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El sol aún no había escalado del todo sobre el horizonte cuando Krysser ya estaba en pie. El aire de la isla del Kárate tenía un frescor particular a esas horas, una mezcla de sal marina que el viento arrastraba desde la costa y el perfume verde del bosque interior, húmedo por el rocío de la madrugada. Sus orejas captaban el zumbido distante de insectos que comenzaban su jornada, el batir de alas de algún ave tempranera y, más lejos, el rugido sordo de las olas golpeando contra las rocas. Su afinado olfato era capaz de captar aún mucho más, cada rastro de cada ser vivo del lugar, ya de sobra conocidos por el cazador felino, eran caminos que podía seguir, hilos de los cuales podía tirar en cualquier momento hasta sus presas.
Ya llevaba semanas en aquel lugar. Lo suficiente para que la tierra no se sintiera ajena bajo sus pies, para que el murmullo del bosque fuera tan familiar como su propia respiración. Los humanos de las aldeas costeras lo miraban con menos recelo que el primer día, las miradas curiosas y temerosas habían dejado paso a un reconocimiento silencioso. No porque Krysser buscara ser parte de su vida cotidiana, sino porque su presencia se había vuelto un elemento más del paisaje, como los árboles viejos o las rocas musgosas.
Esa mañana, como tantas otras, su destino era la espesura. No buscaba caza, ni entrenamiento, ni siquiera un propósito concreto. Simplemente, el bosque era parte de él, y él parte del bosque. Caminaba sin prisas, apoyando el peso en la punta de los pies, dejando que el suelo blando amortiguara sus pasos. La luz se filtraba entre las copas de los árboles en haces dorados, dibujando un mosaico cambiante sobre la tierra. El aire estaba vivo, y el olor a corteza húmeda, a hojas en descomposición, al leve dulzor de las flores silvestres que crecían a la sombra, impregnaba el ambiente.
A mitad de camino, Krysser se detuvo, no por sentir peligro alguno, sino por costumbre. Cerró los ojos y dejó que el resto de sus sentidos hicieran el trabajo. La brisa le trajo el aroma de agua dulce, el riachuelo del cual se abastecía debía de estar a menos de cien pasos. Más cerca, percibió el roce sutil de garras diminutas contra la corteza, detectando rápidamente una ardilla, trepando con una nuez en la boca. Más lejos, el graznido ronco de un cuervo interrumpía la calma. Cada sonido, cada olor, encajaba en un patrón que él conocía y entendía.
Cuando llegó al riachuelo, se agachó sobre una roca cubierta de musgo y hundió las manos en el agua fría. Bebió un par de sorbos, dejando que la frescura le despejara el último rastro de sueño. El agua corría cristalina sobre piedras lisas, y pequeños peces plateados se deslizaban entre las sombras. Krysser los observó con atención, no por hambre, sino por simple interés. El movimiento de la corriente y la forma en que la luz jugaba sobre las escamas era un espectáculo silencioso difícil de igualar por el hombre.
Decidió seguir el cauce del agua. El riachuelo serpenteaba entre raíces retorcidas y arbustos bajos, guiándolo a través de zonas que pocos humanos pisaban, zonas tranquilas para asentarse. Un tronco caído que servía de puente natural, un claro donde la hierba crecía más alta que su cintura, un árbol milenario cuya corteza estaba marcada con viejas cicatrices de garras y de puños, marcadas después de muchos días entrenando en aquel lugar al que durante este tiempo consideró un hogar, aunque fuera temporal.
En aquel claro pequeño, se dejó caer contra el tronco de un árbol caído. Cerró los ojos un instante, escuchando. El bosque tenía su propio ritmo, uno que solo revelaba a quienes sabían escucharlo. Krysser respiró hondo. No necesitaba más confirmación, estaba en casa. No por pertenecerle, sino porque había aprendido a escucharla, a moverse con ella, a entender sus reglas.
Fyodor
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12-08-2025, 08:34 AM
(Última modificación: 12-08-2025, 10:26 AM por Fyodor.)
La luna estaba en su cenit, bañando con su fria luz las calles de un pequeño pueblo costero en el que, a esas horas de la noche, la única figura que paseaba por sus calles era la de un joven lunarian, imponente con sus grandes alas negras y con su oscura gabardina ondeando al son de la brisa marina.
Fyodor, siguiendo las indicaciones que le había dado su hermano, había llegado el día anterior a aquel pequeño pueblo. Sus gentes, al principio frías y distantes por el aspecto y estilo de combate del francotirador, cambiaron su actitud en cuanto supieron el motivo de la visita de Fyodor, abriéndole las puertas de sus hogares y ofreciéndole toda la ayuda posible.
Fyodor no quería quedarse mucho tiempo en aquella isla ya que se sentía fuera de lugar. No había hueco para un francotirador en una isla llena de artistas marciales. Pero tenía que darle un último adiós a su madre y llevar un recuerdo suyo a la tumba de su familia para que también estuviera con ellos.
El cementerio no estaba muy lejos del pueblo, protegido por la ladera de la boscosa montaña y con un aspecto humilde que invitaba a entrar. El cementerio estaba dividido en pequeñas parcelas, una para cada familia, siendo esta señalada por un pequeño pilar de piedra con el nombre de su figura más importante y haciendo sencillo el encontrar lo que buscabas.
Una vez allí, Fyodor no tardo en encontrar el lugar que estaba buscando, situándose de rodillas al lado del pilar y quitándose la mascara, dejando ver su desfigurado rostro lleno de lágrimas mientras sacaba un anillo que había pertenecido a su difunta madre y lo enterraba en la base del pilar, iniciando una oración de la mujer que le había salvado la vida y que se había convertido en una auténtica madre.
Las horas pasaron y el sol estaba empezando a pintar la isla con sus dorados rayos, iluminando con ello el cuerpo del joven lunarian que se encontraba en la entrada del cementerio, con la mente más despejada tras haber estado horas hablando con su madre y despedirse de ella. Pero Fyodor no quería volver al pueblo en esos momentos y, tras ponerse de nuevo su mascara, emprendió dirección al bosque, queriendo ver con sus propios ojos el lugar donde había crecido su madre.
Fyodor nunca se había visto tan rodeado de naturaleza, por lo que solo dejo que sus pasos marcarán el camino, sin saber bien hacía donde se dirigía, abrumado por tantas sensaciones nuevas y llegando a un pequeño claro donde destacaba el tronco de un árbol caído.
A los pocos metros de entrar en el claro, una sensación de libertad golpeó a Fyodor tras volver a ver el despejado cielo, desplegando sus alas y tirándose de espaldas en el césped, húmedo por el rocío de la mañana y repleto de pequeñas insectos que, seguramente, acabarían siendo el aperitivo de Fyodor en un rato.
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El claro estaba envuelto en una calma perezosa, roto solo por el murmullo lejano del riachuelo y el canto ocasional de algún ave escondida en la espesura. Krysser, apoyado contra el tronco caído, dejaba que sus sentidos se empaparan del bosque. Al menos, hasta que algo distinto rasgó el patrón habitual.
Un aroma. No era el olor de la tierra húmeda, ni el de la savia o el musgo. Era más seco, más áspero, como madera quemada que había dejado su huella en la piel y la ropa. Un olor a chimenea, impregnado con la persistencia de los lugares cerrados y el humo viejo. Y no venía solo, lo acompañaba la huella nítida de un cuerpo foráneo, uno que no pertenecía a la selva.
Krysser abrió los ojos sin mover un solo músculo. Sus orejas giraron hacia la dirección de donde provenía el olor. Unos pasos, pesados pero sin prisa, crujían sobre el manto de hojas caídas. El aire le trajo un leve eco metálico y el susurro de algo que se movía con el viento, quizá tela o cuero. No conocía a esa presencia, y en el bosque lo desconocido nunca se ignoraba.
Con la precisión de un depredador, se deslizó hacia un costado del claro, cada pisada calculada para no romper ramas ni alertar a su visitante. La maleza, alta y densa, le ofreció el escondite perfecto. Allí se agachó, con su cuerpo tenso, controlando hasta la respiración y poniendo todos sus sentidos en la dirección de la cual llegaba el desconocido. Sus ojos felinos atravesaban las sombras, siguiendo el ritmo pausado de los pasos que se acercaban.
Entonces lo vio. Una figura alta, envuelta en una gabardina oscura y cuyo rostro tapaba una macabra máscara de aspecto animal, irrumpió en el claro. El desconocido se movía con la seguridad de quien no teme, pero con la mirada de alguien que todavía no sabe dónde pisa. Krysser percibió algo más, un aspecto distinto, más fuerte y con una energía que no se parecía a la de los hombres comunes. Las alas negras que se desplegabann hacia el cielo confirmaron que aquel no era un habitante cualquiera de la isla, era inconfundiblemente un lunarian, perteneciente a aquella raza casi extinta de la que unos pocos quedaban esparcidos por el mundo.
El mink permaneció agazapado, con sus músculos preparados para reaccionar en un instante, pero sin precipitarse. Observaba, analizaba con detenimiento. El recién llegado se dejó caer sobre el césped, como si buscara descanso o quizá alivio de un peso invisible. A su alrededor, los insectos empezaron a retomar su actividad, ajenos al momento, pero Krysser no.
El olor a humo seguía flotando, mezclándose con el perfume fresco del rocío. Era un intruso en su rincón de selva, y hasta que no supiera si era amenaza o simple viajero, Krysser seguiría ahí, entre la maleza, acechando como el cazador que era. Por ahora, simplemente, esperaría.
Fyodor
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12-08-2025, 12:56 PM
(Última modificación: 12-08-2025, 01:24 PM por Fyodor.)
La paz que se respiraba en aquel claro era algo mágico que lograba tranquilizar el alma y la mente del lunarian. El trinar de los pájaros, escondidos en la espesura del bosque que acababa de dejar atrás, resonaban y acompañaban el murmullo de un riachuelo que no tendría que estar muy lejos de ahím
Fyodor, con la mente mucho más clara tras ese paseo por la naturaleza, reincorporó su ligero torso, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y agitó las alas para quitarse la humedad del césped, creando una suave ráfaga de aire que movió con su brisa todo el césped de alrededor, levantando un agradable olor a césped mojado que, si Fyodor hubiese podido oler, habría mejorado su experiencia en aquel idílico claro.
La muerte de su madre le había llevado a abandonar el que había sido su su hogar durante estos últimos años, el orfanato donde había encontrado una auténtica familia y a la que tuvo que dejar atrás para buscar cambiar el mundo y convertirlo en un paraíso para todas las razas. Pero, durante ese viaje a la isla Kárate para honrar a su difunta madre, había descubierto que, por si sólo, era extremadamente débil y que, si quería conseguir su objetivo necesitaba ayuda.
Mientras todos estos pensamientos y posibles soluciones, a cada cual más disparatada, revoloteaban por su cabeza, Fyodor había sacado a Sekator, la pistola que le regaló su hermano antes de separar sus caminos, y se había puesto a jugar con ella, girándola de forma perezosa con el dedo índice en el guardamonte al mismo tiempo que un pensamiento se sobreponía al resto.
-Necesito compañeros fuertes... - suspiró el lunarian, levantando sus rojos ojos, escondidos tras la tenebrosa máscara, al cielo y entendiendo que esa era la solución más óptima al principal problema que le impedía conseguir su objetivo... su propia debilidad.
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Krysser permaneció inmóvil entre la maleza, un espectro en medio del verde, sin apartar la vista del lunarian. Cada movimiento de aquel extraño quedaba registrado en su mente, pero principalmente le llamó la atención la manera relajada con la que se sentaba, los gestos lentos que parecían confiar demasiado en la aparente calma del claro. No parecía tener experiencia como explorador, además, debía llevar poco tiempo en la isla.
El mink no apartaba la vista, analizando con paciencia depredadora, por eso no se le escapó el brillo metálico cuando el forastero sacó su arma. La hizo girar entre los dedos, no como un hombre en guardia, sino como alguien sumido en pensamientos lejanos. Y entonces, las palabras rompieron el silencio.
-Necesito compañeros fuertes... -Murmuró el lunarian. Aquello era algo que el felino había pensado muchas veces antes, por eso podía comprender al tirador. Una persona fuerte que te cubra la espalda y en la que poder confiar, alguien que formara parte de tu manada, que fuera lo que la gente llamaba "amigo". Un pensamiento idílico, tal vez, pero lo suficiente atractivo para luchar por cumplirlo.
El cuerpo de Krysser se tensó, y en un solo instante abandonó su escondite. El felino emergió de la espesura como un relámpago, desdibujando la distancia en apenas unos pasos. La maleza crujió apenas un susurro antes de que estuviera ya junto a su objetivo. La velocidad era tal que cualquier reacción del desconocido, ensimismado y distraído, llegaría sin duda tarde.
Se inclinó ligeramente, lo bastante cerca como para que su voz baja y grave se impusiera al murmullo del bosque.
-En la jungla, bajar la guardia es una forma rápida de acabar muerto. -Dijo, con un tono más de advertencia que de amenaza. Sus ojos dorados escrutaban al lunarian con intensidad, y no tardó en calmar su posible preocupación al desvelar sus intenciones con una afirmación más. -Tienes razón. Sin duda, necesitas compañeros. Y no eres el único.
Krysser ladeó la cabeza, posando su mirada en un instante hacia el arma que descansaba en las manos del forastero. La forma, el equilibrio, el desgaste del metal. Todo gritaba que no era un arma cualquiera ni un adorno.
-Eres un tirador. -Afirmó sin dejar lugar a dudas, como si fuera un hecho evidente. -Dime… ¿Por qué razón empuñas un arma?
La pregunta no sonaba como una simple curiosidad; había un filo en su voz, como si la respuesta fuese una pieza crucial para decidir si este encuentro terminaría con un aliado o con un enemigo más en aquella selva.
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Tras aquel suspiro y antes de que Fyodor se diese cuenta de lo que sucedía, una enorme bestia apareció ante él. Era imponente, con una altura de casi 3 metros de altura y un cuerpo que seguramente triplicase en peso al del lunarian que, en esos momentos, analizaba al desconocido mientras agarraba su pistola tranquilamente y miraba a los ojos del enorme mink tigre que se alzaba ante él.
Si Fyodor fuese una persona normal, lo más seguro es que le hubiese dado un infarto o se hubiese desmayado del miedo que provocaba aquella imponente figura, pero Fyodor había pasado demasiadas cosas en su vida para dejarse llevar por el miedo y sabía que si aquel mink hubiese querido hacerle daño, nada se lo habría impedido. Con eso en mente, sabía que aquella enorme bestia no traía malas intenciones y esto se lo acabo de confirmar la primera frase que salió de entre sus afilados y mortíferos dientes.
El mink tenía toda la razón. Fyodor no estaba acostumbrado a estar rodeado de naturaleza y se pensaba que era un sitio seguro, alejado de la maldad del hombre. Esto hizo que el lunarian se diese cuenta de la estupidez que había hecho adentrándose en un bosque desconocido, consiguiendo con ello que se sintiera sumamente estúpido.
Pese a eso, Fyodor había descubierto que el mink, pese a su fiero aspecto, tenía buenas intenciones. Quizá ocultas bajo una fachada imponente y una torpe forma de comunicarse, tan sincera que parecía amenazar más que advertir. Aunque lo que más le llamó la atención de ese primer intercambio fue la frase final, en la que daba a entender que quizá podríamos encontrar un compañero el uno en el otro.
Antes de que pudiese decir nada, pude apreciar como sus enormes y dorados ojos se posaban en mi pistola, como si la estuviera estudiando antes de afirmar, correctamente, que era un tirador. Pero dejando al final una pregunta tan simple como compleja y con un tono que denotaba una peligrosa curiosidad.
-Desde que pude empuñar un arma lo he hecho para proteger a mi familia. -respondió, relajado y mirando al cielo, acordándose de su madre y de todos sus hermanos. -Pero ahora también lo hago para lograr un mundo mejor y en el que ellos puedan vivir tranquilos junto a mi hermano.
El lunarian respondió con tranquilidad, analizando a su interlocutor con sus brillantes ojos rojos y, sabiendo que le estaba poniendo a prueba, quiso conocer un poco más a ese imponente mink.
-No hay que ser un lince para darse cuenta de que tú eres un arma en si mismo... -resalto el joven lunarian, intuyendo que, al no verle portar ningún arma y encontrarle en una isla de artistas marciales, había dedicado incontables horas de entrenamiento. -¿Qué es lo que te hizo querer seguir ese camino?
El lunarian tenía genuina curiosidad por su interlocutor y queria ver si aquella conversación podía ser el inicio de una relación como la que tuvo con su hermano. Pero, aunque ya sabía que era fuerte, primero tenía que descubrir si tenían pensamientos y creencias afines.
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Krysser escuchó la respuesta del lunarian sin interrumpirlo, dejando que cada palabra se acomodara en su mente. Había algo en aquella confesión que resonaba con fuerza dentro de él. Tenía una motivación pura, nacida de la necesidad de proteger, no de conquistar. Sus orejas se movieron levemente, un gesto casi imperceptible que en él equivalía a una señal de aprobación.
-No podría pensar una razón mejor para hacerlo. -Murmuró finalmente tras oír las razones del tirador, relajándose casi instintivamente y con un destello de aprobación en sus ojos dorados. -No todo el que empuña un arma lo hace por un motivo así.
Se enderezó un poco, cruzando los brazos mientras su cola felina se movía lentamente de un lado a otro, como marcando el ritmo de sus pensamientos, mientras el lunariancontinuó, para acabar preguntando por las razones del propio tigre. Krysser vaciló unos segundos, dubitativo, hasta que al final rompió el breve silencio.
-Tal vez lo sea. Un arma, digo. -Alzó la vista levemente, rememorando. -Desde que tengo memoria he entrenado este cuerpo mío para luchar. -Su voz sonaba tranquila, pero con el peso de la convicción de alguien que había vivido incluso más de lo que contaba. Sin embargo, las razones por las cuales se había empujado más allá de sus límites no eran las mismas que cuando entrenaba desde niño, aunque tenían algo en común. Siempre fue para proteger a alguien. Su aldea, cuando soñaba con ser un mosquetero en Zou, o a los desamparados que habían sufrido ante un destino tan cruel como el que le apartó a él de su hogar. -Se podría decir que me hice fuerte para proteger, al igual que tú. Mi familia, mi hogar, mis amigos. Todo lo que me importa. Pero, también, para que aquellos que no pueden defenderse no tengan que inclinar la cabeza ante quienes usan su fuerza de forma injusta.
Por un instante, su mirada se perdió en un recuerdo invisible para el lunarian, uno que parecía oscurecer sus facciones antes de volver a relajarse.
-Demasiadas veces he visto la misma historia... -Continuó, bajando el tono, casi como si hablara para sí mismo. -Los débiles sufriendo porque los que se consideran fuertes así lo deciden. El fuerte tiene derechos que al débil se le niegan, eso es natural. Es la ley del más fuerte, la que impera en el mundo entero. Pero la verdadera fuerza no necesita abusar de los débiles para demostrar su poder, no tiene necesidad de actuar así... Por miedo. -El Mink sentenció aquella frase con algo que su padre le había dicho muchas veces antes, y se le había quedado grabado. -Los hombres fuertes se cuidan a si mismos, los más fuertes protegen a los demás.
Volvió a clavar su mirada en Fyodor, midiendo cada reacción como un cazador que estudia a otro depredador.
-Si de verdad quieres ese mundo mejor que dices, entonces quizá nuestros caminos no sean tan distintos. Tal vez juntos podamos lograr hacer de este un mundo mejor. Aunque haya que destruirlo primero para ello.
Sus palabras no sonaban como una promesa todavía, pero sí como la apertura de una puerta que muy pocos habían conseguido que el mink dejara entreabierta. La posibilidad de tener, después de tanto tiempo, un amigo en el cual confiar.
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13-08-2025, 01:41 AM
(Última modificación: 13-08-2025, 01:52 AM por Fyodor.)
Fyodor supo que había acertado con su respuesta en cuanto vio la reacción del enorme mink y su posterior respuesta, reforzada por una actitud más relajada que había dejado atrás la afilada atmósfera anterior.
Por otro lado, la respuesta de su felino interlocutor le había dejado claro que, a priori, compartía una moralidad similar a la suya. Buscando proteger a los que él consideraba su familia y al débil, igual que harían su hermano y su difunta madre a la que acababa de honrar en el cementerio.
Tras eso, el felino comenzó a divagar, hablando en un tono cada vez más bajo hasta que se convirtió en un susurro que era incapaz de escuchar a esa distancia, como si el mink estuviese hablando consigo mismo mientras rememoraba viejos recuerdos.
Tras ese breve lapsus, el enorme mink volvió a fijar la mirada en Fyodor y reinició la conversación, dejando en aquel pequeño claro una declaración de intenciones que provocó una oleada de ilusión en el joven y cicatrizado corazón de Fyodor, tanto por la insinuación de hacer equipo con él, como por la intención de destruir ese sistema podrido que gobernaba el mundo si era necesario.
-¡Nos haremos fuertes y reduciremos a cenizas este sistema!. Los que están en la cima del mundo y se regodean del sufrimiento de los demás desearan que nuestros caminos nunca se hubieran cruzado. - la emoción que sentía le había hecho levantarse del suelo, comprobando con ello como el mink le sacaba varias cabezas de altura. -¡Puedes llamarme Fyodor! -concluyó, extendiendo su puño cerrado en dirección al pecho del enorme mink tigre a modo de presentación.
Los tenryubitos. Aquellos a los que iba dirigido su mensaje y que estaban en la cima del mundo, aprovechando su posición para hacer lo que querían sin tener consecuencias. Fyodor sabía eso muy bien, sus antepasados habían amasado fortuna y poder como miembros de los tenryubitos en la tierra sagrada de Mariejoa y su abuelo biológico había continuado con sus tradiciones en el West Blue.
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El grito entusiasta del lunarian no sorprendió a Krysser, pero sí le arrancó una ligera mueca que, en otro rostro, podría haber sido una sonrisa. Su mirada dorada se mantuvo fija en Fyodor mientras aquel proclamaba su determinación con una convicción tan ardiente que parecía prender fuego al aire mismo. Había algo contagioso en esa pasión, una fuerza que no provenía de músculos ni de acero, sino del alma.
-Así se habla. -Respondió Krysser, poco efusivo como habitualmente, y con un tono grave, casi gutural, que resonó como un eco profundo en el claro.
Mientras hablaba, sus orejas giraban levemente, atentas a cada matiz en la voz del lunarian. El mink había visto muchas veces cómo las palabras se convertían en aire vacío, promesas quebradas antes de enfrentarse al peso real de la sangre y el sacrificio. Pero en Fyodor había algo distinto. Ese brillo en los ojos rojos no era el de un soñador ingenuo, sino el de alguien que ya había visto demasiado para seguir creyendo en finales felices sin lucha.
Cuando el joven se incorporó, Krysser midió la diferencia de estatura sin alardear, pero tampoco ocultándola. La altura y el alcance eran armas en sí mismas, y el mink sabía usarlas bien. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue el gesto que vino después, el puño cerrado, tendido hacia él. No como un reto, sino como un pacto.
El tigre inclinó la cabeza, evaluando la intención que se escondía tras aquel simple movimiento. Un instante después, llevó su propia mano, enorme y cubierta de pelaje espeso y unos nudillos de acero, hasta chocar con firmeza contra el puño de Fyodor. El impacto resonó sordo, como un golpe de tambor en medio del bosque. Se acababa de firmar un pacto entre dos cazadores para hacer arder el mundo entero.
-Krysser. -Se presentó finalmente, dejando que su nombre saliera de sus fauces con el peso de una afirmación más que de una simple cortesía. Tras aquello, recogió un par de enseres importantes y emprendió el camino para abandonar el claro, regresando hacia el pueblo para buscar abandonar la isla al fin. Había aprendido mucho, crecido como guerrero, y ahora, conocido a un compañero al que tal vez un día podría llamar amigo. No quedaba mucho más que hacer allí. Sin embargo, antes de abandonar la tranquilidad de aquel lugar, hizo un ultimo comentario.
-Es posible que el mundo entero nos tema y nos odie si seguimos este camino. -Hizo una breve pausa, mirando a Fyodor para evaluar su reacción antes de seguir. -¿Aún así lucharás a mí lado? -Una última reafirmación antes de abandonar aquel lugar al fin, una primera promesa que uniera sus destinos hasta el final de sus días. Si la respuesta era afirmativa, partirían de inmediato juntos en aquella aventura, sin importar los peligros que les aguardara el destino.
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El enorme mink respondió al saludo del joven y entusiasmado lunarian, chocando su enorme y peludo puño protegido por unos nudillos de acero con el de Fyodor, el cual se asombró con la diferencia de tamaño respecto a ambas manos. Pese a eso, el impacto de ambos puños fue firme, haciendo resonar el eco del choque en el claro, ahora testigo del momento que había unido los destinos de Krysser y Fyodor.
-Krysser... -susurró de forma casi inaudible mientras el nombre del hasta ahora desconocido mink tigre resonaba en el interior de la cabeza de Fyodor. Era un nombre que le resultaba vagamente familiar, como si fuese el susurro de una antigua vida pasada o el propio destino queriendo mandarle un mensaje al joven lunarian.
Mientras tanto, Krysser empezó a recoger varios objetos que parecían importantes para él y se dispuso a abandonar aquel claro. Fyodor, por su parte, aprovechó esos últimos segundos en aquel idílico claro donde había conocido a un mink al que, en algún momento, podría llegar a considerar parte de su familia. Aunque, antes de adentrarse en el bosque, el mink hizo un último comentario que arrancó una sonrisa al lunarian.
-Nada más nacer ya tenía el odio y el temor del mundo en mi contra. -respondió alegre el lunarian mientras se quitaba la mascara con forma de calavera animal, revelando su horrendo rostro de tez morena, sin nariz y con los labios desfigurados mostrando una sonrisa que enseñaba sus afilados dientes. -Ya te lo he dicho. Juntos reduciremos todo esto a cenizas y de ellas surgirá un mundo nuevo. -concluyó, manteniendo su aterradora sonrisa y, tras golpear de forma amistosa con el dorso de su puño el musculado hombro de Krysser, sacó de su canana un pequeño frasco con trozos de hormigas, el cual vacío por completo en el interior de su boca mientras se adentraba en la oscuridad del bosque.
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