[FIC - PASADO] El Leon, El Pez y La Cerveza
#1
Día 35 de Otoño, Año 14.
Archipiélago Sabaody, Manglar 70.
Cuartel de la Marina, 1900 horas.
 


 
El Manglar 70 de Sabaody era un hervidero de actividad. No tenía el bullicio de los manglares inferiores, aquellos donde la delincuencia y el tráfico de esclavos se movían entre las sombras, pero aún así, la vida vibraba con intensidad. El cuartel de la Marina se alzaba firme y ordenado en un claro del bosque de raíces titánicas, con sus muros blanquiazules impecables y el ajetreo de marines que entraban y salían. Más allá de la edificación, las pasarelas de madera y piedra serpenteaban entre los troncos colosales, conectando el área con los manglares vecinos. El olor salino del océano se mezclaba con el dulzón de la savia de los árboles y el lejano aroma a parrilla proveniente de algún local de comida. La base, construida sobre raíces colosales, estaba rodeada de muelles donde los barcos de la Marina descansaban alineados, sus cascos impecables reflejando la luna en las aguas tranquilas.
 
Las calles flotantes, reforzadas con tablones de madera bien mantenidos y barandas gruesas, estaban menos atestadas de delincuentes que en los manglares más bajos, pero aún así bullían de actividad. Oficiales en uniforme caminaban con pasos firmes, supervisando los alrededores, mientras reclutas y soldados se movían en grupos, compartiendo historias de patrullas y enfrentamientos en la Grand Line. Las cocinas del cuartel rugían con los fuegos de los hornos los cuales sacaban platillo tras platillo librando una batalla legendaria, repartiendo todo tipo de platillos rápidos para cumplir con las demandantes bocas y estómagos de los marines: brochetas de pescado ahumado, cuencos de arroz con algas crujientes, y boles de caldo espeso y aromático. La fragancia del aceite caliente y la brisa salina se mezclaban en el aire, creando un ambiente vibrante y acogedor. Aquí, la vida tenía una sensación de estabilidad que contrastaba con la incertidumbre de los manglares inferiores. Pero esa misma tranquilidad también lo hacía aburrido para quienes, como yo, buscaban un sitio más auténtico para tomar una cerveza.
 
La brisa nocturna soplaba fresca cuando me puse en marcha. James Brando, el mink león de nuestra división, me había invitado a tomar una cerveza el primer día a nuestra llegada al cuartel general. Dijo que seguramente había un lugar bueno en los manglares sesenta y algo, pero no especificó el número. Como no quería esperar en vano, decidí buscar un sitio por mi cuenta y quedarme en el mejor que encontrara. Las calles flotantes, iluminadas con farolillos de papel, ofrecían una gama de locales tan variada como la gente que los visitaba. Marines, cazadores de recompensas, civiles y mercaderes de todo tipo de mercancías iban y venían en las pasarelas de madera pulida por años de uso. Caminé entre el gentío, esquivando marineros ebrios y vendedores ambulantes que ofrecían desde brochetas de marisco hasta relojes de dudosa procedencia. Me detuve frente a varios bares. Algunos eran demasiado elegantes y caros, con camareros de uniforme y luces cálidas que prometían una experiencia refinada, alejada de la rudeza de un buen tarro de cerveza. Otros eran antros donde la madera podrida y el olor a tabaco viejo ahuyentaban incluso a las ratas.
 
Si el Manglar 70 era el símbolo del orden, los manglares 60-69 eran el corazón del comercio y el entretenimiento de Sabaody. Al caminar por los puentes de madera y pasarelas colgantes que conectaban los manglares, la atmósfera cambiaba con cada paso. La iluminación aquí no dependía solo de faroles marinos, sino de letreros de neón y antorchas colgadas en los balcones de los negocios. Las tiendas de armas, sastrerías y puestos de contrabando coexistían con restaurantes ruidosos, tabernas llenas de marineros y salones de juego donde el tintineo de las monedas nunca cesaba. En el Manglar 69, los bares estaban diseñados para oficiales de la Marina y comerciantes ricos, con decoraciones lujosas, lámparas colgantes de cristal y música en vivo interpretada por músicos refinados. Las mesas eran de madera oscura y las bebidas se servían en copas impecables. No era mi estilo. Más abajo, en los manglares 66-68, las tabernas eran más variadas. Había sitios pequeños y acogedores con paredes adornadas por mapas antiguos y redes de pesca, otros que parecían barcos varados convertidos en bares, con un suelo inclinado y el aroma persistente del salitre. Había sitios de mala muerte donde la gente discutía con cuchillo en mano, y otros más amigables, frecuentados por mercenarios y cazadores de recompensas que solo querían una noche tranquila. Fue en el Manglar 63 donde encontré lo que buscaba: un bar sin pretensiones, con una fachada de madera desgastada y una luz cálida filtrándose por las ventanas. No tenía nombre visible, solo un viejo barril clavado sobre la entrada, como una señal para quienes supieran leerla.
 
Finalmente había dado con el sitio perfecto. La fachada era de madera oscura con una gran puerta de doble hoja abierta de par en par, invitando a entrar. Adentro, la luz era tenue, con lámparas de aceite sobre cada mesa redonda de roble. Un mostrador largo de madera pulida se extendía a un lado, detrás del cual un hombre fornido con un mandil sucio limpiaba vasos con parsimonia. Las vigas del techo estaban adornadas con redes de pesca viejas y banderas de distintas tripulaciones que los clientes habían dejado a lo largo de los años. El aire olía a ron, cerveza y a la inconfundible humedad de Sabaody. El interior del bar estaba impregnado de historias. La luz era tenue, proporcionada por lámparas de aceite colgadas en vigas gruesas. La madera vieja crujía bajo mis pasos mientras avanzaba entre las mesas redondas de roble, donde marineros y mercenarios compartían tragos y risas. En las paredes, colgaban banderas raídas de tripulaciones desconocidas, anzuelos oxidados y cartas de navegación amarillentas por el tiempo. Había un aroma a ron derramado, a tabaco y a la humedad inconfundible del archipiélago. El mostrador era largo y robusto, pulido por años de uso. Detrás de él, el cantinero, un hombre ancho de hombros con el delantal manchado de cerveza y sal, limpiaba vasos con un paño grisáceo. Sobre los estantes de madera se alineaban botellas de todo tipo, desde ron añejo hasta extrañas bebidas traídas de los mares lejanos.
 
Tomé asiento en una mesa cerca de la pared, con vista al local. Cuando me senté y pedí una cerveza, el cantinero me miró con una ceja levantada – “¿Qué tipo de cerveza caballero del mar? Tenemos la espumosa de la isla Minion, amarga y fuerte. La negra de Swallow, densa y con notas de cacao. La rosa de Momoiro, ligera, pero con un golpe de especias. Y la dorada de Chika, suave, con un regusto afrutado.” – dijo señalando a diferentes barriles que se encontraban alineados detrás del mostrador, cada uno conectado a un sifón desde el cual el camarero servía la cerveza elegida.
 
La cerveza de Chika estaba por completo descartada, aunque dudaba que en realidad en ese lugar se pudiera producir algo comestible, la realidad es que ya la había visto beberla a la comodoro Karl aquella vez que visitamos el bar de Chika y no olía particularmente bien. La rosa de Momoiro solo me traía recuerdos de la paliza recibida por aquella revolucionaria piernas largas llamada Marcia, así que igual estaba descartada. La cerveza de la isla Minion era buena, la llegue a beber en varias ocasiones durante mi estancia en la base de la marina de aquella isla, por lo que la conocía bien, pero no era entrañable como tal. Por estas razones termine eligiendo la negra de Swallow. El camarero me sirvió en un tarro grueso de vidrio, la espuma rebosando ligeramente por el borde. Tomé un trago y el amargor del cacao y el café mezclado con la suavidad del alcohol se deslizó por mi garganta con una sensación reconfortante.

Desde mi mesa, observé la puerta, esperando a James Brando. La gente entraba y salía. Marineros jugaban a las cartas, un violinista rascaba una melodía melancólica en la esquina y el cantinero conversaba con un cliente sobre viejas rutas de navegación. Los minutos pasaron. La cerveza bajó un cuarto, luego la mitad. La gente entraba y salía. En la esquina, un grupo de marineros jugaba a las cartas mientras un par de músicos tocaban una melodía pausada con un violín y una guitarra. Seguían pasando los minutos, James no llegaba. Resoplé, cruzándome de brazos. No era propio de él. Aunque desgarbado y despreocupado en apariencia, James siempre había sido alguien de palabra. Miré la espuma que había quedado al fondo del tarro y, por un momento, recordé la Isla Gyojin. Mi hermano Fugowo y yo solíamos compartir momentos como este, aunque con chocolate caliente en lugar de cerveza. La nostalgia se enredó en mi pecho como una corriente marina inesperada.
 
Me giré, llamando al cantinero para pedir otra ronda. Ya que había venido hasta aquí, al menos aprovecharía la noche. Con el tiempo, la resignación se asentó en mí. James Brando no llegaría. Algo debió haberle surgido o simplemente me había dejado plantado. Terminé la segunda cerveza y me puse en pie. No valía la pena seguir esperando. Pagué mi cuenta y salí al aire fresco, inhalando el aroma salobre del archipiélago. La noche seguía viva, con el murmullo de las olas y el murmullo de la gente mezclándose en el aire. Caminé de regreso al cuartel con pasos tranquilos, sin apuro. Después de todo, siempre habría otra ocasión para compartir una bebida. Y si James tenía una buena excusa, se la haría pagar con la próxima ronda.

Resumen
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#2
De regreso al cuartel, un random se me acerco ofreciendome una historia a cambio de una moneda. Dado que tenia tiempo de sobra y estaba de buen humor luego de un par de cervezas, a pesar de haber sido plantado por James, acepte su oferta a lo cual el buen hombre empezo a narrar. 

Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín. Aquel pirata que llaman, por su bravura, el Temido, en todo mar conocido del uno al otro confín. La luna en el mar riela, en la lona gime el viento, y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y ve el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Westblue a un lado, al otro Northblue, y allá a su frente le Grand Line.

Navega, velero mío, sin temor; que ni enemigo navío, ni tormenta, ni bonanza tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor. Veinte presas hemos hecho a despecho de los piratas, y han rendido sus pendones cien naciones a mis pies. Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad, mi ley la fuerza del viento, mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra: que yo tengo aquí por mío cuanto abarca el mar bravío, a quien nadie impuso leyes. Y no hay playa, sea cualquiera, ni bandera de esplendor, que no sienta mi derecho, y dé pecho a mi valor. Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad, mi ley la fuerza del viento, mi única patria, la mar.

A la voz de “¡barco viene!” es de ver cómo vira y se previene a todo trapo escapar; que yo soy el rey del mar, y mi furia es de temer. En las presas yo divido lo cogido por igual. Solo quiero por riqueza la belleza sin rival. Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad, mi ley la fuerza del viento, mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte! Yo me río, no me abandone la suerte y al mismo que me condena, colgaré de alguna antena, quizá en su propio navío. Y si caigo, ¿qué es la vida? por perdida ya la di, cuando el yugo del esclavo, como un bravo, sacudí. Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad, mi ley la fuerza del viento, mi única patria, la mar.

Son mi música mejor aquilones: el estrépito y temblor de los cables sacudidos, del negro mar los bramidos y el rugir de mis cañones. Y del trueno al son violento y del viento al rebramar, yo me duermo sosegado, arrullado por la mar. Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad, mi ley la fuerza del viento, mi única patria, la mar.

Termino su relato y le regale la moneda, no habia entendido bien de que iba pero no me parecio mal relato.

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#3
El camino de regreso al cuartel era todo menos callado. Luego de aquel personaje que me había intercambiado una historia sin sentido por unas monedas, aparecieron una serie de personajes igual o más curiosos (por no decir raros) que el primero. A tan solo unos metros adelante de aquel buen hombre parlanchín, se encontraba una figura sombría, vestida con trapos que le cubrían todo el cuerpo (el rostro incluido), el cual se encontraba hincado en posición penitente, haciendo sonar una campana para llamar la atención de los pasantes. Frente de él un cartel rezaba: “El Fin Está Cerca”, escrito en rojo carmesí. 

Pasé cerca de aquella figura encapuchada sin apenas prestar atención, sin embargo él si que me había prestado atención a mi pues, tan solo pasar cerca de él, me agarró fuertemente del pantalón que llevaba impidiéndome seguir mi camino. Bajando la mirada para ver de quien se trataba, pude ver como un compatriota de la isla Gyojin era quien se encontraba hincado frente a mi. Se trataba de un Gyojin con rasgos de anguila, era imposible discernir el cuello del resto de su cuerpo pues el mismo se trataba de un solo ente alargado; su cara plana y afilada con unos ojos que sobresalían a los lados de la misma como si hubieran sido sobrepuestos de manera forzada como si de un muñeco se tratara. Mirándome con ojos que gritaban desesperación, se dirigió a mi con un tono de voz aún más desesperado, gritando: “Hermano, el fin está cerca, se acabaron los Gyojin, es el fin de nuestra especie, lo que esta apunto de ocurrir es terrible. Ella se volvió loca, y no hay vuelta atrás, busca a tu familia y escóndete en el lugar más recóndito del planeta, pues si creías que antes la caza y esclavitud de nuestra raza no tenía fin, en muy poco tiempo aumentara de forma indiscriminada. Ella se volvió loca, loca te digo, va a acabar con todo y con todos, se lo dije, se lo advertí, me llamaron loco, pero no estoy loco, los locos son ellos por escucharla y darle la razón, ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!  ¡LOCOS! ¡LOCOS!”

Continuo gritando sin parar, sin tener posibilidad alguna de detenerse siendo llevado como presa por completo por el pánico. Intenté detenerle, pues empezaba a hacerse daño con la campana que llevaba en la mano, pero al intentar quitársela se prendió por completo en electricidad cosa que me hizo apartar la mano y la pierna de forma brusca de donde me tenía agarrado. Negando con la cabeza pensando que había perdido la razón, lo deje hablando (gritando) solo. Era mi día libre, y no me apetecía llevar al calabozo a uno de mi raza, por muy loco que estuviera. 

Lo peor de todo, es que la noche aún dio para mucho más.
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#4
La noche continuaba en el archipiélago Sabaody y yo seguía caminando de regreso al cuartel de la marina con paso tranquilo y despreocupado. Mientras deambulaba por las calles de los manglares, caí en cuenta de que por la hora que era la cocina ya se encontraría cerrada y me quedaría sin cena, decidí buscar algo para comer, aunque no me apetecía un restaurante (ir a cenar a un restaurante se hace con amigos, solo es muy triste, ya lo había vivido durante años), si no mas bien algo simple y para llevar. Que tuviera las 4 “B” de la comida era primordial: bueno, bonito, barato y bastante.

Las opciones de noche en comida para llevar solían estar limitadas a lo básico, pizza o hamburguesa, pero hay una opción que resalta sobre las demás, el rey de las 4 B, la mejor de las opciones, el kebab. 

El kebab, es un pan plano (normalmente pan de pita o pan turco) abierto y relleno generosamente con carne asada al estilo vertical — puede ser de ternera, pollo o una mezcla — que ha sido cortada en finas tiras. La carne está bien especiada, jugosa, y con bordes crujientes por el tostado en el asador giratorio. Se acompaña con una mezcla de verduras frescas como lechuga, tomate, cebolla, col lombarda y, a veces, zanahoria rallada o pepino. Todo eso se adereza con salsas: típicamente una blanca tipo yogur o ajo, una picante (salsa roja con toque de chili) y, a veces, una intermedia tipo barbacoa o tártara. Es el rey de la comida rápida, indudablemente sabroso, con una mezcla de texturas crujientes y suaves, y un equilibrio entre lo especiado de la carne, lo fresco de las verduras y el toque cremoso o picante de las salsas.

Por lo que decidido sobre lo que buscaba me puse manos a la obra y pies en polvorosa en búsqueda de aquel manjar.

OFF
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#5
La noche ya había caído sobre el Archipiélago Sabaody cuando salí del bar en el manglar 63. Las burbujas que flotaban desde las raíces de los árboles brillaban con tonos azulados bajo la luz de la luna, creando ese paisaje surrealista que hasta hace unas horas solo había visto desde las ventanas del cuartel. Después de un año en la Marina y mi reciente ascenso a Contramaestre, por fin me habían dado mi primera noche libre desde que me asignaron a Sabaody hace un par de meses. La cerveza había despertado mi apetito, y mi estómago rugió con fuerza recordándome que no había comido nada desde el mediodía.
 
"Un kebab," pensé. "Eso es exactamente lo que necesito ahora mismo."
 
Pregunté a un transeúnte que me indicó hacia una zona donde podría encontrar puestos de comida. Las farolas apenas iluminaban los callejones entre los enormes mangles, pero el aroma de las especias y la carne asada pronto me guiaron mejor que cualquier mapa.
 
Me detuve frente a un puesto destartalado con un letrero que apenas se sostenía: El Mejor Kebab de Sabaody, como slogan no era nada malo. El dueño, un viejo con parche en el ojo y cicatrices que contaban historias de batallas pasadas, me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi uniforme de la marina.
 
"No veo muchos marines por aquí," comentó con voz rasposa mientras avivaba las brasas de su parrilla. "Suelen quedarse en sus limpios cuarteles, guardándose el culo los unos a los otros." terminó con tono despectivo.
 
"Es mi primera salida desde que llegué," admití, recostándome en el mostrador improvisado sin prestar atención a aquel insulto, no era la primera vez (ni sería la última) que escuchaba a alguien pronunciarse de tal forma de nosotros. "Dame uno mixto, con todo lo que tengas. Ha sido un día largo."
 
El anciano asintió sin mucho entusiasmo, algo derrotado porque no mordí el anzuelo de su grosería, mientras comenzaba a cortar la carne del asador. "Primera vez en los manglares de noche, ¿eh? Ten cuidado, marine. Sabaody no es lo que parece cuando cae el sol." pronunció con tono críptico.
 
Su tono me puso en alerta. "¿Algún consejo específico, tendedero?"
 
"Mantén los ojos abiertos y no te metas donde no te llaman," respondió mientras preparaba mi kebab con sorprendente destreza para alguien con dedos tan gruesos y manos tan mancilladas.
 
Mientras esperaba, observé el entorno con nuevos ojos. La noche en Sabaody transformaba el lugar que apenas había comenzado a conocer durante patrullas diurnas. Las sombras se alargaban y los rincones oscuros se multiplicaban. La mezcla de piratas, comerciantes y viajeros se volvía más sospechosa bajo el manto nocturno.
 
"Aquí tienes. Con salsa especial del Nuevo Mundo," dijo el viejo, extendiéndome un paquete humeante envuelto en papel aceitoso.
 
Pagué y di un primer mordisco que me hizo cerrar los ojos de placer. Las especias picantes y la carne jugosa eran mucho mejores que la comida del cuartel. Estaba a punto de darle las gracias cuando noté algo en el extremo del callejón: tres hombres discutiendo en voz baja, pero con gestos agresivos. Uno de ellos llevaba en el brazo un tatuaje que me pareció familiar de los informes sobre bandas locales que había estudiado durante mi adaptación.
 
Mi kebab a medio terminar parecía burlarse de mí. El deber y el hambre libraban una batalla en mi interior. Suspirando, engullí de golpe lo que quedaba de mi kebab sin poder disfrutarlo como debidamente se debería hacer.
 
"Deber de marine, la justicia llama." murmuré para mí mismo mientras me ajustaba el uniforme y comenzaba a caminar casualmente hacia el grupo.
 
No me importaba lo que pensaran de mí. Lo que me movía era más simple: no podía mirar hacia otro lado si algo ilegal estaba ocurriendo frente a mis ojos. No era por la ,arina, sino por lo que yo creía que era correcto. Si estos tipos estaban planeando algo que pudiera dañar a inocentes, tenía que intervenir. 
 
O quizás acababa de meterme en mi primer problema real en Sabaody.
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#6
Me acerqué con pasos silenciosos hacia el grupo de hombres quienes seguían al final del callejón casualmente falto de iluminación, manteniéndome entre las sombras que proyectaban las enormes raíces de los manglares y de los edificios que había a mi alrededor. El uniforme de la Marina no era precisamente discreto y yo tampoco era necesariamente sigiloso, así que me quité la chaqueta y la doblé bajo el brazo mientras avanzaba a la vez que guardaba la gorra en el bolsillo anterior del pantalón cerca del muslo derecho.
 
Los tres individuos seguían discutiendo, ahora con más intensidad y empezaba a escuchar lo que decían. Desde mi nueva posición, podía verlos con mayor claridad también. El primero llevaba un tatuaje y era un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Los otros dos eran más delgados, pero algo en su postura me indicaba que estaban acostumbrados a navajear a la gente que se entrometía en sus asuntos o a aquellos que deambularan por las noches en sus callejones.
 
"La entrega es mañana, no podemos esperar más," escuché decir al de la cicatriz con una voz grave y rasposa, misma que deja el beber mucho alcohol de mala calidad.
 
"Los marines han multiplicado las patrullas en el archipiélago," respondió uno de los más delgados, con voz algo más grave que la del tatuaje además de algo gangosa. "Es demasiado arriesgado."
 
"Me importa una mierda," gruñó el del tatuaje golpeando con su antebrazo derecho la pared que tenía detrás. "O hacemos el intercambio mañana, o nuestro contacto buscará a otro grupo. ¿Entiendes lo que eso significa?"
 
El tercer hombre, que había permanecido en silencio, finalmente habló con voz siseante como si se tratara de una serpiente: "Podríamos usar la ruta subterránea. Pasa cerca del cuartel de la Marina en el manglar 70, pero nadie la vigila porque pocos la conocen."
 
Me quedé helado. ¿Una ruta alterna bajo nuestro cuartel? Se estaban burlando en nuestra cara y no estábamos ni enterados por enfocarnos en la superficie. Di un paso atrás para procesar la información y accidentalmente pisé un trozo de vidrio que crujió bajo mi bota. El sonido, aunque leve, pareció amplificarse en el silencio nocturno lo que hizo que los tres hombres se voltearon inmediatamente en mi dirección.
 
"¿Quién anda ahí?" gritó el del tatuaje, llevando la mano a lo que seguramente era un arma oculta bajo su abrigo.
 
Mi mente trabajaba a toda velocidad. Podía identificarme como marine e intentar arrestarlos, pero estaba solo y ellos eran tres. Podía intentar escabullirme, pero si me descubrían huyendo, perdería la oportunidad de obtener más información sobre esa ruta secreta. O simplemente podría meterles una paliza y llevarlos al cuartel para interrogarles. Si, esta última opción era la mejor.
 
"Dejen mear en paz a uno," dije con voz pastosa como de borracho, tambaleándome intencionalmente mientras salía de las sombras mientras subía la bragueta del pantalón, asegurándome de mantener mi chaqueta de marine bien oculta.
 
Los tres me miraron con sospecha, pero el del tatuaje relajó ligeramente su postura.
 
"Lárgate de aquí," espetó. "Y vete a mear a tu casa asqueroso, si no quieres que te corte ese pinche cacahuate."
 
Fingí un ataque de hipo y me recosté contra la pared, ganando tiempo para observar mejor sus rostros y cualquier detalle que pudiera ser útil después.
 
"Lo siento, señores," balbuceé. "¿No tendrán algo para la resaca anticipada? Una cerveza es tan útil como cualquier otra medicina." agregué mientras guiñaba el ojo derecho a modo de complicidad.
 
El hombre de la cicatriz hizo un gesto a sus compañeros. "Llevadlo al final del callejón antes de que atraiga atención. Dadle una paliza si es necesario y déjenlo mearse encima, maldito gyojin borracho asqueroso."
 
Uno de los delgados se acercó y me agarró del brazo con más fuerza de la necesaria y yo le permití que me mangoneara para no demostrar que le podía dejar invalido de un golpe si quisiera. "Vamos, amigo. Te ayudaremos a encontrar un lugar más... cómodo." Siseo entre dientes mientras me conducía hacia la oscuridad del fondo del callejón, noté que el del tatuaje susurraba algo al tercer hombre, quien asintió y se alejó rápidamente en dirección contraria. Parecía que la reunión había terminado abruptamente por mi culpa.
 
El agarre en mi brazo se apretó mientras avanzábamos. "Sabes," dijo mi captor, "los borrachos curiosos suelen tener accidentes en Sabaody. Deberías tener cuidado amigo."
 
Fue entonces cuando sentí el frío metal de una navaja presionando suavemente contra mi costado.
 
"Qué curioso," respondí, abandonando mi actuación de borracho, "estaba pensando exactamente lo mismo sobre los contrabandistas que son demasiado idiotas para discutir sus planes en la calle."
 
Su expresión cambió al comprender que había escuchado su conversación. En ese momento, supe que mi noche libre y ese antojo que tenia de un segundo kebab tendrían que esperar. La pelea era inevitable. Con un movimiento rápido, tomé su muñeca y la torcí, alejando la navaja de mi cuerpo. El hombre gruñó de dolor, pero contraatacó con un cabezazo que pude esquivar con facilidad.
 
"¡Maldito espía!" gritó, alertando a su compañero que venía detrás.
 
"No soy un espía," dije, dándole un rodillazo en el estómago que lo hizo doblarse. "Soy algo peor."
 
Saqué mi chaqueta de marine y me la puse rápidamente al igual que la gorra. El logo de la marina lucia fugaz bajo la única luz que alumbraba el callejón.
 
"Soy la justicia."
 

 
OFF
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#7
Sintiendo la adrenalina recorrer mi cuerpo mientras los últimos restos del kebab aún calentaban mi estómago, pude ver como los ojos del contrabandista se abrieron con sorpresa antes de estrecharse con furia. "¡Un marine! ¡Aniki, tenemos un maldito marine aquí!" se dirigió hacia el quien seria el jefe de la banda, le hombre del tatuaje.
 
El hombre del tatuaje – su aniki, aparentemente – se dio la vuelta con un gruñido, desenfundando una espada corta de su cinturón. "Mala noche para salir a pasear, pescadito. Peor aún para meterte en asuntos ajenos."
 
"¿Una ruta bajo el cuartel de la Marina? Eso lo convierte en mi asunto," respondí, adoptando la postura inicial del Gyojin Karate que había perfeccionado durante mi entrenamiento con mi maestro Ershot Spardal y luego pulido bajo la tutela del maestro glamuroso Trident Glam.
 
El primer atacante se abalanzó sobre mí con su navaja, la cual había recuperado del piso mientras yo estaba distraído contestándole al hombre del tatuaje, buscando un corte rápido en mi costado. Le voltee a ver justo a tiempo para seguir su movimiento antes de que ocurriera, permitiéndome girar mi cuerpo y esquivar por milímetros.
 
"Gyojin Karate: Hyakumaigawara seiken," dije de forma sonora y regia, concentrando mi energía en mi puño derecho. No soy de los que suelen ir gritando sus ataques, pero en esta ocasión quería que funcionara como efecto disuasivo para no alargar esta pelea mas de lo necesario.
 
Mi golpe impactó contra su plexo solar con la fuerza de una corriente marina capaz de romper 100 tejas, expulsando el aire de sus pulmones y enviándolo contra la pared del callejón, cayendo de bruces en el suelo con un sonido seco. No tuve tiempo de verificar si seguiría inconsciente. El hombre del tatuaje ya estaba sobre mí, su espada corta silbando en el aire nocturno. Era mucho más rápido que su compañero.
 
Bloqueé el primer corte con mi antebrazo revestido de Haki de Armamento. El metal chilló contra mi piel endurecida, levantando chispas en la oscuridad. La sorpresa en su rostro fue momentánea pero satisfactoria.
 
"Parece que tienes la piel más dura que la de un tiburón. Quizás valga la pena cortarte después de todo," sonrió, revelando un diente de oro. Por lo visto no era consciente del haki de armamento, como era de esperarse de un contrabandista cualquiera.
 
"Gyojin Karate: Senmaigawara seiken," respondí, esquivando su siguiente estocada y contraatacando con el puño, con una fuerza tan grande como para romper mil tejas de un golpe.
 
El hombre del tatuaje lo bloqueó con el plano de su espada, pero la fuerza del impacto hizo que la espada se hiciera añicos a la vez que alejaba a este oponente hasta la pared del callejón que se encontraba a cuatro metros de recorrido. Aproveché la distancia para evaluar la situación. El primer hombre seguía en el suelo, aparentemente inconsciente, pero el tercero -del que me había olvidado momentáneamente- apareció a mi derecha con un garrote improvisado.
 
Apenas tuve tiempo de rodar hacia adelante cuando el garrote golpeó el suelo donde había estado un segundo antes. Las burbujas de Sabaody estallaban a nuestro alrededor con cada movimiento violento, creando una atmósfera surrealista para nuestra pelea. Me incorporé rápidamente, quedando entre ambos atacantes a dos metros de distancia de cada uno. El hombre del tatuaje se limpió un hilo de sangre de la comisura de los labios.
 
"Para ser tu primera noche fuera del cuartel, no lo haces mal," dijo. "Pero sigues siendo solo uno contra nosotros."
 
"Gyojin Karate: Karakusagawara seiken," anuncié, girando mi cuerpo en un movimiento fluido mientras impactaba el aire con ambos puños extendidos hacia mis costados, apuntando hacia los dos contrabandistas que estaban a dos metros de mi cada uno.
 
La técnica, diseñada para combatir múltiples oponentes que se encontraran a dos metros de distancia, golpeó a ambos hombres con la fuerza de una ola rompiendo contra rocas. El del garrote cayó al suelo de inmediato, pero su aniki – el hombre del tatuaje – logró mantenerse en pie, aunque visiblemente afectado.
 
"¿Quién diablos eres?" gruñó, sujetándose las costillas.
 
"Te lo dije. Soy la justicia." Aproveché su momento de debilidad para cerrar la distancia. "Gyojin Karate: Samegawara seiken."
 
Mi mano formó puño que salió disparado hacia al pecho del hombre del tatuaje, pero no haciéndolo con fuerza sino manipulando el vapor de agua para que el golpe le atraviese, lo suficientemente fuerte para derrotarle de un golpe.
 
"Se acabó. Tú y tus amigos vendrán conmigo al cuartel. Y me contarás todo sobre esa ruta subterránea."
 
"Esto... no ha terminado..." jadeó, pero el dolor de sus heridas le impedían seguir luchando.
 
Mientras buscaba algo para atarlos, sentí un dolor punzante en mi hombro. El primer hombre, que creía inconsciente, había logrado levantarse y ser lo suficientemente sigiloso para lanzarme su navaja. La hoja se había clavado superficialmente en mi hombro izquierdo.
 
"Maldito cobarde," murmuré, arrancando la navaja con un siseo de dolor. Un hilillo de sangre manchó mi uniforme, pero la herida no era grave.
 
Con una última mirada de odio, me abalance sobre este rival propinando un fuerte golpe con mi puño derecho. El hombre finalmente perdió el conocimiento. Improvisé unas ataduras con cuerdas que encontré en el callejón y aseguré a los tres contrabandistas. La adrenalina comenzaba a disiparse, dejando paso a un dolor sordo en mi hombro y varios puntos donde golpes menores comenzaban a manifestarse.
 
Saque el Den Den Mushi de la bolsa del pantalón donde lo solía cargar siempre conmigo. Era poco probable que hubiera marines en esta zona a estas horas, pero seguro que habría alguien haciendo guardia en el cuartel de la marina y podrían enviar refuerzos para encarcelar e interrogar a los contrabandistas que había capturado. Me senté en un cajón cercano, vigilando a mis prisioneros mientras esperaba refuerzos. La noche que había planeado como una simple salida por una cerveza y un kebab se había transformado en algo mucho más complejo.
 
"Vaya primera noche libre," murmuré para mí mismo, presionando mi hombro herido.
 
Sin embargo, no podía negar cierta satisfacción. Si lo que habían dicho sobre la ruta secreta era cierto, acababa de tropezar con información que podría ser crucial para la seguridad del cuartel y de los civiles en el archipiélago. Tal vez mi sentido de la justicia había servido para algo más que solo arruinar mi cena.
 
A lo lejos, escuché el inconfundible sonido de botas de marine aproximándose. Al menos ahora tendría una buena historia que contar. Y quizás, solo quizás, una pista sobre algo mucho más grande ocurriendo bajo las burbujantes raíces de Sabaody.
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#8
El sonido de botas se hizo más fuerte hasta que finalmente aparecieron tres marines en la entrada del callejón. Sus rostros jóvenes y uniformes impecables delataban que probablemente eran reclutas recién asignados a Sabaody, apenas con unos meses de servicio.
 
"¡Contramaestre Fuguwu, señor!" El primero de ellos, un muchacho alto y delgado con el pelo rapado, se cuadró con tanta rigidez que casi me hizo sonreír recordándome a mí mismo cuando me encuadro frente a mis superiores. "¡Soldado Menta reportándose con dos efectivos como solicitó en su comunicación!"
 
Los otros dos jóvenes imitaron el saludo de su compañero Menta de forma inmediata en perfecta coreografía tal como la marina lo dictamina y los superiores se hacen cargo de grabarlo en mármol en los espíritus de los nuevos reclutas.
 
"Descansen, soldados," respondí, señalando a los tres contrabandistas inconscientes. "Tenemos que trasladar a estos sujetos al cuartel para interrogatorio. Han revelado información sobre una posible ruta de contrabando bajo nuestras propias narices."
 
Los tres marines observaron a los detenidos con una mezcla de asombro y respeto que no pasó desapercibida. El segundo marine, una joven de pequeña estatura pero mirada intensa, silbó por lo bajo.
 
"¿Usted solo se encargó de los tres, señor?" preguntó, estudiando las heridas de los contrabandistas.
 
"Así es, soldado..." dije con un tono de duda al final, dando pie a aquella joven a presentarse. Estaba orgulloso de aquella simple hazaña, pero intentando modular mi voz para que no me detectara sobre emocionado pues tampoco había sido algo espectacular.
 
"Strawberry, señor. Recluta Strawberry estacionada en el cuartel de Sabaody, señor." contesto la muchacha de forma abrupta intentando no perder la compostura.
 
 
"Bien, Strawberry. Sí, eran solo tres y no exactamente los más hábiles que he enfrentado," comenté, restando importancia mientras ajustaba las cuerdas del hombre del tatuaje.
 
El tercer marine, un muchacho fornido con una cicatriz que le cruzaba la nariz, se acercó con cautela al hombre del tatuaje.
 
“Señor, ¿qué quiere que hagamos con estas … personas?" preguntó con un tono de voz de asco al ver a los 3 contrabandistas atados, aparentemente asqueado por su presencia.
 
Miré con más atención al inconsciente líder de la banda. No había reconocido su rostro, y por lo visto los 3 soldados tampoco lo habían hecho, por lo que no deberían ser criminales buscados de alto perfil.
 
"Buena pregunta, soldado..."
 
"Orange, señor." contesto aquel muchacho mientras se mantenía alejado de los contrabandistas manteniendo todavía aquella cara de asco.
 
"Un gusto. ¿alguna razón por la que este poniendo esa cara soldado Orange?" pregunté con genuina curiosidad.
 
"Es el olor, señor," respondió con una mezcla de miedo y vergüenza, para luego matizar rápidamente. "El olor de los contrabandistas. Soy de olfato sensible."
 
"Interesante. No es nada de lo que avergonzarse soldado, su buen sentido del olfato le será muy útil en el futuro." comenté mientras terminaba de asegurar a los prisioneros. "Bueno, equipo, ayúdenme a cargar a estos tres. Y tengan cuidado, especialmente con el del tatuaje. No me sorprendería que intentara escapar en cuanto despierte."
 
Mientras los soldados se preparaban para el traslado, noté que Strawberry observaba mi hombro herido.
 
"¿Necesita atención médica, señor?" preguntó con preocupación, su voz delicada y suave me hacía asumir que no tenía más de 18 años.
 
"Es solo un rasguño," respondí, aunque el dolor pulsante sugería que podría necesitar al menos una limpieza y vendaje adecuados. "Me ocuparé de ello cuando regresemos al cuartel, tengo buenas habilidades como médico."
 
Menta y Orange cargaron con los dos secuaces mientras yo me encargaba personalmente del líder. Strawberry iba por delante, asegurando el camino. Mientras avanzábamos por las calles oscuras del manglar, noté que algunos transeúntes se apartaban al vernos. Sabaody era territorio complicado, donde la presencia de la Marina no siempre era bienvenida.
 
"Es mi primera captura," comentó Orange con entusiasmo apenas contenido. "Espere a que mi familia se entere."
 
"No te emociones demasiado, colega," respondí, recordando mis propios primeros días de servicio. "Esto es solo el comienzo. Lo que estos tipos mencionaron sobre una ruta subterránea podría ser mucho más grande."
 
"¿Una ruta bajo el cuartel, señor?" Menta preguntó incrédulo. "¿Cómo es posible que no la hayamos detectado antes?"
 
"Esa es la pregunta del millón, soldado," contesté, pensativo. "Alguien ha hecho un excelente trabajo manteniéndola oculta."
 
El resto del trayecto lo hicimos en silencio, cada uno absorbido en sus pensamientos. Al llegar al perímetro del cuartel, entregamos los prisioneros a la guardia de la entrada y completé rápidamente el papeleo necesario. Los tres reclutas permanecieron firmes a mi lado durante todo el proceso.

"Pueden retirarse, soldados. Han hecho un buen trabajo esta noche," les dije cuando terminamos.
 
Los tres se cuadraron, pero ninguno se movió.
 
"Con todo respeto, señor," dijo Strawberry, "deberíamos escoltar al Contramaestre a la enfermería para que atiendan su herida."
 
"No es necesario..."
 
"El protocolo indica que cualquier herida en servicio debe ser tratada inmediatamente," insistió Menta con sorprendente firmeza, recitando aquella norma letra por letra tal cual yo lo hubiera hecho hace no mucho tiempo.
 
Suspiré, reconociendo la derrota. "Está bien, pero después de eso, quiero que regresen a sus puestos. Mañana podría ser un día muy largo para todos en este cuartel."
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#9
Miré a los tres jóvenes marines frente a mí, cada uno manteniendo su postura con aquella rigidez que solo los recién graduados pueden sostener sin cansarse. Su preocupación por mi herida resultaba entrañable, aunque innecesaria.
 
"Escuchen," les dije con una ligera sonrisa, "aprecio su atención al protocolo y su preocupación, pero como médico entrenado puedo asegurarles que esta herida es algo que puedo tratar por mí mismo."
 
Los tres intercambiaron miradas, claramente no convencidos. Strawberry fue la primera en hablar.
 
"Señor, entiendo que usted tiene entrenamiento médico, pero el protocolo es claro respecto a—"
 
"Protocolo que conozco perfectamente, soldado Strawberry," interrumpí con suavidad, pero firmemente. "Y también sé que el mismo protocolo indica que en casos de personal médico herido, dicho personal puede realizarse una evaluación y determinar si requiere asistencia adicional."
 
Orange pareció impresionado, mientras Menta asentía lentamente, reconociendo la exactitud de mi cita.
 
"Es verdad," admitió Menta. "Sección 7, párrafo 3 del manual de procedimientos médicos."
 
"Exactamente," confirmé, genuinamente sorprendido por su conocimiento. "¿Has considerado una especialización en medicina, soldado Menta?"
 
El joven se sonrojó visiblemente, cuadrándose aún más si eso era posible. "No señor, pero me gusta memorizar los manuales de procedimientos."
 
No pude evitar una pequeña risa. "Eso me recuerda a alguien que conozco bastante bien."
 
Dirigí mi atención a los tres, notando su evidente cansancio que intentaban disimular. "Han tenido una noche larga. Les ordeno regresar a sus puestos y descansar cuando su turno termine. Mañana podríamos necesitar toda nuestra energía para investigar este asunto de la ruta subterránea."
 
Finalmente, y no sin cierta reluctancia, los tres aceptaron retirarse después de un impecable saludo militar. Los observé alejarse por el pasillo, Strawberry lanzando una última mirada preocupada sobre su hombro.
 
En la privacidad de mi pequeña oficina en el área médica, extraje el botiquín personal que siempre mantenía bien surtido. Retiré la camisa de mi uniforme con cuidado, revelando la herida en mi hombro izquierdo. No era profunda, pero necesitaría limpieza y algunos puntos para cerrar adecuadamente.
 
Mientras preparaba los implementos, mi mente divagaba hacia los eventos de la noche. Una simple salida por un kebab y una cerveza había terminado en una captura triple y el descubrimiento de información potencialmente crucial. No era exactamente mi idea de tiempo libre, pero tras el desaire de James de no aparecer a la cita la verdad no me había caído mal lo que se desato después en el manglar 63.
 
"Seguro que a Apolo le habría encantado esto," murmuré para mí mismo, recordando las historias que el recién ascendido comandante había compartido con nosotros durante nuestra estancia en la isla de Chika en aquella salida al bar del lugar.
 
Limpié la herida con solución antiséptica, apretando los dientes ante el ardor. Luego, con la precisión que me había ganado reconocimiento entre mis compañeros, me apliqué tres puntos de sutura, cerrando la herida con manos firmes a pesar del dolor.
 
Mientras vendaba mi hombro alguien llamo a la puerta de la enfermería. Era el Capitán a cargo del cuartel en Sabaody, mi oficial superior directo en este establecimiento.
 
"Contramaestre Fuguwu," salude llevándome la mano derecha a la cabeza simulando el saludo formal de la marina aunque sin levantarme de mi asiento, manteniendo una voz energética a pesar del cansancio que comenzaba a invadirme.
 
"He oído que has tenido una noche interesante," saludo con voz rasposa el Capitán mientras entraba a la enfermería. "Tres detenidos y rumores de túneles bajo nuestro cuartel. No está mal para tu primera noche libre en meses."
 
"Solo cumplía con mi deber, señor," respondí, terminando de asegurar el vendaje.
 
"Siempre tan modesto," el sarcasmo en su voz era evidente. "Quiero un informe completo en mi escritorio antes del amanecer."
 
"Entendido, señor. El informe estará listo."
 
Suspiré, mirando el reloj de pared. Eran casi las 0300 horas. Dormir tendría que esperar.
 
Me senté frente al escritorio con una taza de café negro y comencé a redactar mi informe. La estructura era clara en mi mente: descripción cronológica de los hechos, evaluación de la información obtenida, y recomendaciones para acciones futuras.
 
Informe del Incidiente
 
Releí el documento, asegurándome de que la información fuera precisa y las recomendaciones sensatas. Satisfecho con el resultado, lo sellé en un sobre oficial con la clasificación "Confidencial" y lo coloqué en la bandeja de salida para entrega prioritaria.
 
Mi hombro palpitaba ligeramente bajo el vendaje mientras me reclinaba en la silla, permitiéndome un momento de reflexión. La situación era preocupante. Si realmente existía un túnel bajo el cuartel, las implicaciones para la seguridad eran graves. Pero también sentía una chispa de emoción ante la perspectiva de una investigación más profunda.
 
Me levanté y me acerqué a la pequeña ventana de mi oficina. El amanecer comenzaba a insinuarse en el horizonte, tiñendo de naranja las enormes burbujas que flotaban perezosas sobre los manglares de Sabaody. En algún lugar bajo nuestros pies, quizás en este preciso momento, contrabandistas y quién sabe qué otros criminales se movían con impunidad.
 
"No por mucho tiempo," murmuré, contemplando cómo la luz del alba comenzaba a iluminar el archipiélago.
 
Mientras me dirigía a la oficina del Capitán para entregar el informe, no pude evitar sentir que esta noche había destapado algo mucho más grande de lo que imaginaba. Y por alguna razón, tenía el presentimiento de que mi tranquilo puesto como médico de la base estaba a punto de complicarse considerablemente.
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