Día 90 del año 11, Primavera – 10:00 horas
Atributos Personaje
Habían pasado tan sólo un par de días desde que los agentes del Cipher Pol y la ‘marine’ habían terminado la misión de búsqueda y captura de Glatus. Por supuesto, con éxito. En ese encuentro fortuito, Alzeid tuvo una gran revelación que le llevó a reformular toda su existencia, su fe y la esencia de su alma, comenzando a profesar una religión iniciada por él… Ánima. Alma, en un idioma antiguo que él desconocía completamente, pero que había resonado en su cabeza como si Dios tocase su alma y hablase a través de él. ¿Era esto lo que significaba ser un enviado de Dios? Alzeid tenía sus dudas, porque en su propia religión… él era Dios. Así que tendrá que trabajar sobre este conflicto interno poco a poco. Por lo de ahora… ha comenzado a redactar los cimientos de Ánima: los siete mandamientos que toda persona fiel a estas creencias tendrá que cumplir. Los tenía escritos en una hoja que estaba agarrando con su mano izquierda, mientras caminaba por el pueblo Shizen, el único lugar que todavía no había explorado con profundidad y en el que igual podría encontrar información sobre la banda pirata que estaba buscando: “Los bucaneros”. Esa era la misión principal de Alzeid antes de que se encontrara con el resto de agentes, y antes también de que el Cipher Pol decidiese unificar sus fuerzas en un mismo objetivo. El grupo, que finalizó la misión con cierta facilidad, había quedado el día de hoy a las 19:00 horas para hablar sobre los siguientes pasos, ahora que tenían a Glatus bajo control, así que Alzeid quiso aprovechar estas últimas horas para buscar información sobre aquellos bucaneros, que tan escurridizos parecían ser.
Pero ninguna de las personas que residían en Shizen parecían conocer a ninguna banda pirata, y mucho menos les sonaba el nombre de ‘Los bucaneros’. Para ellos, cualquier persona que se dedicase a la piratería era una bucanera por defecto, pues la caza y la violencia eran sus actividades básicas. O eso decían. – ¡Pero señor! No se confunda. Estos bucaneros son mucho más peligrosos de lo que usted podría imaginar. – Le decía a la mayoría de las personas con las que se cruzaba. – Todas estas cicatrices que usted ve… – Tenía un nuevo vestido, lo que favorecía que pudiese mostrar las partes de su cuerpo que habitualmente están ocultadas bajo sus ropas. – Me las hicieron los bucaneros… Intentaron sobrepasar los límites que ningún humano debería cruzar. Y lo consiguieron… – Una lágrima descendía sobre su rostro. Pero todo era mentira. Alzeid no conocía a los bucaneros y no eran una banda que se caracterizase por la violencia física. Pero habían robado unos planos de un cuartel militar del gobierno y él tenía que recuperarlos, así como también impedir que continuasen realizando contrabando en aquella isla. Pero fue imposible. Nadie sabía nada, así que tendría que reportar que los bucaneros no habían aparecido por aquella isa en más de una semana. – ¡Gracias, señor! – Expresaba cierta gratitud en sus palabras, aunque por dentro estuviese dolido por no encontrar información relevante. ¿Alguien se había parado a pensar en el informe que tendría que redactar para justificar toda aquella semana? Echó las manos a la cabeza, pegó un grito, suspiró... y comenzó a caminar en dirección a Akarui, en donde se reuniría con el resto del grupo.
Durante su trayecto podían verse, en la distancia, las minas de Ilisia, aquel lugar en donde Alzeid tuvo la revelación que cambiaría y guiaría su vida. Se sentó en una de las rocas del camino y quedó un rato observando el lugar, viendo como diferentes grupos de personas se acercaban. Algunas porque tenían que trabajar; otras porque habían escuchado que una banda pirata se había instalado en aquel lugar. ¿Quién podría haber difundido esa información? Alzeid pronto lo descubriría.
Un par de horas después, y a punto de llegar a Akarui, una persona se interpuso en el camino de Alzeid. Su rostro estaba completamente oculto por una máscara de color blanco y vestía una larga capa que también escondía el resto de su cuerpo. – Por fin te encuentro. – Dijo, mientras se quitaba la máscara y la capa. Era una persona completamente común. Un hombre de edad media, quizá como Alzeid, moreno, de ojos oscuros… Nada relevante para indicar en una descripción. En un informe redactado por él, simplemente sería descrito como “un plebeyo”. – ¿Llevabas mucho tiempo buscándome? – Respondió con cierta sorna. La verdad es que no sabía quién era, pero su alma estaba en un estado tan débil que ni se preocupó. No le quedaba mucho tiempo en esta vida terrenal.
– Déjate de tonterías. Hace quince años asesinaste a mi hermano mayor. Pensé que nunca más te encontraría, pero el destino quiso que nos encontrásemos en aquellas minas. – Afirmó de forma contundente, mientras señalaba con su dedo índice las minas de Ilisia, ya poco visibles a tanta distancia.
– ¿Eras uno de aquellos plebeyos? ¡Pensé que todos habíais ascendido al mundo de las almas! – Pensó que estaban muertos, para matizar.
– Como he dicho, déjate de tonterías. Mi hermano murió a manos de la belleza asesina hace quince años y hoy he venido a ponerle fin. El destino ha querido que sobreviviese, a pesar de la imprudencia de Aimi, pero esto va a llegar ahora a su fin. – Desenfundó una espada de largas dimensiones. Quizá un metro y medio.
– ¿La belleza asesina? Me había olvidado completamente de ese rumor. Así me llamaban en la academia de los Cipher Pol, pero lamento decirte que yo no lo hice. – Suspiró. – Nunca se pudo demostrar y nadie quiso investigar. Lo siento por el alma de tu hermano, que no lo conocía, pero yo no tengo nada que ver. – No mentía. Alzeid nunca había asumido la culpa o la responsabilidad de aquel incidente, a pesar de que muchos de los estudiantes intentaron culparle por ello. – Quizá simplemente era débil… como tú. – Sonrió Por primera vez, no estaba mintiendo. Él había sido vinculado a ese caso pero siempre expresó no tener nada que ver. Alguien como él no sería tan poco inteligente como para cometer un asesinato en una academia del gobierno.
– Pa… ¡Pagarás por esto! – Comenzó a correr hacia Alzeid, entre gritos, apuntándole con la espada y con la clara intención de dañarlo.
Hace 15 años...
Alzeid había comenzado su entrenamiento como Cipher Pol en una academia de la marina. Llevaba tan sólo dos semanas y siempre seguía la misma rutina cada vez que se despertaba. Cada mañana, se levantaba una hora antes de lo habitual para seguir una rutina de cuidado facial y corporal especial, utilizando diferentes cremas y aceites para mantener una piel suave y un cabello iluminado. Para él, era muy importante cuidar el cuerpo, ya que era el recipiente de las almas, su esencia, lo más importante que poseía una persona. Por esta rutina y su comportamiento, fue objeto de varios insultos por gran parte de sus compañeros e incluso tutores. No vamos a reproducir aquí los agravios verbales que le dirigían, por lo ofensivos que resultan, pero la persona lectora puede imaginarse cuáles eran los calificativos que empleaban para referirse a él en aquel centro de entrenamiento. Sin embargo, de un día para otro, estos episodios cesaron hasta el punto en el que los soldados comenzaron a profesar cierta adoración hacia Alzeid, algunos de ellos incluso cediéndole parte de su comida, aunque a él esto no le interesaba. De hecho, comer no era una de sus pasiones, ya que decía que "las comidas no son alimento para las almas" y, por ello, no le interesaba. Comía para no perder las fuerzas, pero nada más.
Nadie parece saber el motivo concreto de este giro de los acontecimientos, aunque todo apunta a que se debe a la aparición de un soldado muerto en el patio interior del cuartel. La persona en cuestión estaba completamente desfigurada y, este es el detalle que más llamó la atención de las personas del centro, su pelo y su rostro eran las únicas partes del cuerpo que estaban enteras y bien cuidadas. Maquilladas, incluso. Desde entonces, se corrió el rumor de que ‘la belleza asesina’ habitaba en aquel lugar y no se le podía enfadar. El profesorado ignoró por completo estos rumores, claramente centrados en Alzeid -la referencia a la belleza y la aparición de un cadáver maquillado eran evidencia de estas acusaciones-, principalmente porque él era el objetivo de un incesante acoso cada día desde su entrada en el centro hace más de medio año. Por ello, entendieron que una ofensiva de este calibre no podía ser llevada a cabo por alguien como él y dejaron de centrarse en él. El cambio de comportamiento en los soldados, que comenzaron a admirar a Alzeid, tampoco les llamó la atención y lo consideraron un ‘juego de niños’.
Pese a esto, fueron muchos los que intentaron conocer la verdad detrás de este suceso. Normalmente se acercaban a Alzeid con un pedazo de comida o algún otro detalle -principalmente utensilios de estética- y aprovechaban el momento para preguntarle. – Oye... ¿has oído hablar sobre ‘la belleza asesina’? Dicen que es uno de nosotros... – Era la pregunta más recurrente. Alzeid nunca dirigía su mirada hacia ninguno de ellos, sino que la mantenía firme hacia lugares que le llamaban más la atención. Como el cielo... o una pared. – ¿Crees que es importante la muerte de un cuerpo? ¿Acaso no es más interesante conocer... qué esconden nuestras almas? – Solían ser las palabras que pronunciaba después de este tipo de preguntas. – Vayamos a entrenar... Antes de que alguna otra persona vuelva a morir, ¿te parece? – Continuaba, mientras pasaba su dedo índice por el cuello del soldado en cuestión. Esto atemorizaba a cada uno de los jóvenes que se acercaban a él, lo que no hacía más que alimentar la leyenda detrás de ‘la belleza asesina’. Llegados a este punto, era algo que hacía sólo por el morbo de la situación, porque después de que cincuenta personas le preguntasen lo mismo constantemente... le cansaba. En cualquier caso... nunca se descubrió qué fue lo que sucedió.
En el presente…
Alzeid dejó que aquella espada encontrase un final en su torso. Utilizando el poder de su fruta, endureció su cuerpo hasta tal punto que aquella punzada, dirigida por un plebeyo sin ninguna cualidad destacable, fue similar a la que le produciría la picadura de un mosquito. Insignificante. – Lamento decirte que mi alma es especialmente resistente a las espadas. – Sin perder la sonrisa, desenvainó su katana y realizó un corte vertical en el abdomen de aquel enemigo, sin ningún tipo de miramiento. Sus ropas se despedazaron y su cuerpo cayó desplomado, poniéndose de rodillas frente a él y sin articular ninguna palabra. Había cometido numerosos errores desde su aparición, pero no es nuestro trabajo citar todos ellos. El primero y más evidente… no saber manejar una espada y desconocer a quién se enfrentaba. – ¿Acaso no has visto cómo Aimi intentó lo mismo y no triunfó en su intento? – Continuaba sonriendo. – Tu hermano murió porque era débil, pero entiendo que te lamentes por la pérdida de su alma. – Guardó la katana y junto ambas manos, como si estuviese rezando. – Séptimo mandamiento. Un alma, un rezo. – Cerró los ojos y suspiró. – Pero tranquilo… – Posó su mano derecha sobre la cabeza de aquel plebeyo, como si fuese una especie de ‘salvador’. – No vas a encontrar aquí tu final. Tu alma no es destacable, pero todavía no me transmite que quiera ser liberada, así que te vendrás conmigo. – Extendió su mano derecha y golpeó el cuello del enemigo, lo que provocó que cayese inconsciente en sus pies. Recogió su cuerpo, lo cargó sobre su hombro derecho y comenzó a caminar hasta el cuartel más cercano, que casualmente era la base G-19. – Os dejo este regalo. – No tuvo que identificarse, ya que el cuartel de la isla era conocedor de la llegada de un grupo de agentes del gobierno. – Está vinculado a Glatus, pero no seáis demasiado duros con él. – Le guiñó un ojo al marine que estaba en la entrada del cuartel, que estaba visiblemente sonrojado ante la llegada de Alzeid. – Me… me… ¿Me darías tu número? – Tartamudeaba de los nervios. Alzeid no le respondió, no tenía ningún interés en aquella persona, así que simplemente levantó la parte inferior de su vestido para dejarle con las ganas de conocer… su número de teléfono. – Adiós. – Se despidió moviendo su mano derecha de un lado a otro, mientras lanzaba besos al aire.
Volvió a su trayecto inicial, dirección Akarui. – La belleza asesina... Me había olvidado completamente de ese rumor. – Soltó un par de carcajadas. Algún día, quizá, utilizaría y reivindicaría ese apodo como propio, pero por ahora no lo había hecho. Y tampoco quería hacerlo, aunque le parecía atractivo. Tenía enganche. Con cierta nostalgia por aquellos tiempos pasados, continuó su camino hasta encontrarse con el grupo de agentes. – ¡Vuestra alma bella ha llegado! – No podía utilizar su apodo como broma, pues no lo entenderían, así que lo modificó un poco. – ¿Cuál es nuestra próxima misión? – Se apoyó en la pared, esperando indicaciones.
Alzeid había encontrado un nuevo grupo con el que crecer dentro del gobierno, pero… ¿qué es lo que su alma quería realmente? Sonrió y alzó la mirada al cielo. – Ánima… – Susurró, sin pronunciar ninguna otra palabra.
Aclaraciones
