[Presente absoluto] West Blue, Los Arpegios del Mar.
#1
Star 
Día 63 de Verano, Año 15.
West Blue.




Los Arpegios del Mar.




El sol asomaba lento por el horizonte, tiñendo las aguas de un naranja suave. Llevaba ya un día y medio navegando solo, con la cazuela de Suiro como timón emocional y un viento amable empujando el bote hacia lo desconocido.

Saqué la brújula. Ballywood quedaba al noroeste, justo más allá de una línea de nubes finas.

—¿Qué clase de tabernero lleva un mote como ese… Papa Ostias? —murmuré con una ceja levantada.

No sabía qué esperar. El nombre sonaba más a luchador de feria que a hostelero. Pero si Suiro lo mencionaba con respeto, debía ser alguien con historia.



Al llegar el mediodía, decidí aprovechar el espacio libre del bote para entrenar. Me quité la camisa hawaiana, dejando que el fuego de mi espalda respirara al aire, y dejé a Kurimuzon apoyada a mí lado. 

—Vamos allá…

Crucé los brazos frente al pecho y canalicé el calor que ardía entre los omóplatos. Una tras otra, cuatro pequeñas figuras ígneas tomaron forma: crías de pantera, hechas enteramente de fuego, giraban a mi alrededor como espectros curiosos.

—Yōen no Shishi.

Al no tener un blanco fijado, una de las criaturas flotantes salió disparada hacia mi hombro. Apenas tuve tiempo de agacharme antes de que estallara en una explosión cegadora que por poco chamusca el bote. 

—¡¡Su puta madre!! ¿Hoy estáis juguetonas eeh!?

Me dejé caer de espaldas, riendo. El cielo estaba limpio, el mar tranquilo, y mis propias creaciones casi me habían tirado al agua. Estaba claro que aún no las controlaba… pero al menos ya no me daban miedo.



Ya con el cuerpo más relajado y el estómago rugiendo, me puse a preparar algo en la cazuela de Suiro.
Un poco de arroz, agua salada justa, un trozo de pescado seco… y un puñadito de alga que encontré enrollada en el costado del bote. No era un festín, pero tenía el sabor del viaje.

—No será como lo cocinaba él, pero oye… sigo vivo, ¿no? —dije mientras removía.

El arroz burbujeaba con dignidad. Me senté a comer justo cuando un pájaro solitario cruzó el cielo, muy alto, apenas una silueta contra el azul. Me quedé mirándolo, inmóvil.



Éramos críos. Mi hermana y yo jugábamos a ver quién podía seguir más tiempo con la vista al pájaro más alto. Ella siempre ganaba. Decía que los ojos pequeños veían más lejos porque deseaban más.

—Siempre los veías tú primero, ¿eh?

El pájaro desapareció entre las nubes y me quedé con un sabor raro en la boca. No era tristeza… era algo más suave, como sal marina en los labios.



El silencio se rompió por una melodía que flotaba sobre el agua. Al principio pensé que era el viento. Luego una voz, luego otra… instrumentos.

Me giré y la vi: una embarcación mediana, con las velas decoradas con notas musicales. El mascarón de proa era un violín gigante, con cuerdas de verdad que vibraban al ritmo del mar.

—¿Que cojones?

Me acerqué, y cuando estuve a distancia segura, una voz cantarina me gritó:

—¡Eh, trenza blanca! ¿Sabes cantar o solo flotas bonito?

Solté una carcajada y amarré mi bote al costado del barco. Subí a cubierta y me encontré con un espectáculo.

Eran seis. Cada uno con un instrumento diferente: shamisen, acordeón, flautas dobles, un tambor de pecho y hasta un piano de cola encajado en la cubierta. La capitana era una mujer tuerta, con voz rasposa y un sombrero más grande que su cuerpo.

—Somos Los Arpegios del Mar. —dijo con una reverencia exagerada.
—Piratas de la melodía. Buscamos canciones, no oro.

Pasé la tarde con ellos. Tocaban, cantaban, reían como si la música fuese el único idioma que conocían. Me ofrecieron ron, del cual bebí poco ya que tenía que navegar y soy bastante inexperto en lo que al alcohol se refiere, yo compartí arroz del que me quedaba. Contaron historias de amores imposibles, duelos musicales en islas remotas, y hasta un concierto clandestino en una fiesta de la Marina.

Incluso me animé a cantar una estrofa de una vieja tonada que mi madre tarareaba mientras cosía. Ellos la agarraron al vuelo y la convirtieron en una balada improvisada.

Uno de ellos, un músico viejo de voz suave, me habló de Korossasu. Habían pasado por allí hace meses.

—Es una isla que suena a madera vieja, a recuerdos de los buenos. Pero últimamente… la gente canta menos. Algo ha cambiado.

Me quedé en silencio al oír ese nombre. Korossasu. Donde había pasado la mayor parte de mi vida... Donde aprendí un oficio y me sentí mínimamente como en casa. 

—¿La gente canta menos? —pregunté, casi sin darme cuenta.

—Sí. Algo apagó las hogueras. No sé si fue la lluvia o el tiempo.

Esas palabras quedaron dando vueltas en mi cabeza como una canción olvidada.

—Yo soy de Korossasu... —dije al caer yo mismo.

La verdad es, que yo jamás había conocido un Korossasu "cantarín o fiestero". Más bien conocí el Korossasu más tranquilo y monótono, aunque quizás eso se debía a que yo jamás hice mío realmente al 100% aquel lugar. Solo me limité a estar, y dejar pasar mis días.. 
Quizás si hubiese abierto los ojos y mirado lo que me rodeaba, podría haberme dado cuenta de cómo eran las cosas a mí alrededor. 

—Como es que estás tan lejos de casa muchacho? —dijo el del acordeón. 

—Emprendí un viaje para convertirme en pirata. —dije con cierto tono de vergüenza. 

—¡Por las barbas de mi abuela! Tú solo, con tu envergadura, ¡podrías partir este barco por la mitad! 
—¡¡Capitana!! Tenemos competencia. —dijo con un tono más amistoso que otra cosa. 

Alfinal todos reímos y el tema no fue a más. Pero yo seguía dándole vueltas al tema de Korossasu. No podía dejar de pensar en lo ciego que había estado este tiempo, si algo le sucedía al pueblo donde yo vivía me gustaría poder ayudar... 

Cuando el sol empezó a hundirse, me despedí. La capitana me dio un pañuelo con una clave de sol bordada.

—Por si algún día olvidas cómo suena tu alma, Lunarian.



La noche cayó sin avisar. Me acomodé en la proa, encendí un cigarro y miré al cielo.

Las estrellas brillaban limpias, como si supieran que estaba a punto de poner pie en otro mundo. El aire olía distinto. Más denso, con una promesa de tierra firme.

Saqué la brújula. Ballywood quedaba justo al frente. Pero mi mano no se movió.

Volví a escuchar la voz del músico viejo. 

“La gente canta menos”

Apoyé la cabeza en la rodilla, con el cigarro a medio terminar.

—Quizá no es tiempo de conocer mundos nuevos todavía… —murmuré.
—Quizá primero hay que volver donde empezó la canción.

Giré la brújula unos grados. Tomaría unas horas más de viaje. Lo justo para pensar.

El rumbo estaba claro.

Korossasu.




Este tema viene de aquí:
https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=1672&pid=15551#pid15551
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)