[Fic de recolección - PR] Ya es hora de hacer algo: Excursión al árbol de oro
#1
Día 1 de Invierno, Año 17
Árbol del Oro, Jaya.
Medio día.


La conversación surgida tras la recuperación del capitán me había dejado un sabor agridulce. La dulzura la trajo ver a mis compañeros con esa determinación, en especial a Eros, al cual parecía no haberle afectado para nada aquellas semanas inconsciente. Sin embargo, todos parecían tener un cometido dentro de la tripulación. Algo con lo que sumar. Eros, no solo reparaba nuestro barco, nuestro hogar, sino que también mostraba la decisión y liderazgo que necesitábamos. Era nuestra guía, el farol que iluminaba nuestro camino, por más que la niebla se cerniese sobre nosotros. Mis otros compañeros no se quedaban atrás. Uker estaba siempre pendiente de que no nos faltase algo que llevarnos a la boca, y no cualquier cosa. Su comida distaba mucho de mezclar ingredientes con el afán de que resultasen saciantes; un tipo de comida al que me había acostumbrado en mi anterior vida. La suya, por el contrario, parecía estar medida, casi estudiada, pensando en las cualidades que podrían aportarnos, en las necesidades que tendríamos cada uno de nosotros. En definitiva, pensaba no solo en nuestro paladar, sino también en nuestra salud. Y de eso mismo se ocupada también Kiyoshi. El doctor había desafiado a un aliado de la banda que gobernaba en aquella isla solo para conseguir la medicina necesaria para nuestro capitán. Y no solo eso. Kiyoshi siempre estaba pendiente de mantener todo limpio y desinfectado, algo que si bien lo hacía por sus propias manías, también nos era beneficioso a los demás para mantenernos alejados de infecciones o enfermedades. Además también nos había traído, junto a Eros, la información sobre aquel poder tan extraño. Aquella mañana fui consciente de una cosa; todos aportaban algo a la tripulación. Todos, excepto yo.

Sin embargo, estaba dispuesto a cambiar aquella situación. Cuando trabajaba para la familia Reena, podía explotar al máximo mis habilidades de tirador y de infiltración. Allí no era más que un ladrón, el cuál tenía que deshacerse de algún vigilante sin llamar la atención. Mantenerse en las sombras y a distancia, ese había sido mi mantra. Ahora me encontraba en una tripulación pirata. Tal vez, podría pensarse que un ladrón encaja a la perfección con la fama que tienen los piratas. No obstante, nuestro camino no nos había llevado hasta ahora por esas direcciones. Si bien podríamos llevarnos algo de alguno de nuestros enemigos, eso era algo que podíamos hacer cualquiera de nosotros. Y en cuanto a mis habilidades como tirador... No eran competencia para alguien como Kiyoshi. Esa situación era algo que me había llevado a reflexionar sobre el método con el que podría sumar a mis compañeros. Analicé mis capacidades. Bien era cierto que en Samba no solo me dedicaba a ser un ladrón. Tenía que encontrar una justificación a la tenencia de tantas obras de arte y reliquias, por lo que acabé siendo el propietario de una tienda de antigüedades. Al menos, de cara a la galería, pues el auténtico dueño de aquello era el jefe Reena. De todas formas, tuve que formarme para no desentonar en aquel puesto y aquello me llevó a estar inmerso en libros durante horas. 

Disfrutaba de aquellas horas de lectura, de todo el aprendizaje que me brindaba. Sin embargo, parecía que la tarea de encontrar algo de información sobre aquel extraño poder no iba a ser algo que encontrase en cualquier libro de historia. Por ese motivo, decidí que mi manera de aportar algo a la tripulación, vendría de mis propias raíces, del oficio de mis padres. Ellos habían sido un par de exploradores que se dedicaban a hacer expediciones en busca de ruinas. Yo, por mi lado, jugaba con los otros niños a explorar la isla donde vivíamos, algo que nos llevó a recorrer la jungla, probar los frutos o estudiar las plantas que encontrábamos y sus cualidades. Aprendimos qué frutos se podían comer y cuáles no, qué hojas podían servir para realizar cataplasmas y cuáles era mejor mantener alejadas de la piel. Desde aquel entonces, me fascinó todo lo relativo a la flora y la fauna que se repartía en el mundo. En el fondo, era una de las cosas que me había empujado a escabullirme en aquella expedición de mis padres.

Fue recordando aquellos días, que caí en la cuenta de que yo también podía aportar algo para mis compañeros. Tal vez no fuese algo tan útil como servir de guía en los malos momentos o mantenernos bien nutridos, pero si que podía colaborar con Kiyoshi en sus labores para cuidar de nuestra salud. Tan solo debía encontrar las plantas necesarias para poder elaborar unos ungüentos o antídotos que pudiese aplicarnos cuando él creyese necesario. Y era aquel el motivo que me había llevado a explorar aquella isla a la que parecían estar anclados nuestros viajes. 

Aparté una rama con el antebrazo. El cuero de mi cazadora rechinó contra la madera a la vez que las hojas ante mi se apartaban como si del telón de una obra de teatro se tratase. Se abrió ante mi una imagen esplendida. Un árbol enorme como nunca antes había visto. Ni tan siquiera los árboles de Little Garden podían compararse al tamaño de aquel que se levantaba ante mis ojos. Sin duda, había estado mirando esta isla con los ojos equivocados. Si bien, estaba llena de piratas, brutos y borrachos, también tenía cosas fascinantes, como todas las otras islas que habíamos dejado atrás desde que llegamos al Grand Line. Avancé con paso firme, recorriendo con mi mirada el enorme tronco en busca de señales que me permitiesen reconocer la especie de la que se trataba. No la podía reconocer a simple vista, pero por su forma y tamaño, estaba seguro de que se trataba de una especie casi prehistórica. Continué avanzando hacia él entre ensoñaciones. Pensé en la cantidad de historias que había podido presenciar. La cantidad de tripulaciones pirata que habrían pasado frente a él. Los que habrían intentado talar algo de su madera para construir o reparar sus barcos. O incluso los que habrían buscado alguno de sus frutos. Seguí admirando el árbol cuando me surgió una pregunta; ¿a qué se debería aquel nombre suyo?

Finalmente, llegué hasta la parte baja del tronco. Levanté la mirada todo lo que pude, mientras agarraba con la mano derecha la copa de mi sombrero. Por mucho que su tamaño me hubiese impresionado desde la lejanía, estar junto a él me hacía sentir como un insecto, como debía sentirse una hormiga al tener un humano o mink junto a ella, si es que acaso eran capaces de tal razonamiento. Cerré la boca, empeñada en demostrar mi asombro, y tragué saliva. Ajusté mi cazadora y comencé a buscar signos de alguna planta que pudiese servir para mi propósito. El rastro de cascos y las hendiduras de astas en la tierra me dejaron claro que aquella era una zona de paso para ciervos. Eso me indicaba que era posible la presencia de arbustos de hojas frescas o incluso que diesen alguna baya, algo que me serviría como merienda, pero que rara vez me sería de utilidad para elaborar ningún ungüento eficaz. Si acaso, podría utilizarlos para mejorar el sabor de alguna medicina que crease Kiyoshi, o para darle nuevos ingredientes con los que trabajar a Uker. 

Continué mi camino siguiendo los pasos del cérvido, por llevar alguna ruta marcada más que por interés en lo que buscase. Sorteé las espinas de un arbusto con hojas lobuladas y flores blancas. Sin duda se trataba de un espino blanco, el cuál no poseía ningún fruto en aquel momento. Esta ausencia no me provocó ninguna pena, pues sabía que era mejor evitar comer las semillas de sus bayas, por mucho que la carne tuviera alguna propiedad testimonial. Seguí el camino, manteniéndome en la parte bañada por el sol, pues la parte más sombría dejaba una sensación de humedad y frío en la punta de mi hocico. Tomé una rama larga y la despojé de las astillas y ramas pequeñas incipientes gracias a mis garras. Todo buen explorador sabe de la utilidad de tener un apoyo extra cuando comienzas a recorrer camino poco estable. El camino estaba bordeado por un terraplén el cuál acababa contra unas zarzas. Clavé el extremo de mi improvisado bastón para ayudarme a descender con cuidado. Inspeccioné la planta y fui tomando las moras con precaución. Prefería mantenerme libre de cortes y heridas, por pequeñas que estas fueran. Tomé un pañuelo de algodón y fui lo fui llenando a modo de saco, tarea harto difícil cuando por cada baya que guardaba, acababa otra en mi boca. 

Cuando hube tomado una buena ración para llevarle a mis amigos —y apaciguado mi gula—, retomé mi camino, esta vez campo a través. Prefería mantener una ruta que no fuese paso habitual de animales, pues así podría encontrar flores y plantas en mejor estado. Y no tardó mucho tiempo en darme la razón, pues pronto pude ver un arbusto de hojas amarillas asomando tras un par de árboles. Me lancé hacia él, ya que sabía a la perfección de qué se trataba. Comencé a tomar una a una las flores del hipérico y las fui guardando en otro de mis pañuelos. Con aquellas flores y algo de grasa podría elaborar un antídoto para combatir envenenamientos. Solo debía darle el tratamiento adecuado y podría dar a mis compañeros algo como retribución a todo lo que ellos me aportaban. Algo que dijese «yo también puedo ser útil».

Cerré las esquinas de el pañuelo sobre sí mismo y presioné para poder anudarlo. Había tenido una buena cosecha. Tanto, que sin duda podría hacer suficientes antídotos para mis compañeros. Ahora solo tenía que volver tras mis pasos y esperar que este no fuera uno de esos bosques de leyenda en los que la gente entra para no escapar jamás. Por suerte para mi, no me fue difícil localizar de vuelta el rastro que había estado siguiendo con anterioridad. Volví sobre mis pasos, pensando dónde podría encontrar grasa de animal. No quería dar caza a ningún ciervo. No quería matar a ningún animal con pelaje. Por lo que pensé que lo mejor sería abandonar aquel bosque y dirigirme hasta un lugar donde pudiese encontrar otro tipo de criaturas. 

Continué desandando mi camino hasta que comencé a tomar distancia con aquel árbol gigantesco. En ese momento decidí variar mi rumbo hacia el mar. Pensé que tal vez podría hacerme con algún pescado graso que me ayudase en mi tarea. Me sorprendió ver cómo cambia la vegetación incluso cuando el entorno tiene plantas tan grandes, pues al haberme distanciado del árbol de oro, los árboles comenzaron a dejar paso a los arbustos y los caminos se mostraban más despejados. Los graznidos lejanos de las gaviotas me hacían ver que la costa estaba más cerca de lo que parecía, pues había perdido de vista el mar tras una colina. Comencé el camino ascendente. Mis piernas notaban ya la fatiga después de tan larga caminata. Eso era mi culpa, debía aceptarlo, pues desde mi llegada a aquella isla había ido abandonando mis costumbres de explorador. Mi día a día se había limitado a dar un pequeño paseo por la ciudad, temeroso de encontrarme con algún pirata desquiciado que quisiera convertirme en su enemigo y volver al barco para enfrascarme de nuevo en mi lectura. Sin embargo, desde que el capitán despertó, sentí de nuevo la necesidad por descubrir que había en aquella isla.

Para mi sorpresa, cuando alcance la cima no encontré una costa desierta. En su lugar, había un pequeño asentamiento pesquero, el cuál explicaba la concentración de aves esperando a hacerse con las piezas que se cayesen a los mozos que cargaban las cajas. Sin embargo, no todas las gaviotas estaban allí en busca de comida, pues algunas de ellas llevaban el uniforme del World Economic News Paper. Llamé a uno de los repartidores y lancé una moneda al aire. A los pocos segundos, un periódico cayó a mis pies. Lo tomé y eché un ojo a la portada antes de guardarlo en mi bolsa.

—¿Antiprogresistas? Tendré que echarle un ojo más tarde. Esos Alas Negras parecen peligrosos.

Caminé mirando de un lado a otro hasta el pequeño puesto comercial que encabezaba el reducido puerto. No quería parecer temeroso, pero esta isla llena de piratas requería que uno siempre estuviera en guardia. Llegué hasta el mostrador apoyé uno de mis codos y me volteé de nuevo para asegurarme de que no había llamado la atención de ningún curioso. Al fin y al cabo, mi cara aparecía en esos dichosos carteles cada vez que repartían periódicos. Me volvía más famoso, aunque el sobrenombre que acompañaba a mi fama distase mucho de lo que yo había deseado. Un gran explorador, tal vez un historiador famoso. Quizá un marchante de arte. Eso es lo que habría deseado en otra vida. Ahora, mi nombre destacaba como pirata, agitador o maleante. No les faltaba razón, aunque la razón detrás de mis viajes no fuese el pillaje.

Golpeé con los nudillos la barra de madera que separaba la zona de clientes del interior del comercio, pues aún no había aparecido nadie para atenderme. Pude oír algo de ruido más allá, detrás de una pobre estantería. Pobre en construcción y en contenido, pues la madera húmeda servía de reposo para un par de brújulas y una red roída. Carraspeé y volví a golpear con los nudillos, esta vez de manera más firme, pues parecía que quién estuviese al otro lado no tenía muchas intenciones por venir a ver qué deseaban los clientes. Tras un par de segundos, un par de cabezas asomaron tras la estantería. 

—¿Qu... qué desea, señor? —dijo el hombre entrecortado.

—Te lo dije —susurró la mujer—. Es él. 

Las manos temblorosas de la mujer se ceñían con fuerza sobre un puñado de carteles de recompensa. El hombre, de piel curtida por la sal y el sol, salió de detrás de la estantería, en un intento de aparentar normalidad, o tal vez, como gesto de protección hacía su esposa.

—¿Cómo podemos ayudarle, caballero? —su voz, a modo de soplón, delataba que su firmeza era impostada.

¿Caballero? No esperaba que nadie me llamase así de nuevo, pensé.

—Estoy buscando algo de grasa animal. Por casualidad no tendrían ustedes algo de aceite de pescado que me pudiesen vender, ¿verdad?

—La verdad es que... —ambos se miraron entre sí— Disculpe, señor. Nosotros no vendemos pescado.

Dirigí mi mirada hacía una caja llena de pescado fresco y levanté mi ceja en dirección a la pareja. Ambos se escondieron tras la estantería de nuevo de un salto. Debieron de quedar apoyados contra el mueble, pues las pocas cosas sobre las repisas comenzaron a temblar igual que lo hacían ellos.

—Por favor, no se enfade —dijo una voz temblorosa desde el otro lado—. Lo que mi marido quiere decir es que no nos queda pescado que vender. Todo lo que tenemos, lo compran los Daten Shi.

—¿Todo? ¿Incluso las cabezas y vísceras? —tensé mi mandíbula y expiré con fuerza—. Es lo que necesito.

El sonido de susurros y objetos siendo arrastrados se extendió por la sala hasta mi. Yo continué pensando en la manera de obtener la grasa que necesitaba. Tal vez, podría utilizar algún aceite vegetal para producir los antídotos que estaba buscando, aunque nunca había leído acerca de ese tipo de preparaciones. Con gesto serio, la mano rascando mi mentón, vi como el hombre se asomaba de nuevo, para volver la cabeza y decirle a su esposa, en un tono mucho más audible del que seguro deseaba, que yo seguía allí. Tras unos segundos de silencio, ambos salieron de su escondite nuevamente.

—Tenga, señor. Esto es todo lo que podemos ofrecerle —dijeron amedrentados a la vez que extendían hacia mi una red llena de remiendos y un cubo de cebo—. Pero, por favor, márchese. No queremos problemas.

Tomé lo que me ofrecieron y me dispuse a irme a pescar. Di media vuelta y asentí hacia ellos con una sonrisa en mis labios y la mano agarrada al ala de mi sombrero. Mis modales debían estar algo oxidados, pues con mi gesto ambos saltaron tras la estantería nuevamente. Estaba claro que tantos días recluido en el barco no me habían venido bien. Debía practicar más las buenas formas para no asustar a civiles. 

Me alejé lo que pude del puerto por la costa y metí mi mano en el cubo de cebo, no sin antes remangar mi camisa. El grano no era lo que me preocupaba, sino los gusanos que serpenteaban entre él. Mugrientos y a medio chafar, cogí un puñado de lombrices y lo lancé al agua, tan lejos como pude. No tardaron en aparecer las primeras ondulaciones en la superficie, las cuales me indicaban que era el momento de lanzar la red. La giré sobre mi cabeza, con fuerza, y di un impulso hacia delante. Los pesos comenzaron a sumergirse y el borboteo se hizo más intenso. Tiré de la cuerda con decisión y pude sentir cómo esta ganaba en resistencia. Utilicé todo mi cuerpo, desde las piernas a los brazos, di tirones que me dejaron claro que me pasarían factura en la espalda, pero mi avance hacia la orilla era mínimo. Decidí que necesitaba un empujón extra, una ayuda ancestral, por lo que dejé fluir la electricidad por mi cuerpo para obtener esa mejora en mis capacidades físicas que me otorgaba el electro. Las chispas y rayos que salían de mi pelaje saltaban por el agua como salmones que remontan un río, con potencia, extendiéndose como si aquel fuera su elemento. Poco a poco, tanto yo como la red fuimos llegando a la arena. No se que pesó más, si la fuerza adicional que había obtenido, o el entumecimiento que habían sufrido los peces a causa de los rayos, pero conseguí llegar a la orilla con una buena cantidad de piezas. Esperé a que la red dejase de dar saltos para abrirla. Ahora tocaba la parte más difícil; destripar aquellos pescados.

Sabía que tardaría días en conseguir quitarme aquel olor a mar y muerte de las garras, pero no tenía a mano ningún otro utensilio para abrir los pescados, quitarles la cabeza y reservar la carne. Por el tamaño y las manchas moteadas de su piel, debía tratarse de caballas. Pensé en guardar unas pocas porciones para Uker, por lo que extendí un tres porciones de tela en el suelo. Fui depositando las cabezas, hígados y recortes en una de ellas mientras que fui lanzando los filetes a una delas otras las otras dos. Cuando pude limpiar todas las piezas como para tener lo necesario para mis antídotos, dejé el resto de mi captura en la tercera de las piezas de tela. Tomé un par de tablas varadas en la arena, las limpie bien, con el agua de mar y luego puse todas las cabezas y vísceras sobre una de ellas. Coloqué la otra por encima y usé un par de cuerdas maltrechas para atarlas y construirme una prensa. Fui girando un palo atado a las cuerdas para ejercer cada vez más presión. Las tablas inclinadas sobre unas piedras dejaban emanar de entre ellas un líquido viscoso y de aspecto poco apetecible. La grasa que el él se encontraba me permitiría extraer las cualidades sanadoras de las flores de hipérico para hacer mis antídotos.

Después de llenar el tarro que había llevado conmigo, y de reposar un tiempo el esfuerzo, pude decantar el aceite que había subido a la superficie y desechar las impurezas del fondo. Utilicé un par de piedras para majar las flores y las mezclé con el aceite, que tomó un tono rojizo. Mojé el dedo índice en la mezcla y froté el líquido con el pulgar. Lo acerqué a mi nariz. El olor hizo que mi cara se apartase de un salto. Era mucho peor que el que recordaba haber hecho con otras grasas, pero sin duda surtiría efecto. Volví con los dos sacos a la espalda al puerto pesquero, pero parecía que el matrimonio no estaba dispuesto a recibirme de nuevo. De cualquier manera, yo ya había obtenido lo que quería, por lo que dejé la red y el cubo con el cebo restante junto a su puerta, así como el hatillo que contenía los peces sin destripar y me marché para volver al Black Widow. Uker tendría que darse prisa en cocinar aquellos filetes de pescado si no queríamos que se echasen a perder.



OFF
Emme's Codes

#2
✓
Recolección Completada
Materiales:

— Hierbas Curativas: 225 unidades.

— Grasa Animal: 75 unidades.

— Creados: 3 antídotos.



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