[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano- Gradas
Noté a alguien colocándose cerca de nosotros y, cuando me giré para mirar, me sorprendió ver a Moja. ¿Quizás habría querido acompañar a Kibai él? Por un instante me planteé cederle mi lugar, pero Kibai ya me había cedido todas sus cosa y el tipo chamán no brujo ni hechicero se estaba acercando ya… No daba tiempo a hacer el cambio.

Había visto a cierta distancia cómo, uno a uno, quienes se iban ofreciendo caían desmayados (o asumía que estaban desmayados, porque sus compañeros parecían llevárselos medianamente tranquilos). Como nadie se queja, supongo que será normal…

Cuando llega nuestro turno, tras quejarse un poco por la protección y los insectos, Pawurs le pide el dinero y el mink leopardo se lo ofrece. Haibu Haibu no Mi… Qué nombres más raros tienen esas frutas.

Pero, por supuesto, no dejé que eso me distrajera.

Ya estaba preparada, así que agarro a Kibai rápidamente de uno de sus brazos y rápidamente lo pongo sobre mi hombro, procurando que su peso cayera sobre mi espalda. Es sólo un poco más alto que yo, pero sí más fuerte y corpulento, por lo que me aseguro de repetir el mismo proceso con el otro brazo y le agarro las piernas a la altura de mi cintura para llevarlo a caballito. De esa manera no se movería y podría cargarlo con total seguridad.

―Muchas gracias, ha sido usted muy amable… Espero que se recupere pronto ―sonrío al gyojin antes de marcharme a paso ligero de aquella arena, esperando que alguien se encargarse de la ciática del pobre anciano. En otras circunstancias me habría quedado a ayudarlo, ¡pero ya tengo a mi propia persona a la que ayudar ahora mismo!

Mientras me alejo, escucho la venta de las frutas y a alguien… ¿ofreciendo cambiar de sexo y raza? Qué curioso…, pero tampoco dejo que eso me distraiga.

Una vez de vuelta a la entrada de las gradas, me acerco al primer grupo de personas aladas que veo.

―Disculpad… ¿Sabéis dónde hay una enfermería? Creo que está bien, pero es para quedarme tranquila con una revisión... ―pregunto, sin estar segura de a dónde debería llevarlo.

Si no lo saben, volvería con el resto de marines; alguno de ellos debería saber de medi…

La imagen de Shin me vuelve, lo que me obliga a contener un suspiro. «Puede contarme más tarde qué le preocupa...». Eso había susurrado Jin. En su momento sonreí y asentí, sin saber qué otra cosa hacer, pero ¿qué le podría decir si ni siquiera yo sé lo que me ocurre?

No, no, no. Eso no es importante ahora.

Lo único que importa es asegurarme de que Kibai se recupera bien y de devolverle intactas todas y cada una de sus pertenencias.

Kuroshiro
[Imagen: bskx3zy.jpeg]
El destino estaba haciendo de las suyas.

Enji apoyó los codos en el filo de la baranda y se inclinó hacia adelante. La arena, tras el llamado de los extraños hermanos, se había llenado rápidamente de personas descontentas con el demonio que llevaban dentro. Los observó bajar, siempre en parejas, pararse frente al anciano decrépito y, tras un breve toque de este último en sus vientres, caer rendidos y completamente inconscientes. La forma en que se desvanecían era aterradora, como si un proyectil los hubiera alcanzado en la cabeza y la vida les hubiera sido arrancada del cuerpo en un parpadeo. ¿Cómo se sentiría? ¿Qué clase de experiencia sería aquella? Ver una parte de ti, algo que está fundido en tu cuerpo y pegado a tu alma, arrancado de un violento tirón. ¿Escucharían a los demonios de sus frutas quejarse? ¿Sentirían su odio por forzarlos a separarse así? El destino, según el propio Pawurs, los había llevado a consumir esas frutas.

¿Qué tan peligroso era ir en contra del destino?

Empinó la jarra y dio un último trago a su cerveza. Quería terminar el vaso antes de que se calentara, pues bien sabido era que la cerveza fría sabía a gloria y la caliente sabía a mierda. Pura mierda.

En eso, algo llamó su atención.

«¿Esa es Miyori? —Se preguntó. La jarra en sus labios le cubría buena parte de la arena, pero allí, acompañada por El Marcado, estaba la inconfundible violinista de Baterilla. Se dirigía a Pawurs Ushoku. ¿Acaso…?—. No me digas.»

Un segundo más tarde, vio desde la grada como Miyori caía inconsciente tras el toque “mágico” del exorcista. Era usuaria de una Fruta del Diablo.

Énfasis en “era”.

«Uno nunca termina de conocer a una mujer —reflexionó—. Ahora la cuestión es… ¿a dónde vas?»

La observó ser cargada por Rackham en dirección a las gradas, lado opuesto a donde él mismo yacía parado. Durante los combates, Enji reconoció de ese lado a varios rostros medianamente famosos dentro de la nueva oleada de piratas que azotaban la Grand Line. El Marcado debía ser el más famoso de todos ellos, junto al infame Carnicero y su propio compañero de grupo en las pruebas, el gigantesco Ubbe. Personas peligrosas. Y, aunque preocuparse no era su estilo, Miyori era su amiga. ¿Estaría a salvo? ¿Sería pertinente intervenir?

"—¿Dónde está Kibai, por cierto?"

Bebió hasta agotar la jarra y después la dejó parada sobre el barandal a su derecha. Los restos de espuma todavía bajaban por el cristal.

—¿Ah? ¿Michi número uno? —replicó, refiriéndose a Kibai—. Juraría que lo vi yéndose por allá.

El espectáculo del exorcista skypieano terminó cuando el último de sus clientes cayó inconsciente. Como borrachos tras una pelea, numerosos cuerpos fueron escoltados fuera del gran escenario, entre ellos el propio Kibai y Masami. Eso le llamó la atención, pero no tanto como la próxima personalidad que se adueñó del escenario con su aparición.

Enji tragó saliva.

–! FELICITACIONES A TODOS LOS HERMOSOS PARTICIPANTES DE ESTOS JUEGOS. –

—¿Qué demonios es eso? —preguntó a Juan y Akira.

Un ser extraño, mirase por donde se lo mirase, apareció para confundir todos y cada uno de sus sentidos. “Cariños Carlos” era su nombre. Tenía la piel negra, pero no negra como el buccaneer que fue su compañero, sino negra como la noche misma. Tentáculos, varios de ellos, moviéndose debajo de su vestido rojo. Labios gruesos, rojos como la sangre, unos ojos redondos e inexpresivos, una cintura particularmente pequeña y dos senos del tamaño de melones. Todo eso coronado por una larguísima cabellera rubia.

Enji se sintió muy confundido. Por momentos, y dependiendo del ángulo, era claramente una mujer. Después, la sombra le daba de cierta forma y… era un hombre. ¿Cómo se supone que debía sentirse? Una parte de él quería encenderse y la otra quería vomitar. Vomitar mucho. Prefirió centrarse en lo que decía y no en cómo se veía, en pos de su propia paz mental.

«¿Puede cambiarnos de raza… y de sexo?»

¿Qué clase de poderes bizarros podían dar las Frutas del Diablo? Ahí estaba uno de los mejores ejemplos.

—¿Qué dices, Juan? ¿Te gustaría tener dos pulgares opuestos? —dijo, picándole el caparazón a su amigo con el codo—. ¿Y tú, rubiales? ¿Cómo te ves siendo un… pez…? Oigan, ¿dónde se metió?

Akira había desaparecido, para variar. Enji lo buscó por la grada en un rápido vistazo y logró dar con su figura, siempre tan molesta, parada junto al yakuza de Karate. Onizuka Jin, el hombre al que le debía un maldito favor. Compartió una mirada sutil con el banquero y regresó su atención a la arena. Ya hablarían.

—Ese idiota está planeando alguna estupidez… —dijo, para justo después fijar su atención en Bertram, que acababa de dejar a Masami recostado en la banca a la derecha de su grupo. Como el resto de ex-usuarios, estaba noqueado—. ¡Ja! ¿El rubiales convertido en mujer? —A su cabeza llegó la imagen de Akira, exactamente como era, pero con los labios pintados de rojo y gruesos como los del mismo “Cariños Carlos”—. ¡SHIHAHAHAHA! ¡Pagaría por ver eso! —Después de liberar su necesaria carcajada, se ajustó la chaqueta que le cubría, cual falda, de la cintura para abajo, y se acercó a Bertram. Al pelirrojo tirador de la división sesenta le reconoció el favor dándole una palmada en el hombro—. Gracias por cuidar de nuestro compañero. La verdad… se nos había perdido de vista, ¡shihahaha! Y eso que brilla bastante allá por donde va.

De soslayo alcanzó a ver algo, alguien, corriendo dentro de la arena. Una cabellera rubia y crispada. Automáticamente se giró. ¿Ese era…?

—¡Eh, ahí va! —avisó a sus compañeros y señaló a Akira, que ya estaba junto al indeterminado gyojin—. ¿Qué irá a hacer…? Espera un momento. —Vio, a lo lejos, como Akira sacaba dinero de su bolsillo y lo entregaba Cariños. Entornó los ojos y se empezó a rascar furiosamente el cuello. Eso sólo podía significar una cosa—. ¡RUBIO CARA DE PITO! ¡¿DE DÓNDE MIERDA SACASTE TANTOS MILLONES?!

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