Días Tranquilos [FIC][Pasado]
#1
Año 17
Invierno
Día 84

Vaya puto calor hacía en la costa de Alabasta. De esos días en los que el aire pesa como el plomo y el pelaje te pica solo con respirar. El Royal Quiver llevaba tres días parado en una especie de cala natural de piedra rojiza, donde el agua estaba tan quieta y sucia que parecía aceite. El jefe, Stroud, andaba metido en su camarote a vueltas con los mapas de siempre, y los demás se habían largado tempranito a buscar provisiones al mercado del pueblo más cercano.

A Moja le tocó quedarse de guardia. Bueno, en realidad se quedó porque quiso. No había quien aguantara el jaleo de los mercadillos esos del desierto, con la gente gritando, el polvo volando por todas partes y ese olor a especias raras que le hacía estornudar cada dos por tres. Prefería mil veces el silencio del barco, aunque estuviera cayendo la del pulpo.

Además, la goleta estaba pidiendo auxilio. El viaje desde las aguas congeladas de Drum la había dejado temblando; la madera, al pasar de golpe a este secarral, empezó a agrietarse por las juntas que daba gusto. Así que allí estaba el mink, a media mañana, arrodillado en la cubierta con un bote de brea, masilla para calafatear y una espátula de hierro bastante desgastada que ya pedía jubilación.

Vestía solo el pantalón azul oscuro del uniforme y una camiseta vieja sin mangas para no destrozar la ropa buena con la resina. Tenía todo el pelaje negro de los brazos lleno de ese polvo rojizo que traía el viento del desierto. En un momento dado, se pasó la mano por la cara para quitarse el sudor y, claro, se dejó un churrete negro de brea en todo el morro.

-Mierda...- masculló para sí, frotándose con el hombro sin mucho éxito.

Se agachó otra vez, centrado en una grieta fea que corría cerca del borde de babor. El calafateado es un trabajo de chinos, hay que ir poco a poco, pero a él le gustaba porque le mantenía la cabeza ocupada. De repente, entre el rítmico raspar de su espátula, oyó un ruido raro.

Un chapoteo flojo. Sus orejas se movieron solas hacia estribor, la banda que daba a las rocas.

Moja dejó la herramienta en el suelo y se levantó sin hacer ni un ruido. Se asomó por encima de la barandilla, entornando los ojos amarillos por culpa del reflejo del sol en el agua. Al principio no vio nada, solo las olas tontas chocando contra las piedras y un par de gaviotas dando vueltas. Pero entonces volvió a sonar. Un siseo ahogado y un golpe contra el casco.

Miró justo abajo, a la línea de flotación. Enredado en un cabo viejo de amarre que colgaba por el costado, había un bicho de lo más extraño. Era una especie de lagarto de arena, bastante grandecito y de un color amarillento sucio, con unas patas largas que no sabía dónde meter y una cola gorda que no paraba de sacudir contra la madera para no hundirse. El pobre animal estaba exhausto y muerto de miedo, mirándolo con unos ojos saltones que se le salían de las órbitas.

Moja se quedó de brazos cruzados, mirándolo fijamente.

-¿Pero tú de dónde has salido?- dijo con esa voz ronca que se le queda a uno cuando lleva horas sin hablar con nadie.

El lagarto intentó subirse a un saliente de la madera, pero resbaló y se pegó un buen trago de agua salada. Al salir a flote, soltó un tosido espantoso.

El mink suspiró. Lo lógico era pasar del tema. Al fin y al cabo, un lagarto del desierto no era asunto de la Marina, y él tenía que terminar de sellar la cubierta antes de que el sol del mediodía secara la resina en el bote y tuviera que tirarla. Pero ver al bicho ahí, peleando por su vida en un medio que no era el suyo... le dio un ramalazo de esos recuerdos que intentaba enterrar siempre. La imagen de las jaulas, el agua fría y las ganas de tirar la toalla antes de que la Marina apareciera en su vida.

Se arrodilló junto a la borda y estiró el brazo derecho hacia abajo.

-Quieto ahí- le soltó, como si el bicho fuera un recluta de la academia.

Al ver la mano enorme y peluda del mink, el lagarto se asustó todavía más e intentó pegarle un bocado con sus dientes minúsculos. Moja, que tenía reflejos de pantera para aburrir, ladeó la muñeca esquivándolo sin esfuerzo y lo agarró firmemente por la parte de atrás del cuello, donde la piel es más suelta y no te pueden morder.

El bicho empezó a patalear como un loco, salpicándole agua salada en los ojos. Moja arrugó el hocico, aguantando el tipo, y con la otra mano desenganchó la cola de la cuerda. Lo subió a pulso y lo dejó caer en la cubierta.

El pobre lagarto se quedó plano contra las tablas de madera, jadeando con fuerza y soltando agua por la nariz. Moja se acuclilló a su lado. Era feo de cojones, la verdad, pero tenía un algo que le recordaba a los animales de Zou que sus padres le mencionaban cuando era pequeño.

Agarró un trapo viejo que usaba para limpiar las herramientas y empezó a secarlo con cuidado, sin apretar mucho. Cuando terminó, el bicho parecía otro. Se plantó sobre sus cuatro patas, sacudió la cabeza y empezó a corretear por allí, olisqueando todo: el bote de brea, las herramientas y hasta las botas que Moja se había quitado para trabajar más cómodo.

-Eh, eso no se come- le avisó, pero el bicho ya estaba lamiendo un pegote de masilla seca.

Moja pensó que el animalito debía de estar muerto de hambre tras la paliza que se había dado en el agua. Se rascó la oreja, pensando qué demonios darle de comer. Tenían carne en salazón abajo, pero eso para un lagarto era veneno puro. Así que bajó a la cocina del barco, que estaba fresca y a oscuras, y buscó en los sacos de comida. Encontró un par de tomates arrugados por el calor y unos trozos de lechuga que el bueno de Juan Sebastián se había dejado a medias por la noche. Lo picó todo bien finito con el cuchillo de dotación y lo subió en un plato de metal abollado.

El bicho seguía a la sombra del mástil mayor. En cuanto olió el tomate, se lanzó en plancha hacia el plato. Moja se sentó con las piernas cruzadas a ver cómo devoraba la verdura a una velocidad increíble.

-Despacio, que te va a dar algo.-

Estuvo allí un buen rato, vigilando al bicho a la sombra del mástil que él mismo había arreglado. Al terminar de comer, el lagarto se lamió los morros con una lengua bífida rarísima, caminó un poco de lado y se subió encima de la bota de Moja, quedándose frito allí mismo, como si fuera el sitio más seguro del mundo.

Al mink se le escapó una media sonrisa, de esas que no dejaba ver a nadie. Pero duró poco. De fondo se oyeron unos pasos y unas voces que venían por el camino de piedras del acantilado. Eran Stroud y los de su división, que ya volvían con los sacos.

Moja, con mucho cuidado para no despertarlo, cogió al lagarto con delicadeza por los costados y lo llevó hasta la rampa que conectaba el barco con las rocas de la orilla. Lo dejó en el suelo, bien apartado del agua.

-Hala, tira para allá. Y no seas tonto de volver a caerte.-

El lagarto lo miró un segundo con esos ojos saltones, sacudió la cola y se metió entre las grietas de las piedras rojizas, desapareciendo en el desierto en un abrir y cerrar de ojos. Moja se sacudió las manos, recogió el plato de metal y volvió a arrodillarse junto a su cubo de brea. El sol ya pegaba fuerte y el trabajo no se iba a hacer solo, pero la mañana, qué demonios, no había estado tan mal.

El bicho ya se había perdido entre las piedras, pero a Moja todavía le quedaba un rato largo de pelea con la brea. Se arrodilló de nuevo, apoyando el peso en los talones, y agarró la espátula. El metal estaba caliente por el sol, casi quemaba al tacto. Se escupió en la palma de la mano para quitarse un poco de la tierra rojiza que se le había pegado al pelaje y volvió al tajo. Sellar, raspar, empujar la masilla hacia el fondo de la grieta. Un movimiento rítmico, mecánico, de esos que te dejan la mente flotando en un limbo gris donde no hay recuerdos de esclavitud, ni revoluciones, ni oficiales gritando órdenes.

A las dos de la tarde, el calor ya no era calor; era un castigo. El aire vibraba sobre la cubierta del Royal Quiver y el olor a resina quemada era tan espeso que se podía casi masticar. Moja soltó la espátula con un suspiro sordo, estirando la espalda hasta que le crujieron las vértebras. Le dolía todo el costado de estar doblado y tenía el pelaje negro de los muslos acartonado por los chorretones de sudor que se habían secado sobre la sal de la mañana.

Echó un vistazo al trabajo. La junta de babor había quedado decente, bien taponada para aguantar los embates de cualquier marea jodida cuando salieran a mar abierto. Pero el bote de brea estaba tiritando y el sol ya estaba empezando a cuajar la mezcla antes de que pudiera aplicarla en la sección de popa. Necesitaba un disolvente natural o un poco más de aceite de linaza si no quería que todo ese pegote inservible se convirtiera en una piedra negra dentro del cubo.

Y en el barco no quedaba ni una gota.

Se calzó las botas militares, que a esas alturas parecían dos hornos de cuero, y se colocó la gorra blanca de la Marina bien encajada para taparse los ojos del destello del sol. No le apetecía un carajo, pero iba a tener que bajar a la playa y acercarse a las chozas de los pescadores que había al otro lado del cabo rojizo, a ver si algún alma caritativa le vendía o le trocaba un poco de aceite de pescado o de linaza para ablandar la mezcla.

Bajó por la rampa de madera con el cubo vacío colgado del antebrazo. Al pisar la arena, el calor le subió por las suelas de las botas como si estuviera pisando brasas. El desierto de Alabasta parecía no tener fin, una masa de dunas amarillas que moría directamente en un mar azul cobalto, sin transiciones, sin piedad.

Caminó bordeando el acantilado de piedra caliza, buscando la poca sombra que proyectaban los salientes de las rocas. El viento del este soplaba racheado, levantando remolinos de polvo fino que se le metían en la nariz y le hacían cosquillas en los bigotes. Moja caminaba despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón azul, manteniendo el paso firme pero sin prisa, midiendo cada esfuerzo para no deshidratarse antes de tiempo.

Al doblar el cabo, apareció la pequeña aldea de pescadores. No eran más que cuatro chozas miserables hechas con maderas de naufragios, lonas descoloridas por el salitre y costados de adobe seco. Un par de barcas destartaladas descansaban sobre la arena húmeda, con las redes secándose al sol llenas de escamas brillantes y moscas que zumbaban con pereza.

No se veía un alma. Normal; con esa temperatura, cualquiera que tuviera dos dedos de frente estaría metido en lo más hondo de su choza esperando a que el sol diera un respiro.

Moja se acercó a la choza más grande, la que tenía un cobertizo de cañas donde colgaban varios pellejos de cuero y un par de barriles de madera que olían fuertemente a grasa podrida. Aquello era aceite de hígado de raya, de lo mejor para ablandar la brea si se sabía mezclar bien.

Se detuvo bajo el cobertizo, agradeciendo la sombra, y dio dos golpecitos secos con los nudillos en el poste de madera que sostenía la techumbre.

-¿Hay alguien?- preguntó. Su voz, ronca y directa, pareció apagarse al instante en el aire seco.

Se oyó un revuelo de mantas dentro de la choza y, al cabo de un momento, la lona de la entrada se apartó. Apareció un anciano enjuto, con la piel tan arrugada y oscura como una pasa y unos ojos nublados por las cataratas que apenas podían abrirse ante la claridad del día. El viejo miró al mink de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en el parche de la gaviota de su brazo derecho y en las orejas puntiagudas que sobresalían de la gorra. En Alabasta la Marina no era una presencia extraña, pero un mink de tres metros con pinta de pantera cabreada siempre llamaba la atención.

-Un marine...- balbuceó el viejo, con una voz que sonaba como si tuviera arena en la garganta. -¿Qué busca la justicia en este pedazo de desierto?-

-Aceite de linaza. O grasa de pescado. Lo que tenga para ablandar brea de calafatear- dijo Moja, yendo directo al grano como siempre. No le gustaba perder el tiempo con rodeos innecesarios.

El viejo soltó una risita asmática y señaló con el dedo tembloroso hacia uno de los barriles del cobertizo.

-Grasa de aceite de hígado tengo, sí. De la última campaña. Pero el trueque no está fácil hoy, muchacho. El mar está tonto y los berris no se comen.-

Moja metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un par de monedas de plata de la Marina, de esas que tenían el cuño del Gobierno Mundial y que se aceptaban en cualquier puerto libre del mundo. Las dejó caer en la palma de la mano del anciano. El metal brilló con un destello limpio bajo la sombra de las cañas. El viejo las sopesó con cuidado, les dio un mordisco con los pocos dientes que le quedaban y asintió con una mueca de satisfacción.

-Sirve. Sirve bien. Coge lo que necesites de ese barril de ahí, pero ten cuidado al abrirlo, que la madera está reseca y si fuerzas la tapa la vas a liar.-

Moja se acercó al barril que apestaba a pescado. Se agachó, dejando el cubo de hierro en el suelo, y tanteó la tapa de madera con las garras. El viejo tenía razón; la sequedad de Alabasta había encogido los listones y cualquier golpe en falso reventaría el fleje de hierro que los unía. Con paciencia de artesano, Moja deslizó los dedos por el borde, buscando el punto de menor presión. Empujó suavemente hacia abajo, haciendo palanca con el pulgar hasta que la tapa cedió con un suspiro de aire rancio que le revolvió el estómago. El olor a grasa de pescado podrida era mil veces peor que el de la brea, pero aquello era oro líquido para el barco.

Usando un cazo de madera viejo que había colgado de un poste, empezó a pasar el aceite denso y amarillento a su cubo. Lo hacía despacio, midiendo la cantidad justa para no cargar de más y que luego la mezcla quedara demasiado blanda y se derritiera con el sol de la tarde. El viejo lo observaba apoyado en el marco de la choza, mascando una raíz rara y con cara de aburrimiento.

-Haces buen trabajo, pantera- dijo el anciano de pronto. -Se nota que no eres de los que solo saben disparar cañones y lucir el uniforme en las ciudades grandes.-

Moja no levantó la vista del barril. Siguió llenando el cubo con el mismo ritmo pausado.

-El barco tiene que flotar- se limitó a responder.

-Ya... el barco. Todo el mundo quiere irse de aquí. Este desierto te seca el alma si te quedas demasiado tiempo.-

El mink terminó de llenar el cubo hasta la mitad, suficiente para lo que le quedaba de cubierta. Colocó la tapa del barril de vuelta en su sitio, presionando con cuidado hasta que encajó con un golpe seco, y se levantó de un impulso. Agarró el asa del cubo de hierro, sintiendo el peso del aceite balancearse.

-Gracias- dijo, haciendo un leve ademán con la cabeza.

-A ti por la plata, marine. Que el viento te sea favorable- respondió el viejo, dándose la vuelta para volver a meterse en la penumbra de su choza, huyendo del sol que ya empezaba a caer a plomo.

Moja inició el camino de vuelta por la playa. El olor a pescado del cubo se le pegaba a la ropa y al pelaje de una forma bastante molesta, pero por lo menos tenía lo que necesitaba. Al doblar el cabo de roca caliza, divisó la silueta del Royal Quiver meciéndose suavemente en el agua quieta, con sus mástiles apuntando al cielo sin nubes de Alabasta. El barco seguía allí, tranquilo, esperándole. Moja apretó el paso, con ganas de terminar el trabajo antes de que los demás volvieran con el jaleo del mercado y arruinaran el bendito silencio de su tarde de carpintería.
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
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