Murmullos del destino [Pasado]
#1
Las campanas resonaban tras cada paso que daba, y como siempre, Zhang caminaba lentamente bajo los rayos matutinos del sol, y la brisa traía consigo el canto lejano de unas aves. Eran, tal vez, las 11:00 a.m., aunque para Zhang eso no significaba mucho. El tiempo se medía en pasos, no en relojes. Sorbet lucía tranquila esa mañana, y no era la primera vez que venía a aquella iglesia a rezar… o simplemente a sentarse en silencio o con silencio, no estaba seguro. Total, no había mucho que hacer a esa edad más que conversar con los dioses… y con uno mismo.

Se encontraba justo al lado del templo, apoyado en su bastón, observando el paso del tiempo frente a sus ojos, cuando un alboroto repentino comenzó a crecer entre la gente. Zhang reaccionó con un leve resoplido, casi instintivo, y le dedicó unos minutos de su vida a las sorpresas del destino. Un grupo de personas se agolpaba frente a la iglesia, cuchicheando, apuntando, con caras confundidas. Zhang frunció el ceño y golpeó el suelo con su pezuña. Las palabras ajenas eran una de las debilidades de aquel anciano Mink, no por chismoso (o si), sino porque creía que de los murmullos a veces brotaba la verdad. Y aquella verdad parecía jugosa.

Afinó su oído, que no era tan joven como antes pero aún servía, alcanzó a distinguir una palabra. - Un huevo - repitió en voz baja -Hmmm... Silencio, no - murmuró con ternura, rascándose la oreja mientras alzaba con cuidado entre sus pezuñas al pequeño mono, que se removía inquieto dentro de su túnica. El animal lanzó un chillido breve y curioso, como si adivinara que aquello traería problemas... o aventura.

Zhang levantó su ceja buena y permitió que la curiosidad le invadiera el cuerpo entero. ¿Qué clase de huevo podía causar semejante revuelo?  - Hmmm... sólo hay una forma de saberlo.- Fue entonces que Zhang comenzó a desvanecerse, como un fantasma. En ocasiones, su habilidad traía ciertas ventajas. El frío invadió su cuerpo, pero lo toleró con una mueca. Se acercó al grupo, elevándose unos metros para observar desde el cielo lo que sucedía. Silencio, desde su pecho, asomó la cabeza con los ojos bien abiertos. El espectáculo apenas comenzaba. 
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
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#2
Balanceó el hacha de arriba hacia abajo, descargando un tajo sobre el grueso trozo de madera que tenía frente a ella; este se partió a la mitad y ambos pedazos salieron volando a los costados. Levantó uno de ellos, lo colocó sobre el tronco cortado que usaba como mesa y repitió el procedimiento.
El sudor le corría por la frente; desde las nueve de la mañana llevaba apilando pequeños trozos a su derecha, ayudando a la iglesia con una tarea que nadie le había pedido, pero ella no era una mujer de quedarse quieta y sentada si no era para meditar, o fumar.

De un corte dejó clavado el hacha en el tronco que servía como mesa y se limpió la frente con el Obi que llevaba desabrochado —Debo darme un baño —pensó en voz alta mientras respiraba profundamente para recobrar el aliento que había gastado tras tantas horas cortando madera.
Caminó hasta la terraza donde había dejado su piel de lobo, de la que sustrajo entonces una pipa, colocándose la boquilla entre los labios y poniendo en el cuenco un poco de su planta favorita para la meditación; usando su propio dedo, encendió la hierba desde arriba, dándole una calada profunda.
Con una sonrisa calma, se colocó la piel de lobo a la espalda y salió de allí hasta el empedrado principal de la iglesia, donde encontró un cuchicheo y tumulto repentino. Sus pies se encaminaron sin pensarlo hasta detrás de la multitud.

“Un huevo”, repitió en su mente y la curiosidad afloró, abriéndose paso a la vez en que observaba disiparse en el aire una especie de humo hasta el cielo; —¿Una fruta? —se preguntó, intuyendo las posibilidades; sin embargo, para cuando se dio cuenta, el grupo le había dejado al menos un metro de espacio entre sus cuerpos y el de ella.

Desprendía su característico olor que todos notaban menos ella; aun así, se atrevió a preguntar —¿Qué pasa? —dijo, mientras uno de los miembros de la iglesia explicaba —Nos hemos encontrado este huevo hace un rato, pero no hemos querido moverlo —dijo, y tras otra calada de la pipa, que dejaba el humo a hierba y su característico olor, Lan se colocó de cuclillas y con la mano formó un espacio casi circular alrededor del cascarón que comenzó a calentarse —Creo que… si está por nacer, lo sabremos, y si no; bueno… alguien se lo quedará para comérselo —dijo, mientras comenzaba a salir cierto vapor desde el piso.

Lan despegó la mano y compuso una sonrisa, espectante al mismo tiempo en que subía la vista para ver que aquella nube seguía sobre sus cabezas, observándola con curiosidad, tratando de diagnosticar qué debía hacer al respecto. Mientras… esperaría.
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Karmas
#3
Murmullos del Destino
Iglesia Austro de Sorbet
Había venido hasta la Iglesia Austro. Por supuesto, unicamente iba de paso: cargando una caja de cartón llena de víveres en mi antebrazo izquierdo mientras caminaba despreocupadamente desde la entrada hasta la puerta, saludando a los devotos; a mitad de las hileras de madera y avanzando en su interior agachado en un principio tanto por respeto y cortesía hacia sus pequeños marcos de madera como para no sentirme más alto que nadie, recorriendo un ancho pasillo cubierto por un extenso morado, observado por la curiosidad hacia mis alas negras y siendo así recibido por la figura de un hombre con ropas oscuras y una hebilla blanca a la altura de su cuello.

La mirada del feligrés reposo sobre mi, intrigado, sin palabras, y aunque si había estado repartiendo un discurso ante su gente cuando me vio llegar espero más mi acercamiento para verme de cerca y sonreír con la mirada, que era diferente a sonreír con la boca, guardando silencio por un momento, de manera que ninguno dijo nada y todo lo que hice fue bajar la caja de víveres de tamaño e intención generosa para dejar sobre su plataforma, porque no tenia intenciones de subir a predicar o de sentarme a escuchar junto a ellos, pero si había venido a esta iglesia o a cualquier otra era porque normalmente eran puntos benéficos en donde prestar algo de apoyo.

Él pareció entender mi intención con aquel gesto,
acercándose lo suficiente para mostrar gratitud,
entonces pregunto mi nombre ante las personas,
pero negué con la cabeza y decidí regresar afuera.

No había venido buscando reconocimiento por mis acciones o para encontrar un sentido de pertenencia con esta comunidad sino unicamente porque pensaba en quien pudiera necesitar comida o bebida, aunque fuera poca. Entonces, había terminado de dar lo que había traído a este lugar y aunque fuera un poco descortés de mi parte tampoco sentía la necesidad de compartir con ellos las alabanzas que les hacían sentir en confort y seguridad, razón por la qué una vez de regreso a la intemperie, lejos del aroma del incienso, las altas paredes ceremoniales y la figura de sus ídolos, había llegado nuevamente a la entrada esta vez buscando el aroma de la naturaleza.

Pasado — en Reino de Sorbet,
#4
El aire alrededor de Zhang se había vuelto frío y húmedo gracias a aquella fruta blanca que había comido hacía unos años. - Hmmm…-Disfrutaba del placer de enterarse de algo nuevo, pues la vida llenaba de momentos interesantes la, a veces, aburrida existencia de aquel viejo monje, que flotaba en el aire como una pequeña nube blanca, atento a todo lo que sucedía a sus pies.

Sus orejas se movían al unísono cada vez que escuchaban las voces debatir, y aquellos oídos cansados por los años lograron captar unos pasos firmes. El sonido era profundo y potente, y, de pronto, una voz femenina apareció en la escena. Zhang no pudo contener el asombro ante el porte y la energía que emanaba aquella chica de cabello rojizo. Agudizó su único ojo bueno y, como pudo, comenzó a observar lo que estaba a punto de suceder. Aquella curiosa mujer se apoderó del lugar y, en cuestión de segundos, se encontraba frente al huevo, expectante como los demás. Se trataba de una mujer con un hacha, vestida con ropa de corte oriental y con una pipa entre los labios; sin duda, una belleza única en esos lugares.

Desde aquella posición elevada, casi invisible para la multitud, Zhang Guolao mantuvo su vista fija en ella, mientras comenzaba a calentar el huevo con sus manos desnudas. Pronto, un vapor comenzó a emanar desde el suelo de Sorbet. En cuestión de segundos, el color del cascarón cambió a un tono rojizo, y la temperatura aumentó de forma notable. -  ¿Una Akuma no Mi? - se preguntó Zhang, intrigado.

Justo cuando iba a dejar de jugar al fantasma y volver a ser un viejo burro, Zhang alcanzó a ver un ser alado con ropas oscuras y un aura tranquila. Como era inevitable para él, observó todo con una curiosidad infantil, fascinado por el acto de bondad que aquel gigantesco hombre estaba ofreciendo a las personas de Sorbet. Hacia años no veia a alguien de ese tamaño, y por alguna las razones del destino, aquella isla no dejaba de sorprenderlo.

El cascarón rojizo comenzaba a emanar un olor diferente: tal vez a madera, a fogatas y, por supuesto, a quemado.
- Hmmmm… - Resopló Zhang. Ya había visto suficiente, por lo que comenzó a descender para mezclarse entre las personas, mientras el frío invernal se alejaba de su pelaje. Apretó el bastón contra el suelo y caminó despacio hacia el huevo. A veces, en la vida, no solo es cuestión de mirar. - Ummm… huele a huevo asado, señorita - murmuró con voz suave y tranquila aquel viejo burro, que se agachó respetuosamente. Zhang golpeó el suelo para llamar su atención. El calor era abrumador, y de pronto comenzó a sentirse acalorado. -Una increíble habilidad tiene en sus manos - murmuró, asombrado, mientras el cascarón comenzaba a moverse poco a poco, fracturándose.
Zhang Guolao
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#5
Lan esbozó una sonrisa mientras se ponía en cuclillas, notando aquel ser que los veía desde arriba, y como este incluso desviaba la mirada para observar todo a su alrededor. Exhaló una bocanada de aquella mezcla de hierbas en su pipa y comenzó a sentir los efectos de la planta astral.
Hubo algunas pequeñas expresiones de sorpresa, pero, a pesar de eso, Lan mantuvo la temperatura baja aunque lo suficiente para poder hacer que eclosionara.

—Tal vez no debería estar haciendo esto —dijo entonces mientras que notaba como el espectador bajaba de su vista privilegiada y Lan volvía a ponerse de pie, colocando una mano en su cintura mientras observaba con cuidado el huevo, intentando mantener y controlar la temperatura para que no hiciera daño a nadie. Aunque ella no se sentía particularmente acalorada, no más de lo normal.

—¿Usted cree? —lo observó entonces al hacer acto de presencia “Quien lo diría, un mink...” pensó, curveando la sonrisa en los labios y desactivando el poder de su akuma no mi —Yo diría que está listo —comentó entonces, cuando el aire se llevó el calor que había producido y la tierra dejó de tener una coloración rojiza.
—Gracias, según lo que vi, también tiene habilidades increíbles —dijo devolviendo el cumplido, tendiendole la pipa luego de frotarla contra su capa de lobo en señal de una buena intervención.

El cascarón se fracturó, la gente volvió a arremolinarse un poco para ver qué era y allí nació un ave; el huevo era más grande de lo que sería el de una gallina, así que, que fuera un pequeño polluelo estaba descartado.
—¿Se habrá caído de algún árbol? —preguntó la mujer en voz alta, aunque en su mente esto no tenía mucha importancia. Estaba vivo, y era lo que importaba.

—¡Lo siento señoritas y señores!, parece que no comeremos huevo hervido hoy —comenzó a decir Lan en medio de la muchedumbre (pues no se había movido de lugar), para que poco a poco comenzaran a perder el interés y despejaran el lugar.
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Karmas
#6
Las hembras de todas las especies tenían un poder misterioso que, a pesar de sus años, no lograba aún entender. La chica había logrado un acto tan mágico, que era dar vida a aquel extraño cascaron. 
Zhang, quien estaba medio ciego, hizo todo el esfuerzo para poder ver mejor a aquella chica que, ya en el suelo, era mucho más imponente y hermosa.

El animal muerto en su espalda le hizo estremecer un poco, y tal vez sentir algo de miedo. —Ese que tienes en la espalda se parece a un primo —intentó decirlo en un tono gracioso, aunque sí tenía un primo parecido—. Verá, los cruces de Minks pueden ser muy variados —explicó Zhang, mientras se encogía de hombros un poco.

Aquel burro se sonrojó un poco por las palabras de halago de aquella mujer, o tal vez por el calor que ella emanaba. Zhang estaba muy curioso con ella. —Zhang Guolao, Ermitaño del Mar, un gusto, señorita —Zhang se inclinó con respeto—. Soy el protector del poder de la nieve. —Zhang entendía y a su vez no entendía cómo funcionaban las Frutas del Diablo.

—Ni idea, los Minks no comemos animales con pelo, pero si no tiene pelo, se ve delicioso —Zhang se rio de una forma algo exagerada: ¡HYAAAA - HYAAA¡a-hiaa En serio le había dado un poco de hambre. Silencio salió de entre sus ropas e, irritado por la risa de Zhang, comenzó a tirarle de los bigotes con rabia, pero estos terminaban convertidos en nieve, por lo que se irritaba aún más.

—Su nombre es Silencio, preséntate, pequeño. —El mono comenzó a chillar palabras que solo Zhang comprendía, pero no parecía nada bueno. Luego agitó una mano como si entendiera y se cruzó de brazos, mirando al suelo frustrado.

—Vaya que me encuentro personas curiosas en Sorbet —dijo Zhang, recordando los tantos encuentros que había tenido en su poco tiempo allí—Creo que deberíamos dejarla en algún lugar a la criatura, y si la llevamos a la iglesia?—Dijo aquel viejo burro, con una sonrisa gigante, no era capaz de comerse a un recién nacido. Su panza sonó un poco, Zhang comenzó a calentarse, y esa sensación era algo que hacia muchos años no habíabia logrado sentir, y aquello hizo que el Mink se llenara de recuerdos cálidos de su vida, y por esto sonrió con sinceridad. —Que te ha traido al resguardo de esta iglesia señorita?— Pregunto aquel monje chismoso. 
Zhang Guolao
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#7
No hay ni habrá basura inútil que reflexionar. Mi ser, simple y directo, tras obrar sobre completo por capricho y aportando con sincero desinterés a la iglesia no pensó ni busco excusas por las que perderse entre aquella gente, porque no importaba fueran verdaderos feligreses ni tampoco buscaba perseguir a la aprobación o los cumplidos que empezaban a llegar hasta transformarse en suficiente motivo como para blasfemar en su gratitud y regocijo, avanzando sin necesidad o deseo de escuchar la vida de otros, apartando bruscamente todo lo que cruzaba sobre mi camino hasta que una pequeña niña de 4 o 7 años detuvo mi avance ofreciéndome una flor silvestre del patio.

Lo sabia claro porque era una flor pequeña incluso entre sus dedos de infante pero la sinceridad de su gesto seria suficiente como que tomara la decisión de cesar, observando su figura como sí ella mereciera algo de apreciación, tal vez deseando una oportunidad de nunca olvidar su manera de pacificar, pero sea cualquiera el caso le acepte y disponiendo mis rodillas lo suficientemente agachadas busque con mi índice y pulgar tomar de este simbolismo, porque no era la flor valiosa por sí sino la mirada ilusionada en el pequeño rostro que aportaba esperanza sobre una vida de dificultades dispuestas por complejidades económicas, problemas familiares o quien sabe que tanto.

A manera que, luego de tomar la flor que resultaba todavía más pequeña en mi inmenso cuerpo simplemente di una sonrisa y asentir que en conjunto parecían un ademan con el cual educadamente me despedía de la pequeña, rodeándole para no estorbarle, porque reconocía su valor y por muy dulce que fuera igual estaba decidido sobre marcharme por la enorme puerta de iglesia, anticuada y de 10 o más metros, pero como fuera igual me largue, disponiendo un pequeño gesto para colocar la pequeña flor en una cartera de cuero mientras que rebuscaba en mis bolsillos algún aperitivo que me hubiera quedado, entonces lo encontré una pequeña bolsa de maní salado.

Me gustaba el maní por lo que empecé a tomar de esté una pieza a la vez procurando un autocontrol que desde incluso comenzar debo de admitir que no estaba seguro poder cumplir, simplemente busque disfrutar mi lugar, apreciando el paisaje alrededor de la iglesia, observando alguno que otra figura arbolada mientras intentaba en mi propio tiempo disfrutar un camino que se alejaba cada vez más… pero entonces notaria un olor singular.

-Ugh que rayos ¿quién mierda huele a culo sucio?- reclame, frunciendo el entrecejo y buscando apartar la vista sobre este aroma que no sabia si era de quemado o de melaza pero sencillamente me había entrado de sorpresa en la nariz
#8
Protocolo: Moderación
Estado: Activado
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Bip-Bip
Pacifista Activado

TEMA CERRADO


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