(Pasado | Libre) Dulces sueños.
#1
Se encontraba ella sentada en una roca grande lejos del centro de esa estúpida Isla del Karate. Porque, la verdad, no aguantaba el ruido de la ciudad, con todos esos idiotas gritando y entrenando todo el maldito puto día. Igual, a Rui le gustaba más estar sola en las afueras, mirando el mar a lo lejos, pensando en muchísimas cosas. Y después, el viento le movía el cabello rosa, pero le daba exactamente igual, porque su mente no paraba de dar vueltas. Y eso era algo demasiado difícil en ella.

Todo era tan complicado ahora, y yo sigo siendo tan débil, es muy patético la verdad.

Cruzó las piernas sobre la piedra, acomodando su espada en su regazo, tocando la tela rosa pastel de la empuñadura. Y entonces, sus dedos empezaron a juguetear impacientemente con las cintas negras de su cabello, como siempre. Porque, ese era su tic, y ahora mismo estaba muy frustrada, repasando todo lo que pasó en su cabeza. Estar separada de su compañero de viaje le dolía en el pecho, le quemaba, porque su devoción por él era absoluta, total.

¿Estará bien sin mí, de verdad, o se habrá olvidado de que existo?

Le daba muchas vueltas a lo mismo, una y otra vez. Porque, se sentía muy inútil al haberse quedado atrás en nivel, sin poder ayudarlo. Y ahora, tenía que volverse fuerte, pero hoy estaba demasiado cansada para entrenar, solo quería pensar en silencio. Y después, se acordó de su isla natal, de estar encerrada en Wano, y le dio un escalofrío. Odiaba los lugares cerrados, odiaba sentirse atrapada, por eso estar ahí al aire libre era lo único que la dejaba respirar un poco. Aunque también lo único que deseaba era ser fuerte para demostrar de lo que era capaz.

Igual, su mente seguía saltando de una cosa a otra, sin parar. Se acordó de todos los hombres que cruzó hoy en el pueblo, y le dio un asco terrible. Porque, todos los hombres de esta isla eran inferiores, pura basura asquerosa, y el único hombre que valía la pena en este maldito mundo era Dharma. No había nadie más. Y entonces, apretó la guarda negra de su katana, sintiendo mucho odio por la gente débil y estúpida que solo daba rodeos para todo.

Solo son un montón de idiotas sudorosos, ninguno le llega a los talones a él.

Suspiró muy pesado, bajando la mirada hacia el suelo de tierra. Quería apagar su cerebro un rato, porque pensar tanto la estaba cansando más que golpear cosas. Pero entonces, escuchó unos pasos acercándose, rompiendo su paz por completo. Sus sentidos siempre estaban alerta, y notó enseguida que era uno de esos luchadores del pueblo. El tipo se acercó demasiado, dando muchos rodeos inútiles y preguntando con voz tonta qué hacía una chica sola y callada por ahí.

A Rui se le acabó la paciencia en un segundo, porque odiaba a los hombres así. Como era de pocas palabras, no iba a decir absolutamente nada si no la provocaban, pero el idiota habló primero. Y ella no iba a ser amable, nunca en la puta vida. — Tsk... lárgate de aquí, basura asquerosa, no me des tus rodeos inútiles y piérdete antes de que te corte. Jmp. — soltó directo, con puro asco, cruzándose de brazos y mirándolo muy mal.
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