01-07-2026, 03:41 PM
Día 1 de Primavera, Año 6
Los Sepultureros tenían una labor que muchos valoraban, precisamente porque nadie la quería hacer. No era bonito, era algo solitario, ceremonial, lento y que ponía el estómago a prueba para los más novatos. Eros tenía 18 años cuando pasó, y dispuso como todos los días seguir haciendo el mejor trabajo posible. Sus amigos imaginarios estaban sentados en sillas de la habitación estéril donde solía trabajar. En sus manos había guantes, en su boca un tapabocas y tanto su cabello como su ropa estaba cubierta de forma que el procedimiento fuese lo más estéril posible pues él debía ser cómo un cirujano, pero para los muertos. Inspiró con profundidad, observó el cuerpo inerte frente a él.
Había pasos a seguir por todo tanatopractor. La familia solía dar una foto en vida del difunto, la imagen de cómo debería quedar para su velorio. En este caso todo era mucho más simple pues no habría un velorio a cajón abierto, de hecho no había un velorio, el difunto no era alguien que fuese visitado y, si íbamos al caso, no conocía Eros a nadie que fuese a extrañarlo.
Le quitó la ropa para lanzarla al horno crematorio encendido a un costado de la habitación, no sería necesaria nunca más despues de todo.
Caminó hasta sus herramientas para tomar desinfectante y comenzar el proceso. Eso tomaba aproximadamente veinte minutos si se hacía rápidamente, pero a Eros le tomó diez minutos hasta que el cuerpo estaba completamente aseado, y desinfectado. Le cerró los ojos sellándolos con un material especial que hacía que los parpados no se abriesen por el rigor mortis, para ello se aplicaba un poco de calor y la misma reacción química se encargaba de que quedasen propiamente sellados.
Entonces se encargó de la boca usando gran habilidad a la hora de coser para que así quedase, una vez un muerto había sangrado por la boca durante un velorio, y vaya si su padre le había echado la bronca. Desde entonces, nunca más se había olvidado de ese paso.
Pasó un pañuelo por la comisura de los labios, y suspiró.
La sangre del difunto estaba siendo drenada por una de las vías, mientras Eros esperaba pacientemente que el proceso de decantación terminase para poder inyectar el líquido que conservaría la composición interna del sistema circulatorio de su cliente. Esto tomaba otra media hora, pero Eros lo hacía en quince por su entrenamiento.
Una vez pasado el tiempo necesario, suturó las heridas causadas para poder inyectar las vías que insertaban el líquido, maquillando las costuras para que no se notasen. Sabía que no habría velorio, sabía que no habría cajón abierto, pero uno prepara a los muertos para los vivos pensó.
Lo limpió nuevamente para quitarle todo resto de sangre y líquido, y entonces comenzó la parte que más le gustaba a él, afeitando al difunto y peinándolo con cariño para finalmente aplicar un poco de maquillaje para darle algo de color al pálido sepulcral de su piel fría.
Entonces tocó vestirlo. La elección fue simple, sobria, le puso un traje negro cómo los que él mismo usaba para trabajar. Eran de la misma talla despues de todo.
Finalmente lo cargó en brazos.
Los difuntos pesaban mucho más que en vida, pero nunca lo había sentido tan pesado cómo cuando lo deposito en su féretro. Acomodo sus brazos, acarició despacio el cabello del mismo y le regaló por última vez una sonrisa antes de suspirar.
› Adios, padre.
Musitó al cerrar el cajón.
Los Sepultureros tenían una labor que muchos valoraban, precisamente porque nadie la quería hacer. No era bonito, era algo solitario, ceremonial, lento y que ponía el estómago a prueba para los más novatos. Eros tenía 18 años cuando pasó, y dispuso como todos los días seguir haciendo el mejor trabajo posible. Sus amigos imaginarios estaban sentados en sillas de la habitación estéril donde solía trabajar. En sus manos había guantes, en su boca un tapabocas y tanto su cabello como su ropa estaba cubierta de forma que el procedimiento fuese lo más estéril posible pues él debía ser cómo un cirujano, pero para los muertos. Inspiró con profundidad, observó el cuerpo inerte frente a él.
Había pasos a seguir por todo tanatopractor. La familia solía dar una foto en vida del difunto, la imagen de cómo debería quedar para su velorio. En este caso todo era mucho más simple pues no habría un velorio a cajón abierto, de hecho no había un velorio, el difunto no era alguien que fuese visitado y, si íbamos al caso, no conocía Eros a nadie que fuese a extrañarlo.
Le quitó la ropa para lanzarla al horno crematorio encendido a un costado de la habitación, no sería necesaria nunca más despues de todo.
Caminó hasta sus herramientas para tomar desinfectante y comenzar el proceso. Eso tomaba aproximadamente veinte minutos si se hacía rápidamente, pero a Eros le tomó diez minutos hasta que el cuerpo estaba completamente aseado, y desinfectado. Le cerró los ojos sellándolos con un material especial que hacía que los parpados no se abriesen por el rigor mortis, para ello se aplicaba un poco de calor y la misma reacción química se encargaba de que quedasen propiamente sellados.
Entonces se encargó de la boca usando gran habilidad a la hora de coser para que así quedase, una vez un muerto había sangrado por la boca durante un velorio, y vaya si su padre le había echado la bronca. Desde entonces, nunca más se había olvidado de ese paso.
Pasó un pañuelo por la comisura de los labios, y suspiró.
La sangre del difunto estaba siendo drenada por una de las vías, mientras Eros esperaba pacientemente que el proceso de decantación terminase para poder inyectar el líquido que conservaría la composición interna del sistema circulatorio de su cliente. Esto tomaba otra media hora, pero Eros lo hacía en quince por su entrenamiento.
Una vez pasado el tiempo necesario, suturó las heridas causadas para poder inyectar las vías que insertaban el líquido, maquillando las costuras para que no se notasen. Sabía que no habría velorio, sabía que no habría cajón abierto, pero uno prepara a los muertos para los vivos pensó.
Lo limpió nuevamente para quitarle todo resto de sangre y líquido, y entonces comenzó la parte que más le gustaba a él, afeitando al difunto y peinándolo con cariño para finalmente aplicar un poco de maquillaje para darle algo de color al pálido sepulcral de su piel fría.
Entonces tocó vestirlo. La elección fue simple, sobria, le puso un traje negro cómo los que él mismo usaba para trabajar. Eran de la misma talla despues de todo.
Finalmente lo cargó en brazos.
Los difuntos pesaban mucho más que en vida, pero nunca lo había sentido tan pesado cómo cuando lo deposito en su féretro. Acomodo sus brazos, acarició despacio el cabello del mismo y le regaló por última vez una sonrisa antes de suspirar.
› Adios, padre.
Musitó al cerrar el cajón.
![[Imagen: xNGUFie.png]](https://i.imgur.com/xNGUFie.png)
