El destino de un hombre | P. Relativo | Auto. T1
#1
Invierno, día 42. Año 16.

La mañana despuntó, luminosa y fría, firma del invierno que se encontraba en su apogeo. Las temperaturas debían rondar el negativo, prueba de ello el rocío congelado que había impregnado el césped de la isla y convertido las praderas en un manto blanco y brillante. Parecido a la nieve. El suelo crujía al pisarlo y las aves cantaban bajito, apiñadas en sus nidos para darse calor entre ellas. Los más diligentes las escuchaban. Los que madrugaron para cumplir con sus tareas y obligaciones. Hombres y mujeres responsables que iban a trabajar. Niños medio dormidos que se dirigían a la escuela. Todos ellos andaban a paso lento, taimados y sumamente pacientes con la pesadumbre de la helada en las piernas y el frío pesando en sus párpados. Pisaban tan ligero que apenas dejaban huella en la tierra. Los rayos del sol, aunque hicieran fuerza e iluminaran vastamente el pueblo, estaban demasiado lejos de poder competir con los vientos helados del sur.

De las tejas anaranjadas goteaba el rocío, lo que formó, con el correr de las horas en el frío más intenso, pequeñas estalactitas de hielo.

—¡Papá! ¿Ves eso? ¡Los techos tienen dientes! —exclamó un niño que caminaba junto a su padre hacia la escuela—. Tienen muchos dientes. ¡Y están babeando! Iugh…

El padre rio entre dientes por la ocurrencia de su hijo.

—¿Has visto? Son los dientes del sur. Solamente aparecen los días más fríos del año. ¡Pide un deseo! Si uno se rompe y cae mientras lo haces, quizá se te cumpla.

Un invento rápido, una mentira piadosa que encendió en los ojos del pequeño el brillo de la más pura e inocente ilusión. El niño miró a su padre, como buscando una confirmación de lo que acababa de decir, y, tras ver como este asentía, cerró los ojos. Los cerró con fuerza. Apretó los labios, las manos —formando pequeños puñitos— e hizo fuerza con el cerebro para gritar para sus adentros su deseo.

—¡Hmmmmya! ¡Listo! ¿Se cayó uno? ¿Viste alguno caer, papá? ¿Lo viste? —interrogó, ansioso, tras abrir los ojos. Tironeó la chaqueta de su padre varias veces en el proceso.

—¡Jajajaja! Hijo, tranquilo, estoy seguro de que…

Silencio.

Los ojos del adulto se toparon de pronto con algo que no se esperaba encontrar. Algo que jamás en la vida se hubiera imaginado. En el tejado, justo encima de las tejas a las que se aferraba el hielo, había un hombre. Cabello blanco, ojos rojos y… estaba semi desnudo, ocupando nada más que unos pantalones anchos para cubrir sus piernas. Sin remera, sin zapatos, sin gorra, guantes o medias. Ni siquiera una tímida bufanda. Estaba de cuclillas sobre el tejado y miraba hacia abajo, donde él y su hijo se hallaban. ¿Cuándo había aparecido? ¿Acaso llegó mientras el niño tenía los ojos cerrados y él se encontraba muy ocupado mirándolo?

—¿Papá? ¿Quién es ese señor?

—Ah…

Las palabras se agolpaban en su boca pero morían antes de ser pronunciadas. La imagen era demasiado surrealista y su cerebro había entrado en cortocircuito al ser incapaz de procesar lo que sus ojos veían. Mientras tanto, el hombre, que más que un hombre parecía ser una aparición, un espíritu del invierno pues, al parecer, era inmune a sus efectos, parpadeó. Eso le confirmó que se trataba de un ser humano. Los espíritus no parpadeaban.

—Ese es…

Logró hilar dos palabras y eso fue todo. Volvió a enmudecer. Esta vez, porque la aparición se movió. Sí, ese hombre de cabello blanco movió su brazo y con la mano derecha golpeó toda una hilera de las pequeñas estalactitas de hielo. Las partió, y estas cayeron al suelo en secuencia. Una detrás de otra, levantaron una diminuta nube de vaho y trozos diminutos de hielo.

—¡Uwah! ¡Sí cayeron! ¡Mira, papá, cayeron! Entonces mi deseo se va a hacer realidad, ¿verdad? ¡¿Verdad que sí?!

Los ojos del niño brillaban como dos estrellas. La ilusión estaba tocando su techo y ahora, de una u otra forma, el deseo del niño parecía destinado a hacerse realidad. Fuera por designio divino o trabajo de su propio padre.

La aparición sonrió de forma amplia y maliciosa, sin despegar su mirada del hombre.

—¡Ahora cumple, viejo! —dijo, y, mientras se alejaba dando un gran salto hacia otro tejado, su gélida carcajada se dejó escuchar en la calle—: ¡SHIHAHAHAHAHA!



Enji aterrizó en el siguiente tejado, saltó al próximo y desde allí, al siguiente, desplazándose por la ciudad a toda velocidad. El frío del invierno calaba en los huesos de la gente, pero él tenía la protección —y la maldición—, del fuego. El mismo fuego que lo había quemado y arrebatado todo de su anterior vida, ahora vivía consigo y lo acompañaba a todos lados. Ardía en sus cicatrices, en su piel, que nunca dejaba de transpirar humo y ceniza.

Encendió un cigarrillo cuando llegó al último tejado y se lanzó abajo. Aterrizó en la calle, despoblada y silenciosa, pues era muy temprano y estaba demasiado lejos del centro del pueblo. En esa zona, la gente se levantaba todavía más cerca del amanecer. Llegaba tarde para ver a nadie partir hacia el campo.

—Ese pendejo de mierda… ¡Me las pagará! —Una vena se marcaba en su frente, inflamada a causa de la rabia que le producía el recuerdo de cierto muchacho—. Y también esos idiotas de la 117. ¡Era mi pelea! ¿O no, Ford? —Hizo una pausa, esperó por su respuesta, pero el gato nunca maulló—. ¿Ford? —Echó un vistazo hacia atrás, después otro a cada costado y se revisó bajo el pantalón—. Ah, pucha, cierto que se quedó en el cuartel. Enano malcriado, ni que hiciera tanto frío.

Pero lo hacía. Estaban en el punto álgido del invierno, cuando las temperaturas más bajas salían a relucir. Desde allí, todo lo que seguía sería un aumento progresivo en dirección a la cálida primavera y el posterior —e infernal— verano. Pensarlo le daba dolor de cabeza.

Tras confirmar que el minino no estaba, Enji se dirigió a las afueras del pueblo y se alejó, cuanto pudo, de la urbanización. Se perdió en una zona de pastos altos y pocos árboles, un claro amplio y despejado con excepción de una gran piedra que ocupaba su límite sur. Se paró en el centro, recto y tan alto como era, y miró a su alrededor. Las hierbas salvajes se movían con el viento y acariciaban su figura, que, como la piedra un poco más allá, era de lo poco que se interponía en la corriente que provenía del sur.

Apretó sus puños y presionó la punta de sus dedos contra la palma con tanta fuerza que un líquido empezó a brotar. Un líquido morado.

—Hijo de puta. Es cierto, ¿no? Esto eres, y esto soy ahora.

Había preguntado en el cuartel. Pisoteó su propio orgullo para pedir ayuda, guía, y alguien supo decirle. Alguien supo ponerle un nombre a la fruta que se había comido cuando, inocente o estúpido, creyó dar con una nueva variedad de manzanas. Una manzana morada.

—Doku. Veneno. Shi shi… ¿No es gracioso? Es hilarante… —Se rascó el cuello mientras la risa pedía surgir, pero la contenía—. ¡Putísimo veneno! ¡SHIHAHAHAHA!

Y, con la risa, algo más surgió.

Veneno.

Una densa nube brotó de sus poros, de su boca, nariz y ojos, como si se estuviera convirtiendo de adentro hacia afuera en ese gas violáseo. Más y más brotaba, acompañando sus desquiciadas carcajadas. La nube creció, creció y se expandió hasta cubrir un área de veinte metros a su alrededor donde todo moría. Las plantas empezaron a marchitarse hasta convertir sus tallos en amarillentos y esqueléticos palos, apenas capaces de soportar el embate del viento. Mismo viento que, cuando la carcajada menguó, se encargó de despejar el gas venenoso. Pero Enji no lo dejó. Desde el epicentro del claro y de la nube tóxica, algo cambió, y la nube de veneno se deformó a causa de una fuga en su centro. El gas empezó a moverse, a girar y congregarse en el centro, como atraído hacia un sumidero. En ese centro, el marine se encontraba parado. Y, cuando el veneno se despejó, volvió a mostrar su figura. Solo, quieto, empapado de… ¿sudor?

—Hijo de puta… Shi shi… Shihaha… Qué cansada es esta mierda. —Se desplomó de rodillas, rodeado de una tétrica pintura de muerte y dolor. Los pastos altos habían caído, achicharrados por el nocivo gas que se vieron forzados a respirar. El suelo congelado se convirtió en suelo amarillo, inerte.

Muerte, muerte y más muerte, todo lo que podía conseguir con una fruta como esa. A eso parecía estar destinado. Veneno. Dolor. Muerte.

Venganza.

Estaba decidido antes de que naciera. Así es como el mundo se desdoblaba y mostraba su verdadera cara. Algunos ganaban la capacidad de sanar, poderes extraños, bizarros, hasta divertidos. Él no. Entre todas las frutas, la más ligada a la muerte… ¿era la suya?

Enji sonrió.

Cuánta ironía.

—Y pensé que el rey de los efectos dramáticos era ese viejo de Karate… —musitó por lo bajo mientras se incorporaba.

Se puso en pie y caminó hasta la gran roca del sur. En ella apoyó su mano derecha, sintió la suavidad de la piedra y su tiempo, sus años, incalculables, custodiando la ciudad. Y los destruyó. El veneno fluyó de su mano, como un líquido viscoso y violeta que poco a poco melló la roca. La derritió, licuó su interior e hizo colapsar su estructura, que cayó y se hizo pedazos.

—Castigo… solo eso —susurró, y sintió su respiración agitada. El corazón palpitaba fuerte, galopaba en su pecho, y la sangre ardía en sus mejillas y pecho—. Tengo mucho que practicar con esto.
#2
✓
Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 15

— Berries: 10k

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