15-06-2026, 04:20 PM
(Última modificación: 15-06-2026, 05:08 PM por Nyxara Archeron.)
Léeme
61 de invierno, Año 17 ❥ Baterilla
Sentimientos que no pueden expresarse con palabras...
Tal vez, solo de eso...
Está hecho este corazón
─ ♚ ─
Nyxara Archeron ya se había acostumbrado al trato de Jona Andover, por ello no se sorprendió cuando el irrumpió en la barraca durante la madrugada golpeando la puerta contra la pared. Tampoco cuando su voz resonó entre los catres, ni cuando se detuvo al frente de su cama para observarla por ese segundo más de lo necesario. Finalmente Andover siempre parecía particularmente interesado en recordarles a todos quien ostentaba el cargo más alto, sobre todo, cuando alguna otra cosa amenazaba con distraerlo.
Por esa razón, esas situaciones ya se había vuelto una rutina para ella. Una en la que él aparecía de súbito con algún nuevo castigo inventado y después fingía que había una razón valida detrás. Nyx no lo seguía por subordinación ni respeto, al contrario, lo hacía porque negarse era concederle la satisfacción de una victoria y ella…ella no cedía terreno ante nadie.
Sin embargo esa madrugada parecía particularmente especial; no solo estaba ella en el campo de entrenamiento mientras el resto del cuartel dormía, allí también estaba Ryu y esa nueva recluta, la chiquilla que no debía tener más de dieciseis años, con ese aspecto frágil y rostro de muñeca. Le parecia demasiado joven para vestir aquel uniforme que buscaba igualar individualidades, demasiado joven para estar allí, en plena madrugada, enfrentándose a lo que fuese que Andover hubiese preparado para ellos.
Y, por un momento, el mar de sus ojos los recorrió a ambos en silencio ¿Qué habían hecho sus compañeros para terminar en esa situación, con ella? Sobre todo Ryu, quien, hasta donde ella sabía, predicaba algo parecido a la admiración por Jona Andover.
La primera orden del Sargento fue clara: correr por el campo de entrenamiento sin un tiempo determinado. El rostro de Nyx no reveló asombro alguno, ni siquiera cuando les pidió quitarse las chaquetas que los protegían de la bruma invernal bajo la excusa de “una forma de entrenar fortaleza física”, como si el mismo hubiese olvidado que el movimiento del ejercicio sostenía el calor corporal. Solo cuando se hartó verlos correr y la nueva recluta estaba a punto de desplomarse en el piso frio, el Sargento sonrió indicándoles que debían bañarse antes de la siguiente tarea.
Nyx sabía que Jona lo hacía por una sola razón: El agua fría de la mañana de invierno, le parecía una eficaz forma de tortura.
Iluso.
Quizás él ya se había acostumbrado a las comodidades de ese despacho de ventas altas, muebles oscuros y un orden exacto. Lo que ella sospechaba, le servía para compensar que detrás de ese uniforme de Sargento, existiera un líder digno.
Por esa razón, esas situaciones ya se había vuelto una rutina para ella. Una en la que él aparecía de súbito con algún nuevo castigo inventado y después fingía que había una razón valida detrás. Nyx no lo seguía por subordinación ni respeto, al contrario, lo hacía porque negarse era concederle la satisfacción de una victoria y ella…ella no cedía terreno ante nadie.
Sin embargo esa madrugada parecía particularmente especial; no solo estaba ella en el campo de entrenamiento mientras el resto del cuartel dormía, allí también estaba Ryu y esa nueva recluta, la chiquilla que no debía tener más de dieciseis años, con ese aspecto frágil y rostro de muñeca. Le parecia demasiado joven para vestir aquel uniforme que buscaba igualar individualidades, demasiado joven para estar allí, en plena madrugada, enfrentándose a lo que fuese que Andover hubiese preparado para ellos.
Y, por un momento, el mar de sus ojos los recorrió a ambos en silencio ¿Qué habían hecho sus compañeros para terminar en esa situación, con ella? Sobre todo Ryu, quien, hasta donde ella sabía, predicaba algo parecido a la admiración por Jona Andover.
La primera orden del Sargento fue clara: correr por el campo de entrenamiento sin un tiempo determinado. El rostro de Nyx no reveló asombro alguno, ni siquiera cuando les pidió quitarse las chaquetas que los protegían de la bruma invernal bajo la excusa de “una forma de entrenar fortaleza física”, como si el mismo hubiese olvidado que el movimiento del ejercicio sostenía el calor corporal. Solo cuando se hartó verlos correr y la nueva recluta estaba a punto de desplomarse en el piso frio, el Sargento sonrió indicándoles que debían bañarse antes de la siguiente tarea.
Nyx sabía que Jona lo hacía por una sola razón: El agua fría de la mañana de invierno, le parecía una eficaz forma de tortura.
Iluso.
Quizás él ya se había acostumbrado a las comodidades de ese despacho de ventas altas, muebles oscuros y un orden exacto. Lo que ella sospechaba, le servía para compensar que detrás de ese uniforme de Sargento, existiera un líder digno.
De igual forma, no le extrañó que a esas acciones le siguieran un par más sobre limpieza de retretes y armas. Para cuando volvió a hartarse de verlos limpiar y sacar brillo, el olor a detergente y pasta de pulir se había impregnado en las manos Nyx como una segunda piel. Luego vinieron más ordenes, más tareas innecesarias como las anteriores ¿estaba decidido a demostrar que la imaginación podría ser un castigo? Hasta que la mañana surcó el cielo de invierno y finalmente los condujo a fuera de una construcción olvidada, en un lado del cuartel que muy pocos frecuentaban.
En apariencia la bodega no era tan grande pero no podía fiarse si se trataba de Jona Andover, algo le decía que ni él sabía lo que podrían encontrar ahí.
El sargento hablaba sobre el pobre desempeño de cada uno en todas las tareas anteriores, o al menos, eso creía Nyx que había estado diciendo…después de la tercera orden sin sentido, ella había dejado de prestarle real atención a sus palabras. Recargó parte del peso de su cuerpo sobre la pierna izquierda mientras veía atenta al hombre moverse, despacio, demasiado despacio…como si saboreara cada segundo de la atención exclusiva de quienes consideraba sus “víctimas”.
Y, sinceramente, no lo entendía. Si había una cualidad de la que el Sargento Andover carecía era la de parecer interesante – Repítanme la orden – indicó girando esta vez hacia ellos, Ryu y la nueva recluta alzaron la voz, ella sin embargo se quedó en silencio.
La mirada del sargento fue directa sobre su rostro y para Nyx fue demasiado sencillo leer el desagrado que cruzó de regreso – ¿No eres capaz de seguir una indicación, Vale? – ella ladeo el rostro con estudiada calma, y el cabello oscuro resbaló sobre su hombro con una suave ondulación enmarcando sus rasgos, esos que parecían irritarlo tanto como sus palabras – ¿De qué indicación estamos hablando? ¿De la que acabas de dar o de la próxima que vas a inventarte para justificar que sigamos aquí? –
Por un instante Jona Andover no respondió, la mandíbula se tensó bajo la piel y los nudillos de sus manos, enlazadas detrás de su espalda, se cerraron con tanta fuerza que palidecieron. Aún así, el no avanzó en su dirección; mantuvo esa postura recta y ordenada, como si fuese el mejor escudo de contra ataque – Vale, no volveré a decírtelo: repite la orden –
Esa hubiese sido la opción inteligente: repetir la orden. Darle en el gusto. Dejar que continuase con su espectáculo de Sargento frente a ellos, finalmente, llevaba meses haciéndolo con ella. Sin embargo, si para ella era tan sencillo leerlo...
¿Cuántas veces esperaba repetir la escena antes de agotarse?
Porque a ella…a ella ya la estaba cansando.
No del trabajo ni el esfuerzo, ni siquiera de la rutina que él había generado para ella…ella sencillamente se estaba cansando de él.
“No”
– No lo hare – Con sutileza alzo la barbilla y el mar de sus ojos sostuvo los contrarios. Había algo en ese gesto que resultaba imposible de pasar por alto, como si el mundo entero le perteneciera por derecho – Porque empiezo a creer que la disciplina no es el problema, finalmente, llevas meses encontrando formas dudosamente creativas para mantenerme frente a ti – La mandíbula volvió a tensarse a pesar de que la postura del sargento seguía siendo impecable, recto, una visual de orden y seguridad – ¿Qué insinúas, Vale? –
Nyx permitió que el silencio se asentara entre ambos por un momento y sostuvo su mirada una vez más, como si el acabase de hacer una pregunta que resultara obvia para todos menos él – No estoy insinuando nada, Jona. Estoy diciendo que me miras demasiado las tetas para ser alguien tan preocupado por la disciplina –
Jona Andover abrió los ojos apenas un instante, sorprendido ante su afirmación, como si no terminase de creer lo que ella acababa de revelar en voz alta. A su lado, Ryu soltó una carcajada inmediata que intentó transformar en tos ahogada casi por reflejo. Y, antes de que cualquiera de los involucrados pudiese decir algo más, el estómago de la nueva recluta rugió con demasiada fuerza para alguien tan pequeño.
La tensión y el silencio se quebraron por completo, mientras Jona Andover se pasaba una mano por el rostro para recuperar la compostura, pareció tomar esa salida antes de dar una respuesta directa – Luego de esto, tú y yo vamos a conversar, Vale – lentamente sacó las llaves del bolsillo izquierdo y las lanzó a los pies de los reclutas con más fuerza de la necesaria – Para cuando vuelva, quiero todos los papeles de aquí adentro listos para ser quemados –
Y la tarea parecía titánica.
Las puertas rechinaron al abrirse, prueba irrefutable de que esa cerradura había estado demasiado tiempo olvidada mientras el aire marino hacía su mella en el metal. El lugar olía a encierro, papeles viejos y humedad, la clase olor que era capaz de entrar por las narices incluso para personas como ella.
La temperatura era igual de fría que en el exterior, no por ausencia de luz, sino por ausencia de vida en su interior. El mar de sus ojos recorrió el lugar, los estantes de madera se alzaban a ambos lados de la bodega, desordenados y a mal traer. Sobre ellos las carpetas desordenadas, las cajas deformadas por la humedad, el polvo y las telas de arañas reclamaban el espacio.
La luz que ingresaba a través de esas ventanas altas y pequeñas era insuficiente, apenas lograba traspasar entre los estantes. Lo que en su momento podría haber sido un espacio organizado y lleno de vida para la marina, ahora parecía un lugar donde las cosas iban a ser olvidadas.
Por un instante, ninguno de los tres se movió. La nueva recluta parecía estar sacando sus propias cuentas del tiempo que les tomaría llevar a cabo esa tarea, mientras que Ryu soltó un silbido al descubrir que detrás de la primera y segunda hilera de estantes, había tres más en iguales condiciones.
Nyx inhalo. Una sola vez.
Su pecho generoso subió y bajo en el movimiento, ese gesto sencillo, casi inconsciente, se había vuelto una señal demasiado familiar: el instante exacto en que un problema dejaba de ser de un grupo para convertirse únicamente en suyo.
– Dividamos el trabajo – sugirió Nyx mientras avanzaba hacia el centro de la bodega. La nueva recluta parpadeo un par de veces, justo antes de volver a mirar las filas interminables de papeles – Yo tomaré los del fondo – aseguró la Archeron.
Ella no necesito decirlo, sus compañeros sabían quien acababa de quedarse con la peor parte del trabajo.
– De acuerdo – respondió Ryu, caminando hacia una de las cajas grandes deformadas por la humedad que se encontraban al inicio de la bodega para entregársela – Yo haré los del medio – aseguró, mientras regresaba por otra de las mismas cajas para entregarla a su otra compañera.
– En ese caso, yo haré los primeros – agregó la nueva recluta con ligero entusiasmo recibiendo el improvisado bote de basura - ¿Y si vemos algo útil? – Las miradas de ambos volvieron a recaer en ella, como siempre pasaba cuando se necesitaba una directriz y una respuesta – Ocupemos este espacio vacío del primer estante para clasificarlos, que Jona decida si se van a la basura o no – Ambos asintieron sin discutir, aquello, tampoco le sorprendió.
Y, en poco tiempo, ya se habían vuelto una unidad eficiente de limpieza.
La Archeron no supo cuánto tiempo paso entre un nivel y otro de estantes de madera, pero ya había desechado suficientes mapas mal trazados, notas de almacenamiento, cartas de otros marines e inventarios cuando aparecieron las cajas de las antiguas divisiones. Al principio no le dio importancia, revisaba el interior con precisión quirúrgica, si no había nada que dijese “clasificado” o “importante” se iba a la basura, hasta que llegó a la caja con el número ciento cinco escrito a mano.
Fue un gesto. Uno sencillo, uno que podría pasar fácilmente desapercibido para cualquiera que la estuviese mirando, pero sus delicados dedos, esos que el entrenamiento se encargaba lentamente de curtir, se detuvieron sobre la tapa de la caja por un momento.
Ella conocía muy bien esa división.
Demasiado bien.
Durante años había escuchado hablar de la división número ciiento cinco como si fuesen cuentos fantásticos. Sus integrantes y sus nombres estaban tan enraizados en sus recuerdos que podría cerrar los ojos para intentar tocarlos; todas esas historias demasiado grandes para pertenecer a personas sencillas, ilusión contada alrededor de ese sofá familiar en un estudio cálido bañado por el sol.
No fue necesario volver a revisar para asegurarse, ni siquiera tratar de ponerla a contraluz de esas ventanas de madera ya envejecidas por la sal.
Lo supo de inmediato.
Una hebra oscura de cabello delineo su mejilla cuando inclinó apenas ese rostro de líneas suaves y pecas dispersas, con intención de abrir la tapa deformada por el tiempo. Los dedos de su mano derecha ascendieron hasta ese aro de perla cultivada rozándolo con suavidad…otro gesto inconsciente sin dudas, ese que siempre nacía en ella cuando los recuerdos conseguían alcanzarla.
Su pecho se elevó apenas bajo la tela clara de ese uniforme, en esa inspiración más profunda de lo que se hubiese permitido en otro momento, mientras el interior de la caja le devolvía la visual de los mismos documentos. Tomó la primera pila entre sus manos solo para encontrarse con mapas y rutas de viaje; lentamente el mar de sus ojos recorrió los títulos de ese tesoro: registros de inventario, bodegas, abastecimientos, horas de navegación…lo mismo que llevaba encontrando y desechando hace horas.
Lo dejó caer a la pila de basura para revisar los documentos que siguieron con la misma avidez, pero…el segundo montón de papeles también dio con el mismo destino, luego otro montón de documentos, luego otro, luego otro, luego otro…
“¿Esto es todo?”
Hasta donde recordaba, la división ciiento cinco le parecía mucho más emocionante de pequeña.
Aun así, continuó revisando: papeles, fechas, viajes, misiones y una lista con nombres que evito ver antes de desechar. Como si toda la magia se viera reducida a un montón de papeles amarillos en una caja deformada por la humedad, en ese lugar, donde las cosas iban para ser olvidadas.
Tomó la última pila de papeles para repetir la revisión y fueron sus dedos los que se dieron cuenta antes que sus ojos: algo más grueso se deslizó entre el montón de hojas viejas para caer en silencio al piso polvoriento.
Y Nyx…
Nyx dudo si agacharse a recoger aquello que ahora estaba entre sus pies.
La fotografía reflejaba a un grupo de marines bajo una bandera con un gran ciento cinco mal pintado sobre sus cabezas. El mar de sus ojos estaba fijo en los tres hombres jóvenes que podía ver al centro de la foto: su tío, Rhysand, con esa sonrisa de autosuficiencia y confianza que la edad no había borrado. A su izquierda, su tío Azriel, con esa aura de misterio y seriedad que incluso hoy le envolvía y finalmente a la derecha, su padre. Con esa presencia imponente, fuerte y una sonrisa demasiado extensa, demasiado confiado, demasiado alegre…esa sonrisa que reflejaba su corazón profundamente amoroso y amable.
Jóvenes, impulsivos, cargados de sueños y con demasiadas ansias de probarse a sí mismos; comprendía perfectamente bien el “por qué” su madre y sus tías se habían enamorado de esos tres marines que no compartían un lazo de familia, pero si uno de sangre…
Antes de darse cuenta cómo, ya tenía la foto entre sus manos. Giro el papel grueso y la fecha impresa trajo consigo esos cuentos con los que se había criado y crecido, esas historias fantásticas de grand line, las islas más allá de sus casas, el mundo basto y extenso para todo lo que allí habían visto y hecho…Al menos, lo que podían contarles a tres niñas hambrientas de fantasía y aventuras.
A tres niñas…
A tres niñas que se peleaban por el mejor lugar en las rodillas de su padre.
A esas tres niñas con miradas brillantes y sueños de proezas. Esas niñas que corrían por la casa mientras gritaban, saltaban y reían imitando ordenes, manejando un navío imaginario, peleando por un puesto de líder de división…
A tres niñas que creían que la vida no podría separarlas…
Una que ya había partido y lo único que quedaba de ella eran los recuerdos, esos aros y la constelación de estrellas sobre la montaña, esa que llevaba grabada en la piel de su pecho amplio.
Otra…otra de la cual solo había un rumor. Una nada. Un anhelo que la mantenía viva para un futuro incierto.
Y la tercera que observaba una fotografía sintiéndose incapaz de encontrar a esa niña que sonreía en sus recuerdos.
Sus dedos temblaron sobre la imagen y ese cuestionamiento…ese que había estado evitando desde que se enlisto en esa vida, se abrió paso hacia la superficie con desgarradora rapidez
Si lograba recuperar a Aelira…
Ella…
¿Seguiría siendo la misma para volver a casa?
Su mano libre rozó nuevamente ese aro de perla cultiva que nunca le había pertenecido…
No quería obtener una respuesta.
Volvió la mirada a ese grupo de marines, a los hombres ahí inmortalizados en un instante perpetuo, con sus rostros joviales y sus miradas risueñas.
Solo por un instante más…
Luego, el peso de ese papel dejó un vacío que resintió entre sus dedos, mientras la fotografía caía silenciosa al montón de basura. Ese era el lugar donde terminaban las cosas que iban a ser olvidadas, en esa pila de basura.
Esa foto pertenecía a ese lugar…
No porque no fuese importante.
Al contrario.
Terminaba allí porque lo era.
Cuando Andover volvió a la bodega para cerciorarse de que la tarea hubiese sido cumplida, ellos casi habían terminado. Las cajas deformadas por la humedad y llenas de papeles aguadaban junto a la puerta para ser desechadas, y sobre el estante de madera a penas unos cuantos se habían separado del resto.
Nyxara Archeron sostuvo una de esas cajas entre sus brazos, avanzando tal como lo había decidido hace un año: sin mirar atrás. Entre los mapas, rutas, nombres y anotaciones de esa bodega, se movía una fotografía. Una en la que viajaban tres hombres jóvenes con sus historias, una en la que tres niñas ávidas de fantasía escucharían años después, con la ilusión de que nada podría hacerles daño.
Nyx ajusto la caja entre sus brazos para sostener el peso.
Nyx ajusto la caja entre sus brazos para sostener el peso.
A penas un gesto al salir.
Y el fuego…
El fuego haría el resto.
