Recorrer las islas de los Blues se había vuelto interesante para el albino, que cada día encontraba algo nuevo para investigar. En ese poblado, llevaba unos días descansando en la casa de una señora que había conocido en la zona norte de la isla y que lo invitó a quedarse. Esto ocurrió porque el pirata ya no tenía dónde estar después de haberse metido en pequeños problemas por defender la integridad de la mujer y sus productos, ya que siempre hay grupos corruptos que buscan sacar provecho. No pensó realmente mucho en ello y decidió salir de la casa, sintiendo lo agradable que se veía la mañana.
—No se preocupe, señora, voy por el desayuno.
Diría con una leve sonrisa. Se estaba acostumbrando a vivir una vida tranquila, aunque para él no era nada de otro mundo. Todo estaba siendo preparado, ya que sus dos compañeros estaban organizando las cosas en la misma ciudad para divertirse y hacer algunas locuras. El joven se encaminó tranquilamente hacia la tienda más cercana que tenía en el pueblito. En ese momento, notaría que había poca gente esa mañana. Cuando las cosas están tan silenciosas, se vuelven más delicadas, así que sacó las manos de sus bolsillos para estar más atento. Llevaba en ese momento unos googles de colores que ocultaban sus ojos tan llamativos, aunque él no sabía que estaba a punto de encontrarse con algo aún más llamativo.
Sin dudarlo, entró a la tienda, viendo que no había nadie. Alzó una ceja detrás de los googles y golpeó suavemente la barra esperando ser atendido. No había nada ni nadie, pero la puerta no parecía forzada, ni parecía que hubiera pasado algo malo. Así que decidió dar unos pasos, observando cómo la tienda estaba completa, tenía sus productos y, sobre todo, los panes en una esquina, que era justamente lo que el albino estaba buscando. No obstante, sus ojos se perdieron en el primer dulce que encontraron: unas bolitas redondas de color rosado. Tomó una en sus manos para ver de qué eran, se notaban algo esponjosas y no resistió, comiendo la primera al ver que no había nadie en la tienda. Volvería a llamar con sus manos, esperando alguna respuesta.
Había venido por una canasta de snacks a mi gusto. Es decir, nada extravagante: 1 barra de chocolate negro sin azucares, 1 bolsa de nueces mixtas y 4 frutos de granada roja que tenia pensado convertir en un jugo saludable. Lamentablemente luego de haber reunido todo lo que tenia pensado en una canasta, acabe sintiendo que faltaba algún aperitivo adicional que pudiera resultar agradable en las noches de estudio en posadas no contempladas, porque después de todo no era de por aquí, valga la redundancia por mi tamaño o alguna que otra característica evidente seria obligado en adaptarme a las circunstancias de alojamiento mientras trazaba mis cartas náuticas.
La noche anterior no había sido demasiado diferente. Por supuesto, a razón de qué cansado del estofado para borrachos o la comida chatarra, había tomado la decisión de organizarme por la mañana en búsqueda de esto, esperando verdadera energía proteínica para horas nocturnas, aunque había prescindido intencionalmente de naranjas o limonadas o remolachas pese sus enormes beneficios precisamente por su preparación de licuado, baremo de gran importancia para la elección de la granada roja como una alternativa premeditada a posadas donde no hubieran electrodomésticos de uso publico para prepararme mis cosas a altas horas del trasnocho.
En fin, luego de haber considerado un jugo de durazno por dos minutos y descartar habría llegado tras comprar todo en una misma bolsa hacia la curiosa idea de fisgonear en la panadería más cercana, buscando dumplings; porque me encantaban los dumplings, lamentablemente una vez dentro del lugar habría observado sin dificultad que no habían muchas opciones agradables, por lo menos para mi, porque la mayoría eran azucares artificiales y otro tipo de panes que no reconocía en nada dado sus diferencias a toda la cultura panadera en el Pais de Kano.
El olor no estaba del todo mal aun así,
razón por la qué decidí igual arriesgar,
esperando cerca de este desconocido,
quien de pronto empezó a tomar cosas.
He de admitir que ni siquiera podía creer lo que veía. De hecho, debo haber hundido los ojos hacia arriba porque aunque sabia que la zona sur era un pueblo no buscaba tener que mezclarme todavía en este tipo de situaciones, tampoco iba a delatar al ratero de sus propias decisiones, pero lo mire fijamente mire mi mano de tez oscura y luego apunte con mi otra mano(que cargaba la bolsa) hacia TODO EL BRAZO, toda mi cara y si pudiera el cuerpo, pero iba vestido con una gabardina para esconder mis alas negras, estaba molesto, pero no iba a ser un soplón así que solo negué con la cabeza un par de veces e intente salir del lugar antes que el muchacho mientras decía.
-¿En serio? me largo de aquí, estoy demasiados tonos abajo para ser inocente ¡jodete!- puntualizaría en voz baja, negando con la cabeza mientras me apuraba a salir del lugar antes de que me cayera un escándalo innecesario.
El albino siguió tomando tranquilamente algunas cosas del mercado, para luego mirar hacia el extraño hombre de gran altura que comenzó a hablar cuando vio que el joven se llevaba las cosas fuera de lo autorizado. Sonrió levemente por su reacción, ya que era bastante moreno. Luego, notó que también medía varios metros de altura, algo que no podía pasar desapercibido.
—Y demasiado alto también —dijo con una leve sonrisa en ese momento, escuchando lo que el hombre decía.
Pero eso no significaba que se lo fuera a robar. Se encaminó hacia el lugar de atención para pagar, pero no había nadie para atender, lo que le pareció aún más sospechoso. ¿Acaso aquel sujeto moreno los había matado? No sería algo extraño ni descabellado en un mundo tan vasto.
Zack se quedó esperando al dueño, pero al no haber nadie para pagarle, decidió indagar un poco más. Se acercó a la puerta interna para acceder a la bodega y, nuevamente, se llevó la sorpresa de que no había nadie. Aquel lugar parecía "abandonado" o algo más siniestro podría estar pasando. Ahora, la curiosidad carcomía al albino, que no pararía hasta dar con alguien, ya que dudaba mucho que hubieran abierto el negocio para luego irse a dormir o hacer otras cosas, sabiendo que existían oportunistas. No pudo evitar esbozar una leve sonrisa, porque él mismo era uno de esos oportunistas en los que estaba pensando.
Así que sin hacer ruido busco indagar un poco mas en la casa buscando encontrar una pista o al menos algo interesante de por que no estaban haciendo su trabajo en ese momento.
No había nada que agregar. Por supuesto, comprendía el prejuicio que iba a generarse y no podía sino brindar toda razón hacia el sarcástico argumento que fue agregado, incluso aunque este fuera también para mi pesar, razón por la qué aunque no comente nada directamente habría bufado con desdén, manteniendo en mi cabeza sus palabras sobre mi estatura como un adicional que de alguna manera no pretendía aceptar completamente, aunque podía ser bastante cierto, habría decidido limitar mi pensamientos alrededor del tema mientras me iba y evitaba conflictos innecesarios para variar, abriendo de salida la puerta del local y buscando olvidar el asunto.
-Menudo día! ni como negar, o discutir, o involucrarse, eso si.- razonaría a presión, inhalando algo de aire luego de haber salido de la pequeña tienda mientras que mantenía con mi zurda la bolsa de víveres con tranquilidad, inevitablemente insatisfecho de no haber podido averiguar sobre los tipos de levadura que usaban o los precios mientras que de la misma forma me cuestionaba sí debía involucrarme en aquella mierda con el ratero de antes, razón por la qué aunque me hubiera gustado largarme lejos del sitio, había decidido esperar a unos metros de la entrada por sí escuchaba algún grito de auxilio o un simple acto de hambre ajena se convertía en algo más serio.
-Tal vez debí brindarle la comida del día al chico.- reflexionaría, algo abrumado, pensando de sobremanera en tantas cosas que podían evitarse con una propuesta sencilla que puede no se me había ocurrido en el momento, razón por la qué de alguna manera llegue a sentirme culpable de no intervenir un poco más, pero había actuado ya de una forma así que me limite a suspirar con pesadez mientras el tiempo transcurría y esperaba lo mejor, observando una avenida casi solitaria, con apenas uno o dos transeúntes alrededor, entre lo que rascaba con ansiedad o intriga por debajo de mi barba como una manera de desinteresarme o desesperarme en la espera.