Otra vida | Fic [Pasado]
#1
Una sombra de lo que otrora fue en el pasado un niño, tan solo queda la tormenta que asola el corazón de un joven repudiado por la maldad de este mundo. A veces, cuando los verdaderos crímenes mantienen cabizbajos y obedientes a aquellos que tan solo buscan mantener un hábito de vida tranquila, hacen que los que se crían en esas condiciones, inconscientes del completo peligro que supone realizar actividades de un ámbito dudoso, reciban un escarmiento tan brutal como innecesario, extremo, sobrepasado...y muchos de ellos jamás vuelven a ver a sus familias.

Pero otros, unos pocos que se mantienen firmes, o los que tienen la suerte de no ser atrapados por ser más rápidos, escurridizos, fuertes, hábiles o avispados, consiguen sobreponerse a lo que ese mundo les ofrece, encerrados en su isla por su posición desentendida del resto del océano, obligados a crecer demasiado deprisa para comprender siquiera el significado de la palabra infancia.

Cada día se convertía en una prueba de supervivencia. No existían los sueños cuando el estómago rugía más fuerte que la esperanza, ni tampoco las ilusiones cuando el sonido de unas botas acercándose por un callejón bastaban para hacer que el corazón se detuviera durante unos instantes suficientes como para acabar con los de latido más débil. Esos pequeños infantes aprendían antes a esconderse que a escribir su propio nombre, si es que alguno de ellos llegaba a hacerlo, y antes a distinguir el ruido de un arma desenfundándose que el canto de una canción infantil.

La justicia era un concepto inexistente para quienes nunca la habían visto actuar en su favor. Los héroes nunca llegaban, y si lo hacían, los villanos rara vez se consideraban a sí mismos como tales. ¿Qué palabra tenían ellos, pequeños escurridizos, contra la firmeza de la de un adulto? Prácticamente estaban condenados al fracaso tan solo por haber nacido en el lugar inadecuado. 

En aquella realidad, cada persona defendía aquello que podía conservar entre sus propias manos, aunque para ello tuviera que arrebatárselo a otro.

Pero un pequeño ángel pudo soportarlo. 

El mundo no recompensa a los buenos, sino a quienes son capaces de soportar sus golpes sin caer de rodillas. Alguien dispuesto a cargar con el peso de sus propios pecados si con ello lograba impedir que otros atravesaran el mismo infierno que él había conocido.

Aquel quizás no fue su primer paso, pero al menos podemos decir que es un buen comienzo para hablar de su historia.

¿Quién es?

Bueno.

Eso lo dejaremos para más adelante... 
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#2
Ese hombre, o mejor dicho, ese niño con alas que fue creciendo con el paso del tiempo...era Samael. Ese pequeño joven de cabello plateado albino que procedía de las tierras de Whisky Peak, y que sin saber como, terminó en las tierras de Matsuri de una forma que es incapaz de entender, solo podía sobrevivir a base de pura suerte, habilidad innata, y algún objeto que sirviera como arma que pudiese encontrar en, literalmente, cualquier parte. No importaba si ello le terminaba dañando incluso a él mismo mientras atacaba. Sus manos, sus pies, cualquiera de sus extremidades eran un pequeño precio a pagar en comparación con la supervivencia. En ocasiones incluso llegó a pensar en vender una de sus piernas con tal de comprarse algo simplemente para sobrevivir con comida...aunque fuera un solo día.

Para su suerte, nunca consiguió encontrar el modo de alcanzar ese mundillo, aquel en el que pudiera conseguir esa clase de intercambios en los que posiblemente, de llegar a recuperarse de esa época, terminaría arrepentido para siempre. 

El hambre realmente tiene una forma muy curiosa de transformar a las personas. No duele únicamente en el estómago. Poco a poco empieza a devorar la conciencia, la vergüenza, los principios...hasta convertir aquello que un día parecían límites inquebrantables en simples obstáculos que deben ser superados para poder sobrevivir. Samael sintió aquel cambio más de una vez, y cada vez que lo recuerda, no puede siquiera seguir pensando en ello. 

Lo sintió cuando robó su primera barra de pan en el mercado de cualquier pueblo. Lo sintió cuando empujó a otro niño para arrebatarle una fruta medio podrida con tal de poder comerse, al menos, la parte que parecía decente. Lo sintió cuando descubrió que pedir ayuda no solo era inútil, sino peligroso, porque podía sentir que la gente buscarían aprovecharse de él.

Pero...salió de ahí, aunque no como todos pensáis...
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#3
En todo momento en la vida de un hombre, cuando terminas tocando fondo y no encuentras remedio sino en los actos más locos, oscuros, mezquinos e incluso crueles, puedes terminar saliendo con la capacidad de sobrevivir un día más, pero hay otros momentos en los que también, a pesar de seguir con vida ese día, terminas llamando la atención de personas indeseadas, gente que buscan arrebatarte lo más preciado por haberles fastidiado, o hacerte pagar un precio mayor para devolverles el daño que les han realizado tus actos.

Ese, es el motivo por el que su salida de los mundos oscuros terminó surgiendo.

Llevados por un grupo llamado "Los desubicados", criminales conformados por la raza de los gigantes, los tontattas y sus derivados terminaron siendo protagonistas en esta actividad llevada para hacerle pagar a nuestro protagonista. Concretamente, su forma de resarcir el pago no deseado que les debía Samael, recurrieron al más cruento método de secuestro, dejándolo inconsciente en el acto de un golpe seco, obligándolo a abandonar el mundo en el que se encontraba, saliendo de la ciudad llevado por estas personas hacia un lugar completamente abandonado, solitario, y algo siniestro en mitad del bosque.

Al principio llegó a ser tan solo él, pero con el paso de los días, vio que no llegó a ser el único en ese sitio, pero sí de la única raza. No llegó a saber el motivo de una forma rápida, pero todas las personas que llegaban ahí compartían ese mismo rasgo: eran Lunarians. 

La dificultad de encontrar esa raza parecía no ser algo que ocurriera en ese mismo lugar, pues fue el momento en el que más miembros de esta particular raza conformada por el fuego llegó a aparecer. Casi comenzó a sentir un rayo de esperanza al saber que había gente que nunca conoció y que compartían rasgos con él.

Pero la naturaleza, a veces, puede no ser lo que te esperas, y cuando estás secuestrado, no es precisamente para nada bueno.
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#4
Lo que comenzó siendo un momento intenso en su vida, el conocer a personas pertenecientes a su raza que jamás había llegado a conocer pareció ser una satisfacción, una esperanza poderosa en uno de los momentos más bajos de su vida, pero nada más lejos de la realidad. Esas personas que podría incluso considerar familia, terminarían muy lejos de esa realidad, a cambio de demasiado sufrimiento. 

Los primeros días apenas les permitían verse entre ellos. Permanecían encerrados en pequeñas celdas excavadas en la propia roca, separadas por gruesos barrotes de hierro ennegrecido. Solo durante unos minutos al día, cuando los sacaban para alimentarlos o trasladarlos de un lugar a otro, Samael podía cruzar alguna mirada con los demás.

Con el tiempo, poco a poco comenzó a darse cuenta de la ausencia de algunos de ellos, cuando el número de Lunarians comenzó a verse reducido considerablemente en el transcurso de las semanas. Al principio eran tan solo murmullos en la oscuridad, pero poco a poco, ese número se acrecentó hasta que sus debilitados y cansados sentidos pudieron darse cuenta de ello.

¿Y cómo es que no se dió cuenta antes, si estaba rodeado de gente que podría conocerse entre ella, o al menos, ser más conscientes de la desaparación de otros de su especie? 

Porque ninguno de ellos tenía la rabia interna para pelear.

Los ojos de todos ellos estaban perdidos, apagados, faltos de un instinto de supervivencia en el que no había odio, rabia, ni tan siquiera una pizca de miedo. En sus miradas tan solo hubo un vacío irreparable, fruto de algo tan desconocido para sí mismo como tantas otras cosas que por su condición, se le habían escapado a lo largo de la vida. 

Y finalmente, quizás por su condición de juventud, o tal vez por simple y puro azar, un día sumado a la lista de tantos otros...terminó llegando su turno.
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#5
Fue llevado lejos de esa isla, a un lugar remoto que ni siquiera es capaz de recordar. No conoce su nombre, y tan solo por los recuerdos grabados a fuego en su mente sería capaz de regresar hasta un lugar como aquel. Un lugar en mitad de un bosque como muchos otros, un claro donde se encontraría atado a un poste como si fuera una brocheta de pollo a punto de ser engullida, asándose al fuego. Resultaba irónico que una raza como los Lunarians, capaces de controlar el fuego a su antojo con cierta facilidad, se vea reducido a un simple alimento de criaturas infames y horrorosas como los tontatta y los gigantes. ¿Cómo podía zafarse? ¿Acaso había alguna manera?

La realidad...es que no. No había ninguna que pudiera lograr por sus propios medios

Impotente, débil, incapaz de anteponerse a su destino...

No estaba solo, claro está. Junto a él estaban algunos otros Lunarians que compartirían su destino. Lo que empezó siendo una especie de pesadilla tomó un rumbo mucho más sanguinario, producto del dolor y de la agonía de los gritos de aquellos que, también incapaces de sobrepasar su destino, eran amputados y cercenados de sus piernas hasta quedar tan solo cuerpos de cintura para arriba. 

No existía compasión en los ojos de quienes blandían aquellas hachas. No había odio, tampoco. Aquello era lo que más aterraba al joven Samael. No lo descuartizaban por venganza, ni por temor, ni siquiera por crueldad. Lo hacían con la misma naturalidad con la que un pescador desescama un pez o un cocinero despieza una res. Eran ganado. Carne. Poco más que eso.

Los alaridos se apagaban poco a poco. Algunos porque sus dueños ya no conservaban fuerzas para seguir gritando, mientras otros sentían como el dolor terminaba por llevárselos para siempre. El olor a sangre recién derramada comenzó a mezclarse con el de la carne chamuscada por las hogueras, impregnando el aire con una pestilencia que jamás abandonaría su memoria, ese aire ferroso tan desagradable como la mayor pestilencia de las calles en las que se había criado.

Samael cerró los ojos con fuerza. No quería mirar, no quería escuchar. No quería esperar el instante en que unas manos lo señalaran a él como el siguiente. Sin embargo, por mucho que tratara de refugiarse en la oscuridad de sus párpados, los gritos atravesaban cualquier barrera. Cada súplica parecía arañarle el pecho, recordándole una y otra vez que él sería el próximo. Tarde o temprano, aquellas hachas terminarían también sobre sus piernas, después sobre sus brazos, y finalmente no quedaría nada salvo un cuerpo condenado a esperar el momento de convertirse en alimento.

Fue entonces cuando comprendió el verdadero significado del miedo. No era el temor a morir. Era el terror de seguir vivo mientras el mundo decidía, poco a poco, qué partes de ti dejaban de pertenecerte.
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#6
Cuando cerró los ojos, el tiempo dejó de tener significado alguno. No podía dormir, no podía descansar, pues los gritos, el miedo y la agonía agudizaron sus sentidos auditivos hasta un punto extremo, haciéndole presenciar por medio del sonido todo lo que hizo que el tiempo…dejase de tener un significado. Cada respiración suya parecía prolongarse durante toda una eternidad. El sonido más suave de todos, aquel que podría ser un sonido agradable como el chisporroteo de una hoguera prendida en fuego, se convirtió en su “reloj” que marcaba el paso del tiempo de la vida para él…y para todos aquellos que quedaban con él, los últimos de su especie, o lo que sabía conocer de ella.

Con el pasar de ese sufrimiento, llegó de alguna forma a protegerse, y aquellos gritos comenzaron a confundirse como un simple murmullo en la lejanía, apagando todos esos sonidos que su mente ya no era capaz de soportar seguir escuchando. El único sonido que mantenía su cordura constante pendiendo de un hilo entre la locura y la cordura…era su respiración.

Sabía que tarde o temprano terminaría por llegar su turno, pero este nunca llegaba. Cómo si tuviese algo de especial, o simplemente hubiese tenido la suerte de la víctima, parecía ser prácticamente el último seleccionado para quién sabía qué opción, puesto que ya había hecho desaparecer su visión con tal de no tener que seguir soportando aquel tormento.

Al cabo del tiempo, cuando lo que parecían murmullos se había convertido en completo y absoluto silencio, cargado de pensamientos de todo tipo, abrió los ojos, dispuestos a encontrar en ese lugar algo que finalmente le indicase que no había sido nada más que una pesadilla, que todo eso se había acabado y que no había sido nada más que la peor pesadilla que había llegado a dilucidar en todos los tiempos…

Pero desgraciadamente, ya os podéis intuir que ese, no será el final de esta historia…
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