Corazón que no siente [P.R., Entrenamiento Kenbunshoku]
#1
[Skypiea,
8 de primavera,
año 18]


Los días, junto con sus noches, pasaban en Skypiea a una velocidad vertiginosa. Resultaba difícil para Stroud asumir que el tiempo del que todos ellos disponían en aquel lugar mágico era limitado, muy limitado. El joven Marine permanecía sentado junto a una roca, no muy distinta de aquella sobre la que se había sentado Kaelith en el día en que le había mostrado la forma de dominar el famoso mantra, el haki de armadura en su forma más básica, implicase lo que implicase aquello. A escasa distancia de él corría otro pequeño riachuelo de nubes, de nuevo, no muy distinto al que él mismo había empleado para practicar en su obtención de la habilidad. Completamente ensimismado, el Marine introducía su mano en el río y la volvía a sacar, extrayendo del mismo algunos jirones de nubes que, al cabo de unos instantes, comenzaban a deshilacharse, dejando únicamente algunas gotas de agua condensada sobre sus dedos y deshaciéndose en el aire, bajo el calor del sol. Aquel día el viento soplaba con fuerza, alborotando constantemente, en una caricia incesante, los mechones de cabello que quedaban por fuera de su gorra blanca.

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"El haki de armadura...," pensó para sí, sosteniendo una minúscula nube entre sus dedos pulgar y corazón, pellizcándola como si de un pequeño ovillo de lana se tratase, "una forma de imponer la naturaleza propia a la del rival, de manifestar la voluntad de forma física sobre el mundo. En combate...," alzó la nubecilla en su mano antes de que se pudiese deshacer en el viento, observándola distraídamente y contemplando cómo los rayos de la luz del sol se filtraban a través de su delgada estructura, mientras los filamentos de agua empezaban a disolverse y a desaparecer entre sus dedos. Se preguntó sobre las formas de usar algo como aquello en combate, lo realmente interesante de la habilidad. De hecho, no la hubieran enseñado en un dojo como el de Kaelith si no hubiese tenido una función eminentemente ofensiva, ¿no? La nube ya se había deshecho, y colocó aquellos mismos dos dedos a ambos lados del amplio puente de su nariz, estrujándola de la misma forma que se estaba estrujando el cerebro. Pensó en su propia fruta y en la sencillez con la que podía amortiguar golpes externos debido a la consistencia que esta le proporcionaba. No era difícil suponer que existirían más habilidades como aquella en el mundo. Una imposición de la voluntad sobre lo físico... ¿hasta dónde se podría llevar algo así?

Se levantó de la roca, aún meditabundo, y echó a caminar a través de los majestuosos edificios de la magnífica Shandora. Aún se le hacía surrealista en grado sumo el hecho de estar en un lugar como aquel, de poder darse un garbeo sobre las mismas nubes como el que no quiere la cosa, por la mismísima cima del mundo —después de la Tierra Santa de Mary Geoise, claro está—, por la que solo un puñado de humanos antes que él habían tenido el privilegio de caminar, y aún menos Marines habían tenido la opción de izar los estandartes de la Justicia. La brisa corría con un frescor que pocas veces había sentido antes, incluso bajo aquel sol radiante que parecía calentar hasta las mismas piedras de una forma que le llegaba a recordar a su breve estancia en los áridos desiertos de Arabasta, poco antes de aquella experiencia casi lisérgica que estaba resultando ser la Isla del Cielo. Continuaba caminando, mientras el sol efectuaba su desplazamiento por los cielos, aún inalcanzable para él aun a aquella altura. Poco a poco, el paisaje urbano de Shandora, con sus edificios de oro, de un resplandor casi cegador, daba pie a un follaje más denso, repleto de la abundante flora que abundaba en Skypiea, de la que él mismo había tomado buena nota en su largo camino a la ciudad desde el Royal Quiver.

Sus pensamientos habían comenzado a derivar rápidamente hacia otras cuestiones, como un río incapaz de resistir la tentación de bajar por la ladera de la montaña. Volvían a arremolinarse en su mente pensamientos sobre aquella isla, aunque, más específicamente, sobre la facilidad con que escapaba de las garras de la ley, con el agujero que suponían lugares como aquel en la legitimidad del Gobierno Mundial. Llevaba las manos tras la espalda, y entre el índice y el corazón de la mano izquierda rodaba entretenidamente una moneda de un berry, que viajaba a través de sus nudillos fluidamente. Ni siquiera se dio cuenta en el momento en que comenzó a aproximarse a un poblado; había caminado durante un buen rato desde que había abandonado los últimos edificios de la esplendorosa Ciudad de Oro, y la humildad que mostraba aquel lugar no fue capaz de sacarlo de su ensimismamiento. Sí que se dio cuenta, sin embargo, en el momento en que comenzó a cruzarse con algunos de sus habitantes, que llevaban a cabo los quehaceres acumulados al término de los Juegos de Zarutsuki. Tenía sentido. Muchos de ellos traían de vuelta desde la ciudad, en carromatos o a pie, las mesas que habían empleado para vender sus enseres, o el stock que no hubieran logrado colocarle a nadie del Mar Azul durante los juegos. La pequeña población, bastante distinta en sus edificaciones y estética a la propia Shandora, parecía enormemente atareada, lo suficiente como para que nadie reparase, o al menos esa impresión daba, en la presencia del Marine.

Mientras su mente aún se debatía con las mismas ideas, extrajo un bloc de notas de su chaqueta y buscó un lugar en que sentarse. A no mucha distancia de él, reposaba el tronco de un árbol caído que parecía ofrecer el asiento ideal para la situación. Pasó las páginas de la libreta rápidamente, pasando por los dibujos que había hecho días antes de la propia Shandora, tomando nota de su arquitectura, y de los pequeños mapas que había esbozado de sus recorridos por Skypiea, hasta llegar a una página en blanco. Sacando una pluma, comenzó lentamente a bosquejar sus alrededores, las pequeñas construcciones del pueblo y los detalles de su manufactura, tan sumamente distintos a Shandora y, a su vez, tan distintos a la mayoría de estilos que uno pudiese contemplar en el Mar Azul.

"¡Eh, Marine!," declamó uno de los lugareños, deteniéndose junto a Stroud. Llevaba sobre sus brazos, apoyados contra su pecho, multitud de cubos en los que parecía llevar kilos y kilos de cangrejos y otros crustáceos. Parecía un birkaniano como los que había visto durante el transcurso de los Juegos, sin aquellas antenitas pero con unas alas de un tamaño algo mayor al que mostraban los skypieans. Stroud arqueó una ceja, preguntándose de dónde los habría sacado, antes de responder. Esperó de corazón que no fuese otro como Nichi, el muchacho que lo había retado a un duelo días atrás, y que había acabado con su visita al dojo de Kaelith. No estaba seguro de querer más problemas. "¿Sí?," respondió, bajando la libreta y clavando sus ojos en los de su interlocutor, dándole un instante para que revelase sus intenciones. "¿Has venido por la fiesta?," inquirió el lugareño, haciendo un ademán con la cabeza —debido a que sus manos y brazos parecían plenamente ocupados con aquel tesorillo de marisco que cargaba— en dirección a lo que parecía ser una gran carpa. Stroud vaciló por un instante. No había oído hablar de ninguna fiesta y, de hecho, no podría haberle interesado menos el asunto. "No, debe de ser un malentendido. Me he encontrado con este lugar de casualidad," explicó, haciendo un ademán de volver a su libreta y sus bosquejos, dando la conversación por finalizada y esperando que lo dejase en paz. El lugareño, sin embargo, no se movió del lugar, y no parecía dispuesto a desistir fácilmente. "¡Ven, hombre! Te lo pasarás bien. Creo que no viene nadie más del Mar Azul, vamos a ser solo nosotros," explicó. Stroud no supo del todo bien a qué se refería con "ellos", y no estuvo seguro de que aquello fuese algo necesariamente bueno. "No se preocupe," reafirmó Stroud, "en cuanto acabe de dibuj..." Fue a continuar, pero el birkaniano, con una sonrisa radiante, alargó uno de sus brazos, haciendo equilibrios con los cubos de cangrejos, y rodeó sus hombros, instándole a levantarse. "La Justicia que me parió," musitó Stroud para sí, poniéndose en pie y volviendo a guardar la libreta en el bolsillo interior de su chaqueta.

A trompicones, ambos avanzaron hasta la enorme carpa, desde cuyo exterior era posible percibir el bullicio que estaba teniendo lugar dentro. "Soy Lakoo, por cierto," dijo el birkaniano con amabilidad, antes de correr a un lado la pesadísima cortina que actuaba como puerta al lugar, y que era tan densa que bien habría podido consistir en las pieles de diez animales unidas en una única cortina. Dentro parecía estar a punto de comenzar lo que era, a todas luces, un pequeño banquete entre unos cuantos habitantes del poblado. "¡Toma asiento, toma asiento, con confianzas, hombre!," exclamó Lakoo. Ninguno de los presentes pareció excesivamente sorprendido ante el hecho de que el birkaniano hubiese traído a un invitado de última hora; no debía de ser la primera vez, ni la segunda. Stroud se preguntó si habría hecho la misma jugarreta con otros habitantes del Mar Azul antes. Miró a su alrededor, alejando de la alargada mesa una de las escasas sillas libres, y contemplando al resto de asistentes al banquete, o lo que fuese aquello. Todos eran, sin duda alguna, habitantes de Skypiea, con aquellas características ropas, y él parecía ser el único humano. Supuso que a eso mismo se había referido Lakoo. Era, en cierto modo, todo un honor que abriesen sus puertas de aquella manera a un habitante del Mar Azul, de quienes muchos de ellos, sin duda, habrían oído historias más que cuestionables. En el techo, colgando de la gran viga de madera que sujetaba la estructura de la carpa, colgaban varias lámparas de aceite que proyectaban sus oscilantes luces sobre los presentes, pronunciando sus sombras. Sobre la gran mesa se amontonaban decenas de platos y bandejas de comida; no tenía un aspecto lujoso, pero era sencillo adivinar que los ingredientes eran de buena calidad. Tal vez aquello fuese lo típico en la cocina del lugar.

En cuanto se sentó, notó que algunas de las miradas de los presentes fueron a parar en él, si bien no comenzaron a apabullarlo con preguntas inmediatamente, ni siquiera al reparar en el uniforme que portaba, tan distinto al vestir de todos ellos. Lakoo se había sentado a su lado. "¡Hoy tenemos un invitado del Mar Azul!," lo presentó el birkaniano, haciendo un ademán hacia el Marine, "¡que conozca la hospitalidad de nuestro poblado!". El resto de los presentes recibió la presentación con gestos de aprobación, asintiendo con la cabeza y sonriendo al recién llegado. Stroud arqueó una ceja, sonriendo y dando las gracias por la bienvenida. No tenía ni idea de cómo se había visto envuelto en todo aquel asunto, y tampoco tenía claro aún si aquello era una especie de extraña reunión familiar, un club de algún tipo o simplemente una junta de vecinos. Algunos de los demás invitados cuchichearon entre sí, afirmando que, de hecho, habían podido reconocer al Marine dada su —poco destacada, todo sea dicho— participación en los Juegos de Zarutsuki. Stroud contempló los platos, comprobando que aún nadie se había lanzado a comer, y optó por esperar por paciencia a que el resto diese el almuerzo por inaugurado.

"¡Ahí llega nuestra última invitada!," exclamó Lakoo, haciendo un ademán de impaciencia con su tenedor. La cortina se había abierto, una ráfaga de viento inundando la carpa e inflando sus paredes. Una muchacha joven, tal vez más joven que el propio Stroud, para su sorpresa, se había plantado en el umbral. Era morena, de pelo rubio, y no demasiado alta. Vestía una túnica blanca y negra, con detalles dorados bordados a lo largo de la misma, y Stroud pudo distinguir dos alas blancas a su espalda, lo cual parecía confirmarla como otra birkaniana más. A diferencia del resto de recién llegados, la entrada de aquella muchacha pareció provocar un silencio bastante reverencial entre los asistentes, quienes, a su vez, parecían visiblemente contentos de verla por allí. Sin embargo, la visión únicamente duró unos instantes: aquella misma ráfaga de viento que había entrado con ella se intensificó, lo suficiente como para hacer parpadear las luces de las lámparas por un segundo y, finalmente, apagarlas, dejando la estancia casi completamente a oscuras. Todo se volvió negro una vez la pesada cortina se volvió a cerrar y el viento se desvaneció, quedando fuera de la carpa.

"Hala, qué aura tan interesante," oyó decir Stroud en la entrada, justo desde donde debía de encontrarse la recién llegada, "¿ese no es el de los Juegos?," inquirió repentinamente. Stroud, en la oscuridad, alzó una ceja, tragando saliva. ¿Cómo lo había reconocido en una oscuridad tan densa? Giró ligeramente su silla, situándose de forma que pudiese mirar en dirección a la recién llegada, aunque, naturalmente, no fue capaz de ver un pimiento en aquellas circunstancias. Se preguntó qué diantres estaba pasando allí, y cómo era posible que lo pudiese identificar con aquella facilidad. ¿Y a qué se había referido exactamente con aquello del aura?

Las luces volvieron a encenderse, a medida que el aceite de las lámparas volvía a prender, en lo que parecía ser una ocurrencia habitual en aquellas condiciones. La joven se había sentado a su otro lado, en oposición a Lakoo, y lo observaba con interés. "¿Tú no eras el que estaba entrenando con Kaelith?," inquirió, contemplando al Marine. Stroud frunció el ceño. En todo el tiempo que había pasado con Kaelith y sus discípulos, no había visto ni rastro de aquella chica por el lugar. En cualquier caso, asintió con la cabeza. "Sí, tuve el placer de entrenar con él por un día. Me enseñó a hacer...," miró a su alrededor, y buscó la llama de una de las lámparas de aceite. Se concentró, tal y como lo había hecho tantas veces hasta aquel momento, e intentó imitar justo lo que había hecho anteriormente con las nubes. Con sus dedos extendidos, situó su dedo corazón bajo el pulgar, acumulando fuerza en el mismo e infundiendo su mantra de armamento sobre el extremo del dedo, para, finalmente, dejarlo ir, golpeando la llama con su mano. En vez de simplemente perturbarse sobre la mecha, la llama fue físicamente golpeada por el dedo, como si de una pequeña piedra gelatinosa se hubiera tratado, y cayó de la mecha antes de desvanecerse. "... Esto," dijo, finalizando su frase, ante la atenta mirada de la joven. "¡Bueno, es hora de comer!," exclamó repentinamente otro de los asistentes, y todo el mundo se lanzó de cabeza sobre la comida aún humeante. La joven sentada junto a él no fue excepción, y comenzó a servirse con una madurez poco típica en su edad. Le recordaba, en cierto modo, a sí mismo.

Él hizo lo propio, y comenzó a participar del festín. Entre bocado y bocado, la rubia volvió a la conversación que aparentemente habían aparcado segundos atrás. Hubiera sido poco adecuado continuar hablando mientras el resto empezaba a comer, claro. "Sí, no me sorprende," aseguró la joven. "Soy Jalindra, por cierto," se presentó finalmente, tapándose la boca con una servilleta mientras se limpiaba cortésmente. Stroud asintió con la cabeza, y se dispuso a tragar. Sin embargo, con la prisa, alguna clase de huesillo de lo que fuera que estuviese comiendo se le atragantó, haciéndole toser repentinamente, sus ojos abnegándose en lágrimas. "¡Cof! Perdón," se disculpó el Marine, ruborizado. Jalindra rió con confianza. "Stroud Re...," corrigió rumbo una vez más, "Nanashi, un placer. ¿Qué era eso del aura, si no te importa que te pregunte?," inquirió finalmente, interesado, mientras tomaba algo más de carne de una de las fuentes. A su alrededor, la carpa se había tornado en un auténtico bullicio mientras todo el mundo comía, bebía y reía.

Resultaba complicado juzgar exactamente qué tipo de persona era Jalindra, pero una cosa era segura: se conducía a sí misma como quien sabe exactamente qué está haciendo. Los demás, asimismo, parecían guardarle cierto respeto, por lo que no parecía ser ninguna clase de ínfula sin fundamento, sino que realmente era alguien capaz, fuera cual fuera su rol en aquel lugar. A la joven, además, parecía gustarle tomarse su tiempo para masticar con tranquilidad y para contestar a continuación, sin prisa alguna. Sabía jugar sus cartas y no apresurarse a revelar toda su mano, y aquel era un hábito que le resultaba más que familiar.

"Ah, así que eso no lo sabes, ¿eh?," dijo Jalindra, socarrona, antes de tomar una cucharada de puré de patatas y, justo a continuación, un delicado trago de su copa. "No eres tan fiero como aparentas, Stroud Nanashi," dijo misteriosamente, "igual que esos colores que emanan de tu interior." Stroud arqueó una ceja, limpiándose los labios con una servilleta antes de responder a su interlocutora con preplejidad. "¿Qué colores, de qué hablas?," inquirió, girando su torso hacia ella y clavando su codo izquierdo sobre la mesa en una falta absoluta de protocolo. Jalindra no se inmutó, y siguió comiendo, mirando al resto de comensales como si tal cosa. "Tu aura. Es... hm," musitó, observándolo de arriba a abajo, viendo algo que, a ojos de Stroud, no estaba allí, como si estuviera examinando el mismo aire a su alrededor. "Centelleante, rabiosa. Empiza con colores carmesíes, y luego se calma en un azul profundo, como el mar," dictaminó, y continuó comiendo como si nada. Lakoo, que aparentemente había estado escuchando todo el intercambio con interés, soltó una carcajada. "¡Ja, ja! ¡Todo el mundo se queda así, no te preocupes!," dijo, dándole unos golpetazos en el hombro a Stroud, quitándole hierro al asunto. Sin embargo, el Marine se había quedado completamente perplejo. Aunque él no lo sabía, no era la primera vez que alguien era capaz de observar su aura en detalle. Tiempo atrás, en un suceso que el Marine seguramente hubiese preferido no recordar en aquellos instantes, el mismo Mar Cruel había contemplado la manifestación de su espíritu en silencio.

Era curioso porque tres de ellos escondían en su aura sin saberlo, la ambición de un conquistador. El primero y el más fuerte de los marines, el aura del rubio frente a mi, era electrizante y degradaba de un rojo sangre a un azul verdoso. Era potente y furiosa.


Los ojos de Stroud se entornaron, mientras el Marine volvía a disfrutar de la comida, al mismo tiempo que su interlocutora. No dijo nada, masticando con sosiesgo y deteniéndose a pensar en exactamente qué significaba aquello. ¿Era una habilidad de fruta también? Aquel había sido su primer instinto poco antes, en el momento en que había contemplado el empleo del Busoshoku por primera vez, y supo abstenerse de caer en la trampa. Sin embargo, aquella habilidad parecía gozar de una naturaleza radicalmente distinta a lo que Kaelith le había enseñado. No, no podía tener nada que ver... ¿O sí? Frunció el ceño involuntariamente, incluso segundos después de haber tragado la comida que estaba masticando, aún pensativo, y estrujándose el cerebro, intentando entender qué demonios pasaba realmente allí.

"Es el Haki de Observación. Mantra, como lo llamamos por aquí," dijo repentinamente Jalindra con discreción, como si le estuviese leyendo la mente. Stroud arqueó una ceja, sorprendido por lo certero del diagnóstico que parecía haber efectuado la joven. Parecía que el Marine no había ido del todo desencaminado al sospechar de que aquella habilidad podía no tratarse de otra dichosa fruta del diablo. Pero aquello, a diferencia del mantra que había aprendido a manos del maestro Lunarian, no parecía ir de imponer la propia voluntad sobre el mundo, ni de hacer tangible lo intangible, ¿no? No entendía nada. ¿Era tan versátil aquel conjunto de habilidades? ¿Podía Jalindra ver algo que los demás no, realmente? Stroud soltó el tenedor sobre el plato con delicadeza y llevó su índice y su pulgar al puente de su nariz, apretándolo desde ambos lados. Finalmente, se decidió. Mientras todo el mundo continuaba charlando y festejando, clavó su mirada con seriedad en los ojos de la joven. "¿Puede aprenderse?"

Jalindra no pareció capaz de contener una risilla, aparentemente divertida por la suma seriedad del Marine. "Si Kaelith te pudo enseñar el otro... No veo por qué no," dijo, examinándolo de arriba a abajo. Una vez más, a Stroud le dio la impresión de que podía ver mucho más allá de lo visible para cualquier otro, "¿crees que eres capaz?"



Antes siquiera de que terminase el banquete, Stroud esperaba en el exterior de aquel poblado, en pie, cruzado de brazos, mientras el viento volvía a revolver su cabello rubio y hacía ondular los pliegues de su camisa blanca. Empezaba a hacerse tarde, y, con el pasar de las horas y el inexorable avance de la tarde, el sol comenzaba a inclinarse ya hacia el horizonte; si bien aún quedaba un buen rato para que comenzase a atardecer, el sol ya no brillaba con aquel calor abrasador que había exhibido a mediodía. Finalmente, en la lejanía, pudo distinguir la silueta de Jalindra aproximándose hacia él. "¡No te impacientes tanto, Marine!," exclamó aún desde lejos. Stroud alzó una ceja, sorprendido, pero permaneció en silencio, hasta que la joven llegó hasta donde se encontraba.

"Es cierto que no tienes ni idea de qué estás intentando aprender, ¿verdad?," inquirió Jalindra, sentándose sobre una roca y observando con interés a Stroud. "Esto... Una... Imposición de la volunt...," el Marine fue incapaz de mentir, "no, no tengo ni idea." Jalindra asintió con seriedad, con apreciación por su honestidad, observando el claro en que se encontraban, y contemplando entonces el sinnúmero de árboles que se extendía más allá de ellos, como planteándose qué hacer. Se fijó entonces en las tres rocas que se encontraban detrás de Stroud, que se encontraban prácticamente en una línea recta, separadas entre sí por unos siete u ocho metros entre cada una, y pareció tener una idea. "Déjame el pañuelo ese," ordenó, señalando con autoridad hacia el pañuelo azul que Stroud llevaba al cuello como parte de su uniforme. El Marine la miró con extrañeza, y ella se limitó a asentir reiterativamente con la cabeza. Tras un instante de vacilación, Stroud desató el nudo del mismo y lo lanzó hacia Jalindra, que, para su sorpresa, lo plegó en una especie de venda y la ató en su cabeza, cubriéndose los ojos, aún sentada sobre la roca. "Elige una roca," se limitó a ordenar.

Stroud tenía la sensación de que le estaban tomando el pelo de alguna manera, pero, como había hecho con Kaelith, optó por confiar en lo que fuera que estaba intentando enseñarle Jalindra. Miró las rocas por un instante, y optó por la tercera, subiéndose sobre la misma y quedando en pie, cruzado de brazos. "Estás en la tercera roca," dijo Jalindra, con naturalidad, sus piernas colgando de la roca en la que se encontraba sentada. Stroud negó con la cabeza. "Eso es porque me has oído caminar," protestó, pero ella negó de vuelta. "Vale, pues prueba otra vez," dijo Jalindra, tapándose los oídos con ambos índices. Stroud respiró hondo y, en lugar de cambiar de roca, prefiriendo jugar con sus expectativas, se quedó de pie sobre la tercera roca. "¡Vamos!," exclamó Jalindra con impaciencia, como si pudiera verlo, "no te has movido de la tercera, ¿es esa tu elección?," inquirió. Entonces, Stroud, no sin cierta frustración, dio un salto con todo el sigilo que le fue posible, aterrizando pesada pero grácilmente sobre la primera de las rocas. Observó a Jalindra con una medio sonrisa socarrona. "Primera roca," dijo ella sin vacilar, y la sonrisa de Stroud, tal y como había venido, se fue. No dijo nada, asimilando lo que estaba viendo. ¿Era posible?

"Ahora, prueba a atacarme," ordenó Jalindra sin moverse del lugar. Stroud entornó los ojos, colocándose en cuclillas en la roca sobre la que se encontraba y preguntándose si hablaba en serio. "¿En serio?," preguntó el Marine, rascándose el mentón. "No te puedo oír," le recordó Jalindra, "pero no te preocupes, confía en mí." Stroud se encogió de hombros, contemplándola por un instante antes de comenzar a caminar hacia ella. Sin embargo, antes siquiera de que pudiese alcanzarla, Jalindra dio un potente salto, alejándose de él y quedando de espaldas a él. Stroud concluyó que aquello podía atribuirse a la suerte y a un afortunado cálculo del tiempo. Se dirigió entonces hacia ella una vez más, corriendo hacia sus espaldas. En el momento en que estuvo a punto de alcanzarla, Jalindra sonrió y dio otro salto, volviendo a colocarse sobre la roca en la que había estado sentada inicialmente. "Ahora sí me querías pegar, ¿eh?," dijo, divertida, llevando sus manos a la improvisada venda y retirándola de sus ojos.

"¿Qué es exactamente lo que estás haciendo?," inquirió Stroud, volviendo a aproximarse a la roca. "Ver sin ver, como dicen algunos cursis," respondió ella, lanzándole la venda de vuelta. Stroud la atrapó al vuelo. "Mantra de observación," dijo finalmente Jalindra, "o haki de observación, o Kenbunshoku Haki, o color de la observación," explicó, "tiene mil nombres." "Como el de Armamento," comprendió Stroud. Jalindra asintió con la cabeza, "eso mismo," confirmó, "pero es muy distinto. Si lo que te enseñó Kaelith te permite imponer tu voluntad, por ejemplo... El Kenbunshoku Haki te permite algo distinto: percibir la voluntad. Permite percibir la presencia de los demás a través de sus auras. Es lo que te decía antes. La presencia se visualiza a través de una manifestación de colores y formas que...," dijo, antes de detenerse, "bueno, ya lo descubrirás. Ponte la venda."

Stroud suspiró y, tras un segundo, envolvió sus ojos con la venda, atando un nudo con firmeza tras su cabeza. Se filtraba algo de luz, pero de ninguna manera era suficiente como para distinguir nada, y muchísimo menos con la suficiente precisión como para seguir una figura en el espacio. En efecto, y como había cabido esperar, no veía un pimiento.

"¿Y cómo se supone que ves?," preguntó el Marine. "No esperarías hacerlo a la primera, ¿verdad?," preguntó de vuelta Jalindra. Stroud evitó la tentación de retirarse la venda y, en su lugar, se cruzó de brazos, intentando ver. "No estás intentando ver con los ojos, ciérralos. Olvídate de ellos, de hecho. Estás intentando percibir. No es algo material, es percibir la presencia espiritual, ¿entiendes?," explicó. Stroud asintió con la cabeza, pero lo cierto era que no tenía ni pajolera idea de qué estaba hablando. Jalindra comenzó a desplazarse, caminando arriba y abajo a través del claro en que se hallaban.

Cerró los ojos, tal y como había ordenado Jalindra. Oscuridad, evidentemente. Sin quererlo, de forma instintiva, cometió el error que hubiese cabido esperar de cualquier principiante: intentar localizarla físicamente. Sintió el rumor del viento sobre sus oídos, la forma en que sus pisadas rozaban la hierba y la forma en que se movía contra la fricción del aire. Incluso involuntariamente, su cerebro intentaba echar mano de cuantos datos podía disponer, aun careciendo de información visual, intentando localizarla geométricamente en base al lugar en que se había encontrado, según sabía, justo antes de que él se colocase la venda. Su cabeza se movía instintivamente hacia donde calculaba que debía de encontrarse Jalindra.

"No te he dicho que juegues a hacer el murciélago," dictaminó Jalindra repentinamente, como si estuviera viendo exactamente lo que intentaba hacer. Stroud no se dio cuenta hasta entonces de que había estado intentando hacer algo muy distinto a lo que se suponía que debía aprender a hacer. Con resignación, Jalindra cambió de estrategia. Mientras continuaba caminando, esta vez asegurándose de no hacer ni el más mínimo sonido durante su desplazamiento, agarró un puñado de piedras del suelo. Una a una, las fue lanzando en direcciones aleatorias mientras iba de un lugar para otro, confundiendo y abrumando el oído de Stroud. Este intentó seguir los sonidos al principio, e incluso su cerebro, de alguna manera, hizo un ademán de intentar calcular su posición en base a la manera de lanzar las piedras y a triangular dónde podía hallarse en el claro. Esta fue, sin embargo, una tarea crecientemente imposible. El Marine exhaló con fuerza a través de sus fosas nasales, intentando ahora abstraerse, paradójicamente, del ruido. De aquella manera, Jalindra había hecho que Stroud evitase guiarse a través de lo que no correspondía al Kenbunshoku Haki. O, al menos, esa era su intención.

Lo cierto es que al Marine le costaba enormemente desentenderse de sus sentidos físicos; era demasiado intuitivo, demasiado natural... "Demasiado fácil," pensó para sí, haciendo un esfuerzo por ignorar cualquier rastro de sonido, o de la escasa luz que se filtraba a través de la tela de la venda sobre sus ojos, o incluso el mismo roce del aire. Todo era una potencial pista, y todo podía despistarlo, guiarlo en la mala dirección: todo podía desviarlo de aquel particular camino que se había decidido a tomar. Respiró hondo, colocándose en cuclillas e intentando vaciar su mente. Jalindra continuaba yendo de un lado para otro, produciendo sonidos y movimeintos con el fin de despistarlo; una piedra lanzada hacia un lado, una roca pateada hacia otro, giros repentinos y cambios de dirección en intervalos irregulares y sin un patrón reconocible. Intentó abstraerse, dejando atrás el mundo físico, si es que tal cosa tenía algún sentido.

Sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo. De forma intuitiva, sin siquiera pensarlo, se cubrió los oídos con las manos, cortando de cuajo su propio acceso a cualquier distracción auditiva. Todo, lejos de volverse más tranquilo, se volvió, de alguna forma, más ruidoso. Los estímulos que antes le resultaban más sencillos de ignorar empezaron a golpear con más fuerza: las vibraciones que, al menos, creía sentir en el suelo, la forma en que el aire se movía y sus turbulencias ante cualquier movimiento en las proximidades parecieron amplificarse ante la ausencia de sonido. Contra aquello no cabía solución fácil, como lo que había hecho con sus oídos: debía abstraerse de ellas como pudiese. Cerró los ojos con mayor fuerza, apretando sus párpados y frunciendo el ceño en el proceso. Todo se volvió aún más oscuro, si cabía, o tal vez fuese aquella su impresión. Sintió el viento rozando su piel, las vibraciones del suelo, la tierra bajo sus botas... Y, poco a poco, todo aquello se fue disolviendo en un maremágnum que, lentamente, empezó a antojársele cada vez más distante. Fue entonces cuando lo notó: un pequeño destello, si acaso un fogonazo minúsculo, en la distancia. De forma refleja, giró su cabeza en la dirección en que había percibido aquello, y, una vez más, los estímulos físicos comenzaron a invadir su percepción. Él no pudo verlo, pero Jalindra asintió con aprobación, y se abstuvo de decir ni una sola palabra. Stroud había mirado en su dirección.

El joven se preguntó si aquel había sido un paso en el buen camino o, por el contrario, un desvarío fruto de su propia imaginación, de la sugestión de estar intentando encontrar algo a lo que aferrarse en aquella extraña experiencia. Repitió el proceso, dejando que las distracciones se acumulasen sobre sí como un gran balde, para luego dejarlo caer y volcarlo todo de golpe, dejando que lo abrumasen al principio, y se desvaneciesen después. El ciclo fue el mismo: la falta de percepción, y luego el exceso, a medida que la sensación y la fuerza de todo cuanto se movía en el mundo exterior parecían manifestarse con toda potencia sobre su piel, para luego alejarse, dejarlo ir, dejarlo disolverse en silencio, oscuridad. Intentó visualizar los estímulos físicos, por abstracto que pudiese resultar el concepto (o tal vez precisamente por ello), como un torbellino que primero se agrupaba y crecía en tamaño, luego golpeaba, y, si se lo permitías, volvía a alejarse para continuar con su camino en paz. Dejó que la paz, la ausencia de cualquier perturbación del mundo, abrumase todo de forma natural, simplemente dejándola crecer, como un jardín asalvajado. Y, entonces, volvió a sentirlo: allí, en mitad de la oscuridad, vio una nueva llamarada, un fogonazo que hizo que, instintivamente y una vez más, girase su cabeza en otra dirección, hacia donde Jalindra realmente se encontraba. Esta vez, pudo verlo un poco mejor: la llama tenía, de alguna manera, una forma que se asemejaba a una silueta antropomórfica, aunque no físicamente, sino... Era difícil de explicar. Él mismo no era capaz de ponerlo en palabras en su propia mente, pero tal vez de eso se tratase. La presencia de Jalindra se manifestó ante sus ojos como una pequeña llama de colores, que, de forma inexplicable, parecía transmitir algo a través de su espectro, algo más allá de lo meramente visible. Sin embargo, la visión apenas duró más de un instante, y volvió a desvanecerse con la misma rapidez con que se había materializado, a la vez que el roce del aire tomaba su lugar y volvía a hacerse presente en la misma mente de Stroud.

Algo le destapó los oídos, y el sonido del viento, por sutil que fuese, y el de todas las cosas que lo rodeaban lo abrumaron, volviendo a su percepción como un torrente. Arqueó las cejas, aún cegado por la venda sobre sus ojos, e intentó, en vano, buscar con la mirada qué había pasado. Jalindra se había aproximado para destaparle los oídos. "Parece que vas bien," lo felicitó, "pero vamos a hacerlo un poco más difícil. Ahora lo vas a intentar sin taparte los oídos, escuchando todo." Jalindra sabía que aquel había sido un primer paso fundamental, una forma de encontrar el hilo del que tirar, pero, una vez hallado, el Marine debía empezar a soltarse poco a poco y por sí mismo, el equivalente de quitarle los ruedines a la bicicleta durante el proceso de aprendizaje. Stroud ya sabía qué había encontrado, y sabía qué debía buscar en adelante; como un sabueso, ya tenía el rastro, ahora quedaba volver a encontrarlo y seguirlo contra viento y marea.

Jalindra prosiguió entonces con su rutina, caminando alrededor en todas direcciones, clavando sus talones súbitamente en el suelo a mitad de trayecto y cambiando bruscamente de dirección sin seguir ningún patrón que Stroud pudiese identificar, asegurándose de hacer todo el ruido posible con cada pisada, y continuando con el continuo lanzamiento de piedrecillas de un lado a otro, sobrecargando la audición de Stroud al más mínimo intento que este hiciese, consciente o inconscientemente, de seguirla a través del sonido. En contraste con momentos atrás, cuando había tenido los oídos tapados, cada minúsculo ruido del ambiente asaltaba la percepción de Stroud como un relámpago, como un golpe de tambor en medio de un silencio sepulcral, como un placaje a través del aire. Se abstuvo de volver a taparse los oídos, por mucho que sus instintos se lo estuviesen pidiendo a gritos con cada crujido de una rama, con cada silbido del viento y con cada uno de los atronadores pasos de Jalindra. Poco a poco, todo el sonido empezó, como lo había hecho el tacto del aire en la ocasión anterior, a disolverse en una masa informe y a volverse relativo, como algo de lo que uno pudiese alejarse casi a voluntad, desasociándose del mundo que lo rodeaba en un esfuerzo activo. Lentamente, todo cuanto lo rodeaba comenzó a abrumarlo, como aquel gran balde que imaginaba para sí, para gradualmente desaparecer, alejarse de su percepción. De alguna forma, estaba en silencio. Podía oír, pero, al mismo tiempo, podía no oír, si es que algo así tenía algún sentido. Dejar que el sonido se convirtiese en la misma oscuridad que percibían sus ojos.

Y entonces, por un breve instante, volvió a verla: aquella llama que, de alguna forma, sabía que era Jalindra, caminando claro a través, desplazándose, su intención manifestada como movimiento, sabiduría y, ante todo, una colosal paz interna, tranquilidad. Stroud no solo giró su cabeza en dirección a la presencia, sino que fue capaz de seguirla con la mirada por un momento, y Jalindra tomó buena nota de ello, pendiente de cualquier movimiento del Marine. La llama volvía a tener la forma de la joven, aunque, en esta ocasión, más que una forma vagamente antropomórfica, la presencia le dio la impresión de gozar de una forma propia, de una disposición verdadera que indicaba el movimiento de Jalindra en tiempo real, en mitad de la oscuridad percibida. Sin embargo, una vez más, la forma, tal y como había venido, se fue: en el instante en que una piedrecilla golpeó contra otra en un ángulo que pilló a Stroud desprevenido, su concentración se fue al traste, así como el dique de contención que había construido en su mente para mantener a raya el estímulo del sonido. La llama se disolvió en un abrir y cerrar de ojos (figuradamente hablando), deshaciéndose como si alguien le hubiese vaciado un cubo de agua encima, dejando tan solo un fugaz destello tras de sí. Stroud rechinó los dientes con frustración, maldiciendo para sí. "La Justicia que me parió," masculló con rabia incontenible.

"Bien hecho," oyó decir a Jalindra desde la distancia, "vuelve a hacerlo." Por un instante, le fue imposible localizarla a través del sonido, y fue consciente de que aquello era, lejos de lo que pudiese parecer, todo un éxito. Estaba logrando olvidarse del mundo físico, ni que fuera por unos instantes, para centrarse en aquella verdadera percepción que predicaba el aprendizaje del Kenbunshoku Haki. Sin embargo, la sensación le había dado algo de vértigo; ¿era realmente recomendable alejarse tanto de los sentidos físicos, del mundo real? Barajó la posibilidad de que lo más clave en aquel entrenamiento, más allá de la obtención del dichoso mantra en cuestión, fuese la flexibilidad a la hora de acoplar y desacoplar sus sentidos a voluntad, la capacidad de no permitir que ninguna percepción lo abrumase si él no lo deseaba, de alejarse o acercarse a lo físico a voluntad, de construir aquel dique de contención y poder cerrarlo o abrirlo a conveniencia. Naturalmente, no era factible aislarse por completo, en el sentido más literal del término, del mundo, pero podía haber algo en aquella capacidad de abstracción que requería el Haki.

Era hora de volver a intentarlo. Una vez más, le fue difícil evitar taparse los oídos y ahorrarse el trabajo, pero sabía que aquel era el camino a seguir. La idea no era que resultase sencillo. Se cruzó de brazos, asegurándose así quitarse de cualquier movimiento, involuntario o no, que le hiciese las cosas más sencillas, y se dejó absorber por la percepción del entorno. Pasaron segundos, y lo que a Stroud se le antojó como minutos, uno detrás del otro. Aquel mismo torrente de sonidos y sensaciones que lo envolvía lo abrumó en un principio, si bien menos de lo que lo había hecho antes, y poco a poco volvió a alejarse, disolviéndose en el silencio una vez más, y dejando que la calma lo llenase todo en su lugar. Inspiró profundamente, llenándose los pulmones todo lo posible, y expiró, dejándolo salir medida y controladamente, como abriendo una válvula lentamente. Volvía a estar en aquella quietud, en aquella tranquilidad; el ruido, las sensaciones, todo estaba allí, pero había dejado de estar. Habían pasado a ser un ruido de fondo, como la lluvia cuando ya ha pasado un rato y uno ha dejado de prestarle atención; llega un momento en que se sigue pudiendo oír, pero ya no se escucha, casi como un ruido de estática que no quiere molestar a nadie. Algo así ocurría con el ambiente a su alrededor, del que lograba desasociarse por un instante, y entonces, solo entonces, venía la calma. Y junto con la calma...

Se centró en sus ojos; o, más bien, en no usarlos, pero sí su vista. Debía volver a ver aquella llama, entrar en aquel estado de percepción, regresar a la misma sensación que le había invadido anteriormente, entre cuyas turbulencias había sido capaz de percibir la existencia de algo más allá de lo físico. Se dejó envolver por la metafórica oscuridad, arropándose en ella y dejando que invadiese todo, que la nada lo acunase una vez más, meciendo el lecho de su percepción. Y, una vez más, algo brilló. No era un brillo físico, como el que uno pudiese percibir con los ojos, ni siquiera como aquellas lucecillas que algunos ven cuando los cierran; era un brillo de otro tipo, que parecía trascender lo meramente visible, y definitivamente imposible de explicar con palabras, que desafiaba toda comprensión racional del mundo. Pasaron los segundos, y, una vez más, los minutos. Jalindra continuaba caminando, haciendo ruiditos de toda clase para despistar a Stroud, pero aquel ya no era asunto suyo; una vez más, se había alejado lo suficiente como para dejar de percibir cuanto no fuese necesario. El brillo que había podido sentir se intensificó, y fue capaz de seguirlo con la figurada mirada, girando su cabeza de forma instintiva hacia donde aquella presencia parecía manifestarse con mayor potencia. La llama volvía a aparecer frente a sus ojos, la presencia de Jalindra volvía a manifestarse. ¿O era que había vuelto a encontrarla? Fuera como fuese, allí estaba otra vez. Los sentimientos que emitía, de alguna manera de nuevo imposible de transmitir en palabras, parecían más definidos, dentro de lo inherentemente abstracto de su cohesión, y la paz que rezumaba parecía anteponerse a todo. La llama ardía, en cambio, enérgicamente, y Stroud podía contemplar cómo se desplazaba en una dirección en particular. Se preguntó si, haciendo uso de su vista real simultáneamente, sería capaz de yuxtaponer aquella percepción con la del mundo físico para obtener una visión completa. Se estaba adelantando de más, claro. En aquella ocasión, una vez más, fue capaz de contemplar la llama por algo más de tiempo, antes de que esta volviera a disolverse, extinguiéndose a medida que Stroud luchaba por mantenerse en aquel estado de percepción particular, en una demanda de concentración que no fue capaz de suplir.

Una vez más, y de forma refleja, su cabeza había seguido a la perfección el movimiento de Jalindra, esta vez durante varios segundos, y siendo capaz de visibilizar su trayectoria por varios segundos, y aquello no le había pasado desapercibido a la joven. Una vez más, se aproximó hasta el Marine, haciendo un ademán de aprobación con la cabeza, y Stroud sintió una pequeña presión sobre la venda que cubría sus ojos. "Bien, ¿listo para volver?," inquirió ella. Sin darle tiempo a responder ni a quejarse, retiró la venda de sopetón, deshaciendo el nudo detrás de su cabeza. La luz inundó sus ojos, abrumándolo en un destello cegador. Aún cegado, sin poder ver, buscó con el tacto el pañuelo, que acababa de caer al suelo, y, en una secuencia de movimientos que ya tenía completamente automatizada, volvió a atarla alrededor del cuello de su camisa. Sus ojos, entrecerrados y cegados, comenzaron poco a poco a acostumbrarse de nuevo a la luz del sol, mucho más radiante de lo que recordaba. Lenta y gradualmente, las formas a su alrededor empezaron a manifestarse como sombras, y luego como figuras con más matices, recobrando poco a poco su nivel de detalle. Continuaba de cuclillas, y, no sin cierta pesadez, se incorporó de nuevo, alzándose y volviendo a quedar a su altura habitual, resoplando.

"Aprendes rápido," concedió Jalindra, volviendo a alejarse de él, "pero ahora viene lo más difícil." Fue a continuar, pero Stroud terminó la frase por ella. "Ver viendo," puntualizó el Marine. Jalindra, aún de espaldas, asintió con aprobación, esbozando una sonrisa de satisfacción y, al mismo tiempo, de anticipación. En efecto: abstraerse del mundo físico podría ser un paso previo y útil para continuar aquel camino, pero de nada servía en combate, donde uno no tenía tanta libertad para simplemente vendarse los ojos y taparse los oídos. El Kenbunshoku Haki, si Stroud no lo había entendido mal, no consistía en sustituir el resto de sus sentidos, sino en añadir uno más a su colección de herramientas. Si ver sin ver era importante, aún más importante era ver viendo, como había concluido el Marine de forma lógica. Jalindra ni siquiera pareció considerar necesario explicarle el siguiente paso a seguir.

Paradójicamente, en aquella ocasión, su primer instinto fue cerrar los ojos para concentrarse, pero sabía que debía abstenerse. Debía ver viendo, como él mismo había concluido. Nada de tomar el camino fácil. Su mirada siguió a Jalindra mientras esta caminaba de un lado para otro. Una vez más, la percepción física se arremolinaba en torno a él como un gran y abrumador torrente, haciéndose con todos sus sentidos; al sonido y las vibraciones se sumaba entonces la vista, mucho más potente que cualquiera de ellos a la hora de robar su atención para sí, y la cual se convertía en una muleta de la que resultaba enormemente sencillo, demasiado sencillo, depender a la hora de percibir el mundo. Cerró los ojos por un instante, pero volvió a abrirlos al cabo de un momento, al tomar conciencia del gesto. Jalindra soltó una pequeña carcajada, contemplándolo, mientras seguía caminando de un lugar para otro. Stroud continuó siguiéndola con la mirada, mientras, una vez más, empezaba aquel proceso de alejarse del mundo, del ruido, de la luz. Pero era mucho más difícil así, claro. Pasaron los minutos, y Stroud continuaba, aparentemente, simplemente observando en silencio. En su cabeza, sin embargo, el ruido era absolutamente atronador, mientras su mente peleaba con la misma conceptualización de lo que intentaba hacer, y que chocaba frontalmente con el muro de la realidad. Pero aquel era un muro que podía derribarse.

En plena oscuridad, alejado por completo de sus oídos, su vista y su tacto, la llamarada volvió a aparecer, manifestándose frente a sus ojos, que volvió a enfocar sobre Jalindra. Fue como equilibrar platos sobre un palo, y no duró demasiado; sin embargo, ni que fuera por un instante, lo había logrado. Había superpuesto la visión de la llama, la percepción de la presencia, sobre lo que sus propios ojos podían ver en el mundo real. Había unificado ambos, aun por un cortísimo momento. "Lo tengo. Lo he tenido. Por muy poco," dijo el Marine, mientras sus ojos se entornaban e intentaban repetir el ciclo que le había permitido llegar hasta aquel punto concreto de concentración. Jalindra no dijo nada, y continuó caminando con enorme calma.



Las horas pasaban. Lo que apenas había conseguido en un rato se había convertido rápidamente en el transcurso de una fracción significativa de la jornada, mientras el sol continuaba su desplazamiento por los cielos y se tornaba ya en un color carmesí intenso, lejos ya de los brillos dorados y pálidos que había exhibido durante el resto del día. El anochecer se aproximaba, y el claro se había vuelto gradualmente más oscuro a medida que comenzaba a asomar, con timidez, la luna. A lo largo de la tarde, Stroud había logrado repetir el ciclo con resultados levemente mejores en cada ocasión. Con cada intento, llegar a ver le había llevado algo menos de tiempo y algo menos de concentración. Con cada intento, la llama, el aura de Jalindra se había manifestado ante él con mayor claridad, durante un poco más de tiempo que en la ocasión anterior. En aquellos instantes, en los precisos momentos en que el sol dejó escapar su último destello para ocultarse finalmente tras el lejano horizonte, Stroud observaba a Jalindra. Y, más allá de ello, observaba su presencia, sin parpadear. Ante él se manifestaba la presencia de la joven en forma de un fuego humano, repleto con los colores de sus emociones en un batiburrillo poco legible, pero que transmitían calma y serenidad. La llama se superponía a lo que sus ojos veían, porque, de alguna forma, la percibía con otro sentido. La voluntad manifiesta encontrándose con la voluntad manifiesta. El mismo ser de Jalindra, más allá del cuerpo y la mente, se mostraba ante sí como una yuxtaposición sobre el mundo físico. Lo había logrado. "Así que esto era," dijo Stroud, exhausto, con los ojos clavados en aquella llama que no se podía ver, "ver sin ver." Jalindra asintió, su aura tan calmada como de costumbre y manifestándose con toda claridad, en una visión continua que podía percibir a través de lo más profundo de su ser.




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