11-08-2025, 10:08 AM
(Última modificación: 11-08-2025, 10:26 AM por Varoganchin.
Razón: inclusión de una escena final
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Día 83 de primavera // Año 16
En los alrededores de la mansión Reena siempre había un silencioso movimiento. Los guardias hacían lo posible por dejar clara su presencia, pero sin ser ruidosos. Se paseaban una y otra vez por fuera del edificio para que cualquier ladrón o persona con intenciones aún más oscuras se lo pensase dos veces. Era algo así como el cartel de una compañía de seguridad pegado a la puerta de la casa; no creaba ninguna molestia a los habitantes, pero era una clara advertencia a los intrusos. Por suerte para Varo, eso significaba que podía tener ubicados a los vigilantes sin llegar a entrar a la mansión.
Hacía años, ya había conseguido deslizarse por los pasillos en busca del despacho de Reena, aunque aquella vez no había terminado como él deseaba. Pero esta noche no sería igual, no. Esta vez tenía mucha más experiencia como ladrón, había recopilado información sobre las costumbres del jefe y sus subordinados durante años, su cabeza era una libreta llena de rutinas y posibilidades. Era el golpe de su vida, y nunca mejor dicho, puesto que era lo que dependía de este robo. Si conseguía llevarlo a cabo con éxito conseguiría algo que parecía haber olvidado: la libertad.
Llevaba unas horas examinando los movimientos de los guardias, encaramado a la copa de un árbol, como el águila que estudia a sus presas desde las alturas. Esperó hasta que cayó la noche y entonces avanzó, rápido y sin titubear, hasta la pared de la mansión. Sabía que las ventanas estaban reforzadas, por lo que decidió que su camino de entrada sería otro. Se aferró con sus garras a las separaciones de los ladrillos y comenzó a subir. Había elegido esa pared en concreto por tener a escasos metros una higuera que le serviría de cobertura. Escaló como si le fuese algo innato, como si el premio que le esperaba al otro lado del camino fuera mejor que un coco después de días sin comer. Y es que lo era.
Sus músculos comenzaban a notar la fatiga, pero el mink no se detenía. Continuaba su escalada con paso firme, como si pensase llegar hasta el cielo. Una brazada, luego otra. Dejaba las ventanas atrás, intentando no exponerse a ser visto por ninguna de ellas. Subió hasta tener a su alcance el canalón del edificio. Alzó su mano sobre él y el asco le reverberó por el cuerpo cuando hundió sus garras en el fango. Un olor fétido le inundó la nariz cuando pasó su cuerpo hacia las tejas. Debería llevar meses sin desatascarse, y en los meses de invierno las lluvias eran fuertes en aquella isla. Continuó su rumbo avanzando por el tejado con sutileza, apenas parecía tocar las tejas, era como si levitase sobre ellas. No se podía permitir el lujo de despertar a ninguno de los habitantes porque una teja golpease el suelo haciéndose añicos. No, esa noche debía salir todo perfecto.
Una vez alcanzó la cima, Varo comenzó a contar las chimeneas mientras repasaba el plano mental que tenía de la casa. Una. Dos. Tres... Sí, esa es. Corrió de puntillas hacia la tercera de las columnas que coronaban la mansión. Un ligero hilo de humo salía desde ella, pero eso daba igual. Debía descender por ella si pretendía acceder directamente al despacho de Destrutore Reena. AL despacho real, el verdadero, donde llevaba a cabo las reuniones más importantes, no aquel despacho de pega donde un guardia lo había guiado en su primera intentona. No aquel era solo un señuelo para primos. Y Varo lo había sido. Este otro despacho era al que el mink no tuvo el placer de acceder hasta que había demostrado un gran valor para la familia Reena. El mismo despacho donde Varo le había llevado al jefe la máscara de origen Totoca en la que el mink había depositado tantas esperanzas.
Descendió por el tubo. Las paredes, hollinientas, desprendían un olor ahumado que llenaba los pulmones de Varo. Según iba descendiendo, el aire se hacía más denso, más difícil de respirar. Como si en lugar de aire se tratase de otro fluido que se adhería a sus vías respiratorias dejando huella a su paso. Era humo. Pequeñas volutas ascendían desde la parte inferior de la chimenea. Varo miró hacía abajo, deseando que solo fuese su imaginación. Pero no lo era. Había unas pequeñas ascuas moribundas que aún desprendían algo de calor, el cuál se fue haciendo más presente con cada metro que el mink hurón descendía. El sudor comenzaba a correr libremente por debajo de su pelaje, y sus manos, ennegrecidas por el camino, se sentían húmedas y agarrotadas. Por suerte sus garras permanecían haciendo su labor, buscando cualquier oquedad en la que clavarse para mantener el rumbo.
Al fin tuvo a tiro la salida de la chimenea. El calor que sentía en sus pies era abrasador. Algo que no mejoró ante la idea de lo que venía a continuación. No podía simplemente dejarse caer y rodar dentro de la estancia; podría haber alguien dentro descansando aún. Primero, debía asegurarse de que no había nadie, y para eso debía asomarse con cuidado. Clavó sus garras con fuerza para girar su cuerpo. Cuando alcanzó una suerte de horizontalidad, notaba como el calor se filtraba a través de su camisa, abrasando su costado. Pensó si habría gente que comiese lomo de hurón, al igual que había desalmados que hacían guisos con conejos. No le gustaría comprobarlo, y menos aún aquella noche. Terminó su giro para situarse cabeza abajo. Tuvo que mantener los ojos cerrados para no sentir como le ardían por la cercanía de las brasas. Bajó su cabeza, respirando muy despacio, tan solo un pequeño hilo cada vez, y cuando notó que el aire parecía dejar de estar tan viciado, abrió los ojos.
Nada.
No había nadie en la habitación, por lo que se dejó caer, con ansia, y rodó por el suelo. Sus pulmones agradecieron el fresco aire que entraba ahora en ellos y sus ojos tardaron en enfocar, buscaban recuperar la humedad lágrimas mediante. Observó la habitación. Un enorme despacho presidido por un precioso cuadro del artista Gan Vogh. Se trataba de una obra que había robado para él hacía unos meses. Una que lo había dejado pasmado al observarla y que tardó varios días en entregársela. Mostraba un paisaje nocturno, lleno de estrellas con grandes haces. El cielo lo cubría una extraña bruma, que bailaba sobre unas redondeadas colinas, que resguardaban un pequeño pueblo a su falda. Los trazos eran fuertes y expresivos, gruesos, llenos de movimiento. Hacían sentir al mink el dinamismo de la escena, como si pudiese ver allí mismo como las brumas descendían sobre el valle.
Pero aquella noche no tenía tiempo que perder. Debía centrarse y volver a su trabajo. Agitó su cabeza y volvió en sí, para descubrir algo que le aterró. La máscara que tanto le había costado conseguir se encontraba sobre la mesa de Reena, aunque su estado no era el que Varo hubiera deseado. Habían rascado la capa de pan de oro que cubría la máscara y se habían llevado las gemas que la decoraban. El trabajo dejaba claro el poco amor por la valiosa pieza. Las raspaduras y surcos se repartían a lo largo de toda la máscara, dejando zonas lisas, sin volumen ni forma aparente. La sangre comenzó a hervir por el cuerpo de Varo, que decidió debía darle un escarmiento a Reena.
Rebuscó por los cajones, con el objetivo de encontrar cualquier cosa de valor que pudiese llevarse, pero no tuvo éxito. Tan solo encontró una caja fuerte oculta en el mueble bajo su mesa. Se dispuso a forzarla, algo que con su habilidad para abrir cerraduras sería posible, pero no rápido. Se agazapó tras la mesa y comenzó su trabajo. Recordaba la forma y el contenido de su colgante, pero también deseaba poder obtener algo más. Algo que de verdad le doliese a Reena. Debía pagar por lo que le hacía a la gente y por lo que le había hecho a la máscara. Maldito avaro...
Tras un buen rato en silencio, escuchando cada roce y chasquido en el interior de la caja fuerte, oyó lo que deseaba. El clink que indicaba premio. La puerta se abrió. La deslizó con cuidado, esperando que no rechinase al abrirse. Y allí estaba. Redondo, hecho de bronce. Sin ningún brillo ni valor, más allá del emocional. Estaba cubierto por intrincadas decoraciones que acababan en una piedra central, azul como los ojos de la persona que se lo entregó, hacía ya tantos años: Nala, su madre.
Cogió el collar y junto a él, tomó una pequeña concha marina, cuyo dueño creía conocer, y se dispuso a marcharse. Cubrió las brasas en la chimenea con una manta para evitar abrasarse los primeros metros de su ascenso y comenzó a trepar. Poco a poco. Satisfecho. Con el ímpetu de quien sabe que su vida ha dado un vuelco. Nada volverá a ser igual, pero no por ello debería ser peor.
Llegó a la cima de su escalada y salió al aire. Una columna de humo comenzaba a salir tras de él, probablemente causada por la manta que había arrojado a las brasas. Como si pretendiera abrigarle en las sombras, con la intención de protegerle en su huida. Y aprovechando el humo y las sombras, huyó. Huyó hacia una nueva vida. Huyó hacia su libertad.
Saltó desde el tejado hasta el árbol, con la impulsividad de quién está lleno de adrenalina, del que no piensa en las consecuencias de sus actos, tan solo en liberar toda esa energía que corre por sus venas sin piedad. El único de los fallos que cometió Varo esa noche, pues la caída de su cuerpo partió una de las ramas que cayó al suelo, justo cuando unos guardias hacían su ronda. Pero aquella era su noche de suerte. La rama golpeó a uno de ellos en la nuca y lo puso a dormir. El otro, confundido por la situación se agachó para socorrer a su compañero, creyendo que la rama fue un simple infortunio.
Varo aprovechó este momento para desenfundar sus agujas; no podía hacer ruido, no quería alertar a más guardias, y mucho menos despertar a la familia Reena. Apuntó con su aguja al cuello del guardia y la lanzó. Se clavó en su objetivo, pero no fue suficiente para tumbarlo. El guardia se giró y sacó su pistola apuntando a Varo. Entonces disparó, destruyendo así la fantasía del mink de una huida sigilosa. El tiro se oyó por toda la finca, y pronto comenzaron a oírse las voces de otros guardias. Varo consiguió apartarse a tiempo antes de que el disparo lo alcanzase, dejándose caer a unos metros del vigilante. En ese momento, volvió a lanzar otra de sus agujas, esta vez a uno de sus ojos. El guardia, mucho más lento que el mink, no pudo reaccionar a tiempo y la aguja se incrustó dentro de su cabeza. Un enorme grito de dolor lleno esta vez el patio.
Varo se acercó a toda velocidad para recuperar sus agujas. Cogió una con cada mano y pateó el pecho del guardia para evitar que lo prendiese. Y entonces corrió. Corrió como nunca antes había hecho. Entre las sombras. Bajo la luz de la luna. A la vista de todos. Pero huyó. Su objetivo estaba mucho más cerca.
