[Presente Absoluto - Aventura Tier 2] Los rezagados.
#11
Vladimir observaba atentamente al peliblanco. Tenía la cara enrojecida, quizá por ira, o tal vez vergüenza. El recibir pedradas como si se tratara de una pelea de niños no era algo que fuese agradable para él. Sentía como si lo estuviesen subestimando. Apretó fuerte su escudo esperando el siguiente movimiento de Caelum. Su frente aún dolía, pero no era tiempo de sobarse o pensar en ellos.

— Maldito mocoso. Te quitaré esa maldita máscara a punta de golpes. Seguro te estas burlando detrás de ella —murmuró Vladimir.

De repente el soldado Drift saltó de nuevo. Acercándose cada vez más a donde se encontraban el resto de sus compañeros. Aparentemente queriendo hacer distancia para evitar los ataques cuerpo a cuerpo de Vladimir. Nuestro gordo amigo no pestañó en ningún momento. Vio claramente el salto y como Caelum tomaba de nuevo rocas del suelo.

— Piensa hacer lo mismo otra vez. Menudo gil —pensó Vladimir.

Los movimientos de Caelum fueron demasiado notorios, como si estuviera lanzando una pelota a un bateador. En un combate real eso le costaría una bala en la cabeza, a los ojos de Vladimir eso era una total estupidez y burla.

Dos proyectiles salieron de las manos del peliblanco. Uno al piso y otro hacia el soldado Putinoff quien la vio venir sin problemas. Con un movimiento fugaz del escudo que se encontraba en su zurda, Vladimir detuvo la piedra sin esfuerzo. Aquella pequeña piedra volvió al suelo, donde pertenecía.

— Te advertí. Te dije que si volvías a hacer eso no ibas a salir ileso de aquí —le dijo el soldado Putinoff al soldado Drift.

De repente aquella bola de grasa vestida de marine comenzó a correr. Corrió un metro y luego dio un gran salto de dos metros. En un instante ya había acortado la distancia y se encontraba a un metro de Caelum. Sin embargo…

— Uggghhh… Esp… Espera un… Espera un momento. Déjame agarrar un respiro —dijo agitado

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#12
Habían pasado miles de segundos desde que alguien quiso ver qué hay debajo de mi máscara. Igual que hoy, quisieron arrancarla a golpes; por feo, por mudo, por débil. El feo siendo desenmascarado no era una opción. La perfección luciferina de mis gestos debía permanecer oculta, en secreto; era mejor así.

Mi compañero estaba confuso, mi idea no era burlarme de él, yo quería que viera que iba con mi máximo, lanzar rocas no por deshonra sino por honor. Él estaba cabreado, rabioso, exaltado, un poco cansado por su desplazamiento. Mis ataques eran migajas contra su gigantesca pared, la zurda armada del gordinflón era impenetrable. Tenia razón, mis forma de defenderme era una burla; era lo único que me quedaba.

Respiré, el aire se colaba por la máscara; frío, helado. La sensación de derrota era inminente. Lo vi llegar jadeante, un jabalí a punto de embestir a su presa. Era tal la diferencia que me pareció que tembló el suelo con cada paso, cada salto, cada palabra. Lo miré sin miedo, yo sabía algo que él todavía no; la huida.

No corrí, no salté, no me hice liviano como las plumas. No acaricié el terreno, no tomé piedras. No por seguir una estúpida estrategia, sino por resignación, por costumbre. Ya no era mi enemigo, era mi aliado.

Seguía siendo el roto, el débil, el que debía levantar la mano para extinguir su propio heroísmo.
Revoloteé con mis delgados dedos lo estrecho de mis bolsillos y tomé el último papel. Un tono de gris por el desgaste, papel lleno de recorrido, esperando que le diera forma para gritar. Eterno ritual. Se movió entre mis dedos como una serpentina. Cada movimiento le daba forma, le daba vida. Un doblez, dos dobleces, tres dobleces. Estaba listo. No había apuro, el destino ya estaba sellado.

El pájaro emergió entre mis manos. El campo de batalla ya era ajeno, desierto. El polvo se descontroló, no sabía hacia dónde ir ni qué pasaba. La situación fue irreal, incontable, descuidada.
El ave, simple, sin colores, en una estupenda paleta de grises y arrugas. Sus alas apenas formadas marcaban que apenas podía volar. No era su momento aún, tampoco el mio.

Miré el origami como si fuera un arma descargada. No era inútil. Era sabia. Estaba llena de algo que ya no era, pero que supo ser y marcó a fuego, a pólvora, a explosión. Extendí la diestra ofreciéndole mi arte. Era como darle mi corazón, apenas latente, cansado, rendido. Y, levantando la zurda, grité, fuerte, sin miedo y cargado de sabiduría.

—¡Me rindo!

No tenía sentido continuar. Había leído por ahí que “quien suda en la práctica, sangra poco en las batallas”, una frase tan inútil como cierta. Inútil para mí, que ya me había desangrado, que nunca había sudado todavía. De nada servía entonces. Era inútil resistir, estirar la batalla. Es de sabios retirarse a tiempo y no hacer perder tiempo a mis superiores.

Me quedé en el lugar con la mano estirada, esperando que mi rival viera aquello no como un conjuro, sino como una ofrenda a un hombre que también estaba roto, como yo.

OFF
#13
Tras una pausa Vladimir poco a poco recuperaba el aliento. En su rostro una sonrisa se dibujó pensando en la dulce victoria que tendría contra aquel flacucho enmascarado. Esta vez golpearía fuerte, sin piedad. Los escudos en manos adecuadas no solo prestan una gran defensa, sino que pueden servir para fracturarle la cabeza a más de uno.

— Ahora… Ahora si… Allá voy —le dijo el soldado Putinoff a su contrincante un poco menos agitado y mas repuesto.

Sin embargo algo realmente inesperado ocurrió antes de que Vladimir pudiera mover tan siquiera un músculo. Todos miraron sorprendidos y curiosos aquello. El soldado Drift tuvo la osadía de ponerse a hacer figuras de origami en medio de pleno combate.

— ¿Un pájaro de papel? ¿Te estás burlando otra vez de mí? Ya te estás pasan… —dijo Putinoff quien fue interrumpido por la voz de Caelum.

El peliblanco que había sido silencioso y misterioso hasta el momento había alzado su mano izquierda y gritado sin pena ni gloria que se rendía. La cara de Putinoff parecía un tomate. Era el colmo de los colmos. Aquel obeso cuerpo no aguantaba más. Iba a explotar, no de grasa, sino de ira.

— Estás muerto —dijo Vladimir haciendo un intento de movimiento hacia Caelum pero algo interrumpió su andar.

Un shuriken salido de la mano de Ryu rozó la mejilla de Vladimir sin que este lo viera venir, abriendo una pequeña herida en su rostro. Nadie de los presentes fue capaz de ver aquel ataque. Si no fuera porque el shuriken cayó en el suelo detrás de Vladimir nadie hubiera sabido que lo golpeó. La diferencia de nivel entre el pelirrojo y el resto era evidente.

— Tu contrincante se ha rendido. Has ganado. No hay honor en dañar al derrotado. ¿O eres un buitre carroñero? —dijo Ryu con una voz tranquila—. Cero lloraderas. Dejen que los otros sigan sus combates. Autoanalicen lo patéticos que fueron y mejoren para la próxima. ¿Quién sigue?

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#14
Mis manos solo doblaron con todo mi potencial. En aquel rincón del mar aún me quedaba un as bajo la manga que no era necesario mostrar. No era momento para mostrar todo lo que era, todo el peso de mis batallas mundanas. Algunas batallas es mejor dejarlas ahí, inalcanzables. Es más sabio irse y mantener aún más el anonimato para cuando estemos listos para pelear. Aunque era un arma, aunque me hubiese posicionado con más respeto. ¿De qué valía utilizarlo en ese momento? El resultado sería el mismo. Este combate ya no me pertenecía. Seguir luchando por el ego del gordinflón no es una opción; ni mi ego me gobierna.

Vladimir rugía, bufaba, maldecía. Él sí parecía estar gobernado por su orgullo, un orgullo que parecía haberle roto solo con el acto de hacerme a un costado. No era necesario seguir. Podía acompañar, estar a su lado; tenía la ofrenda para marcar que él ya no era mi enemigo. Yo estaba en un lugar interno, ya fuera del combate, escandalosamente alejado de lo que podía suponer una disputa. Putinoff no lo podía comprender. Estaba ruborizado, no de amor sino de furia. Me amenazó, buscaba de mí un cuerpo inerte, sin futuro, más alejado de lo terrenal. No fui yo, tampoco él se detuvo. Fue Ryu, una aparición adoctrinadora y totalmente alejada de la vista de cualquiera de los que estábamos allí.

Un ninja, sigiloso, atrevido y lleno de misterio. Su shuriken acarició el aire imperceptible, impresionante, majestuosa. Un movimiento lleno de jerarquía, recordándonos a todos allí que el campo de batalla tenía sus reglas. Sus palabras, justas. Su voz era música serena y conciliadora. No dejábamos de estar en el mismo bando. Nadie quería ser un ser carroñero. Yo estuve cerca de serlo, de dejarme llevar por el ego. Cuánto me faltaba aprender aún.

No quise quedarme quieto. Me motivaron las palabras del pelirrojo. Habitualmente permanecería al margen, al lado, pero me moví silencioso, sin prisa, sin provocación. Aún me quedaba algo que entregar. Era hermoso, era de mí para él. El pájaro, mi símbolo de decisión, aún colgaba en mi diestra.

Me acerqué lo suficiente para estar cara a cara con Vladimir. Era la primera vez que estaba tan cerca de mi rival. Lo miré a los ojos. Fue un instante, atravesando los umbrales de mi máscara, y frente a él volví a ofrecer aquel papel doblado. Sin decir nada, callado. Tampoco buscaba respuesta, solo aceptación.

Por un segundo pensé que todos allí pensarían que perdí por claudicar, pero estuvo lejos de ser eso. Además, había ganado algo distinto; no aplausos ni el honor de ser el siguiente sargento. Recordé que aún podía elegir. Yo me estaba rindiendo de aquel circense combate, mas no me estaba retirando. Y aquel papel en mis manos tenía el filo de mi decisión, de cada una de mis ideas dobladas. Incluso el papel, a veces, puede cortar.


OFF
#15
El peliblanco se acercó al soldado Putinoff con aquel delicado pájaro de papel, hermoso y bien hecho. Parecía ofrecérselo en señal de paz o como alguna especie de ofrenda. Vladimir en ese momento comprendió que las palabras que había dicho el sargento Ryker eran ciertas, el soldado Drift era cuanto menos extraño y misterioso. Vladimir no sabia que pensar o que sentir, así que lo único que pudo hacer fue reír.

— Jajajajajaja. Esto no se puede sentir como una victoria. Siento como si hubiese perdido contra alguien muy extraño. Jajajaja —dijo Vladimir entre carcajadas aceptando aquel pájaro sin poder entender el pensamiento de Caelum en lo más mínimo—. ¡BURRRRRRRRRRRPPP! —culminó con un gran eructo.

Tras aquella batalla que había dejado demasiado que desear, siguieron Eukaly y Émile. Ambos hicieron gala de grandes habilidades. La habilidad de Émile con su rifle era impresionante, pudiendo disparar a veinte metros de distancia sin dificultad. Sin embargo la vencedora fue Eukaly que terminó siendo casi tan rápida como el mismo Ryu. La mink koala parecía una verdadera bestia en el combate, dejando a Émile con un rostro bastante maltratado.

Luego siguieron Max y Peter, combate en el cual Max terminó rindiéndose sin siquiera comenzar. Al parecer Max simplemente veía aquellos combates como un despropósito y no quería gastar energías innecesariamente. Así los tres combates habian concluido y Ruy se disponía a decir unas palabras cuando…

— KAAAAAGEEEEEEYAAAAMAAAAAAAA!!!!!!!!!! —se escuchó a alguien gritar desde el pasillo, parecía venir corriendo.

Un hombre de cabello largo y negro, bastante fornido, salió del pasillo. Portaba el traje de la marina y traía consigo un hacha brillante y pulida. Parecía alterado y preocupado por algo.

— ¡Sargento Ryker! ¡Ordene Señor! —dijo Ryu parándose firme y llevándose la mano derecha a su frente en posición de saludo.

El resto de soldados rasos también se colocaron firmes al enterarse de que la persona que tenían de frente era el sargento que les había hablado por Den Den Mushi.

— No te preguntaré cómo lo hicieron estos novatos porque me imagino la respuesta y no quiero desanimarme más. Vengo de los otros campos de entrenamiento. Perderé la apuesta a este paso, maldita sea —dijo el sargento llevándose la mano a su rostro con una expresión de dolor—. Habrá un cambio de planes. Este grupo no entrenará en esta isla. Saldremos al mar. La mejor manera de crecer es vivir todo en carne propia. A partir de ahora están bajo mi mando directo. Tú vendrás con nosotros Ryu. Tengo que ir a hacer papeleo pero pronto les haré llegar las órdenes. Encárguense de preparar todo y tratar de ser menos mierdas mientras llega el día de zarpar.

El sargento sin decir nada más dio la vuelta y regresó corriendo por donde había venido. Al parecer la vida de Caelum y del resto de soldados cambiaría en el corto plazo. Para bien o para mal era una historia que estaba por comenzar.

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#16
Por fin terminó el combate, no con el último golpe, sino con el absurdo momento en que el gordinflón aceptó el pájaro plegado. Permanecí de pie delante de él, como si nada más importara entonces. Entre carcajadas tomó el papel doblado y no quiso aceptarse como ganador, lo que aceptó fue mi regalo, eructando, siendo igual de sincero con sus más bajos instintos. Y allí estábamos, los rotos, entregando lo más humano que aún nos quedaba. Migajas, tal vez, pero eran suficientes. Sus actos bastaron para darme cuenta de que estábamos vivos. Yo no lo entendí, y seguramente él no comprendió del todo el gesto.

Vladimir, casi con el orgullo intacto y el pulso caliente de su última danza como mi rival, me reconoció. Me vio. Se vio perdedor frente a “alguien muy extraño”. Ya no era el invisible, el feo, el solitario. Aunque un instante podía separarnos para siempre, nunca se sabe dónde pueden dejarte las intenciones de la Marina, aquel instante fue preciso. Bajo mi máscara, alejado del público, en la penumbra de mi magnífico rostro, también reí. No a carcajadas, sino con una sutil y reconfortante risa que bailó con la hecatombe del que ya no era mi enemigo. Y su final, un eructo lleno de bajeza y barrio, como telón de una obra de teatro callejera, me hizo mirar el cielo por un momento y darme cuenta de que allí, donde estábamos nosotros, las sombras,no había nada divino.

Vinieron los demás. El siguiente combate fue entre los seres más angelicales, delicados, pero por lo demostrado, no los más débiles. Eukaly parecía que, desde que había nacido, nunca había descansado, nunca estuvo quieta. Y cargada del hambre, de ese instinto salvaje que define a los mink, lo devoró. Émile era más metódico, certero, preciso, su mano sobre el acero de su arma, obediente. Pero fue el rifle el que no obedeció a su alma.

Luego, el combate entre Max y Peter. Un combate que nunca vi venir, casi como si no hubiera existido. El combate que nunca fue. Peter fue el vencedor, no sé ni cómo. Duró lo suficiente como para haberlo sentido, pero nunca lo vi. Tal vez por las preguntas incómodas de Eukaly o los gestos obscenos y rotos de Vladimir, la grada me distrajo lo suficiente como para solo ver el momento en que el ganador fue proclamado.

Y como una tormenta, un ciclón invasor que llega sin ser detectado, el grito del sargento estremeció todo el campo de batalla. No solo su grito fue imponente, sino el dibujo de su silueta colándose entre la penumbra del pasillo. Un hombre alto, fuerte, atlético, cargado de ganas de hablar, cargado de vitalidad y emociones. Un hacha descansaba sobre su hombro, rompiendo la armonía del uniforme de la Marina. Un berserker. Un soldado implacable. Por instinto, tragué un mar de saliva, tan espeso que era difícil de digerir.

Ryu, de inmediato, se tensó. Su cuerpo, rígido y obediente, dibujó con la diestra una venia, un sutil gesto, un saludo, una formalidad. El resto supimos entonces, con el gesto del pelirojo, lo que había que hacer. Calcamos sus movimientos como si fuéramos máquinas y le dimos nuestras almas al sargento. No lo hice por jerarquía. Simplemente obedecía, como siempre, en silencio.

Lo escuchaba sin atención. Era lo mismo que no oírlo. Me perdía en cómo la tierra vibraba, temblaba, aterrada con el vozarrón del sargento. Cómo la palabra “mar” me dolía tanto. Yo sabía que era ajeno a la gracia del mar. Esas tres palabras eran un presagio. Me heló el pecho, me secó de golpe, como si estuviera volviendo de la muerte. “Salir al mar”. Sabía que esa puerta estaba cerrada para mí. Era una historia aterradora. Una nueva historia que seguiría por orden, y no por elección. Las palabras seguían allí, y el sargento ya no. Su idea, su misión, había sido tan densa que el sonido seguía retumbando en mi cabeza.

Yo no hablaba para los demás. Hablaba para calmarme, para entender y para sentir que aún estaba vivo. Que aquellas palabras no trajeron mi fin, sino mi comienzo.
En un susurro silencioso, apartado de los oídos de mis compañeros, emití, sin gloria, obediente.

—Aquí empieza.

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#17
Cita:Beto obtiene: (Narrador)
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