[Presente Absoluto] T1 Auto narrada. Entrenamientos en la explanada
#1
Dia 39 de Invierno, Año 15.
West Blue, Reino de Ilisia, Pueblo Shizen
06:30 horas

El sol apenas comienza a asomarse por el horizonte cuando mis pies cruzan el arco que hace de entrada a una vieja explanada rocosa a las afueras Akauri, casi llegando a Shizen. Este era un lugar apartado, con grandes peñascos y anchos tocones dispersos, con un suelo seco y polvoriento. Un sitio perfecto entrenar y practicar a mis anchas.

Este era ya el cuarto día de práctica y noto el cuerpo agarrotado. Respiro hondo, estiro los músculos y miro a Rimera, ahora mi hacha… su filo refleja los primeros destellos del sol y su peso en las manos cada vez se me hace más familiar.
“Keehkekeke, parecía mentira la cara de orgullo que puso mi madre cuando volví con Rimera entre las manos después de los primeros trabajos. En el fondo… quería que saliera al mundo a vivir aventuras al igual que hicieron ellos” reflexiono, mientras desenvuelvo parte de las tiras de tela que cubren el mango, los ato a mi mano izquierda y los vuelvo a enrollar sobre la madera.

Hoy no blandiría el arma con ambas manos. Debía intentar dominarla con una sola, o al menos empezar el camino que me llevase a ello. No me quedaba otra si quería acompañarla con un buen escudo en la otra mano.
Tomo aire lentamente… me pongo en posición y alzo a Rimera con mi mano izquierda. De inmediato, noto la diferencia. Era un hacha de tres metros, diseñada para estar acorde con los dieciséis metros de altura de mi madre.

“…pero tú tienes menos de la mitad de su altura…” 
Alejo las dudas de mi mente. Aprieto los dedos, notando la tela trenzada. No me falta fuerza para sostenerla con una sola mano, el problema principal es la evidente falta de destreza y control.

Muevo la muñeca. Giro el brazo. Suelto las telas y pruebo distintas posiciones de agarre en el mango. “…nada termina de sentirse natural, pero bueno… acabará sintiéndose natural” me digo queriendo convencerme.
Con el agarre que más cómodo se me hace, y sin pensarlo más, adopto nuevamente la posición de combate. Levanto el brazo derecho como si sostuviese un escudo y lanzo el primer tajo horizontal.

La inercia del golpe me desequilibra. Trastabillo y ajusto rápidamente la pisada para no perder el totalmente balance. Me paro y observo como ha quedado mi postura: El escudo ficticio fuera de sitio, el costado derecho completamente descubierto y la pierna derecha vendida, totalmente dispuesta cual jamón para recibir los cortes que le apeteciera dar al enemigo de turno.

Gruño. Es frustrante. Con ambas manos, los golpes eran firmes y seguros, pero así… “Casi puedo sentir que Rimera se mueve voluntad propia, exigiendo más control o que vuelva al manejo anterior… pero mis compañeros necesitan un escudo… de poco o nada me sirve la fuerza si no puedo protegerles. Tengo que dar ese más”.

Vuelvo a intentarlo centrándome en el control de los músculos. Un tajo diagonal de arriba a abajo. Freno a Rimera, la giro. Otro en dirección opuesta. El filo de Rimera hace silbar el aire con cada corte. Varios tajos más. Una estocada rápida seguida de un empuje del hacha hacia delante con todo mi peso contra una de las rocas. El golpe impacta limpio, sin desviarse, pero la sacudida que me recorre el brazo casi arranca a Rimera de mis dedos. Casi siento que Rimera me grita “ASÍ NO” y me niega el permiso para repetir el golpe.

Chasqueo la lengua y me detengo. Ese gesto me recuerda a Charel… y como se le escapa un chasquido cada vez que intenta ocultar que la estamos sacando de quicio.

“No basta con fuerza bruta, ni con explosiones” Recuerdo que nos dijo en una de las últimas aventuras que tuvimos… tenía razón entonces, y ahora también aplicaba. Me quedo dándole vueltas a ese recuerdo, que parece que quiere traer a flote una memoria más antigua.

Sin conseguir recordar, concluyo: “Si quiero manejar un escudo en el brazo derecho debo encontrar un nuevo equilibrio, una nueva forma de empuñar a Rimera sin que su peso se convierta en un obstáculo” y cambio de estrategia.
Arranco nuevamente la secuencia de golpes, pero esta vez me enfoco en manejar a Rimera con precisión en vez de con potencia. 
Lanzo golpes más cortos y controlados, asegurándome de no perder el agarre. Con cada ataque voy aprendiendo a dosificar la energía y a no malgastar el esfuerzo en ataques innecesariamente potentes.

Descubro que usándola más con la muñeca en lugar de con el brazo completo y dejando que el peso del mango se acomode en el antebrazo, puedo mover a Rimera con mayor rapidez y en arcos más pequeños. “¡Keehkekeke esto me va a ser muy útil para enganchar, engatillar y desarmar!” Era un pequeño avance.

La sesión de entrenamiento continuaba. Voy usando las rocas como blanco, lanzando golpes simples contra ellas, midiendo el impacto. A medida que avanza la mañana, la sensación de torpeza va dando paso a movimientos un poco más fluidos y voy aplicando cada vez más potencia, aunque la incomodidad no termina por desaparecer. Al rato mis músculos entran en calor y empiezan a asimilar los nuevos movimientos a base de repetición.

Tras unas pocas series, consigo estar más cómodo y la repetición hace que comience a divagar y recordar.

“…Me veo a mí mismo con apenas ocho años.
Mido casi dos metros y medio y ahora soy más alto que mi padre, pero apenas le llego por las rodillas a mi madre.

Estoy entrenando con ella en las afueras de Akauri, casi como cada mañana.Voy armado con un hacha de madera e intento imitar las sucesiones de movimientos que ella me acaba de enseñar. Observo, con los ojos como platos, como ella se mueve y gira con Rimera, casi como si bailara. Lo hace parecer fácil.

Al poco, comenzó a llover de forma inesperada e hicimos una pausa. Ahí aprovechó para contarme una historia que mi imaginación pintó de forma vívida. Trataba de un gigante que, haciendo una demostración de ritmo, precisión y fuerza increíbles, consiguió arrancar del suelo un enorme monolito con una serie de golpes rítmicos, lo alzó por encima de su cabeza y lo dejó caer después sobre un ejército enemigo que se acercaba, salvando a su pueblo.

En ese momento, me quedé impresionado por la fuerza del gigante y me prometí que como mínimo sería tan fuerte como mi madre, aunque nunca llegara a ser tan grande como ella.

Ahí, como si me estuviera leyendo el pensamiento, ella remató con: “Pralder, la fuerza sin ritmo es como un tambor roto. Puede hacer ruido, pero no sirve para bailar”

Esa moraleja casi olvidada que me dijo al terminar el cuento, resuena ahora en mi cabeza y entonces entiendo lo que faltaba: el ritmo en el combate. No tengo que frenar la inercia con la que Rimera se mueve cuando la uso con una sola mano. Tengo que girar, bailar y fluir con ella. Golpear al ritmo y llevarla así a donde quiero, como hizo el gigante del cuento…”

Este era el recuerdo que la frase de Charel había querido traer antes.

Visualizando esa escena del cuento y sin ser del todo consciente, sigo balanceando a Rimera como si golpeara a un enemigo invisible, pero ya no estoy forzando los movimientos ni los ataques. No freno al final de cada golpe. Todo va acompasado con un ritmo interno: mis pasos, la respiración, los giros del filo de Rimera y el zumbido del aire siendo cortado.

Después de abanicar con ella un par de veces, y siguiendo el movimiento de un tajo ascendente, alzo a Rimera por encima de mi cabeza para ganar inercia. Al llegar al punto más elevado, su filo gira prácticamente solo apuntando hacia abajo. Tiro de ella, tensando cada músculo con fuerza como si fuera una estatua de piedra a punto de colapsar… y siguiendo el movimiento, en un instante avanzo y descargo un hachazo descendente, poniendo todo mi peso e impulso en el golpe.
En ese momento, no somos ni Rimera ni yo, somos ese monolito antiguo y colosal, que cae sobre el enemigo.

Me descubro a mí mismo gritando - ¡COLAPSO DEL MONOLITO! - cuando el filo alcanza la roca que tenía delante. Rimera resuena vibrante con un sonido similar al tañido de una campana. La roca se pulveriza, salpicando mi alrededor de esquirlas y polvo.

Las gotas de sudor resbalan por mi frente cuando finalmente me incorporo y retiro a Rimera. Cuando el polvo se asienta veo como ha atravesado la roca y dejado marcado el suelo con un tajo alargado. Mi brazo izquierdo tiembla ligeramente por la fatiga, pero sonrío.

¡Keehkekeke! ¡Hoy hemos dado un gran paso en la dirección correcta! - Aún quedaba mucho por mejorar, pero siento que Rimera y yo ahora hemos llegado a un mayor entendimiento - ¡Hasta tenemos un ataque con nombre!
Guardó el arma en mi espalda y miró al cielo despejado. Mañana continuaría. Aún teníamos algo de margen hasta que nos embarcásemos y saliéramos de Ilisia, el suficiente para conseguir un escudo decente como nuevo compañero de batalla.

Cosas del rol
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#2
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
Cita:Obtienes:
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