Invierno año 14
Manglar 0, Archipiélago Sabaody, Grand Line
Día 4, 12:30
- Madre de dios, sí que hace frío, y eso que llevo dos abrigos - me quejé, para variar, mientras me frotaba las manos y soplaba para darme calor, haciendo que un par de columnas de vapor se escaparan entre mis dedos. Era un día sorprendentemente frío, o tal vez es que había menos gente en el astillero. Pensé en que posiblemente comer algo me podría ayudar a entrar en calor - Bueno, hace un tiempo ya que he desayunado, así que no me va a hacer daño - me acerqué a uno de los múltiples puestos de comida que había en el manglar. - Sería genial encontrar uno en el que vendan cartas, pero me da a mí que no va a haber tanta suerte - me paré frente al primero - Takoyaki. Nada, siguiente. No quiero yo que me de aquí cualquier cosa, así que mejor me largo pitando cuanto antes - fui entonces al siguiente. Este era de pescado frito, así que también me alejé lo más rápido que pude. El siguiente ni siquiera era de comida. Vendían colgantes de piedritas de colores, y estaba lleno de gente que se notaba que no había dado un palo al agua en toda su vida. Tras ese vino otro puesto de cosas extrañas hechas para estafar a gente con mucho dinero y poca cabeza, uno de ensaladas de cosas que no llegué a reconocer, y cuando ya estaba a punto de irme lo vi. Vi un cartel en el que ponía en una letra sorprendentemente pequeña que vendían churros con chocolate - Una docena de churros y un chocolate calentito, por favor y gracias - le pedí a la mujer que había en la barra. La pobre se puso a mirar a todos lados, sin saber quién le había hablado - No, no. Estoy aquí, en la barra. Sí, he sido yo el que ha pedido el chocolate con churros - la mujer se agachó y acercó su cabeza demasiado a mí. ¿Acaso no conocía lo que era el espacio personal? Di un pequeño paso hacia atrás, algo nervioso. Tras conseguir convencer a la mujer de que no era una clase de juguete extraño, me dediqué a esperar al chocolate mientras revisaba lo que tenía que encontrar. Me faltaban cuatro cartas, así como todas las tierras del mazo. En total, unas veinte cartas que esperaba poder conseguir. Me rasqué la cicatriz de mi mano izquierda mientras me aseguraba de que la chapa de Willow seguía dentro de la bolsa. Mientras escuchaba el agradable sonido de los churros friéndose, me centré en practicar con aquello que había aprendido del misterioso Maestro Tetsujin. Despejé mi mente, antes de comenzar a detectar las distintas presencias de mi alrededor. Comencé por la de la mujer del puesto y fui ampliando poco a poco el rango, viendo más y más gente cada vez, hasta alcanzar los diez metros de expansión. Las palabras de que ya estaban listos el chocolate y los churros me hizo dejar de lado lo que estaba haciendo, así que me levanté de un saltito, para paga e irme de allí.
