[Pasado, T1] De fantasma... ¿a cuervo?
#1
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Día 1, primavera del año 11.

Era un día como otro cualquier en la vida de Enma desde que decidió convertirse en una persona “libre”, un revolucionario. O, como él se define, el “fantasma de la revolución”, por rememorar el recuerdo de Lillian que todavía permanece en él. Sin embargo, no sabía por dónde empezar. ¿A dónde había que ir a firmar para convertirse en un gran, fuerte y valiente revolucionario? Enma estaba completamente desorientado y en su camino sólo se cruzaban piratas o marines. Blanco o negro. Pero él creía que la vida todavía tenía muchos grises escondidos.

En uno de sus múltiples trayectos, se había colado por equivocación en un pequeño barco de marines rasos, que tenían la misión de cazar animales para darle de comer al pueblo en el que residían temporalmente. Inicialmente, Enma pensó en diferentes maneras de cómo podría asesinarlos, pero ninguna de ellas lo acababa de convencer. Como su historia ha demostrado, su odio hacia todo lo que represente el gobierno mundial no tiene límites. Y, si los tuviera, estaría dispuesto a romperlos.

Habían llegado. Frente a ellos, un bosque inmenso, descomunal. Jura, le habían llamado. O algo así le quería sonar. Cuando escuchó que los marines descendían del barco, él también se puso en marcha; se lanzó al agua y nadó hasta una orilla cercana, repleta de algas y diferentes animales que jamás había visto. – ¿Una jirafa con cola de pez? ¿Un pez... con alas? – Enma, simplemente, no daba crédito. ¿Qué estaba sucediendo ahí?

Al salir de la orilla y adentrarse en el bosque, no parecía percibirse nada. Ni un pueblo, ni personas. Tan sólo animales exóticos estaban poblando ese lugar y cada cual era más extraño y diferente que el anterior. El que más le llamó la atención fue un pequeño pájaro, de color oscuro como la propia noche, y con unos ojos grandes de color carmesí que, que no tenía nada diferente a un cuervo común más que su tamaño y color. Uno de esos “cuervos”, si eso eran, se posó en su hombro y permaneció gran parte de la tarde en él. Enma estaba encantado de haber hecho un amigo. De hecho... era su primera compañía desde la muerte de Lillian. Pero no podía perder el tiempo en eso. Tenía que inspeccionar la zona y ver si le podía sacar algo de provecho ya que, de lo contrario, los marines se irían sin él y, ¿qué haría entonces? ¡Apenas sabe nadar!

El rugido de su estómago interrumpió sus pensamientos. ¡Hora de comer! O eso pensaba pero... ¿qué comería? No parecía que hubiese muchos frutos en aquella zona. Por supuesto, no había un pueblo cercano y tampoco gente que viviera en pleno bosque. Enma dejó que su cuerpo cayera al suelo para sentarse y gritar un fuerte – AAAAAAH... – aunque le dio pereza gritar mucho más. Al tumbarse en el suelo y levantar la mirada, vio que en lo alto de los árboles colgaban unos frutos igual de exóticos que los animales que habitaban la isla. Así que su única manera para alimentarse era... alcanzar esos frutos.

Lo intentó de varias maneras. Primero, golpeando los árboles. Segundo, lanzando piedras. Tercero, intentó mandar a su nuevo amigo, el cuervo Lillian, a por ellos. Pero nada le funcionó, así que tuvo que usar el último recurso: usar sus puños americanos para ir escalando, poco a poco, por los árboles. Esto, por supuesto, originó varias caídas, cada una más dolorosa que la anterior. Pero si algo caracterizaba a Enma, además de su personalidad sombría y asocial, era la perseverancia. Así que se cargó de una cantidad moderada de piedras en los bolsillos y, después de varios intentos, consiguió llegar a una de las ramas más elevadas. Desde ahí podían avistarse muchas cosas. Frutos extraños que crecían de la propia corteza de los árboles, otros que colgaban de sus ramas y... otro que estaba incrustado en una de esas ramas. También había monos-pez y ardillas-serpiente. Toda una variedad de fauna que Enma no era capaz de asimilar.

Pero volvamos a lo importante. Comenzando por la que estaba incrustada, Enma empezó a lanzar piedras a las ramas más cercanas para que las frutas cayeran en el suelo y poder cogerlas. Y así fue. Un total de trece frutos tocaron suelo de manera intacta, por lo que, decidido, comenzó a descender de la cima de los árboles para recoger toda aquella comida. – Vamos a ello... – Murmuraba mientras guardaba los puños americanos en su bolsillo trasero. Recogió todos los frutos, uno a uno, y los arrimó al árbol más cercano, bajo la sombra, para sentarse y descansar mientras disfrutaba de un buen manjar. Con todo, quizá hacía cinco días que no probaba bocado.

Cogió primero los más pequeños y les pasó la mano varias veces, con la intención de limpiarlos y quitarles la suciedad que pudieran tener. – Me faltaría agua, pero bueno... – Y le dio un bocado. Uno y otro más hasta comerse casi la mitad de las frutas, seis en total. Levantó la mirada al cielo, suspiró, y cogió la fruta más grande y exótica de todas.  – ¿Qué será esto? Un color oscuro... parece que está... quemada. Sí, eso diría... – Susurraba mientras inspeccionaba la fruta de arriba-abajo, acercando la vista y oliéndola por completo. No transmitía olor y no era muy apetecible, pero el hambre era demasiado grande como para contenerse. – Ñam... – Dijo mientras comía la fruta. Cada bocado sabía peor que el anterior, pero no desperdició ni la piel. – Esto sabe horrible... Realmente... Estaba quemada... – Decía mientras se limpiaba la boca con la mano. No había sido la mejor comida de su vida, pero a estas alturas valoraba más el hecho de comer que el sabor propio de la comida. Afortunadamente, todavía le quedaban algunas frutas más así que aprovechó para comer el resto de ellas y así quitar el mal sabor de boca que ese extraño fruto le había dejado. Al acabar, dejó caer su cuerpo en la hierba que rodeaba el árbol y... se quedó dormido. No de manera muy profunda, pero lo suficiente como para sólo escuchar el sonido del viento y, a lo lejos, cómo rompían las olas del mar en la orilla.

De repente, unos ruidos extraños lo despertaron. – Ay... ¡Se va el barco...! – Intentó gritar, pero con voz dormida todavía. Levantó la mirada hacia la orilla y vio que el barco todavía estaba allí así que, como pudo, comenzó a correr hasta llegar a él. En la mano, llevaba una de las sobras de los frutos, para ir comiendo por el camino. Cuando llegó allí, vio que todavía no había nadie así que subió al barco por la entrada normal. Movió las escaleras y comenzó a subir una a una. – ¡Alto ahí! – Se escucha detrás de él. Los marines estaban justo detrás, descansando, tirados en el suelo. Eran tres en total y dos de ellos lo estaban apuntando con una pistola. El tercero era el que había gritado, que comenzó a acercarse a Enma mientras desenvainaba dos espadas que le colgaban de la cintura. – ¿Por qué estás intentando subir a un barco de la marina? ¿Eres un pirata? – Empiezan a escucharse carcajadas. – ¿Cómo va a ser esta rata inmunda un pirata? ¡Por favor! – Continúan riéndose. Cada carcajada era más fuerte que la anterior.

Enma se dio la vuelta y sus ojos se marcaron de forma agresiva en cada uno de los marines. Allí delante, para él, estaba lo peor de lo peor. Esas tres personas representaban todo lo que el odiaba y todo aquello que le habían robado en su infancia. – Las únicas ratas... aquí... sois vosotros. – Murmuraba mientras metía las manos en los bolsillos para coger los puños americanos y, acto seguido, se abalanzó hacia ellos. Desafortunadamente... los dos marines de atrás, aquellos que lo apuntaban con una pistola, comenzaron a dispararle. Pum, pum, pum... así hasta trece veces, como la cantidad de frutas que había comido. Y quizá eso es lo que le dio suerte porque... Enma seguía vivo.
Frente a los marines se encontraba una persona con agujeros sobre su cuerpo, de los cuales emanaban una cierta sustancia negra, no conocida para él, pero que le recordaba a algo quemado. Este pensamiento le hizo “click” y recordó que... – ¿Podría ser esa fruta? – Pronunció en voz alta, pero de forma débil. Como persona a la que le gustaba la lectura, Enma estaba al tanto de la existencia de las akuma no mi y de sus tipos, pero no conocía la totalidad de ellas, por lo que estaba un poco despistado. No tanto por el hecho de haber ganado el poder, sino de entender cuál era éste. 

Los marines, perplejos, se quedaron completamente paralizados hasta que uno de ellos comenzó a gritar. – ¡Una logia! ¡¡¡Huid ahora mismo!!! – Dejaron sus armas y escaparon de la escena que se podría haber convertido en un crimen. Y es que, efectivamente... Enma era ahora un usuario de las frutas del diablo y poseía nada más y nada menos que una logia. – ¿Qué haré ahora con esto...? – Se preguntaba mientras miraba sus manos, que todavía desprendían restos de... esa sustancia. ¿Qué sería?

Pero eso ahora no era importante. Lo importante es que Enma no sabía navegar y los marines ya lo habían descubierto. Poco era lo que podía hacer así que optó por la vía menos complicada aunque más arriesgada: manejar él el barco. Iba a ser difícil, sino imposible, pero en aquel momento le había parecido buena idea. Además, si quería ser un revolucionario, tendría que saber defenderse en los mares, ¿no? Aunque, no había caído en que... – ¿Nunca más podré nadar...? Vaya... Tendré que pensar en cómo podré volar entonces... – Honestamente, estaba preocupado por el tema. Pero como no nadaba muy bien... siguió pensando en otras cosas.

Aunque, antes de irse, bajó del barco para recoger los barriles que los marines tenían, que estaban repletos de comida y bebida, y los cargó en la cubierta. Así tendría suministros de sobra para unos días o, incluso, semanas, porque tampoco comía mucho. – Vamos allá... – Murmuró mientras soltaba las cuerdas. – Tendré varios días para practicar este nuevo poder... – Desvía la mirada hacia su hombro. – ¿Verdad? – El cuervo había vuelto.

O eso creía, porque, en realidad, ese cuervo era parte de él. Él... lo había creado. Enma ya no era el fantasma de la revolución. Ahora tendría que ser aquel que sobrevuela los cielos, el cuervo que lleva la liberación a todos los pueblos.

Que empiece la aventura.
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#2
Aventura Tier 1 Completada


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