[Priv. | Pasado] Insomnio
#1
77 de Primavera, Año 17 ❥ Baterilla

Forgive me for I don't know what I gain...Alone in this garden of pain

─ ♚ ─

El mar de los ojos de la Archeron permaneció fijo sobre el techo de la barraca que se había transformado su habitación, junto con el resto de los reclutas que iniciaron con ella la travesía de volverse marine y que no residían dentro del pueblo. Se mantuvo en esa posición por varios segundos, quieta, mientras intentaba asimilar donde terminaba el sueño y comenzaba la realidad.

Los mechones oscuros de su cabello, esparcidos como hebras de medianoche sobre las sábanas blancas, caían desordenados alrededor de ese rostro de líneas suaves y pecas dispersas, pegándose a sus sienes humedecidas. La tela delgada de las sábanas seguía enredada alrededor de sus torneadas piernas, como si hubiesen intentado retenerla mientras huía por los caminos de ese sueño confuso ¿o fue una pesadilla?  Su pecho amplio se elevaba y descendía en ese ritmo irregular de quien aún trata de abandonar la inquietud, mientras que la camiseta arrugada por las vueltas que había dado sobre el catre, se adhería a penas a su piel de invierno a causa del sudor perlado que la bañaba. Y ese pantalón corto que finalizaba el uniforme de descanso que le había entregado la marina, se había desplazado hacia arriba dejando expuesto sus muslos.

Lentamente, inspiró.

Buscaba anclarse al presente mientras cerraba los ojos para percibir mejor la brisa marina nocturna, esa que parecía mantener a raya la humedad por esa noche de primavera, colándose a través de las ventanas angostas de aquella construcción y refrescando las hileras de catres que estaban ocupados. El sonido de las respiraciones acompasadas y alguno que otro ronquido era la única música que comenzaba a acompañar sus noches de insomnio.

“Fue solo un sueño”

Repitió mientras elevaba el antebrazo izquierdo apoyándolo sobre su frente perlada de sudor, acababa de emerger, una vez más, de aquella pesadilla recurrente que solo traía consigo una cosa: culpa.

Intento no detenerse en ello, en la congoja que anidaba en su pecho, en la angustia que se posicionaba en su garganta; lentamente, escondió el rostro en ese espacio del antebrazo, como si aquel gesto sencillo fuera la mejor armadura en ese lugar rodeada de desconocidos con los cuales no tenía intenciones de formar lazos. Solo estaba ahí porque lo necesitaba. Solo estaba ahí porque necesitaba movilizarse de una manera segura entre esos mares embravecidos sin terminar con un cartel de “se busca” con su rostro pegado en todos los puertos. Para subirse a un barco con un montón de otros cadetes y lanzarse al mar que la llevase más cerca de su hermana. Para la Archeron los piratas, bandidos y revolucionarios no importaban… había jurado lealtad a ese uniforme no porque la sintiera, no porque quisiera dejar su corazón en ello.

No.

Nyx estaba por sobre todas esas lealtades, porque Aelira estaba por sobre todas esas lealtades y aún le quedaba tanto por recorrer…y el tiempo solo parecía marchar en su contra para burlarse de ella.

“Ni siquiera he podido acercarme a él”

Con ese último pensamiento abandonó el catre que ahora ocupaba como cama, tomando la chaqueta ligera que siempre reposaba sobre ese baúl gastado por otros que habían llegado ahí antes que ella, colocándosela sobre los hombros antes de salir. El frio del suelo bajo sus pies desnudos se sintió reconfortante, era un ancla, eso que la obligaba a centrar su atención en algo tangible fuera de sus pensamientos y se traducía en la sensación de caminar descalza.

Porque justo allí estaba el problema, pensar en Aelira. En el tipo de situación que podría estar pasando, en lo que podrían haberle hecho…

En el hombre que podría acercarla a ella, intentando no levantar sospechas. Pensar en como conseguir otra pieza de ese puzle que ahora era su vida…

Pensar en todo lo que había dejado atrás ¿su madre estaría bien con las víboras durmiendo bajo el mismo techo? ¿y su padre? ¿podría haberse dado cuenta por si mismo? Lo dudaba…esperaba que no lo hubiese hecho para mantenerse a salvo.

La barraca quedó atrás mientras avanzaba sin rumbo fijo, intentando mantener su atención en el suelo helado y el aire frio que bañaba su cuerpo, entre el silencio que ahora había en el cuartel. Gracias al tiempo que Nyx llevaba ahí adentro sabía exactamente por donde caminar para evitar las patrullas nocturnas y estaba segura de que cualquiera, con un mínimo de atención, podría haberlo hecho. Necesitaba alejarse de aquel catre donde la pesadilla comenzaba a volverse recurrente, solo para perseguirla como un fantasma silencioso añadiendo otra cadena a lo que ya parecía una condena.

Por ello, no le pareció extraño terminar subiendo los escalones de piedra en dirección a una de las torres vacías de vigilancia.

Desde ahí podía observarse el faro a la distancia, esa luz guía en medio del mar embravecido, esa luz que ella esperaba no tener que volver a ver una vez que dejase Baterilla atrás. Nyx se acomodó al borde de la estructura de piedra dejando sus torneadas piernas colgar hacia el vacío, meciendo los pies a varios metros del suelo. Permitió que el viento nocturno se deslizara libremente por su piel hasta alcanzar el borde de ese pantalón corto, lentamente recostó el peso de su cuerpo sobre sus manos que ahora descansaban a sus costados, permaneciendo inmóvil frente a la inmensidad del mar y la noche, esa que, con su brisa marina, danzaba entre las hebras oscuras de su cabello.

Cerró los ojos y por un momento, solo por ese momento, se mintió a sí misma…fingiendo que el peso que sentía sobre su pecho amplio era únicamente la brisa nocturna.

Léeme
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#2
Un vaho gélido se perdía entre los resquicios de brisa nocturna que llegaban hasta la piel de su rostro. Exhalaba algo parecido a la liberación, o quizás, la búsqueda de un nuevo aire que renovase sus cansadas energías, encontrándose al borde de lo humanamente admisible, incluso y si sus habilidades ya lo hacían sobresalir de entre la media.

A lo lejos, luz. Borrosa ante las profundas respiraciones que lo inundan, más oscura gracias a las gafas de sol negras que utiliza, en una pequeña ironía ya que habitualmente siempre ha odiado a quienes hacen uso de semejante accesorio cuando no habían rayos solares de los cuales protegerse. Pero esa noche no importaba, pues el objetivo del cristal opaco escondiendo sus orbes cerúleos era otro.

Incluso y si el faro resplandecía con una fuerza inusual a cada segundo que vivía en aquella velada.

A veces se repetía dudas alrededor de un único concepto, buscando el mismo brillo en los puntos más oscuros del mundo. Intentando, quizás, encontrarle un significado menos cruel a los hechos que aún torturaban su alma sin descanso aparente, de manera cíclica, tanto que hasta empalagaba al paladar el significado de lo visceral.

Ni siquiera las estrellas conseguían regalarle una respuesta que aliviase su corazón, porque lo que había más allá de la muerte trascendía conceptos como el cielo o el infierno. A veces se preguntaba qué ocurriría si lograba volar, atravesar esa línea difusa entre el suelo mortal al que está anclado, y los sueños lejanos, escondidos entre nubes, o iluminados por el tenue brillo de la luna.

Sonríe. Sabe que tiene trabajo por hacer, y por ello da un último sorbo al refresco de fresa que había comprado para seguir patrullando los alrededores e interiores de la base en Baterilla. Recientemente había sido reasignado a esas labores luego de una buena temporada llena de trabajo, combates y preparativos para lo que sería un operativo a gran escala, atravesando los Cabos Gemelos hasta llegar a un nuevo parque de atracciones. Pero el mundo no se detenía por ello, y aprovechando que prácticamente nunca duerme bien de noche, solicitó el turno de vigía nocturna.

Le tocaba dar un repaso por los pasillos de la estructura, y tras un rato caminando, se encontró de espaldas a una figura que no reconoció. Los pantalones cortos, su silueta femenina y el cabello negro anunciando en ese leve vaivén una serie de pasos que la alejaban consiguieron atraerlo, siguiéndola con lentitud, pues reconoció la dirección elegida.

Buscaba una altura con vistas agradables, ese buen gusto le hizo incrementar la curva en sus labios.

Durante algunos segundos, dejó de pensar en los momentos que casi arruinan su vida, guiado por la estela de la curiosidad. Algo en su pecho reclamaba el deseo por observarla de frente, ponerle cara a la dama errante entre los rincones de la noche, y quién sabe, hasta quizás encontrar una nueva víctima de sus payasadas para hacer más amena una guardia donde literalmente no estaba ocurriendo nada.

Y tras unos breves instantes donde la incertidumbre gobernaba, llegó hasta el final del camino.

Otra vez, ella de espaldas, sentada en el borde, con sus piernas entregándose al vacío. Shin, aún sin ser percibido, pensó alguna forma de sorprenderla, y tras calcularlo mucho poco menos de tres segundos decidió actuar, envolviéndose en el fulgor dorado de su fruta del diablo y avanzando con ímpetu hacia un costado del borde donde la pelinegra estaba ubicada. Esa pequeña estructura le llegaba por la cintura, lo cual era perfecto, porque de manera súbita, la chica desconocida escucharía un grito que la sacaría de sus casillas si estaba tranquila, añorando la soledad.

—¡Ooooe! ¡Estás detenida por circular sin permiso!

La exclamación fue acompañada de un choque espectacular contra la piedra, y Hasegawa aprovechó su habilidad para desprender ese elemento lumínico de su cuerpo hacia el vacío, simulando que se desintegró en partículas de, literalmente, luz. Se mantuvo deforme en el aire unos segundos, intentando desconcertarla, hasta recomponerse en sus narices y formar un cuerpo humano nuevamente.

Desde ahí, se pudo apreciar su uniforme oficial. La camisa abotonada blanca, con una chaqueta oversized adornada por los símbolos de la marina, su agraciado rostro, envuelto en el color nieve de sus hebras, tan puro como una noche helada en los hemisferios polares del mundo, y las gafas de sol que no se había quitado, ocultando una mirada cansada. La sonrisa de Hasegawa se mantiene igual que siempre, siendo socarrona y con retazos claros de narcisismo, hasta finalmente pronunciar algunas palabras que diesen sentido a la escenita que la pobre chica acababa de vivir.

—¡Es broma! —hizo el símbolo de la paz, acomodándose en el perfil de la mujer, donde finalmente pudo observarla, aunque su atención pasó del interés por su rostro a la piel expuesta de sus muslos, sintiendo una punzada en el pecho que le hizo tragar saliva, recorriendo la silueta de su cuerpo lentamente hasta dar con las hermosas facciones de su rostro, y perderse otro breve instante en aquellos orbes azules. Los labios de la mujer también se llevaron otro poco de su atención, finos, como si hubiesen sido diseñados con atención estética consciente, dejándolo muy cerca de quedarse sin palabras.

Sin embargo, era un maestro certificado de las habladurías por algo, y pudo recomponerse.

—Si eres un fantasma, dímelo antes de que me enamore de ti. —contrario a la forma en que su nueva compañía se acomodó, Hasegawa se mantuvo de pie, apoyándose con gestos medidos en la estructura de piedra, y de frente al perfil izquierdo de la pelinegra. —No te había visto antes. —entrecierra los ojos detrás de las gafas, acomodándoselas debido a ello, aunque aún sin revelar el tono de su mirada —Y lo sé porque de ser el caso, te recordaría bien. —las formas del albino son encantadoras, con una naturalidad que rozaba lo adictivo. Sabía lo que hacía, y en qué momentos aplicarlo, lo cual podía ser desconcertante con su presentación, porque en ningún momento se detuvo a explicar qué fue lo que hizo.

—Asumiré que eres marine, sino, tendré que invitarte a una cita en nuestros calabozos. —no estaba demasiado lejos de ella, aunque tampoco invadía su espacio personal. Aprovechándose de las gafas, volvió a mirar sus muslos —Quizás pueda ayudarte a no pasar frío. No es una muy buena elección de vestimenta para este tipo de noches. —su voz se hizo dulce, entre tonos algo más graves que los usuales.

Lo de no presentarse terminó siendo a consciencia, optando por el rol de chico misterioso a modo cómico en sus delirios internos. Por dentro sabía que su ego le haría gritar quién es a los cuatro vientos, más con una mujer así de atractiva frente a él.

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#3
77 de Primavera, Año 17 ❥ Baterilla

Forgive me for I don't know what I gain...Alone in this garden of pain

─ ♚ ─

Intento que el aire frio de primavera le ayudara a anclarse al presente, a ese presente que la mantenía lejos de esa pesadilla demasiado vivida que acechaba en sus entrañas y rasgaba su alma cada noche. Intento que el aire frio de primavera le ayudara a recordar a sus hermanas desde la felicidad absoluta y no desde el horror y la muerte que se habían instalado en su casa como un invitado indeseado. Intento…

Hasta que el ruido de aquel grito la tomó por sorpresa.

La voz masculina rasgo la quietud de la noche y sus dedos, apoyados en la piedra fría, se crisparon instintivamente clavando las uñas en la superficie irregular por una fracción de segundo que bien podría haber sido una eternidad. Fue ese reflejo, esa acción de su cuerpo que reaccionaba en guardia antes de procesar todo lo que ocurría a su alrededor, un reflejo al cual no le permitió convertirse en movimiento.

Y la frialdad de ese suelo, el ancla que buscaba para no pensar en Aelira, era mas fuerte que el hombre ruidoso que ahora tenia al lado. Soltó los dedos mientras hacia ese suave repiqueteo contra la superficie rugosa, ese micro gesto relajado y manteniendo las piernas hacia la oscuridad, la Archeron demoró unos segundos deliberados en girar lentamente el rostro hacia la dirección del sonido. Ese movimiento pausado que lograba hacer que el aire frio abriera las hebras de su cabello de medianoche, enmarcando ese rostro de líneas finas y pecas dispersas, transformando la sencilla acción de mirar por sobre su hombro hacia el sonido, en un acto de completa soberanía. 

El estallido de luz dorada fue un espectáculo digno de observar, uno que, para otra mujer, una a la cual las sombras de sus demonios respirándole con suavidad sobre el cuello no le arrebataran el calor de las venas, podrían impresionar.

Una mujer que ciertamente no era ella.

Ni siquiera cuando se volvió a ensamblar frente a su rostro con teatralidad que le pareció demasiado calculada para ser real.

Dejó que el silencio se asentara entre ellos mientras el mar de sus ojos se clavaba en esos lentes oscuros y su barbilla se alzaba con esa ligereza orgullosa. Esos lentes eran un detalle que no le agradaba… ella prefería mirar de frente y a la cara para encontrarse con el mundo que habitaba en las miradas que la rodeaban, en cambio, el marine que acababa de interrumpirla prefería esconderse detrás.

“¿Cobarde, quizás?”

Quizás…

No tenía las agallas para mostrarse de frente.

Al igual que él debería estar observándola escondido detrás de esos marcos oscuros, ella lo imitó y el mar de sus ojos le observo con la intensidad tal, que el cristal de esos lentes oscuros podría no existir entre ambos, para que no se le olvidara que mirarla con descaro y atrevimiento, podría traer el precio alto de un pago que no tendría como costear.

Calculó su porte, más no se digno a alzar aún más la mirada, Nyxara Archeron no alzaría la mirada ante nadie. Su rostro varonil poseía esos ángulos rectos, filosos y llamativos, con una simetría tan impecable que rozaba lo artificial. El contraste de su piel con su cabello, le daba ese aire de caballero antiguo, tallado en mármol perfecto, como si todo en él estuviese hecho para llamar la atención. Su cuerpo parecía estar curtido por el entrenamiento de la marina, lo delataba el ancho de sus hombros que parecía esconder debajo de esa campera y por la precisión con la que acababa de resplandecer y materializarse nuevamente, algo le decía que su velocidad debería ser bastante buena.

Poseía la clase de apariencia que haría a su hermana menor, Seren Archeron, suspirar sin dudas.
Poseía la clase de apariencia que haría a su hermana mayor, Aelira Archeron, girar a verle sin reparos.
Poseía la clase de apariencia que haría que ella, Nyxara Archeron, perdiera inmediatamente el interés.

Era demasiado perfecto…

Poseía la clase de belleza engañosa que algunos hombres podían usar a su favor y para ella, hacía falta mucho más que una cara bonita, un cuerpo atractivo y un par de trucos de magia para captar su atención.

La mirada de la Archeron cambio a penas, un gesto sutil, un descenso leve de sus parpados bajo el marco oscuro de sus pestañas. Lo suficiente para que aquella calma orgullosa adquiriera un filo distinto, era esa manera silenciosa que tenía de volverse tormenta antes de arrasar con todo – ¿El truco de magia es lo que usas con todas las reclutas y te suele funcionar o esta noche simplemente pensaste que era buena idea hacer el ridículo? – Arremetió sin piedad con su lengua de plata, su voz tomó ese tono aterciopelado y melódico, como si fuera una caricia que buscaba colarse entre los sentidos pero que gritaba peligro si se escuchaba con atención.

Ladeo lentamente el rostro y su cabello danzo por sobre su hombro con suavidad como una cascada nocturna, revelando la curvatura de su cuello y la fina línea de su clavícula. Ese gesto que se debatía entre la belleza y la falta de interés – Fantasma – repitió lentamente, como si buscara alargar la agonía de ese intento de cumplido – ¿Una palabra de tres silabas fue lo mejor que se te ocurrió? –

Ese marine había tenido el descaro de observarla en silencio demasiado tiempo como para perdonarle la osadía, creyendo, además, que ella caería bajo esas formas bien entrenadas de coqueteo, una sonrisa encantadora practicada, un halago ya usado...

Que equivocado estaba.

Si ese hombre tenía un mínimo sentido de la auto preservación entendería que lo mejor era no caminar de frente al fuego y la tormenta que ella era.

Nyx no se molesto en cubrirse los muslos o en reacomodarse la chaqueta que el viento de la noche había deslizado con ligereza en una abertura dejando expuesta la piel de su cuello. No había un solo rastro de pudor, vergüenza o duda en su postura. Si esa era guerra de miradas y poder, ella no cedería ni un mínimo de terreno. 

Y ciertamente no perdería.

Porque Nyxara Archeron no retrocedía ante nadie.

En lugar de aquello, apoyo el peso de su cuerpo hacia atrás sobre sus manos con esa elegancia orgullosa casi insolente. Manteniendo la cabeza erguida como si esa torre fuera un trono personal – Mi ropa no es asunto de tu incumbencia ni un problema que debas resolver – y el filo de esa lengua de plata podría haber cortado el aire entre ambos – Y te sugiero que no te preocupes por mi frio, nada de lo que un hombre como tu pueda hacer, tendría el calor suficiente para quitarlo – Porque ella esperaba un incendio detras de los ojos. Uno que la consumiera por completo. Uno que fuera mas fuerte que su propio fuego, que su propia tormenta.

Y que agradeciera que no estaba de pie ante él o habría tenido que materializarse entre esas luces brillantes hacia la salida.

El azul de sus ojos se deslizó nuevamente desde su rostro hacia el mar nocturno que estaba, expectante, frente a ellos – Si tu única función durante esta guardia nocturna es lanzarse cumplidos a desconocidas, te sugiero que sigas tu camino, antes que comience a cuestionarme tu habilidad para hacer un trabajo mínimo bien ejecutado –

Léeme
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#4
El porte del fantasma nocturno azabache le hizo entender de inmediato ante qué tipo de actitud estaba presente, transformando su sonrisa a una que expresaba más caos que interés genuino por seducirla. La galantería de Hasegawa siempre se mostraba como un método de control social y, de tanto en tanto, si la mujer frente a él le interesaba y le seguía el juego lo suficiente, se permitía distraerse durante un rato antes de volver a desaparecer, encarnando el desastre emocional que se negaba a exhibir.

Por eso nació desde el fondo de su instinto payaso una profunda felicidad, pues sabía que la chica frente al cristal de sus gafas oscuras era una de esas víctimas ideales ante los súbitos cambios de actitud que puede imponer. Incluso si no reaccionaba acorde a sus predicciones, el simple hecho de molestarla en lugar de mantener vigente su patrullaje alrededor de la base valía completamente la pena, motivo que lo llevó a dejarla hablar sin interrupciones, o al menos lo intentaría.

Y el filo de sus orbes azulados no tardó en trasladarse a su labia, acusándolo de usar el mismo truco con otras mujeres y cuestionando si le resultaba efectivo o sólo pretendía hacer el ridículo ante ella específicamente. Shin soltó aire por la nariz, a penas y conteniendo el impulso de reír que lo atacó ante semejante respuesta y gozándose la maravillosa actuación de la marine desconocida en aquel escenario que, al menos de momento, únicamente existía en la mente del albino.

Su tono de voz resultaba inquietantemente peligroso, eso consiguió volver a llamar la atención de Hasegawa, quien había olvidado de manera súbita que antes de aquella interacción estaba bastante cansado, pues el entusiasmo y la emoción se percibían en pequeños micro gestos de su rostro. Sonrisas, cejas alzadas en centésimas fugaces, o ladeos de cabeza repletos de curiosidad, de hecho ese último movimiento lo realizó al mismo tiempo que la morena, quien volvió a pronunciar la palabra fantasma y atacó al gusto por la frase elegida.

¿Quizás se había enojado de verdad? Utilizó las características ofensivas femeninas que empezaban o incluían "un hombre como tú", sin saber quizás que carecía por completo del concepto "masculinidad frágil", notándose en la forma en que celebró ese comentario exacto con, esta vez sí, una carcajada sonora y sincera. —Okey, esa fue buena, te lo concedo. —apuntó hacia ella con el índice de su diestra, y entonces, decidió sentarse exactamente como ella en la pequeña cornisa hacia el vacío, cediéndole una distancia apropiada entre ambos y con la diferencia de que sus pies estaban encarados hacia la salida, al revés que ella. La azabache concluyó sugiriéndole seguir su camino si el único objetivo en su cabeza era tratar de seducirla, lastimosamente el marine ahora tenía otro propósito en mente.

O quizás dos, porque además de intentar descubrir qué la volvía tan hostil, le intrigaba saber si existía una persona socialmente accesible bajo aquella laguna de llamas que presumía al resto como escudo.

—Deberías tranquilizarte un poco, o te van a salir canas. —el mismo dedo índice que había apuntado hacia ella señaló las hebras oscuras de la mujer. A los pocos segundos volvió hacia las suyas —Lo digo por experiencia. —una broma suelta, relajada y sutil, una que Hasegawa decoró con su propia risa porque no esperaba nada de su interlocutora.

—Evidentemente uso el mismo truco con todas las mujeres que me cruzo, hasta el día de hoy acumulé un cien por ciento de efectividad. Rompiste mi racha, ¿no serás especial, hm? —con todo el descaro del mundo, le mintió sobre la afirmación que ella le dedicó instantes atrás, portando una sonrisa tan segura que aquel comentario podía pasar totalmente a modo de verdad absoluta ante más de uno. Y su elección resultaba curiosa, porque podría haber sido sincero y elegir una respuesta que lo deje en mejor lugar.

El caso es que asumió que ella no iba a creerle de todas formas.

—¡Anímate, fantaaaaasma-chan! —alzó los brazos hacia el cielo, intentando contagiarle su propio estado de ánimo, y rematando con un regalo total sobre parte de su filosofía, visible en la amplia curva de sus labios —En este mundo, los que sonríen son los más fuertes. Deberías probarlo. —asintió, dispuesto al menos en apariencia a dejarla en paz, muy a pesar de que algo en su interior seguía empujándolo a hacer otra estupidez. Bueno, en realidad no se podía engañar a nadie, obviamente iba a hacer esa estupidez.

El albino volvió a deshacerse en luz, esta vez no se "rompió" en partículas diminutas, sólo fue tan rápido que los reflejos ajenos iban a ser incapaces de seguirlo, y tan pronto como ese flash súbito lo hizo perderse entre la bruma nocturna, reapareció en el mismo lugar, esta vez con las piernas también sueltas hacia el vacío. ¿La diferencia? Muy sencilla, en ese fragmento de tiempo donde su velocidad superó con creces la capacidad de reacción contraria, utilizó el poder de su fruta del diablo para quitarse las gafas y colocárselas con enorme precisión a la chica, dejándola con un look... de lo más particular.

—¡Oye! Te quedan un poco grandes, pero tienes el tipo de facciones donde diría que nada podría lucir mal en ti... —formó con sus dedos un rectángulo enfocando su rostro, bajando el párpado derecho y observándola sólo con su iris izquierda. Aunque eso no duró demasiado, en su misión de intentar hacerla reír volvió a bajar ambas manos hacia el soporte donde estaba sentando, mirando al cristal de sus gafas directamente si ella no se las había sacado, exhibiendo por fin el tono cerúleo de sus orbes. —Combina con tu cabello. —asintió múltiples veces, como si aquella dama de plata no hubiese sido hostil hacia él.

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#5
77 de Primavera, Año 17 ❥ Baterilla

Forgive me for I don't know what I gain...Alone in this garden of pain

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Trucos de magia había sobrevivido a la primera afrenta verbal y había decidido, contra la voluntad de ella, acompañarla. En silencio lo vio sentarse a su lado guardando la distancia ¿Estaba loco o simplemente no tenía sentido de la preservación? Quizás, solo quizás, si lo tenía y no le importaba …y si no le importaba, eso volvía el asunto ligeramente interesante.

Por que ella no iba a ceder territorio.

Y trucos de magia, estaba por descubrir, porque no tendría que haberse quedado esa noche sobre la cornisa.

No. No se rio ante la mención de las canas ni de la racha que la volvía especial, al contrario, aquello casi le arranca ese arqueo sutil de esos labios carmesí. Una sonrisa cargada de una ironía tan afilada que, más que una sonrisa, era la promesa implícita de un peligro desconocido que decidía agonizar en sus labios.

¿Su irritante confianza le hacía creer que aceptaría ese halago barato como verdad?

Era un seductor charlatán de tomo y lomo esculpido en un rostro perfecto y Nyx, no iba a creerle ni una sola palabra. Fue ahí, justo ahí, cuando la ráfaga de luz dorada surcó la penumbra y el silencio a una velocidad que la mayoría de los hombres no podrían seguir; ella ni siquiera pestañeo, solo percibió la brisa repentina contra su rostro, el peso ajeno sobre el puente de la nariz, el mar de sus ojos tomado por la negrura y la osadía de quebrar su propio espacio personal sin su permiso.

Sus dedos, a respuesta, volvieron a crisparse en la superficie irregular de la piedra fría, sin embargo, no se sobresaltó. No iba a concederle ese placer ni a él, ni a ningún otro. En cambio, iba a arrancarle las uñas por el atrevimiento.


Era rápido.
Peligrosamente rápido.

Una cualidad que Nyxara Archeron tenía que concederle. Una cualidad que el escondía detrás de bromas, despreocupación y cortejo barato, pero que no dudaba en utilizar con entrenada precisión. Lo observo en silencio detrás de esos lentes oscuros que no le pertenecían, que no se hiciera ilusiones ni confundiera sus intenciones, el mar de sus ojos recorriendo cada espacio de su rostro, cada línea afilada, cada ángulo perfecto de su mandíbula, de su nariz, de sus cejas, de sus labios...de esa belleza engañosa tallada en mármol, no buscaba admirarlo.

Al contrario.

Lo estaba midiendo.

Porque ese era el tipo de criatura que ella era.

Con ese cálculo frío y distante de quien mide el potencial de un arma mientras se decide qué hacer con ella, si se cataloga como una herramienta útil…o una amenaza si decidía volverse un obstáculo en su camino.

Alzó la barbilla permitiendo que la luz de la luna se deslizara por el trazo delicado de sus clavículas expuestas mientras su mano se posaba en el marco de las gafas – Veo que la marina si sabe entrenar a sus perros veloces – pronuncio con esa aterciopelada suavidad, como si buscase darle un peso propio a sus palabras que escondían el tono de amenaza implícito y distaban demasiado de un cumplido para quien supiera escuchar – Así que, detrás de tu falta de tacto y tus cumplidos baratos, te encontraron algo en lo que fueras medianamente útil –  Con lentitud premeditada, Nyx deslizó una pierna sobre la otra en el borde del vacío, como si se tratase de una reina acomodándose en su trono de piedra. La tela de su pantalón, se ajustó a penas contra la piel desnuda de sus muslos.

Sus finos dedos, como si cargaran con algo insignificante, retiraron las gafas de su rostro dejando que la cascada azabache volviese a acomodarse sobre su hombro enmarcando su figura. Mantuvo la espalda recta, asegurándose que su semblante se grabara en esas pupilas cerúleas solo para ver si era capaz de sostener la tensión que ella acababa de crear – Los que sonríen son los más fuertes – repitió sus palabras – Una sonrisa constante, perro de la marina, es solo una máscara – y quizás allí, justo allí, estaba revelando demasiado de sí misma – máscara de idiotas para no ver la realidad o falsa fortaleza de débiles mientras se caen a pedazos –


¿Ella habría caído en ello?...

Importaba…¿Ahora?...

La joven que había sido antes de Seren, había muerto con ella.


Y, con el cristal opaco colgando de sus dedos, el mar de sus ojos embistió contra el azul cerúleo de los contrarios, ahora desprovisto de cualquier objeto que pudiera mantenerlo a salvo de ella – Y esa velocidad tuya sería eficiente si supieras usarla para mantener las manos donde te corresponden – La mirada de la Archeron cambio a penas, un gesto sutil, un descenso leve de sus parpados bajo el marco oscuro de sus pestañas. Lo suficiente para que aquella calma orgullosa adquiriera un filo distinto, era esa manera silenciosa que tenía de volverse tormenta antes de arrasar con todo – porque asumir que puedes tocarme sin mi permiso – continuó, mientras sus dedos soltaban las gafas con una sutileza calculada, a penas un par de centímetros en el aire que la llevarían a atraparlas con estudiada calma – fue tu primer error – Sutil, se inclinó hacia él. Alerta o amenaza directa que él lo decidiera, pero lo suficiente como para que el aire se volviera pesado al cargarse de ese aroma a lavanda, romero y cedro que emanaba de su piel, ese que acababa de alcanzarlo – No cometas la osadía de volver a confundirte, perro de la marina – El mar de sus ojos volvieron a recorrer su rostro con lentitud. Volvieron a medir el ángulo de su mandíbula, la línea afilada de su perfil – Si vuelves a ponerme las manos encima sin mi permiso – Y esta vez las gafas se deslizaron desde sus dedos hasta golpear contra sus muslos para posicionarse allí en un balance que desafiaba la seguridad, mientras el murmullo de seda que era su voz, cortó más fuerte que su propia espada – Voy a arrancarte las uñas – 

No se movió ni tampoco apartó su mirada. Si ese hombre cometía el error de creer que ella estaba pronunciando una amenaza vacía…estaría muy equivocado. Ahora, el había entrado en su terreno y ella, acostumbrada a avanzar de frente tomando todo lo que encontrara a su paso, lo arrasaría sin dudarlo.


Porque esa era la clase de criatura que ella era.


Su mano fue hacia las gafas, las cuales giraron entre sus dedos con esa insultante habilidad de quien se ha curtido en el arte de la espada para sobrevivir. Y giraron cerca, peligrosamente cerca, de caer hacia el abismo que se extendía bajo sus pies – Demuéstrame esa velocidad que tanto te jactas, trucos de magia – no había piedad en sus palabras, ni tampoco en su acción al momento que el destello del lente que antes pendía de sus dedos, ahora, era tragado por la oscuridad del vacío – Atrápalas antes que se estrellen o acepta que tu juego, acaba de costarte tu accesorio favorito –

Léeme
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