[FIC - PASADO] Rumbo a Sabaody
#1
Dia 21 de Otoño, Año 14.
Grand Line, Paraíso, Corriente Akai.
 

 
El buque acorazado de la marina rumbo al archipiélago Sabaody, a un día de distancia de la isla Chika, atraviesa una fuerte tormenta que amenaza con querer voltear el navío timoneado por el comandante Apolo Bahia apoyado por varios marines.
 
El viento rugía en las velas del barco de la Marina mientras nos adentrábamos en las agitadas aguas que nos llevarían hacia nuestro siguiente destilo, el archipiélago Sabaody. Hacia un día que habíamos dejado atrás la isla Chika. Yo, de pie en la cubierta, observaba las olas gigantes que golpeaban con furia el casco de la embarcación, creando una sinfonía caótica y ensordecedora.
 
Para muchas de las personas que se conformaban con vivir sus simples y mundanas vidas en alguno de los cuatro Blues, el archipiélago Sabaody era un mito o una historia de fantasía que los mantenía alejados del Grand Line. Pero para mí, esto era más que una leyenda: era la puerta que me llevaría más cerca de mi objetivo de rescatar a Fugowo.
 
El barco se movía con fuerza bajo mis pies, recordándome el poder indomable del océano. Incluso para un Gyojin como yo, que se sentía en casa en el agua, respetaba el poder del mar y su capacidad de hundir hasta el más grande de los navíos. Aunque mi naturaleza acuática me hacía uno con el mar, sabía que no podría enfrentarme solo a estas corrientes furiosas. Aquí, un buen navegante era la diferencia entre la vida y la muerte, por suerte nosotros contábamos con quien muy probablemente sería uno de los mejores, Apolo Bahía.
 
“El navegante es la brújula viviente de un barco. Sin uno, no importa cuán hábil seas en combate, el océano te tragará sin pensarlo dos veces,” me habían dicho alguna vez, algún compañero el cual ya no recuerdo ni su nombre, mientras viajábamos hacia el Archipiélago Notice. Ahora, estas palabras resonaban en mi mente. Frente a la inmensidad de las olas que se formaban en el mar, comprendía más que nunca lo vital que era tener a alguien experimentado a cargo.
 
Acordándome a donde se encontraba Apolo liderando la navegación, miré a uno de los soldados que igual fungían como navegantes del barco, pues una sola persona no lo puede hacer todo el solo, un hombre de rostro curtido por el sol y las salpicaduras saladas del mar, que se movía con precisión y confianza. Su voz se escuchaba por encima del tumulto del mar, dando órdenes a la tripulación sin un rastro de duda. Las órdenes del navegante eran prioridad para todos, incluso los de más alto rango, mientras se estaba en el mar. Con cada ajuste de las velas, cada maniobra que dirigía, el barco se mantenía en curso, desafiando las violentas corrientes que intentaban arrastrarlos.
 
“Que espectáculo…” murmuré en voz baja, básicamente para mí mismo, mientras sentía cómo el barco ascendía por la montaña, impulsado por la fuerza de las aguas. A pesar de la tensión en el ambiente y los gritos de la tripulación trabajando para mantener el barco a flote, había una calma en el navegante que nos transmitía a todos los tripulantes una extraña sensación de seguridad. Sin este hombre al timón, cualquiera se daría cuenta de lo fácil que sería perder el control y ser arrastrado a un destino incierto.
 
Las olas a las que nos enfrentábamos no era solo un desafío físico; era un recordatorio de la fragilidad de la vida en el mar. Aunque la gran mayoría de los marines estábamos entrenados en el combate y en la resistencia, no podíamos evitar sentir una pequeña dosis de ansiedad. Este no era un campo de batalla donde podíamos depender de los puños y nuestra destreza en combate, ni siquiera habiendo aprendido múltiples técnicas del Gyojin Karate. Aquí, en las fauces de la naturaleza, nuestra fuerza física quedaba relegada a un segundo plano.
 
El verdadero combate en el mar es contra las corrientes, las olas, el viento y la intemperie, incluso contra uno mismo pues no podías permitir que te traicionara la mente y sucumbir ante el pánico que imbuía la inmensidad de las olas. Cada barco tiene en su navegante un guerrero único capaz de sortear los peligros impuestos por la naturaleza viva del océano.
 
Conforme el barco ascendía por las olas del mar, el viento se hacía más fuerte, y las corrientes amenazaban con empujarnos cerca de unas rocas que flanqueaban el estrecho camino, seguramente indicios de una civilización perdida en este bravo mar. Alguien como yo, que había visto la tranquilidad de las profundidades marinas, igualmente se sorprendería ante la violencia de las aguas superficiales.
 
Era una experiencia humillante. Aquí, donde el agua no era aliada de los Gyojin, donde las olas nos empujaban en direcciones impredecibles, comprendía lo vulnerable que era cualquier ser, incluso uno como yo. Me pregunto si habrá técnicas secretas que permitan dominar este tipo de mares, o al menos hacer de la convivencia con el algo mas ameno.
 
Mientras veía cómo la tripulación y el navegante trabajaban al unísono, me di cuenta de que aquí, en el infinito azul, no importa qué tan fuerte seas; necesitas a otros para sobrevivir, particularmente ahora que llevamos tiempo navegando una de las corrientes del Grand Line.
 
Finalmente, tras lo que parecieron horas, el barco alcanzó la cima de la última ola que Poseidón tenía preparada para nosotros el día de hoy. El aire se calmó momentáneamente, como si nos permitiera tomar un respiro antes de despedirnos de cabeza hacia debajo de regreso al océano. Una extraña mezcla de alivio y expectación se sintió por unos breves segundos en el ambiente. Sabíamos que la verdadera prueba aún estaba por venir. Todavía quedaban varios días en altamar para llegar a nuestro destino y aquí, en el Grand Line, nos esperaban todo tipo de peligros impredecibles y oportunidades sin igual.
 
Con un último crujido de la madera ante el empujón que el viento generaba en las velas, el barco comenzó su descenso. Las aguas, aunque todavía salvajes, nos guiaban hacia adelante aumentando la aceleración de nuestro descenso a cada metro que avanzábamos. Manteniendo la mirada fija en el horizonte, consciente de que este era solo el primer paso de muchos en mi camino hacia nuestro siguiente destino, el archipiélago Sabaody, contemplaba expectante el ancho mar que se mostraba delante de mí.
 
En ese momento, mientras las aguas comenzaban a calmarse y Apolo soltaba un suspiro de alivio, no pude evitar sentir respeto por aquellos que, aunque no luchaban con sus puños, eran guerreros en su propio derecho. Era gracias a toda la tripulación que había seguido las ordenes del navegante sin poner en duda ninguna de ellas que habíamos sorteado esta marea capaz de devorar a un rey marino.
 
Un buen soldado es tan valioso como cualquier guerrero, incluso más, pues la vida de decenas depende de la habilidad aquellos capaces de seguir ordenes en el océano, pensé aun contemplando el horizonte, mientras el viento comenzaba a amainar y el sol se asomaba tímidamente entre las nubes.
 
A medida que el buque acorazado de la marina avanzaba hacia su destino, no podía evitar sentir una mezcla de anticipación y calma. Habían pasado varias horas desde que atravesáramos aquella marea destructora de navíos y, por fortuna, no habíamos encontrado ningún peligro en el mar. La capa de Kairoseki que revestía el casco del barco hacía imposible que los monstruos marinos se acercaran, una precaución que permitía a toda la marina viajar sin grandes sobresaltos en lo que a las amenazas del océano respecta, parte de los aportes del científico más reconocido del mundo.
 
Aun así, todos sabíamos que el mar era impredecible, y en cualquier momento las cosas podían cambiar. Era más que sabido que, al encontrarnos en un barco de la Marina, podríamos ser un blanco constante para piratas o enemigos del Gobierno Mundial (como los Revolucionarios), lo que significaba que siempre había que estar preparado. Además, nuestro destino final (o al menos de momento), el archipiélago Sabaody, era el punto de inflexión y encuentro para todo tipo de tripulaciones buscando continuar su viaje hacia el nuevo mundo, por lo que las oportunidades de perder la vida en aquellos manglares estaban a la orden del día.
 
En lugar de esperar pasivamente el próximo conflicto, decidí centrarme en lo que mejor sabía hacer además de pelear: preparar el equipo médico. Si algo había aprendido desde que me uní a la marina, era que la preparación era clave para salvar vidas en el campo de batalla. Ahora que formaba parte de la división 21 había ido formando lazos de amistad y camaradería con la gran mayoría de sus integrantes durante nuestro camino y estancia en la isla Chika, por lo que era para mi aun mas importante tener estas preparaciones listas a nuestra llegada a Sabaody.
 
En la pequeña enfermería del barco, me puso manos a la obra. El espacio era reducido pero eficiente, con varias camillas de metal y estantes llenos de suministros básicos: vendas, alcohol, agujas quirúrgicas, y hierbas medicinales que yo mismo había ayudado a recolectar durante mi estancia en la base del G-22 en el Archipiélago Notice. Observando todo aquello, sentí una especie de familiaridad. Si bien no había combatido con la tripulación en un enfrentamiento directo, sabía que mi papel como médico sería igual de vital en el caso de ser necesario.
 
La preparación lo es todo. Por lo cual, aunque al final nos fuéramos a separar, durante el trayecto me dedicaba a preparar kits médicos para la tripulación. Los pequeños botiquines médicos que organizaba contenían vendas, agujas, hilo para suturar, pinzas y un pequeño vial de ungüento hecho a base de algas curativas que recogí tiempo atrás. Sabía que, en el calor del combate, la rapidez era esencial. Las heridas debían tratarse de inmediato para evitar que empeoraran y, aunque no esperaba enfrentarme a una batalla en el mar abierto, prefería estar preparado.
 
Mientras trabajaba, me percaté de cómo mi entorno había cambiado desde que comencé este viaje. A pesar de mi naturaleza pacífica, siempre me sentía mejor cuando estaba ocupado. Me permitía controlar la ansiedad que el viaje dentro del Grand Line y el haberme unido a la División 21 provocaba. Aunque la Isla Gyojin se encontraba cada vez más cerca de mi destino, la sensación de ansiedad que me provocaba recordar a mis padres y su estado de salud (física y mental) tras los sucesos que nos arrebataron a Fugowo se veían reducidos gracias a sentirme parte de algo mucho más grande que yo.
 
Estar en la marina, o formar parte de la división 21 significaba una cosa, una única cosa por encima de todas las demás. Somos la justicia, aquellos quienes desinteresadamente (pues no cobramos recompensa alguna por ello) protegemos a los más débiles y nos enfrentamos a adversarios que muchas veces están muy por encima de nuestras posibilidades y habilidades derrotarles. Pero somos más, somos la justicia, y la justicia prevalecerá a pesar de todo.
 
Con cada kit médico que preparaba, sentía que estaba haciendo una pequeña contribución a la seguridad de la tripulación. Aunque no eran camaradas cercanos como mis compañeros de división, había una especie de entendimiento entre todos los que viajábamos juntos. En el mar, las rivalidades internas o los egos quedaban en segundo plano. Todos dependíamos unos de otros para regresar a salvo.
 
Mientras envolvía cuidadosamente uno de los viales de ungüento en una fina tela para evitar que se rompiera, un joven marinero entró en la enfermería. Parecía nervioso, y al levantar la vista, me percaté de cómo el muchacho evitaba hacer contacto visual.
 
Según lo que me había dicho, uno de los sargentos que viajaban junto con nosotros y el resto de los 250 soldados le había pedido que fuera a buscar suministros médicos a la sala donde me encontraba preparándolos. Aquello lo dijo con una voz temblorosa, gracias a mi entrenamiento en el Waki de Observación pude sentir claramente su miedo hacia mí, seguramente influido por su falta de experiencia en el mar la cual ha permitido a muchos conocer seres de múltiples razas además de los humanos.
 
Sin prestar mucha atención a la razón de su nerviosismo asentí, y con movimientos fluidos, le entregué un par de los kits que había estado preparando. Recomendándole que se asegurase de que los guarden bien, pues nunca se sabe cuándo se van a necesitar le mire directamente a los ojos con una mirada que intentaba radiar calma.
 
El joven asintió torpemente y se giró para marcharse. No pude evitar preguntarme si ese muchacho estaba listo para lo que podría enfrentar en el archipiélago Sabaody. Si la figura de un Gyojin, incluso aliado, le ponía nervioso, ¿qué pasaría cuando se enfrentara a peligros reales? Para ser sincero, ni yo mismo sabía si estaba listo para lo que se avecinaba, pero sabía que prepararme era la única forma de enfrentar lo inesperado.
 
Mientras el barco seguía su curso, me permití un breve descanso. Observé el mar desde la pequeña ventana de la enfermería, las aguas ahora calmas bajo el cielo despejado. Era extraño pensar en lo que podría encontrar al llegar a Sabaody. Era por todos conocido que las condiciones en muchas de las islas del Grand Line eran extremas, y que la fauna y la flora de cualquier isla podían ser tan mortales como los enemigos humanos. Sabía que la División 21, a la cual pertenecía, era conocida por sus difíciles misiones y la capacidad de operar en condiciones casi imposibles, inimaginables para el marine promedio.
 
Mientras me volvía a centrar en mis tareas pensé que lo único que podía hacer era intentar estar listo para las múltiples situaciones a las que me enfrentaría en este lado del mundo. Al final del día, esto era lo único que podía controlar: mi preparación. Además, incluso sin contar de momento con nuestro líder, Joe Joestar, la persona (Oni) que había quedado al mando era igual de buena en mi opinión. La comodoro Karlglass había demostrado ser un gran líder sustituto y era una persona a la que le debía todo mi respeto.
 
Con ese pensamiento en mente el cual me hizo esbozar una sonrisa, decidí hacer algo adicional: revisar el equipo quirúrgico del barco. A medida que organizaba el instrumental, me di cuenta de que algunas herramientas estaban desgastadas. Las pinzas y los bisturíes habían visto mejores días. Tomé nota mental de solicitar nuevos suministros cuando llegáramos a puerto. Una vez nos separáramos, no podía permitirse trabajar con equipo que no estuviera en condiciones óptimas.
 
Cerca de terminar el día de trabajo, uno de los encargados de la enfermería se me acerco para registrar todos los botiquines médicos que había fabricado. Estaba tan impresionado con mi labor, que me ofreció quedarme con un par de los botiquines médicos que había fabricado como recompensa. Con cierta falsa modestia, me negué inicialmente a la oferta, comentando que esta era una tarea más dentro de las muchas que se me asignaban en mi día a día, sin embargo, esperaba dentro de mí que me insistiera a tomar dicho botiquín.
 
Para mi fortuna, la insistencia llego tras mi falsa negativa. Asegurándome el encargado que lo reportaría como parte de los recursos asignados a la División 21 (aunque claramente algunos de los integrantes ni siquiera necesitarían de estos gracias a las habilidades curativas de la líder temporal), me extendió un par de los botiquines que había preparado los cuales acepté con agradecimiento.
 
A medida que el sol se acercaba al horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojos, terminé mi trabajo en la enfermería. Me quité los guantes de trabajo y salí al exterior del barco para disfrutar de un momento de paz. El viento era suave, una caricia sobre la piel, y el sonido del agua contra el casco me resultaba tranquilizador. Y, aunque el trabajo en aquel acorazado era interminable, se podía respirar aquel momento de paz como si se estuviera en una iglesia.
 
Mirando al horizonte, supe que el día había sido bien aprovechado. Me sentía satisfecho por haber contribuido, incluso de una manera que no involucraba combate directo o apoyo para hacer la navegación fluida. Sabía que mi verdadero valor no residía solo en mi habilidad para luchar, o en mi nula capacidad de navegar, sino en mi capacidad para mantener a otros vivos, para asegurar que tuvieran una oportunidad de regresar a casa. Y aunque algunos no quisieran aceptarlo, lamentablemente la muerte en estos mares es tan común o más como la vida.
 
Cené esa noche junto a los demás soldados pues no encontré a ninguno de mis compañeros de división cerca, el ambiente relajado por la falta de peligro inmediato. Comí en silencio, mis pensamientos ya centrados en lo que podría esperarme en el archipiélago Sabaody. Anteriormente había sido feliz con poder navegar los mares por mi cuenta, nadando entre isla e isla. Pero en ese momento, mientras el barco seguía su curso bajo las estrellas, me sentí agradecido de no ser nunca más un lobo de mar solitario.

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