El Sol, La Playa y... ¿tú qué? (Pasado)
#1
Atardecer del 28 Verano, Año 16
Playa, Isla Baterilla

Pueblo chico, infierno grande, o eso dirán muchos. Para Miga Jero, el verdadero infierno era el calor, el exceso de ropa y la falta de agua salada. El verano era su estación preferida, no por la temperatura, sino porque era la excusa perfecta para andar en speedo, relajado y tranquilo en la playa.

Llevaba tiempo viviendo en Baterilla, se había convertido en un pedazo de su ser. La isla era pequeña, tropical, perfecta para alguien con su personalidad, sobre todo cuando se encontraba de vacaciones. La armada revolucionaria tenía un tiempo dándole un respiro y qué mejor que tomarlo en su isla favorita del South Blue, una que le recordaba a sus días de niñez correteando por la playa antes de ir a casa y ver cómo su madre se preparaba con el resto del elenco para los espectáculos en la taberna.

Se encontraba caminando sobre la arena contemplando el atardecer. Llevaba su trago en mano servido en un coco abierto improvisadamente. El revolucionario había pasado todo el día bañándose en la playa, bronceándose, ahora le tocaba relajarse y rehidratarse, o al menos esa era su excusa para los cocteles. Ya estaba acostumbrado a las miradas de todo tipo, sus ganas de andar en speedo sumadas a sus grandes atributos, altura y musculatura, causaban tanto interés como odio de parte de los espectadores. Pero, él era así, libre y relajado, uno viviendo en una isla costera y tropical no se debería esperar menos de ahí.

— Ugh… ¡Por qué ya te vas! —  Peleaba contra el sol, alzando ambos brazos al aire y azotando uno de sus pies contra la arena. — ¡Aún me falta homogeneizar el bronceado ayer estuve todo el día en playera! —  Continuó antes de tomarse de un solo trago todo lo que quedaba en su improvisado vaso y lanzarlo hacia el sol sin saber a donde fuera a parar.
  Responder
#2
Los veranos en Baterilla eran sofocantes debido a la densa selva tropical que rodeaba la isla, la cual retenía el calor y humedad durante todo el día, inclusive el aire se volvía pesado y las olas de calor obligaban a los habitantes a vestir ropa ligera para poder soportar las jornadas diarias. En el puerto donde el trabajo no se detenía hacia que los cargadores y estibadores sufrieran sin remedio alguno, expuestos al sol constantes y como una solución que lo amerita, recurrían a la mínima vestimenta posible para aliviar el calor mientras descargaban los navíos atracados en el pueblo.

Esta isla albera un hermoso pueblo conocido por la honestidad, solidaridad y calidez de su gente, quien visite Baquella podrá dar testimonio de la hospitalidad de sus isleños, siempre dispuestos a recibir a los viajeros como propios. Sus viviendas, aunque humildes, poseen un encanto particular puesto están construidas sobre cimientos de arena endurecida, reforzada hasta adquirir la resistencia de la arcilla natural, lo que da solidez a sus estructuras de paredes blancas, sobre ellas descansan tejados rojizos que coronan cada casa, cada edificio y cada monumento construido a mano de cualquier isleño. Todo era diseñado para ofrecer refugio tanto a sus habitantes como a los que venían desde islas muy lejanas, eran su bienvenida.

Durante esta temporada el muelle se volvía mucho más concurrido de lo habitual, los mercaderes permanecían atentos, buscando aprovechar el flujo constante de compradores para vender sus articulos hasta agotar las existencias, era la mejor temporada del año para conseguirlo, y en ese movimiento incesante también participaba el pequeño negocio de mi familia, donde todos colaborábamos para ofrecer la pesca de la semana a cualquiera que estuviese interesado en comprar moluscos de buena calidad, por suerte, gracias a la confianza tanto de los turistas como de los propios habitantes de la isla, logramos cerrar con éxito un día más de trabajo.

Aproveché el momento para relajarme a la orilla de la playa, normalmente no suelo ir a nadar salvo cuando el calor se vuelve demasiado intenso pero sentí que hoy era un buen día para salir de la rutina y hacer algo distinto a la música. Me puse un traje de baño blanco de una pieza, adornado con pequeños revuelos de tela y listones azules, encima llevaba una camisa blanca de botones, ligera, y fresca, disimulando un poco las curvas de mi cuerpo, y sobre mi cabeza estaba mi sombrero blanco de paja; decorado de igual manera con un listón azul celeste.

Con el atardecer proyectándose y a punto de desvanecerse en el horizonte, me senté en la arena a pocos pasos de la orilla del mar, con calma terminaba de colocar unas estrellas decorativas y algunas conchas de nácar que había recogido, las acomodaba con cuidado sobre un castillo de arena que había construido con esmero, hacía mucho que no hacía uno, la última vez fue cuando vine con mis sobrinas a pasar el rato y eso fue ya hace unos cinco meses.

Pero entonces desde el cielo cayó lo que parecía ser un coco partido a la mitad, estrellándose justo sobre mi castillo de arena y destruyéndolo por completo y en su lugar quedó apenas un montón de arena aplastada bajo aquel objeto extraño. Levanté la mirada hacia arriba, buscando con desconcierto si realmente estaban “lloviendo cocos”, luego volví a mirar lo que quedaba de mi castillo, en silencio, analizando qué había pasado.

—- ¿De dónde salió esto?.
[Imagen: miyoocheja.png]
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
[Imagen: file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png]
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: