De Baterilla a tus manos [FIC | Pasado]
#1
》》Sucesos del 24 al 27 de Verano del año 17

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Había perdido la cuenta de cuántas veces había rehecho la pieza.

La joya descansaba entre mis dedos como si tuviera pulso propio. La giré bajo la luz de la lámpara, observando cómo el metal devolvía un brillo suave, todavía imperfecto en los bordes. Desde hacía días —quizá una semana entera si contamos los días desde Samba— venía puliéndola en los momentos muertos, en esas horas suspendidas que se acumulan cuando una está esperando partir hacia otro destino.

Baterilla tiene ese ritmo extraño: no te retiene, pero tampoco te empuja. Uno queda en el medio, flotando un poco.

Yo estaba así.

Entre un puerto que ya conocía y los Cabos Gemelos que todavía no había visto.

La joya, en cambio, ya sabía a quién pertenecía.

No era grande. Tampoco ostentosa. Nunca me gustaron las cosas que gritaban riqueza. Prefería los objetos que obligaban a acercarse para entenderlos. Aquella pieza era una pequeña máscara trabajada en metal claro, con líneas que evocaban las máscaras luchísticas que había visto en viejas ilustraciones y en algunos puestos de mercaderes ambulantes. Había algo poderoso en ese símbolo: identidad guardada detrás de un rostro nuevo, historia respirando debajo de un gesto teatral.

Lo pensé en él desde el primer momento.

En Quetzalli Jr.

Y cada vez que volvía a pulirla, volvía también esa mezcla absurda de emoción y vergüenza que me hacía sonreír sola.

— Todavía no está — murmuré para mí, pasando una tela fina sobre el metal.

La pieza necesitaba un último gesto de paciencia. El tipo de gesto que no se hace con herramientas sino con tiempo.

La dejé sobre la mesa, junto a otros pequeños instrumentos de trabajo, y me quedé observándola como si pudiera responderme algo.

No sabía si alguna vez llegaría a sus manos.

Ese era el problema.

Porque Hachinosu no es exactamente el tipo de lugar al que una envía correspondencia con la ligereza de quien manda una postal.

La idea de escribirle había estado rondándome desde hacía semanas, pero siempre terminaba en el mismo punto: ¿cómo se supone que una le manda una carta a un pirata influyente?

La respuesta apareció de la manera más sencilla posible.

En una conversación que no parecía importante.

Había bajado esa tarde hacia una calle donde los comerciantes del puerto vendían cosas útiles para viajeros. Papel, tinta, pequeños cofres, sellos de lacre. Yo buscaba algo muy específico: una caja lo bastante firme para proteger la joya durante un viaje largo.

El hombre que atendía el local tenía manos de archivista y paciencia de contador de historias. Mientras revisaba distintos tamaños de estuches, terminamos hablando de rutas marítimas, de barcos que partían cada semana y de la extraña red de mensajería que conectaba puertos que, en teoría, no deberían hablarse entre sí.

Fue ahí cuando lo dijo.

— Si necesitas mandar algo complicado, la central postal de Baquella todavía mantiene rutas indirectas.

Levanté la mirada.

— ¿Indirectas?

— Cartas que no preguntan demasiado — respondió, encogiéndose de hombros — Si llegan al puerto correcto, alguien se encarga del resto.

Sentí cómo algo dentro de mí hacía un pequeño salto.

— ¿Incluso hacia… Hachinosu?

El hombre me miró por encima de sus lentes, como si midiera cuánto debía responder.

Después sonrió.

— Si la dirección está bien escrita y el pago es correcto, los carteros no suelen ponerse filosóficos.

Salí del local con la caja para la joya… y con la certeza de que, por primera vez, la idea de escribirle no era solo un capricho imposible.

Era una posibilidad.

Y las posibilidades, cuando aparecen, son peligrosas.

Porque entonces una ya no puede fingir que no quería intentarlo.

La primera noche escribí la carta demasiado rápido.

Me senté frente a la mesa de la pequeña habitación que alquilaba en Baterilla, desplegué una hoja común y dejé que las palabras salieran sin pensar demasiado. Fue un error evidente. Cuando terminé de leerla, parecía escrita por alguien que hablaba demasiado fuerte.

La rompí.

La segunda versión fue peor.

Intenté sonar más seria, más medida, más correcta. El resultado fue una carta tan fría que ni siquiera parecía mía.

Esa también terminó en la basura.

La tercera fue demasiado larga.

La cuarta demasiado tímida.

La quinta… bueno, la quinta fue un desastre absoluto.

Me pasé dos noches enteras probando palabras como quien prueba llaves en una cerradura que todavía no sabe abrir.

Y en medio de ese proceso entendí algo que debería haber sabido desde el principio:

No necesitaba escribir la carta perfecta.

Solo necesitaba escribir la carta verdadera.

Así que al tercer día salí a buscar el papel adecuado.

Si iba a enviarla, no quería que fuera en cualquier hoja.

Encontré lo que buscaba en una pequeña papelería que vendía artículos delicados para correspondencia formal. Entre los distintos paquetes había uno que me llamó inmediatamente la atención: papel de tono marfil claro, ligeramente texturado, con un perfume muy suave impregnado en las fibras.

El aroma era fresco.

Cítrico.

Tenía ese matiz luminoso del limón recién cortado, pero mezclado con una nota floral más suave que evitaba que resultara demasiado ácido.

Lo acerqué a la nariz y cerré los ojos un segundo.

Me recordó a algo muy suyo.

A la claridad.

A la energía limpia.

A ese tipo de frescura que despierta el ánimo cuando el corazón necesita valor.

— Me llevo este — dije finalmente.

Compré también sobres del mismo juego y un pequeño frasco de tinta nueva.

Esa noche volví a sentarme frente a la mesa.

La joya estaba terminada por fin. La guardé dentro de su estuche acolchado y la dejé a un lado, como un pequeño testigo silencioso del momento.

Respiré hondo.

Tomé la pluma.

Y empecé a escribir.

Esta vez no forcé nada.

Las palabras llegaron con la cadencia tranquila de alguien que, por fin, acepta decir exactamente lo que siente.

Contenido de la Carta

Cuando terminé, la tinta todavía brillaba ligeramente bajo la luz.

Leí la carta una vez.

Después otra.

Y por primera vez en varios días no sentí la necesidad de romperla.

—Bueno… — murmuré — Sos vos.

La dejé secar mientras buscaba la fotografía que había elegido.

No era una pose grandiosa. Solo yo, mirando de frente, con esa mezcla de serenidad y determinación que siempre aparece cuando estoy decidida a algo.

La coloqué junto al papel.

Entonces llegó el momento más imprudente.

Sonreí sola mientras pintaba suavemente mis labios.

Incliné la cabeza… y dejé un beso estampado en la parte inferior de la carta.

[Imagen: JMtqIw0.png]

Otro en el sobre.

— Bueno — susurré — Si voy a hacer esto, lo hago completo, Es todo un tema.

Doblé la carta con cuidado.

La guardé junto a la fotografía y la pequeña caja que contenía la máscara de metal.

Cerré el paquete.

Escribí la dirección con pulso firme.

Para Quetzalli Jr.
Tripulación de los Piratas Mushoku
Hachinosu


Apagué la lámpara un rato después.

Y antes de acostarme, apoyé la mano sobre el paquete.

Mañana lo enviaría desde Baquella.

La idea me hizo sonreír en la oscuridad.

Porque, por primera vez desde que empecé a pulir aquella pequeña máscara, la historia ya estaba en movimiento.

cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
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