03-12-2025, 07:02 PM
15 de invierno, año 16
Era un día de invierno tan frío como de costumbre, el cielo estaba encapotado, imposible saber si llovería o no, pero gracias a mi Akuma no Mi eso no sería un problema, siempre podría encerrarme dentro de mi caparazón y esperar a que escampase. Siendo así, y teniendo el día libre, decidí salir a pasear un rato, aún esperábamos las órdenes para ir al bar "El pelón" y ya de paso, igual en algún momento conseguía encontrar a Cinder que desapareció misteriosamente días atrás. El pueblo no perdía encanto en este clima, la sensación veraniega que emanaba en contraste con el feroz clima dejaba un ambiente casi nostálgico, más aún viendo las calles, que solían rebosar vida, vacías, nadie quería estar a la intemperie con el frío y el viento.
Durante mi paseo decidí pasar por el faro, me gustaba mirar el mar desde los acantilados, más cuando este estaba embravecido. Era algo triste la verdad, ahora sabía que nunca más podría volver a nadar, era algo que siempre disfruté desde pequeño pero, a fin de cuentas, la habilidad de la Kame Kame valía por mucho el intercambio, tener la habilidad de convertirme en tortuga no era solo algo divertido, durante mis entrenamientos pude ver que me otorgaba un poder y una resistencia mucho mayores de los que tenía anteriormente, unos poderes que me permitirían ayudar a la gente y cumplir mis sueños.
Mientras observaba el horizonte pude ver en el mar un pequeño bote, demasiado pequeño como para soportar la agitada marea, le hice señas para avisar de que regresase a la costa pero entre la distancia y el ruido del viento era evidente que no podía oírme, así que me dirigí a la costa para intentarlo desde allí. Una vez en la costa pude percatarme de que aquel barco no era más que un amasijo de troncos penosamente atados con cuerdas viejas y quien lo navegaba parecía ser difícilmente más que un niño. Ante una gran ola el bote del pequeño se hundió así que decidí saltar al agua en un intento desesperado por salvarlo, olvidándome del pequeño detalle que significaba el no poder nadar, así que antes de poder hacer nada perdí la consciencia entre las rocas y las mareas.
Desperté en la costa, cerca de los acantilados donde estaba situado el faro, y a mi lado estaba el muchacho, que resultó no ser un humano, era un Gyojin como yo, un hombre-besugo de muy baja estatura —Como se te ocurre saltar al mar con este temporal si no sabes nadar ¿Eres muy valiente o muy tonto?— Me dijo. —Un poco de las dos Jajaj-*COUGH COUG*. Como sea, gracias por ayudarme ¿Pero que intentabas hacer con ese intento de bote en un temporal como este?— Me parecía una locura, pero si era un gyojin supongo que tampoco había tanto riesgo. El muchacho me respondió —Necesito llegar a Isla Kárate, quiero ser un maestro en el kárate Gyojin— Ciertamente había escuchado acerca de las distintas artes marciales que había, pero nunca me planteé aprender alguna, siempre pensé que con mi fuerza bruta sería suficiente pero, el conocimiento nunca está de más —Ya veo. Y supongo que no tienes barca ¿Eres de Baterilla?— —No, soy de Sorbet, salí a navegar con mi bote pero naufragué aquí con el temporal— Su situación era bastante compleja, pero ¿A quien se le ocurriría salir a navegar con un bote en esta época del año?
Decidí acompañarlo al puerto, había oído que el viejo Paterson iba a ir a Kárate pronto así que igual podía alargarlo hasta allí. Por el camino se presentó de forma más formal, su nombre era Kuririn y se había criado solo en los barrios bajos, nunca conoció a sus padres ni tuvo amigos donde nació, por eso quería ser fuerte, lo que no sabía es que ya lo era, solo alguien fuerte seguiría adelante después de la vida tan dura que había soportado hasta ahora, y seguía siendo un niño. Le acaricié su escamosa cabeza mientras caminábamos y le dije —Eres un buen chico Kuririn, muy maduro para tu edad— A lo que respondió mientras intentaba zafarse de mi mano con dificultad —¡Madura tu abuela gilipollas! Tengo treinta años— El mundo era sin lugar a dudas un lugar enorme...
Una vez en el puerto nos encontramos con el viejo navegante, que accedió dejar subir a Kuririn. El pequeño estaba muy agradecido, y mientras el barco se alejaba de la costa me gritó —¡¡Pásate por el Dojo si vienes a Kárate, entrenemos juntos algún día!!— A lo que simplemente respondí moviendo mi pinza de un lado a otro en señal de despedida.

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