer ruido en la arena de la orilla. En un par de zancadas, la sombra de la selva lo devoró por completo.
Una vez bajo el dosel arbóreo, los sentidos de Kibai se agudizaron. Sus orejas se movían de forma independiente, captando el zumbido de los insectos y el crujir de las ramas altas. Pero era su olfato el que realmente dictaba el camino. Para un mink como él, el aire de Little Garden era un libro abierto: el olor metálico del agua estancada, el rastro dulce de la resina de ámbar y, por supuesto, el aroma terroso de las raíces que buscaba.
Se movía con una eficiencia asombrosa. Se detenía aquí y allá, arrodillándose para desenterrar con cuidado tubérculos fibrosos o recolectar bayas de un rojo vibrante que guardaba en su bolsa. La recolección era una tarea meditativa para él; le permitía conectar con su ser y mantener la cabeza despejada, algo que lamentablemente chocaba de frente con el hecho de vivir en un barco con otras tres personas y un hipopótamo. Sin embargo, algo en el ambiente empezó a cambiar.
De repente, un rugido desgarró el aire.
Kibai se detuvo de inmediato, frunciendo el ceño. Llevaban ya bastante tiempo en aquella isla, y había escuchado muchas cosas en ese tiempo, pero nunca nada como aquello. Era un sonido diferente, una mezcla de siseo reptiliano y un bramido gutural que terminaba en un tono agudo y penetrante. Kibai se quedó inmóvil, con una mano instintivamente posada en el pomo de Raimei. La curiosidad, de nuevo, pudo más que la prudencia. En lugar de alejarse, Kibai giró sobre sus talones y comenzó a avanzar hacia el origen del sonido.
A medida que avanzaba, el olor de la selva cambió drásticamente. El aroma de las flores y la tierra húmeda fue reemplazado por el hedor penetrante y pesado de la sangre fresca.
Kibai apartó una hoja de palma del tamaño de una vela de barco y se quedó petrificado ante lo que vio. El claro frente a él era una escena sacada de una pesadilla. Una manada completa de herbívoros gigantes, criaturas que normalmente no tenían demasiados enemigos naturales debido a su tamaño, yacía esparcida por el suelo como juguetes rotos.
Eran media docena de cuerpos. Sus cuellos largos estaban retorcidos en ángulos imposibles y sus costados presentaban desgarros profundos. Kibai se acercó a uno de los cadáveres más cercanos, un ejemplar joven. Lo que vio le heló la sangre: las heridas no eran limpias. Eran marcas de garras enormes, cortes que habían atravesado el cuero grueso como si fuera papel, y mordiscos que habían arrancado trozos de carne sin ningún propósito alimenticio.
—No se los han comido —susurró Kibai para sí mismo, observando con preocupación los cuerpos intactos—. Esto no ha sido por hambre. Ha sido por... ¿placer?
Los animales presentaban signos de una violencia gratuita y desmedida. No había rastro de que los depredadores habituales de la isla hubieran participado en la matanza. Ni siquiera los carroñeros se atrevían a acercarse todavía, como si el aura de lo que fuera que hubiera pasado allí todavía flotase en el aire, advirtiéndoles que se mantuvieran lejos.
Kibai decidió seguir el rastro de destrucción. No era difícil; el atacante no había intentado ocultar su paso. Árboles derribados, arbustos aplastados marcaban un camino inequivoco que se internaba más hacia el corazón de la isla.
Tras unos diez minutos de marcha tensa, Kibai llegó a un árbol cuya envergadura era titánica, incluso para los estándares de Little Garden. En lo alto, camuflada entre las ramas y el musgo, se distinguía una estructura que no pertenecía a la naturaleza: una plataforma de madera, equipada con poleas y lo que parecían ser restos de algunos viejos Den Den Mushi. Era un puesto de observación.
Kibai se encaramó al tronco, hundiendo sus garras en la corteza y ascendiendo con una velocidad vertiginosa. Al llegar a la plataforma, encontró el lugar en un estado de caos absoluto. Había equipos científicos destrozados, cristales de microscopio esparcidos por el suelo y manchas de sangre seca que indicaban que quienquiera que estuviera allí no había tenido un final pacífico.
Sobre una mesa de metal que aún permanecía en pie, Kibai encontró un portafolio de cuero con el emblema del Gobierno Mundial. Con cuidado, empezó a hojear las notas. Sus ojos se abrieron de par en par al leer aquellos informes. No se trataba de un estudio biológico común. Eran registros de experimentación en la crianza de una especie de ser.
"Sujeto de prueba: Prototipo 0-1. Nombre clave: Indominus Rex. El diseño ha superado nuestras expectativas de agresividad. Posee la capacidad de camuflaje térmico y una inteligencia táctica que rivaliza con los mejores operativos de campo. El objetivo final es claro: crear un arma biológica definitiva para el control de poblaciones en reinos que se nieguen a pagar el Tributo Celestial. Una criatura que no solo mate, sino que siembre un terror psicológico tal que la rendición sea la única opción."
Kibai sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Miró hacia la espesura de la selva desde la altura de la plataforma. Ahora entendía por qué los dinosaurios estaban muertos y no devorados. El Indominus no era un animal; era un arma diseñada para el genocidio, y estaba suelta en la misma isla donde su división descansaba confiada.
—Esto es mucho más grande de lo que pensábamos — murmuró Kibai, guardando las notas en su bolsa—. Tengo que solucionar esto... antes de que esa cosa nos encuentre a nosotros.
En ese momento, el viento cambió de nuevo. El olor a sangre y a reptil depredador inundó sus fosas nasales. Algo, justo debajo de la plataforma, lo estaba observando desde la invisibilidad de la selva.
Kibai permaneció en la plataforma de madera, ignorando por un momento el crujido del árbol bajo el peso de la estructura dañada. Sus ojos se movían con rapidez felina sobre los papeles amarillentos, devorando cada palabra técnica, cada esquema anatómico que detallaba la creación de aquella aberración. El sudor frío empapaba su pelaje bajo el uniforme de la Marina.
—No es solo un depredador... —murmuró Kibai, apretando los dientes hasta que su mandíbula dolió.
Sus dedos se detuvieron en una nota marginal, escrita con una caligrafía nerviosa y emborronada por lo que parecían salpicaduras de café o sangre. La anotación era reciente, de apenas hacía cuarenta y ocho horas. El informe detallaba un cambio hormonal drástico en el espécimen: el Indominus Rex había entrado en fase de celo. Pero al ser un híbrido único, su instinto no buscaba un compañero que no existía, sino un territorio de anidación óptimo para deposar una puesta de huevos no fecundados pero biológicamente activos, una anomalía para perpetuar la especie por partenogénesis.
—Si esa cosa logra poner sus huevos y proteger el nido, Little Garden se convertirá en un criadero de monstruos — pensó Kibai. La imagen de una legión de esas criaturas cruzando el Grand Line al servicio de los Dragones Celestiales le revolvió el estómago—. No puedo permitir que esta aberración vea la luz del día.
Sin dudarlo, Kibai guardó las notas más relevantes en su bolsa estanca, ajustó el tahalí de Raimei y saltó de la plataforma. Descendió por las ramas con una agilidad suicida y se lanzó hacia la espesura. El sol comenzó a hundirse en el horizonte, tiñendo el cielo de un color púrpura violáceo que presagiaba tormenta.
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer, pesadas y tibias, atravesando el denso dosel de hojas gigantes. La lluvia no era lo suficientemente fuerte como para limpiar el rastro, pero sí para envolver la selva en una bruma grisácea que dificultaba la visión. Kibai aceleró el paso, sus pies apenas tocando el suelo embarrado, convirtiéndose en una sombra blanca y azul que zigzagueaba entre los helechos.
Finalmente, llegó a un claro inmenso, una depresión natural del terreno donde el agua de la lluvia comenzaba a formar charcos plateados. Allí, en el centro, lo vio.
El Indominus Rex era más grande de lo que las notas sugerían. Su piel era de un blanco pálido, casi fantasmal, erizada de espinas óseas que recorrían su columna. En ese momento, la bestia estaba encorvada sobre el cadáver de un braquiosaurio gigante, arrancando tiras de carne con una eficiencia aterradora. El sonido de los huesos rompiéndose bajo sus mandíbulas resonaba en el claro como disparos de cañón.
Kibai no esperó. Sabía que la sorpresa era su única ventaja inicial, y que debía ir con todo. Cerrando los ojos para concentrarse por un momento, localizó el punto de su interior dónde su reserva de energía se hallaba, y activó el Electro. Sus manos se envolvieron en chispas azuladas que crepitaron con fuerza, iluminando la penumbra del claro. Desenvainó a Raimei en un movimiento fluido, cargando la hoja de acero con una corriente de alto voltaje que hizo que el aire alrededor del arma vibrara. Con un impulso explosivo, Kibai se lanzó desde la maleza directamente hacia el flanco de la criatura.
El primer tajo de Kibai fue un arco de luz cegador. La hoja de Raimei impactó en el costado del Indominus, dejando una quemadura profunda y un rastro de carne chamuscada. Pero, para horror del Mink, la criatura ni siquiera se tambaleó. Emitió un rugido que hizo vibrar el suelo y, con una velocidad impropia de su tamaño, giró sobre sus patas traseras para encarar a su agresor.
Kibai inició una danza de cortes rápidos, aprovechando su agilidad para orbitar alrededor del monstruo. Cada vez que sus pies tocaban el suelo, lanzaba una descarga de Electro que buscaba paralizar el sistema nervioso de la bestia. Sin embargo, el Indominus demostró por qué era el arma definitiva: su piel no solo era resistente, sino que parecía absorber parte del impacto eléctrico, y sus ojos, de un amarillo inteligente y frío, seguían los movimientos de Kibai con una precisión analítica.
La criatura empezó a adaptarse.
Kibai saltó para ejecutar un tajo descendente sobre el cráneo del monstruo, pero el Indominus, en un despliegue de inteligencia táctica, no intentó esquivarlo. En su lugar, utilizó sus garras delanteras, largas y afiladas como guadañas, para bloquear el aire justo por donde Kibai debía pasar. El mink tuvo que abortar el ataque en pleno vuelo, girando sobre sí mismo para evitar ser empalado.
—¿Cómo puede ser tan rápido...? — pensó Kibai mientras rodaba sobre su hombro, aterrizando en el lodo.
La lluvia arreció, convirtiéndose en una cortina de agua que dificultaba aún más el combate. Kibai acumuló toda la energía que pudo, sintiendo cómo el Electro quemaba sus propios nervios. Se lanzó en un último ataque frontal, apuntando con una estocada directamente al ojo de la bestia.
Aquello fue un error de cálculo fatal.
El Indominus no retrocedió. Fingió un mordisco hacia la izquierda, obligando a Kibai a corregir su trayectoria en el aire. En ese instante de vulnerabilidad, la bestia utilizó su arma más pesada: su cola. El enorme apéndice óseo barrió el aire con un silbido sordo, impactando de lleno en el torso de Kibai justo cuando este se encontraba en el punto más alto de su salto.
El golpe fue como ser embestido por un tren de mercancías. Las costillas de Kibai crujieron bajo el impacto y el aire fue expulsado violentamente de sus pulmones. El mink salió volando por los aires, atravesando la maleza y chocando contra los troncos de varios árboles menores que se partieron como cerillas. Su trayectoria terminó bruscamente cuando su espalda impactó contra un pequeño risco de piedra volcánica en el linde del claro. El dolor fue una explosión blanca en su cerebro antes de transformarse en un frío entumecimiento.
Raimei cayó a unos metros de él, hundiéndose en el barro, apagada. Kibai intentó levantar una mano, tratando invocar una sola chispa de Electro, pero sus fuerzas lo abandonaron. La lluvia cubría su campo de visión mientras que, a lo lejos, el rugido de triunfo del Indominus Rex anunciaba el fin de la caza.
La oscuridad, pesada y absoluta, se cerró sobre su visión.
Había dejado de llover. El barro se filtraba entre los dedos de Kibai, frío y espeso, como el peso de su propia derrota. Al abrir los ojos, el mundo era una mancha borrosa de hojas verdes y dolor punzante. Tosió, escupiendo un rastro de sangre que se diluyó instantáneamente bajo la lluvia persistente. A pocos metros, el acero de Raimei yacía hundido en el lodo, como una extensión inerte de su propio fracaso.
El mink se arrastró penosamente, cada centímetro de movimiento arrancándole un gemido que ahogaba entre los dientes. Al alcanzar la empuñadura, sus dedos se cerraron sobre ella con una fuerza desesperada. No era solo el dolor físico lo que le escocía; era la memoria. En un parpadeo, se vio de nuevo en los Cabos Gemelos, impotente ante la fuerza y velocidad de Uosan Sakana, sintiendo cómo su fuerza se escurría entre los dedos. Recordó la segunda humillación en esta misma isla, cuando un soplido de la Akuma no Mi Sohem lo había dejado clavado en el sitio como a una estatua.
—Otra vez... — susurró, su voz apenas un hilo quebrado.
Golpeó el suelo con el puño cerrado, hundiendo el brazo en el fango. La rabia, una chispa eléctrica más real que su propio Electro, comenzó a arder en su pecho. Estaba harto de ser el eslabón débil de su División, harto de que su voluntad no fuera suficiente para proteger el equilibrio que la Marina representaba.
Con un esfuerzo titánico, Kibai se puso en pie. Sus piernas temblaban, pero su mirada ya no era la de un animal herido. El claro donde el Indominus lo había derrotado estaba ahora vacío; la bestia se había marchado para reclamar su nido. El mink alzó los ojos hacia el cielo. Necesitaba altura. Necesitaba ver el tablero de juego antes de que la partida terminara.
Avanzando a traspiés por la jungla, finalmente encontró un árbol antiguo, una reliquia de tiempos donde los gigantes aún no caminaban sobre la tierra, y comenzó a trepar. Cada movimiento era una agonía, pero su mente estaba enfocada en un único punto, localizar a la bestia y acabar con ella de una vez.
Al alcanzar la cima, por encima del dosel de la selva, una ráfaga de viento repentina lo golpeó de frente. Viento del Oeste, bastante raro en el Grand Line. Una ráfaga cálida que parecía querer animarle. Kibai miró hacia aquella dirección. Muy lejos, tanto que ni siquiera sabía exactamente cuanto, estaba Zou, su hogar. Con un súbito nudo en la garganta, el mink apretó los puños. ¿Cómo podía siquiera soñar con volver a su casa si ni siquiera era capaz de enfrentarse a aquella criatura?
SIn embargo, en ese momento, el viento que lo envolvía acabó por barrer las nubes sobre su cabeza, despejando el firmamento en un instante. Kibai se detuvo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Little Garden se extendía ante él, bañada en una claridad sobrenatural. Podía ver las fumarolas de los volcanes y el brillo de los ríos como hilos de plata. Y entonces, con el corazón dándole un vuelco, comprendió por qué todo se veía tan nítido.
La Luna Llena lucía imponente en el cielo, un disco de plata de perfecta blancura que reclamaba el firmamento para sí. Kibai tragó saliva, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con su derrota. Sabía lo que significaba. Conocía los riesgos: el agotamiento que podía apagar su corazón, la pérdida de consciencia, el riesgo de convertirse en una bestia sin discernimiento. Pero entonces, el silencio de la noche fue desgarrado por un rugido de triunfo del Indominus, seguido por el lamento agónico de una criatura que exhalaba su último suspiro en las garras de la aberración.
— No volveré a ser débil — sentenció Kibai, con una resolución de acero.
Cerró los ojos, respirando hondo el aire fresco de la noche. Alzó la cabeza hacia la luz blanca y, al abrirlos de golpe, sus pupilas se tiñeron de un rojo carmesí profundo. El proceso comenzó. Su pelaje se erizó, volviéndose blanco como la nieve, mientras su musculatura se expandía con una potencia eléctrica que hacía que el aire a su alrededor estallase en chispas constantes.
Cerca de una de las fumarolas volcánicas, el Indominus Rex trabajaba con una eficiencia mecánica. Usando sus garras, excavaba en la tierra blanda junto al cadáver de un gran herbívoro, preparando el lecho para sus huevos. El calor del volcán proporcionaría la incubadora perfecta para su estirpe de pesadilla.
Un crujido en la maleza detuvo a la bestia. El Indominus se irguió, sus fosas nasales dilatándose, buscando el rastro del Mink herido que había descartado minutos antes. Pero lo que salió de la jungla no era lo mismo a lo que se había enfrentado. Kibai caminaba con decisión, notando como su nueva melena blanca ondeaba como una llama fría y los rayos azulados envolvían su cuerpo en un aura de energía pura. Sus ojos rojos ya no mostraban miedo, ni odio; solo una determinación absoluta.
Kibai modo Sulong
El Indominus rugió, lanzándose al ataque con la confianza de quien ya ha ganado una vez. Pero la situación ya no era la misma. Kibai desenvainó a Raimei. Esta vez, el acero no solo brillaba; bramaba. Sin decir una sola palabra, el mink desapareció de la vista.
Fue un parpadeo. La criatura, cuya velocidad le permitía cazar raptores en plena carrera, lanzó un mordisco al aire vacío. Kibai ya estaba tras él. Un tajo eléctrico cruzó el lomo de la bestia, hundiéndose profundamente a través de las escamas reforzadas. El monstruo chilló, intentando de nuevo usar su cola contra él, pero el mink saltó sobre el apéndice como si el tiempo se hubiera ralentizado.
Para Kibai, los movimientos del Indominus ahora eran pesados, predecibles, casi cómicos. La fuerza del Sulong le permitía golpear con la potencia de un impacto de cañón en cada estocada. El Electro, potenciado por la Luna,apenas le suponía una leve molestia de gasto de energía.
El combate fue una auténtica danza de destrucción. El Indominus intentó camuflarse, pero el instinto del Sulong detectaba el calor y la electricidad de su sistema nervioso con una precisión divina. Kibai lo acosó sin tregua, convirtiendo el claro en una tormenta de tajos blancos y relámpagos. La bestia, el arma definitiva del Gobierno, estaba siendo desmantelada pieza a pieza por la naturaleza pura de un Mink que había abrazado su herencia.
Finalmente, el Indominus, cubierto de heridas humeantes y con una pata destrozada, intentó un último embate desesperado. Kibai por su parte, se lanzó hacia adelante, un rayo blanco que atravesó el torso de la bestia de lado a lado. El corte fue tan limpio y cargado de energía que el Indominus se quedó congelado en el sitio antes de que la mitad de su cuerpo colapsara bajo el peso del daño interno. La criatura cayó con un estruendo sordo, ocasionando un leve temblor a su alrededor.
El silencio volvió a Little Garden. Kibai levantó la vista una última vez hacia la Luna. La transformación comenzó a remitir; su pelaje recuperaba su color oscuro y el brillo rojo de sus ojos se apagaba, dejando paso a un cansancio que pesaba más que las montañas de la isla.
Sus piernas cedieron. Se dejó caer, quedando sentado contra el flanco todavía caliente del cadáver del Indominus Rex. Cada músculo de su cuerpo gritaba en protesta por el exceso del Sulong, y su respiración era un silbido débil en la noche. Pero, mientras sus ojos se cerraban lentamente por el agotamiento, una pequeña sonrisa de satisfacción cruzó su rostro.
Había cumplido su deber.
Ya no era débil.
Ya no era débil.
