22-06-2026, 09:18 PM
Isla Baterilla, South Blue
Día 76 de Invierno, año 17
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Un frío clima invernal envolvía la isla de Baterilla. A Nine no parecía importarle, ya que, por alguna razón, decidió dormir en la copa de una de las numerosas palmeras que ocupaban la isla.
Minutos antes de la salida del Sol por el horizonte, el lunarian despertó de golpe, sudoroso y con su llama ardiendo con fuerza a sus espaldas.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHH! ¡¿Otra pesadilla?!
Nine gritó mirando al cielo, sintiendo frustración por no poder controlar sus propios miedos dentro de sus sueños. Debido a acontecimientos ocurridos durante las últimas semanas, este estaba sufriendo pesadillas recurrentes con gaviotas de nuevo.
La llama de su espalda comenzó a extenderse por la palmera sobre la que dormía.
—¡Shit, que quemo el puto árbol!
Nine pudo apagarla enseguida con ayuda de su chaqueta, la cual había estado utilizando para apoyar su cabeza.
Con la situación bajo control, Nine decidió sentarse en la copa de otra palmera con tal de evitar manchar su pantalón de cenizas. Después de unos minutos de calma, con la mirada directa a la Luna, logró alcanzar un estado de relajación aceptable. Entonces miró a un lado y pensó:
'Tengo que arreglar la chaqueta, no puedo ir vestido con esto... Nadie me tomará en serio si voy por ahí con la ropa chamuscada.'
El lunarian solía preocuparse muy a menudo por su aspecto.
Tras unos segundos, Nine suspiró, se puso en pie y miró su torso desnudo con la cabeza gacha.
'¿Aunque sin camiseta no estoy tan mal, no?'
Se preguntó a sí mismo admirando sus músculos.
Sin demorarse ni un minuto más debido a su impaciencia innata, el lunarian alzó el vuelo hacia el pueblo de Baquella en busca de alguien que pudiera ayudarle con su pequeño problema.
Una vez llegado al pequeño pueblo costero, fue directo a las calles que parecían más transitadas, sin plantearse siquiera acercarse a esas playas llenas de pescadores y gaviotas.
A las pocas horas de la salida del Sol, Nine ya había investigado por el pueblo para descubrir dónde encontrar un sastre que pudiera arreglarle su preciada chaqueta. Siguiendo las indicaciones proporcionadas por una amable, aunque con escaso oído, señora mayor, el lunarian logró encontrar la tienda.
En traje y con vestidos largos de temporada, los maniquíes del escaparate lucían lo que parecían ser las prendas más elegantes del lugar. Una vez dentro, aprovechando que no parecía haber nadie a la vista, Nine recorrió lentamente el pequeño establecimiento, observando la mercancía expuesta. Pese a lo que se veía en el escaparate, gran parte de la ropa del interior parecía destinada a los pescadores del pueblo.
De repente, una voz rasgada surgió justo detrás del lunarian.
—¿Buscabas algo en concreto, joven?
Nine se giró de inmediato y se encontró con un hombre pequeño, mayor y desgastado. No dudó de su experiencia, pero quizás creyó que las habilidades de aquel hombre se habrían deteriorado con el paso de los años.
—He escuchado por el pueblo que había un sastre por esta zona. Al ver el escaparate pensé que podría encontrarlo aquí, pero esto parece más bien una tienda de pesca.
El lunarian no pudo esconder su sonrisa de prepotencia, a lo que el hombre, mirándolo de arriba abajo, respondió:
—A menos que prefieras recibir un trato recíproco, no deberías juzgar por las apariencias. De lo contrario, solo por el aspecto de tu chaqueta podría suponer que no me vas a proporcionar beneficio alguno.
El anciano mantuvo la mirada fija en los ojos de Nine, sin un ápice de temor ni nerviosismo por la presencia de un ser de aspecto aparentemente intimidante.
'Parece que este hombre ha vivido mucho. Qué interesante...'
Pensó Nine, dejándose llevar por su espíritu de historiador. Entonces, sin que ninguno de los dos apartase la mirada, el lunarian rió y contestó:
—¡Raaaaaaahahaha! ¡Viejo! Veo en tu mirada que la Luna aún arde. Me caes bien. Traigo un trabajo para alguien como tú.
El sastre mantuvo el silencio durante unos segundos, sin siquiera gesticular. Entonces dio media vuelta, agitó la mano con desdén y respondió:
—Joven... Tú no decides a qué dedico el poco tiempo que me queda en este mundo. Deberías aprender modales antes de buscar ayuda. Ya puedes irte, no voy a ser yo quien te arregle esa chaqueta chamuscada.
Antes de que el anciano desapareciera de nuevo, viéndose obligado a tragarse su propio orgullo, Nine cayó de rodillas y suplicó:
—¡No, viejo! ¡Por favor! Esta chaqueta es única para mí. Te pagaré bien, aunque no tengo mucho dinero...
El anciano se dio media vuelta por última vez para despedir a su breve pero intenso visitante y, justo antes de lanzarle una cruda despedida, miró la chaqueta. Su expresión cambió inmediatamente cuando encontró la relación entre los pelos de la chaqueta y el propio pelaje del joven que tenía delante. Entonces susurró:
—Santo cielo... ¿Esto lo has hecho tú solo? Nunca había visto algo similar.
El lunarian suspiró aliviado y sonrió, esta vez con una mirada muy distinta, para luego responder:
—¡No, viejo! Digo... ¡No, señor! Esta chaqueta la fabricó un sastre para el que hice un trabajo hace ya muchos años. Me pidió algo muy personal y, debido a que no tenía dinero suficiente para pagarme, me fabricó esta chaqueta con mi propio pelo. Desde entonces la he llevado siempre conmigo. Le tengo mucho aprecio. ¿Cree que podría hacer algo con ella? Por favor...
Aunque Nine se encontraba de rodillas suplicando ante el anciano, seguía existiendo una diferencia de altura notable entre ambos. El sastre lo miró fijamente a los ojos de nuevo y entonces exclamó:
—Qué demonios... De acuerdo, joven, te dejaré la chaqueta como nueva. Pero no pienses que te va a salir barato. Lo cierto es que ni siquiera creo que puedas permitírtelo debido a que, por lo que parece, vas por la vida trabajando gratis. A quién se le ocurre...
Aunque las palabras del viejo parecían un reproche, su expresión demostraba algo muy diferente. Quizás era lástima, o quizás compasión. El lunarian no se lo podía creer; el viejo iba a ayudarle. Entonces le surgió una pregunta.
—¿Cuánto me va a costar, viejo? Lo cierto es que no tengo mucho dinero encima ahora mismo...
El anciano, pensativo, frunció el ceño mientras se acariciaba la barbilla con su mano izquierda y se sujetaba el codo con la derecha. Tras unos segundos durante los que el lunarian seguía arrodillado, intentando pensar torpemente en algo que ofrecerle, el anciano alzó una mano para chasquear los dedos, levantó las cejas mirando a Nine y exclamó:
—¡Eureka! Levanta, chico, ya sé cómo vas a pagarme.
El joven levantó la mirada y alzó las cejas mientras se le dibujaba una amplia y sincera sonrisa en la cara. Seguidamente se puso en pie con cuidado, se acercó un poco al anciano y le preguntó:
—¡¿Qué quieres que haga, viejo?! ¡Haré lo que sea, lo prometo!
El viejo sonrió, contagiado por la energía del joven, y contestó:
—Primero de todo, si me vuelves a llamar viejo, no habrá trato. ¿Entiendes?
El lunarian asintió enérgicamente sin quitar la mirada atenta de encima del anciano. Este último observó el gesto y prosiguió.
—De acuerdo... ahí va. Existe un rumor que ha recorrido todo el pueblo de Baquella durante los últimos días. Esta historia habla de un tesoro, uno que parece encontrarse en una cueva escondida entre las palmeras que crecen al pie del volcán de Baterilla. Nadie sabe cómo ha acabado allí a ciencia cierta, pero sí hay gente de la isla que lo ha visto. Y por qué nadie ha logrado quedarse con el tesoro, preguntarás. Lo cierto es que nadie se ha atrevido aún siquiera a intentarlo. Por lo visto, esa cueva está habitada por una bestia del bosque a la que algunos llaman el Rey de la Selva. Según los rumores, esta bestia mide alrededor de cuatro metros de largo y su aspecto es feroz e intimidante. Por esa razón, nadie de la isla se ha atrevido aún a jugarse la vida para conseguir ese tesoro. Y tú, joven, ¿qué me dices? ¿Te atreves a desafiar al Rey de la Selva y así desentrañar el misterio que envuelve el tesoro del volcán de Baterilla?
Nine escuchó al viejo con toda su atención mientras su entusiasmo aumentaba con cada palabra que el anciano narraba. Sin darse ni un solo momento para pensar, el lunarian exclamó:
—¡Dime dónde está y el tesoro será tuyo, viejo! Perdón... señor.
El anciano rebufó y agachó la cabeza mientras la agitaba de lado a lado y se frotaba la frente con la mano izquierda. Después de unos largos segundos, alzó la cabeza de nuevo, se giró y comenzó a caminar.
—¡Acompáñame, joven! Tengo un mapa de la isla por aquí, en alguna parte. Te marcaré el lugar exacto.
El lunarian lo siguió entusiasmado. Tanto que no pudo evitar gritar:
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH! ¡Esto promete, viejo, gracias!
El viejo continuó buscando el mapa con una sonrisa, la cual ocultaba porque no quería que el joven volviera a verlo con esa expresión, y menos cuando lo llamaba viejo.
Tras unos minutos de búsqueda, Nine ya se había calmado un poco y el anciano encontró el mapa. Lo extendió sobre su mesa de trabajo, dejando ver así el detallado dibujo de la pequeña isla. Seguidamente metió la mano en el bolsillo de su camisa, agarró uno de sus alfileres y lo clavó en un punto al pie del volcán. Entonces exclamó:
—Justo aquí es donde se sitúa la cueva del Rey de la Selva. Para alguien como tú llegar será coser y cantar, pero no te aconsejo buscarla desde los cielos, ya que su entrada está oculta por numerosas palmeras.
Nine observó bien el mapa y respondió:
—¡De acuerdo, viejo! ¡Estoy listo! Mientras tanto, te confío mi chaqueta. ¡Nos vemos antes de que se alce la Luna!
Sin esperar un solo segundo más, el lunarian cogió el mapa y salió de la tienda con decisión. Una vez fuera, mirando por encima de los tejados, vislumbró el imponente volcán, el cual se podía ver desde casi cualquier parte de la isla de Baterilla. Inmediatamente, pegó un salto a la vez que se impulsó con las alas, alzándose varios metros en el aire y comenzando a batirlas camino hacia su nuevo objetivo.
A esas horas, el Sol ya había llegado a lo más alto que iba a llegar en aquella época del año. Aunque permanecía cubierto por algunas nubes grises, indicaba claramente la llegada del mediodía. Para entonces, Nine se encontraba muy cerca del pie del volcán y había dejado de volar. El viejo sastre había sido claro con eso: la cueva permanecía oculta entre numerosas palmeras, por lo que desde el cielo no sería visible.
Al lunarian le rugían las tripas. Lo cierto es que llevaba desde el día anterior sin probar bocado. Las distracciones del día no le habían permitido siquiera pensar en comida. Para su suerte, no le fue muy difícil encontrar la cueva, ya que las indicaciones habían sido muy precisas.
Tanto la entrada de la cueva como sus inmediaciones parecían tranquilas. Nine llevaba varios minutos sin encontrarse con ningún ser vivo, lo que fastidió bastante su plan de comer algo antes de enfrentarse a la bestia.
El lunarian caminaba por el interior de la cueva con tranquilidad, consciente de sus limitaciones y sin tratar siquiera de ser sigiloso. Aunque a simple vista parecía confiado, no podía evitar sentirse algo nervioso. Su estómago seguía quejándose, recordándole que el hambre le acechaba cada vez con más fuerza. En el fondo eso le vino bien, ya que hizo que su llama brillara lo suficiente como para proporcionarle una visibilidad aceptable dentro de la cueva.
Tras varios minutos de recorrido, Nine comenzó a vislumbrar algo de luz al fondo. Sin darse apenas cuenta había llegado a lo que parecía el final de la cueva.
Aquella zona era bastante más amplia que el resto del túnel. A gran altura, en lo que parecía la parte más elevada de la cavidad, se apreciaba un agujero irregular rodeado de rocas volcánicas por el que entraba la luz exterior. Esta se difuminaba por toda la sala, permitiendo al lunarian observar el entorno con claridad.
En el fondo de la estancia, como si estuviera esperándolo a él, se encontraba lo que parecía ser un cofre del tesoro, rodeado de piedras volcánicas y reflejando la luz que caía sobre él.
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Nine atravesó toda la sala corriendo con entusiasmo y se agachó frente al cofre para abrirlo. Era pequeño, de madera y con los bordes cubiertos de metal. No tenía cerradura alguna, por lo que el lunarian pudo abrirlo sin problemas.
En su interior se encontraban unas pocas joyas rodeadas de algunas monedas y, curiosamente, una extraña fruta con formas irregulares en su superficie.
El contenido parecía más que suficiente para pagar los servicios del viejo sastre, por lo que Nine suspiró aliviado. Sin embargo, su mirada terminó posándose sobre la fruta, como si esta estuviera llamándolo.
Su estómago volvió a protestar con un dolor intenso y su boca comenzó a salivar como la de un animal hambriento.
Mientras sujetaba la tapa del cofre con una mano, tomó la fruta con la otra. La observó durante unos segundos. No parecía especialmente apetecible, pero el hambre apretaba.
Sin pensárselo más, le dio un enorme mordisco.
—¡Puag! ¡Está asquerosa! Encima esto no me ha saciado nada... ¡¿No hay nada de comida en este maldito lugar?! Me voy a morir de hambre.
Unos segundos después, el lunarian comenzó a sentir punzadas en el estómago, aunque esta vez eran diferentes a las provocadas por el hambre.
—¡Shit! Quizás esa fruta asquerosa estaba pasada... Lo que me faltaba.
De repente, el olfato de Nine captó un olor intenso. Algo que nunca había percibido con semejante claridad. Aquella sensación despertó un impulso extraño en su interior. Sus músculos comenzaron a tensarse por sí solos, preparándose para un peligro inminente.
Entonces escuchó unos pasos, se giró y ahí estaba; el Rey de la Selva. La bestia se encontraba en mitad de la sala, observando a Nine con furia, como alguien que encuentra a un ladrón hurgando entre sus pertenencias.
Coincidía perfectamente con la descripción del anciano. Debía medir más de cuatro metros de largo, lo que le daba un tamaño similar al del propio Nine, aunque resultaba mucho más corpulenta. Su pelaje era de un color naranja apagado y una enorme melena dorada rodeaba su cabeza, otorgándole un aire de majestuosidad.
Seguidamente, el gran león alzó la cabeza y rugió con tanta fuerza que toda la cueva tembló. Fragmentos de roca volcánica comenzaron a desprenderse de las paredes. Nine no retrocedió ni un solo milímetro. De hecho, se puso en pie contemplando a la bestia con auténtico asombro. Algo en aquella criatura despertó una emoción salvaje dentro de él que le empujó a gritar. Eso no era raro en él, pero esta vez se sentía diferente.
Aunque no llegó a darse cuenta, durante unos instantes su rostro comenzó a cambiar. Su mandíbula se alargó, sus dientes crecieron, su cabello se volvió más abundante y un intenso pelaje anaranjado comenzó a cubrir parte de su cara. Entonces rugió. Un rugido tan potente que provocó un efecto similar al que acababa de generar el Rey de la Selva. Su llama brilló con una intensidad descomunal.
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El lunarian se sorprendió. Nunca había conseguido sentirse tan bien tras un rugido. Por primera vez tenía la sensación de haberlo dado absolutamente todo.
La reacción de la bestia fue de sorpresa. Había presenciado algo que jamás habría esperado. Sin embargo, aquello no la hizo retroceder, sino todo lo contrario. El gran león se lanzó sin dudarlo contra el lunarian y este se preparó para pelear, iniciando así un combate entre bestias.
A Nine no le costó nada esquivar la primera embestida. La criatura poseía más fuerza que él, pero era mucho menos ágil. Aquello permitió al lunarian esquivar varios ataques mientras el león saltaba de un lado a otro como si persiguiera un ovillo de lana.
La cueva se iba deteriorando con cada impacto. Las paredes temblaban y pequeñas lluvias de rocas amenazaban a ambos combatientes.
En uno de los golpes, la bestia chocó contra una pared, provocando que varias rocas volcánicas cayeran directamente sobre Nine. Este se apartó sin dificultad. Pero justo en ese instante sintió de nuevo aquel dolor punzante. Esta vez no solo en el estómago. Lo sintió por todo el cuerpo. Debido a aquella sensación, Nine quedó inmovilizado durante unos segundos.
El gran león aprovechó la oportunidad. Su zarpazo impactó de lleno contra el lunarian, lanzándolo por los aires hasta hacerlo chocar contra el tesoro. Rodeado de monedas y joyas, sin su chaqueta y con el hombro ensangrentado por la herida, Nine miró directamente hacia la luz.
El techo estaba mucho más abierto que antes. Las rocas que lo cubrían habían caído dentro de la cueva.
El lunarian se incorporó rápidamente, rugió con fuerza una vez más y saltó sobre la bestia devolviéndole el zarpazo en la cara. Nine nunca había atacado de esa manera. No recordaba haber cerrado el puño ni haber calculado el golpe. Simplemente había atacado por instinto.
La bestia retrocedió varios pasos y se llevó las zarpas al rostro. Gracias a la cantidad de luz que ahora entraba por el techo, Nine pudo observar la sangre. Cuando el león apartó una de sus patas, quedó al descubierto una enorme herida. Tres profundas marcas cruzaban su ojo izquierdo y descendían por media cara.
Segundos después, la bestia volvió a incorporarse rugiendo con una furia inconmensurable. Con un solo ojo abierto, se lanzó nuevamente contra Nine. El lunarian la esquivó con facilidad.
Esta vez, sin embargo, el león tuvo peor suerte. Su cuerpo impactó contra unas afiladas formaciones volcánicas y varias de ellas lo atravesaron. La bestia agonizó durante unos segundos. Finalmente, su único ojo abierto se cerró y su cuerpo se relajó para siempre. El Rey de la Selva había muerto.
Nine permanecía junto al tesoro observando su propia mano derecha, confundido.
"¿Qué demonios ha pasado? ¿Cómo le he arañado así la cara? Algo extraño me está pasando..."
De repente, el estómago del lunarian rugió con una fuerza descomunal; esta vez de hambre. Nine giró la cabeza para mirar al enorme león. Una amplia sonrisa apareció en su rostro.
Minutos después, el lunarian estaba sentado en el escenario donde había ocurrido la batalla. A un lado se encontraba el cofre del tesoro. Al otro, una hoguera encendida sobre la que descansaba una estructura improvisada de madera que sostenía un enorme trozo de carne cocinándose lentamente. En su mano sujetaba otro pedazo ya cocinado, del que faltaban varios mordiscos.
—¡Esto sí que es comida, Raaaaahahaha! Pensaba que me moriría de hambre, pero no.
Y siguió comiendo hasta sentirse satisfecho. Una vez terminó, recogió el cofre del tesoro y observó el agujero situado en lo alto de la cueva. La luz que entraba por él era cada vez más tenue. Debía de estar haciéndose tarde.
Entonces alzó el vuelo y salió por la abertura. Definitivamente, el Sol estaba a punto de desaparecer. Quizás no llegaría antes de que el anciano cerrase la tienda. En ese caso tendría que esperar hasta el día siguiente para recuperar su chaqueta.
Nine se detuvo unos segundos para orientarse en el cielo. Entonces vio una luz moviéndose constantemente a lo lejos y se le encendió la bombilla.
—¡El faro! El pueblo estaba muy cerca de allí. ¡Viejo, espero que no te vayas a dormir mientras la Luna aún arde!
El lunarian salió disparado hacia el pueblo con la vista fija en el horizonte y el pequeño tesoro bajo el brazo.
Una vez allí, aterrizó justo delante de la tienda del viejo sastre. El cielo ya estaba oscuro, pero la luz del establecimiento seguía encendida. El anciano había estado esperándolo.
El lunarian entró rápidamente y, como la primera vez, no encontró a nadie. Se dirigió directamente a la sala donde el anciano le había mostrado el mapa.
Justo allí, sentado en su silla y con la cabeza apoyada sobre la mesa de trabajo, yacía el viejo sastre profundamente dormido, roncando como una bestia. La mesa estaba cubierta de trozos de tela naranjas y negras, herramientas y varios alfileres. Detrás del anciano había una pequeña mesita con una vela. Junto a ella, iluminada por aquella tenue luz, se encontraba la chaqueta de Nine. Estaba como nueva. El anciano había hecho un trabajo excepcional.
El lunarian dejó el pequeño cofre del tesoro en un extremo de la mesa de trabajo. Después se acercó a la chaqueta, la tomó entre sus manos y la acercó contra su pecho. Entonces bajó la cabeza. Una lágrima resbaló por su rostro mientras contemplaba el trabajo realizado por el anciano.
—Muchas gracias, viejo. No olvidaré nunca lo que has hecho por mí.
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Durante unos segundos observó el cofre del tesoro.
—Puedes quedarte con el cambio.
Finalmente, Nine se puso la chaqueta y salió de la tienda sin mirar atrás.
RESUMEN
ACLARACIONES
KARMA
