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Día 77 de Verano, Año 18
Isla Báltigo, Corriente Daiya, cerca de la línea costera.
La propuesta le había llegado a primera hora de la tarde, cuando el sol todavía abrasaba la arena blanca de Báltigo y el único refugio frente al calor se hallaba en el interior del Wu Wei. Y lo había hecho en un momento, cuanto menos, curioso. Pues Bai se hallaba aún comiendo cuando el joven lunarian le pidió, a su manera, un duelo. Y, sin embargo, ella no profirió palabra; de hecho, continuó comiendo con calma mientras su estómago se iba saciando lentamente con el caldo de pescado que habían preparado.
Parecía agua sucia. Ya no solo por el tono grisáceo, sino por la capa de grasa amarillenta que flotaba en la superficie, orbitando alrededor de opacos y vidriosos ojos que se mezclaban con los restos de verduras deshidratadas que se negaban a deshacerse. Era una mezcla demasiado turbia para ser llamada caldo y, aun así, Bai se llevó la cuchara a los labios, masticando con desgana un par de aquellas esferas gelatinosas que pronto cedieron bajo sus dientes con una resistencia viscosa y un sutil chasquido. Se estaban quedando sin provisiones frescas y aquello era lo mejor a lo que podían aspirar en un lugar tan desolado. Además, desde que su cocinero se había esfumado, cada vez consumían platos más estrambóticos.
Cocina de supervivencia, lo había bautizado Bai tiempo atrás cuando examinó por primera vez el contenido de su plato con escepticismo.
A continuación, terminó la última cucharada, levantó el cuenco sin emitir un solo sonido y se bebió de un trago lo poco que restaba del caldo.
—Heras —susurró, limpiándose los labios con el dorso de la mano—. Cinco —añadió, aceptando el desafío mientras alzaba la mano y extendía cinco dedos para indicarle que lo vería a las cinco en punto.
***
El terreno baldío que había escogido para el combate de entrenamiento se extendía como una llanura desolada en las inmediaciones del barco —quedando la costa escarpada a doscientos metros de ella. No había absolutamente nada alrededor; tan solo un manto de arena blanca y fina que el viento levantaba en ráfagas de polvo contra sus botas, colándose sin piedad por los dobleces de sus pantalones. Bai sacudió la pierna con brusquedad para desembarazarse de los granos, aun sabiendo que resultaba inútil en un paraje donde el aire parecía azotar de forma constante, arrastrando consigo la palpable sensación de aislamiento y soledad que definía a toda la isla.
Después, se ajustó la prenda a la cadera, apretando el cinto con firmeza para estabilizar el peso de la pesada espada. La misma de cuya empuñadura pendía una cadena cuyo gancho de escalada reposaba bien sujeto al cinturón. Bai la miró, consciente de que hasta entonces no había empleado aquella pequeña creación en ninguna pelea y, aunque tampoco albergaba intenciones de utilizarla por primera vez en aquella pelea, si a Heras se le ocurriera excederse o el combate lo ameritaba, la desenfundaría.
Quizás era una decisión drástica, pero desde que había salido de su hogar, cada vez que alzaba la espada había tenido que hacerlo para defender su vida.
A continuación, levantó la vista y colocó el antebrazo a modo de visera buscando a su compañero. Cuando lo encontró, lo saludó y le hizo un gesto para que se acercara. Entonces, aprovechando que todavía no empezaban, decidió calentar brevemente y movió el cuello de un lado a otro, haciéndolo crujir. Siguió con las articulaciones de sus hombros, dio un par de saltos cortos, destensando la fibra de sus músculos y, al final, tomó el arma de prácticas que llevaba consigo.
Hecho esto, aguardó a que Heras adoptara su posición y levantó la espada, afianzando sus manos sobre la empuñadura a la altura del hombro, mientras sus pies se reacomodaban.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
