Onizuka Jin
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C. de Haki
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Sus pasos eran seguros, firmes. La dirección la conocía de sobra, uno de los locales que él mismo había abierto, un Pub nocturno donde a veces hacía algunos negocios, invitando a sus “contratistas” en zonas VIP que estaban en la zona superior del Pub, con seguridad incluida. Esa era una de esas noches, tenía que reunirse con un supuesto médico, o algo así le informaron. ¿Motivos? Su negocio, por supuesto, esa no era una noche de excepción. Sabía que tenía algo que ver con el trato de órganos y había escuchado que eran los mejor conservados. Por supuesto, el interés era palpable, algo que no iba a desechar solo por “rumores”. Prefería verificarlo antes de rechazarlo. Quizás pudiera sacar un buen aliado incluso en caso de que las cosas salieran bien.
El humo volaba en el aire nocturno, viendo las luces del exterior del pub. Dos de sus hombres estaban tras él, como escudos, fieles, sin una sola palabra. —Quedaos fuera. — Los hombre se irguieron a sus palabras, por un lado, sorprendidos.
—Pero, jefe… — volteó la cabeza, fulminándolos con una mirada que los silenció automáticamente, haciendo que inclinaran ambos sus cabezas. —Como desee. — No habló, ni siquiera para decirles que podían retirarse, solo abrió la puerta del pub, escuchando la campana de bienvenida. El interior tenía una baja iluminación y en cuanto entró, no hizo falta palabras. No, más bien se desvanecieron en la música nada más ver su presencia. Sus manos estaban en los bolsillos, el cigarrillo entre sus labios y el humo realizando el mismo recorrido que él, de detrás adelante. Era consciente de lo que llamaba la atención, mas no podría importarle menos. Solo se sentó en la barra, retirando el cigarrillo de entre sus labios.
—¿Le pongo lo de siempre, Onizuka-Sama? — el hombre elevó la mirada, sin responder, solo con un veloz asentimiento de cabeza. —Por supuesto, su cenicero. — el camarero le acomodó un cenicero justo al lado de su brazo, donde dejó caer las cenizas de su tabaco, ahora expulsando el humo por su nariz. Lo sabía, había sido puntual, nunca llegaba tarde y a veces, como en esa ocasión, llegaba incluso media hora antes.
Una copa de cristal con un hielo, claramente con licor, se acomodó frente a él. No dijo nada, solo tomó la copa, dando un trago mientras esperaba, dándole vueltas a algo que parecía estúpido incluso para él. Hyákinthos, ese era el nombre de la persona que debía encontrarse el día de hoy. Por algún extraño motivo, le resultaba familiar, pero no lograba encajarlo con nada, no en ese instante. Giró con calma la copa de whisky, haciendo que el hielo chocara contra los cristales. Sus ojos se posaron sobre la copa, mirando el hielo como si fuera lo más interesante del mundo, dándole un último intento a sus viejos recuerdos, un último intento, sin éxito.
—...
Se retiró su traje, al menos la parte del abrigo, dejando solo la parte interior. Esa noche ni se molestó en acomodarse una corbata, necesitaba un desahogo y después de aquella cita y cerrar el trabajo, planeaba de sobra encontrarse un nuevo acompañante sexual. Fuera quien fuese. Escuchó rumores que su “cliente” podría tener vistas bastante agradables, pero a veces eran menos de lo que esperaba. Por el momento, organizó las palabras que iba a utilizar una vez el cliente llegara. Tomó la copa, levantándose de la barra.
—Cuando llegue mi cliente, dile que estoy en el VIP. — el camarero solo inclinó la cabeza con sumisión, como todos sus hombres. Acomodó su abrigo sobre uno de sus hombros, el cigarro entre sus labios, sin siquiera llevarse el cenicero, pero sí la copa y ascendió escaleras arriba. Cuatro hombres, con gafas de sol, le dieron la bienvenida, con una nueva inclinación. —Solo espero una persona. Después de él, no dejéis pasar a nadie más. Y nada de interrupciones.
—Como ordene, Onizuka-Sama. — después de la respuesta, abrió la puerta, y la cerró tras él, acomodándose en el sofá de alta calidad que había, que en realidad cabían dos personas, pero más bien parecía solo suyo, ya que se puso en el centro directamente, soplando de nuevo el humo y revisando algunos de los documentos que le habían preparado ya para el trato. Estaba claro, la persona que lo fuera a visitar iba a darle una calidad excelente. Ya solo quedaba esperar. Se cruzó de piernas, con la mano derecha acomodada en su cigarrillo, la mirada calmada fija en las hojas, releyendo con paciencia todo lo que se venía, hasta que finalmente escuchó la puerta abrirse.
Sus ojos se elevaron, elevando ligeramente sus cejas. No, los rumores no estaban realmente mal. Belleza a ese hombre no le faltaba. Se esperaba mucho menos que aquello, sin duda, y mucho menos que pudiera reconocerlo a la vista. Aún así, se mostró con la misma calma de siempre, dejando las hojas a un lado de la mesa, con calma. —Bienvenido.
Hyákinthos
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C. de Haki
C. de Akuma
23-08-2025, 10:19 AM
(Última modificación: 23-08-2025, 10:22 AM por Hyákinthos.)
Pocas cosas puede recordar tan bien como un negocio fundado en base a su área de experticia. Este es el caso.
Cuando fue contactado por primera vez por esos hombres trajeados, dibujó en su rostro una sonrisa gatuna antes de pasarle a uno de ellos una libreta en donde le ordenaría anotar todos, TODOS, los detalles del encuentro, desde el lugar, hora, nombres de los involucrados y, por supuesto, lo más importante, la razón.
Estudiaría cada detalle por horas, las suficientes para que su cerebro asimilara la información y quedara almacenada como un motivo importante. Tanto se esforzó en ello que para cuando pasó su tiempo de estudio su labio inferior estaba hinchado y chorreaba un hilillo de sangre por culpa de su mala costumbre de morderse cada vez que su concentración se ponía a prueba.
Se limpió la sangre sin mayor reparo en colocar algún ungüento que alivianara la rojez y la hinchazón del labio, no lo encontró tan necesario como arreglarse con la vestimenta necesaria para la ocasión, después de todo, negocios son negocios y dar una mala impresión a un posible cliente sería tan poco profesional de su parte que de solo pensarlo le generaba una sutil molestia.
Entonces pues, ataviado con una camisa roja, guantes de cuero, corbata y pantalones con la misma tonalidad de chocolate oscuro, además de una gabardina larga de un tomo más cremoso, salió de su residencia en la Isla de Sorbet, eso sí, con su confiable libreta dentro de un maletín a juego con sus zapatos de un rojo vino oscuro, un conjunto que, en su totalidad, atraía la atención de alguno que otro transeúnte…claro, podía ser eso o su largo cabello rosa que decidió dejar suelto y ondeando al viento, lo que hacía que, a su paso, dejara consigo un leve olor a mente que para él mismo es como una droga.
En medio de la ciudad y de la zona más cercana al pub en donde fue citado, sintió desde la distancia la mirada de unos marines que, por un momento, se fijaron en él con detenimiento, lo que hizo que sus ojos amarillos se posaran en ellos con la misma atención ¿Su cliente era una trampa? No podía ser, poco tiempo había pasado desde que llegó a Sorbet, lo recordaba por las fechas anotadas en su libreta, así que no tenía sentido que fuera perseguido en esa isla menos aun cuando no tenía un cartel de recompensa. Nadie ofrecía ni un mísero berry por su cabeza.
Con ese pensamiento en mente se tranquilizó, pero, de todos modos, al pasar a un lado de los dos marines se fijó en ellos, les sonrío y les saludó con cordialidad. Los hombres respondieron con una voz tropezada lo que lo hizo notar, también por el rubor de sus caras, que ambos bebieron en horas laborales.
Suspiró aliviado.
Llegar al pub no fue problemático luego de eso. Se anunció en la entrada en donde dos hombres trajeados servían como guardaespaldas. Uno de estos lo hizo esperar mientras alzaba su mano en la que se podía ver un den den mushi pequeño, colocado en su muñeca a modo de pulsera, con el que le comunicó a alguien en el interior que el “cliente” había llegado.
¿Cliente? La palabra lo hizo alzar una ceja, después de todo, es el quien consideraba al otro como su cliente, mas no dijo nada, solo esperó con una mano sosteniendo su maletín con más fuerza de la que tenía pensada, dejando su palma blanca por la presión y, con la otra, dentro de uno de los bolsillos de su pantalón, hasta que el mismo sujeto que antes hablaba por su den den mushi le hiciera una pequeña reverencia con la cabeza para luego indicarle que podía pasar.
La música resonó en sus oídos nada más con entrar y no pudo evitar fruncir el ceño al pensar tener que hablar con tanto ruido de fondo, pero enseguida otro hombre con traje y corbata le indicó que lo acompañara al verdadero lugar de la reunión. Eso lo alivió.
Lo dejó cerca de una escalera y le dio las indicaciones para subir, también le indicó que los guardias de la entrada del V.I.P ya sabían de su presencia así que no tenía que hacer nada más que dejar que le abrieran la puerta para encontrarse con el “jefe”.
El pelirosa agradeció e hizo tal como lo se le indició y pronto uno de los sujetos con lentes de sol estuvo recibiéndolo e invitándolo a pasar…Tanto protocolo, de no ser porque lo guiaron dentro del bar se habría perdido.
Tomó aire antes de entrar y, al momento en que la puerta se abrió, un ambiente distinto al del exterior lo recibió.
Una sala de luces rojizas pero bajas, que no llegaban a ser molestas a la vista, música suave, una mesa en el centro con licores y un cenicero, además de un sofá rojo en el que lo esperaba quien, suponía, era la persona que lo había citado.
—Buenas noches —. Caminó hasta situarse a un costado del sofá rojizo mirando desde arriba al pelinegro fumador, disfrutando la vista sin vergüenza ni disimulo alguno, incluso se permitió sonreír de medio lado ¿Por qué? Porque tenía el presentimiento que, al menos por esta noche, iban a llevarse bastante bien.
—Debo asumir que es usted quien ha solicitado mis servicios —. Se quitó sus lentes transparentes y los metió en uno de los bolsillos de su gabardina. —Hyákinthos —Pronunció su nombre con lentitud para que el otro se lo grabara, sabía que la pronunciación podía resultar extraña. —, es un placer conocerlo —. Sí, todo un placer.
—¿Puedo sentarme? ¿O acostumbra a dejar a sus invitados de pie? —Su intención no era ser grosero, de hecho, su pregunta salió con un tono de voz cristalino, bajo, casi íntimo, aunque solo deseara señalar la obviedad de que, por su estatura, no podría conformarse con un rincón de aquel sofá aterciopelado.
***
Onizuka Jin
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C. de Haki
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23-08-2025, 06:21 PM
(Última modificación: 23-08-2025, 09:56 PM por Onizuka Jin.)
Fue imposible pasar desapercibido el análisis que el elegante joven le lanzaba cuando se acercó. El humo parecía ahora incluso un estorbo para contemplar mejor tanto el rostro como la figura del pelirrosa. Tenía la experiencia suficiente para saber que aquella noche no iba a ser solo de “negocios”. Es más, su sonrisa fue la señal que sellaba la confirmación de sus sospechas. Mucho mejor, eso significaba que no tendría que estar buscando. Él mismo, involuntariamente y con cierta picardía, también emitió una sonrisa de medio lado al verlo. Retrocedió ligeramente su cuerpo, manteniendo dicha sonrisa, con su mano tras su cabeza, sus piernas abriéndose ligeramente en un toque más seductor y divertido.
—Oh, sí, desde luego que he sido yo.
Su tono de voz, pese a su vibración normalmente amenazante, denotaba ahora incluso un tono pícaro y divertido. Ahora mismo se le cruzó por la mente tomar aquella corbata y lanzarlo sobre el sofá, pero por el momento, sería paciente, solo para ver hasta dónde iba a llegar eso. Su nombre ya lo había leído varias veces antes de citarlo, pero escucharlo de sus labios era distinto, pronunciaciones en palabras que no había imagen. Algo positivo, así daría mejor sensación al pronunciarlo y parecería que lo sabría de antemano.
—Onizuka Jin. — habló como respuesta, retirando su mano de su cabeza, inclinando ligeramente su torso, ahora con sus codos sobre sus propios muslos, con los ojos clavados en el contrario. —El placer es todo mío. — y tan placer. Más valía no perderse esa oportunidad o sentía que lo lamentaría esa noche.
—Suelo hacer que los invitados se arrodillen, pero estás de suerte, haré una excepción contigo. — y tanto si excepción. No esperaba mezclar placer con trabajo pero, ¿qué diablos? Desechar una oportunidad era de ser un estúpido. Descendió sus ojos, apartando el cigarrillo de sus labios, apagándolo directamente en el cenicero pese a que todavía tenía para algunas caladas más. La voz que utilizaba él solo lo estaba provocando, su tono de voz. Por supuesto, Jin hacía lo mismo cuando conversaba con él, solo que su tono pasaba de la amenaza a la picardía al desacelerar la velocidad de sus palabras, pero sin forzarlo demasiado. No hizo falta dar más de dos pasos para estar cara a cara con él, a duras penas a milímetros, antes de que sus labios se acercaran en el oído ajeno. Su mano se elevó hasta la corbata oscura, tirando ligeramente de él, sin ser brusco, fue lento. Sus labios ahora se encontraban a milímetros de su oído, quizás el contrario podría sentir el calor de su aliento incluso cuando su tono se suavizó con su voz divertida.
—Siéntate, tenemos todo el sofá, y toda la noche.
Y a saber cuántas más si aquella noche fuera satisfactoria. No lo esperó siquiera a que respondiera, aprovechando que su mano se mantenía en la corbata ajena. Solo retrocedió un paso más del que había dado al acercarse, soltándolo ahora con suficiente espacio para que el contrario pudiera caber. —Tú primero.
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—Onizuka…Jin —. Lo pronunció con una lentitud provocadora, saboreando el nombre en sus labios, solía hacerlo cada vez que conocía a alguien por el simple hecho de que así se aseguraba de memorizar los nombres al menos durante el tiempo en que estuviera viendo el rostro de un recién conocido, pero esta vez el matiz fue distinto, el tono no fue solo lento, fue más bajo, tanto en tono como en volumen y, a ello, le siguió una sonrisa de medio lado casi tan medida como el resto de sus acciones esa noche. —Jin entonces, corto, fácil de pronunciar y de recordar, espero que no le moleste la confianza —. De verdad lo esperaba porque recordar el apellido era un nivel que requeriría más de una interacción.
Colocó su maletín sobre la mesa, cuidando de no tirar ninguna de las botellas u otros objetos que pudieran estar sobre la misma y, luego, se cruzó de brazos y alzó una ceja al escuchar la supuesta excepción, atreviéndose incluso a soltar una risa cantarina pero que seguía siendo baja, sin exaltarse en ningún momento. —Debe ser mi día de suerte, aunque…—Sus ojos se posaron en los ajenos dejando entrever un destello de soberbia. —La suerte habría sido suya si hubiera encontrado un modo para hacer que me arrodillara —. De nuevo no buscaba una provocación maleducada, solo eran los desvaríos de una mente que, a pesar de recordar poco, solía ser mordaz de vez en cuando y una lengua que no medía las consecuencias de sus palabras.
Su rostro se enserió, por un momento, cuando vio al hombre ponerse de pie, creyó que había sido suficiente de provocaciones indirectas, después de todo, los negocios es lo que reunía a ambos, pero, tal fue su sorpresa cuando la distancia que los separaba se cerró en un par de pasos que dejaron frente a él, violando su espacio personal, a su supuesto cliente. Contuvo la respiración cuando lo tomó de la corbata al tiempo que los labios ajenos susurraban una indicación directo a su oído.
Esa voz hizo que su piel se erizara que sus músculos se tensaran y que un escalofrío lo recorriera a pesar de que no había indicios de aire frío en el salón V.I.P., ese gesto lo sumió en un trance de segundos que solo fue posible de romper cuando el resonar de los zapatos del contrario sobre el suelo se escuchó con claridad, seguido de la voz que le dio prioridad para tomar asiento.
Soltó el aire que había estado conteniendo cuando el otro hombre dejó de sostener su corbata, dándole el espacio debido para sentarse sobre el sofá rojo. Cerró sus ojos por un par de segundos y parpadeó, analizando lo ocurrido e, inevitablemente, llevando su muñeca derecha cerca de su nariz, esforzándose por inhalar lo poco que podía sentir del perfume de menta que se colocó antes de salir de su residencia.
Inhaló profundo, cerró sus ojos dejándose llevar por el aroma que a final de cuentas pudo percibir como un olor lejano que calmó su mente para que su cuerpo pudiera actuar de nuevo. Cuando apartó su muñeca se decidió por sentarse en su lado del sofá, con las piernas algo abiertas, pero no tanto como para estorbar al otro hombre.
—Bien —Apoyó su codo en su muslo y su mentón sobre la palma de la mano alzada. —, pasadas las presentaciones, creo que es pertinente abordar el tema que nos ha traído aquí, así que, dígame ¿Qué tipo de servicio es el que en verdad desea contratar? —Fue discreto, tanteando el terreno antes de revelar cualquier cosa. —De antemano puedo asumir que usted sabe que soy médico, pero, no creo que, considerando sus conexiones, no tenga ya a alguien a quien confiarle su salud cuando sea necesario, así que, supongo que he sido citado por…otro tipo de negocio —. Sus ojos viajaron de su maletín al rostro de Jin. —No tengo que ser un genio para asumir que está interesado en la mercancía que manejo, pero… ¿De qué tipo exactamente? ¿Solo fluidos? —Sangre, óvulos o incluso esperma para inseminación artificial —¿Algo más sólido? —Órganos —¿O ambas? —Su cabeza se ladeó apenas con la inocencia de alguien que ofrece postres para vender y se permitió dibujar en sus labios una sonrisa casi angelical.
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Los escalofríos que sentía su cuerpo no podía fingirlos. El deseo de devorarlo allí y ahora ascendió, pero sabía que el modo en que mejor se disfrutaba era una combustión lenta, sin presiones innecesarias. Eso no impedía que la molestia comenzara a hacerse notar, al menos para sí mismo, ya que por un momento sintió que el pantalón de su traje comenzaba a molestarlo. Era extraño escuchar a un segundo pronunciar su primer nombre. ¿Molestarlo? Posiblemente en cualquier otro momento, sí, pero ahora mismo… —Sírvete, será más fácil decir mi nombre esta noche una y otra vez.
Pudo sentirlo, verlo en primera persona. Su voz y su propia provocación parecían haber tenido el efecto deseado. La cercanía había sido suficientemente clara, no habría escapatoria. No esa noche. Aunque fue decepcionante verlo intentar volver a componerse y hablar de negocios. Cierto era, zanjar ese asunto cuanto antes quizás fuera la mejor y más sensata opción. También él debía calmarse. No podía permitirse perder la compostura cuando parecía que, al menos con el gesto de su muñeca, el otro hombre parecía haberla recuperado.
—En efecto, conozco bien su trabajo, y espero que también sea consciente del mío, señor médico. — pronunció con voz lenta. Su rodilla ahora apoyándose en el hueco que halló entre las piernas ajenas, sus ojos buscando un mayor análisis del contrario. —Escuché, de hecho, que eres de los mejores. Por eso mismo te cité a ti precisamente, Hyákinthos. — su nombre salió tal y como el contrario se había presentado, en el mismo tono, acentos perfectos, como si lo hubiera conocido de antemano. —Pero te cité para ambas opciones, y porque busco unas manos que sepan no dañar la mercancía como el último inútil.
Decidió descartar las formalidades, ahora tomando una pequeña distancia, para omitir la posible tensión que hubiera en ese momento entre ellos. Quería cerrar el trato rápidamente, encargarse de arreglarlo todo de una vez y poseerlo. Eso sí, pese a sentarse en el otro lado del largo sofá, la distancia entre ambos era corta. En otras lo hacía para amenazar, en esa, para provocar un poco más. Su codo se apoyó en el cabezal del sofá, manteniendo la sonrisita pícara y el mismo tono de voz, sin un ápice de amenaza, aunque lo pareciera por su aire. En ese caso era inconsciente.
—Así que dime, médico. ¿Qué tan buenas son tus manos trabajando? Estoy seguro que has podido sacar corazones que todavía están latiendo, intestinos frescos y saber cómo conservarlos. Porque realmente escuché maravillas sobre ti. — Ahora sus ojos pudieron percibirlo, un desgaste en el labio, posiblemente herido. Era un desperdicio con aquella cara bonita.
—¿Qué te ha pasado aquí? — su mano se elevaba, tomando el mentón. Si no lo miraba, ahora sí lo iba a hacer mirarlo directamente. Su rodilla logró que su cuerpo se elevara un poco por encima de la cabeza del hombre. No es que la diferencia de altura entre ambos fuera demasiado acentuada tampoco, pero ahora sí lo haría. Los segundos que soltó a duras penas probablemente permitirían que comenzara a responder algo, pero no lo escuchó si así fuera, solo elevó el mentón ajeno, sin soltarlo, su dedo pulgar paseando por aquel labio, antes de descender su rostro y que su propia lengua fuera la que brindara un “alivio” invisible. O quizás solo no podía contenerse mucho más.
En el momento que se separó, se relamía el labio. Había percibido el olor a menta que el contrario había usado ahora en su nariz, era lo suficientemente fuerte para que pudiera notarlo, pero no lo molestaba. Solo ahora recordaba un pequeño flashback, un joven como él, mordiéndose el labio en forma de concentración. Ahora sí, lo recordó. No era su primer encuentro.
—Ya veo…
Su sonrisa estaba dibujada de oreja a oreja pese a que aquello era para sí mismo, orgulloso de haber recuperado aquel pequeño detalle. Quién sabe si es solo aleatoriedad, destino o qué estupidez, pero no olvidaba aquel chico. Sin embargo, estaba claro que él tampoco lo había reconocido. ¿Culpable? En absoluto, él mismo también lo era. Recordaba también la mención de una “pobre” memoria y, después de tanto tiempo, podría ser normal. —Puedes mostrarme qué tienes. — habló con la misma calma que si hablara del tiempo. —Así veré en persona qué tan ciertas son las palabras que escuché de ti.
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—¿Y por qué habría necesidad de repetir su nombre una y otra vez esta noche? —No hubo disimulo alguno en ocultar la falsa inocencia que vino acompañada con la pregunta. La sonrisa pícara que hizo que las comisuras de sus labios se elevaran tampoco fue encubierta, estaba ahí, plantada en su cara como una muestra de que entendía con claridad el doble sentido de las palabras del pelinegro.
Pero hasta ahí llegó todo pues la compostura que perdió antes y que dejó flaquear un poco más hace apenas unos segundos regresó cuando el tema sobre la mesa volvió a ser el centro de atención. Sus ojos amarillos brillaron, orgulloso de poder responder de manera afirmativa a lo que el otro hombre suponía, porque sí, dentro de las muchas cosas que tuvo que estudiar antes de llegar a su “cita” fue el tipo de “trabajo” al que se dedicaba su cliente, cortesía, por supuesto, de los trajeados que le trajeron todo tipo de información que tuvo que aprenderse sí o sí ¿Qué clase de vendedor sería si no lo hiciera? Y; sin embargo, la careta de seriedad que se molestó en construir volvió a aflojarse cuando la rodilla ajena se apoyó con confianza entre las de él.
Sonrió.
Dos pueden jugar a lo mismo.
—No se quién llegó a usted con ese rumor, no soy de los mejores —Movió una de sus piernas buscando la intimidad de un roce discreto. —…Soy el mejor y no aceptaré una reseña que no sea esa —¿Por qué no permitirse ser presumido de vez en cuando? Su trabajo, su conocimiento medicinal y quirúrgico, son de las pocas cosas con las que puede permitirse ser petulante y no va a desperdiciar la oportunidad ahora.
—Y, por cierto, sé que mi nombre es complicado de pronunciar, puede llamarme Hyak o Cherry —Antes de continuar con las formalidades, se permitió a hacer la aclaración mientras uno de sus dedos tomaba un mechón de cabello que envolvió en este, dándole unas cuantas vueltas antes de soltarlo, dejando escapar un ligero olor a menta que, si bien para él no fue notable, lo sería para cualquiera que no tuviera un olfato tan deteriorado como el de él —…Dicen que mi cabello es del color de las flores de cerezo, no me molesta la comparación, así que, si se siente cómodo, puede usar ese apodo —. Dejó la invitación extendida sin agregar más y acomodándose mejor en el sofá de terciopelo, pensando en la mejor manera de terminar lo importante del encuentro sin caer en tentación.
—¡Ah! Ambas opciones, debí suponerlo —. No sabía si agradecer o maldecir esa pequeña separación de sus cuerpos, pero al menos el gesto le permitió centrarse en la conversación. —Razonable para alguien con sus conexiones, incluso podríamos llegar a un acuerdo de pago que se ajuste lo mejor posible a sus necesidades, después de todo, algo me dice que podría llegar a ser un cliente frecuente —. Su corazón se aceleró luego de decir eso ¿Por qué lo dijo? No es la manera en la que suele tratar a sus compradores, acostumbra a ser más sobrio, pero su lengua parecía no querer cooperar con lo que le gritaba su cerebro.
Inhaló y cerró sus ojos por un rato hasta que la voz del hombre volvió a sacarlo de su meditación improvisada. Parpadeó y lo miró con un rostro que mostraba cierta confusión por la pregunta ¿Se valdría solo de su palabra para comprobar que tan bueno era en verdad trabajando? No, no lo dejaría hacer eso, si bien es cierto se considera el mejor en su trabajo, prefiere entregar pruebas de este o mostrar la calidad antes de que alguien decida hacer tratos con él.
—Y esas maravillas son ciertas, pero ¿Cómo podría mostrarle aquí que tan buenas son mis manos? —Meditó por unos segundos que le parecieron eternos. —¿Qué tal si se lo muestro en mi laboratorio? Aunque eso implicaría sacarlo de su rutina y no quisiera que alguien tan ocupado pierda el tiempo con algo así, así que…si quiere comprobarlo aquí y ahora…podríamos arreglar alguna demostración o…podría mostrarle lo bien conservado de…
Se había metido tanto en su papel de matasanos que ni siquiera notó cuando el otro hombre se le acercó hasta que fue obligado a elevar la cara para mostrar algo que no le quedó claro hasta que sintió el pulgar pasando por su labio inferior magullado por aquellas mordeduras causadas por él mismo y, con eso, nuevamente sintió un escalofrío recorrer su columna a la vez que su respiración parecía acelerarse, incluso podía escuchar su corazón sacudiéndose con fuerza dentro de su pecho ¿Sería notable para el pelinegro? Esperaba que no, pero lo más probable era que sí. —Un rasguño, una mala costu…
Se congeló en su sitio, incapaz de moverse por el resto repentino del otro hombre. Sus labios temblaron apenas guardando para sí el deseo de alargar el contacto impulsándose hacia adelante y cerrando la brecha que los separaba, pero, esa contención de segundos en los que pensaba en la mejor manera de actuar lo llevó a desperdiciar la oportunidad. El contacto se perdió y ahora solo notó al hombre mirándolo aún desde arriba, como si fuera más alto, cuando antes notó que tenían casi la misma altura y, aun así, el otro se veía tan imponente.
Sus ojos dorados estaban abiertos por la sorpresa, así como su boca que aún brillaba por culpa de la saliva ajena y ahora de la suya propia, pues se relamió los labios, sintiendo con su lengua la pequeña cortada que le dejaron sus propios dientes antes de salir al encuentro con el pelinegro.
—¿Qué? —La pregunta salió de su boca con un toque de desconcierto, su mano se elevó para que fuera ahora su propio pulgar el que pasara encima de su labio, para después dejar caer su mano y sacudir su cabeza, notando que el otro hombre había vuelto a recuperar su compostura como si nada…En ese momento sintió la necesidad de inhalar todo el potecito de perfume de menta que llevaba en uno de sus bolsillos, pero tuvo que contenerse para no quedar peor de lo que suponía que estaba quedando. —Disculpe, yo…
Volvió a sacudir su cabeza y esta vez se giró para quedar frente a la mesa y, por lo tanto, del maletín que llevaba consigo, tal vez hacer eso fue una buena idea, porque la vista del objeto lo llevó a respirar hondo, tranquilizarse y, de paso, hacer que su mente volviera al trabajo.
—Traje conmigo algo para comprobarlo —. Evitó la mirada ajena mientras ajustaba mejor los guantes de cuero de sus manos y se encargaba de abrir el maletín que, contrario a como se veía por fuera, al abrirse reveló un compartimiento que, por un momento hizo que el área se llenara de frío, mucho frío, eso lo hizo temblar…como detestaba el frío, pero aún así no se detuvo para mostrar que en el interior había una caja transparente e igual de fría o más que el resto del maletín, con varios tubos, pequeños, muy pequeños que, aunque le gustaría sacar para mostrarlo mejor, no podía permitírselo. —No puedo entender las ansias de las personas por tener hijos, pero hay todo un mercado de mujeres dispuestas a pagar bien por óvulos fértiles…todos estos son óvulos, los extraje de mujeres sanas, por supuesto no son lo único que extraje de ellas, pero cargar con algo más podría ser bastante llamativo —. Cerró la cajita y luego el maletín, no porque no deseara mostrar más, si no por precaución para el producto, no quería sacarlo de la cadena de frío.
—Sé que no parece la gran cosa, pero el vender cada uno de los óvulos podría valorarse en unos 5000 berries por producto y muchos berries más por la inseminación artificial… y, como podrá suponer, normalmente, no se extrae un solo óvulo, por cada persona podría extraer hasta 20 de una sola vez, claro que…eso si se hiciera por vías legales, pero…—No faltaba decir más, estaba claro que sus procedimientos no buscaban el bienestar de un “donante”, no, lo que buscaba era aprovechar cada parte de esa persona que no era visto como más que una mercancía para él —…Creo que no tengo que especificar que a mí no me molesta saltarme esas vías legales.
Se encogió de hombros con naturalidad antes de voltearse y encontrarse con los ojos del otro hombre. Su corazón dio un vuelco, toda la explicación lo había hecho olvidar lo que pasó hace un rato, pero ahora que tenía su rostro de nuevo al frente, ya no tenía nada para distraerlo.
—La verdad preferiría mostrarle como trabajo, pero eso solo si acepta encontrarse otro día conmigo ¿Eso sería mucho pedir? —Se acercó un poco, lo suficiente para que su rodilla rozara de nuevo la pierna ajena —¿O va a hacer un trato basándose en lo que le he dicho? Porque no parece alguien que confíe de buenas a primeras en un extraño y yo…yo prefiero dejar las cosas claras desde un inicio, mostrar la fuente de todo esto, aquí no puedo hacerlo y eso me hace preguntarme: ¿A qué puerto podría llegar entonces nuestra negociación esta noche? —Se acercó a él lo suficiente para que sus rostros quedaran separados apenas por unos diez centímetro que podrían romperse su cualquiera de los dos lo deseara.
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Cuanto más hablaba el contrario, más satisfacción tragaba el pelinegro de la cicatriz. No solo era su actitud, era el respeto que le daba, conocía bien la postura en la que él estaba, no abusaba de ella, pero sabía jugar. Provocaba, jugaba, sin tocarle la moral. No, no era solo eso, lo encendía. —Para que recuerdes bien quién soy. — su tono de voz se volvió más pícaro, su sonrisa era incluso más amplia, agregando un tono grave, lento.
No sabía de dónde sacaba las palabras para seguir satisfaciéndolo. Teñirse como el mejor, eso era el tipo de personas que siempre le gustaba para él, sobre todo en el trabajo. ¿Cómo rechazarlo? Era casi imposible, si no fuera porque todavía tenía más por ver. —Muy bien, me encantará ver cómo trabaja “el mejor” en esto. — era curioso, su sonrisa no se desvanecía, sino que no hacía más que ir ampliándose más. No solo tenía buen físico, era más que ardiente, cada palabra que escupía era como música para sus oídos. —Quizás Hyak esté bien profesionalmente. ¿Cherry? Eso me lo reservo para mejores momentos, o incluso me invente otro nombre para llamarte. — por él mejor. No es que se le dificultara el nombre contrario, pero si no se perdía el tiempo en nombres más largos, era mucho mejor. Sus ojos ponían rumbo a los dedos que utilizaba en su propio cabello. Él mismo elevó su mano, tomando otro mechón, imitando el gesto, solo que con un toque más posesivo, hambriento. Una bestia intentando cazar a su presa, preparado para devorarlo en cualquier momento. —Creo que esa comparación se hace corta viendo el pequeño diamante en bruto que tengo delante de mis narices. El mejor en tu trabajo y, por supuesto, te sabes hacer respetar.
Hizo una pausa, sus ojos volviéndose al maletín. Le sorprendía que, pese a no haber dado demasiadas especificaciones, ya estuviera preparado con algo. Eficaz, un puto extra. —No solo un cliente frecuente, soy capaz de conseguirte clientes con más facilidad de la que imaginas. — porque lo haría, si al menos su trabajo era tan bueno como presumía que lo era, desde luego, era capaz de hacerlo. —Y algo me dice, que no será la primera vez que nos veremos, Hyak.
Ya no solo era su eficacia, su seguridad… sino que era hasta capaz de adelantarse a propuestas que reservaba al final. Se ofrecía a brindarle una demostración antes incluso de aceptar el trato, cuando en su mente ya había planeado terminar aquel pequeño “negocio” con ese trato. —Estoy seguro de que aquí esas manos tienen utilidades… bastante fructuosas. — maldita sea, no dejaba de sonreír, era la primera vez que mantenía una por tanto tiempo, y siendo tan sincera y traviesa. Podía percibirlo, el efecto que le provocaba en el pelirrosa y, a su vez, cómo también sentía una atracción él mismo hacia el contrario. Por eso mismo se acercaba, su paciencia se estaba limitando, su deseo de tomarlo, lanzarlo contra esa mesa, derribarlo todo, olvidar incluso el sofá… toda esa fantasía se formaba en su cabeza mientras trataba de mantener el control.
Lo mejor, no lo rechazó, no lo empujó, ni siquiera parecía molesto cuando su lengua, traviesa, había explorado ese pequeño labio herido. Ahora percibía más el efecto que provocaba en el pelirrosa y, aquello mismo, lo estaba haciendo respirar con una ligera excitación, una agitación que posiblemente el pelirrosa percibiera tanto como estaba sintiendo el olor de menta que provenía del contrario. La erección era más palpable entre sus pantalones, pese a que parecía mantener semejante autocontrol. Ahora mismo le estaba tomando la vida misma no devorar a ese chico.
—Es decir, — procuró hablar, pero ahora su voz, pese a que se mantenía segura e igual de imponente, tenía un ligero temblor por el esfuerzo de su autocontrol. —No solo eres el mejor, sino el mejor entre los mejores. — sus ojos veían el producto, con interés. —Soy más que consciente de la dificultad de extirpar ovarios sin dañarlos. Tengo que admitir que no pareces de solo palabras. No es una broma lo que mencionas. — él mismo había movido hilos en el mundo del mercado de órganos. No como médico, sino como vendedor, por ello tenía que tener un mínimo de conocimiento para acomodar los precios. Óvulos en perfecto estado como los tenía y en una conservación como percibía era, desde luego, de un experto. —Y lo mejor, es que eres capaz de omitir las formalidades legales sin cuentos morales. — todo era perfecto, maravilloso. Él podría deshacerse de los cadáveres y, para colmo, conseguir un mayor dinero. —Yo puedo hacer que omitas por completo esas vías legales.
Mierda…
Se volvería loco como siguiera teniendo que soportarlo más. Respetaba sus horarios, respetaba su figura y tenía bien en cuenta su posición. Era imposible… Cerró los ojos por algunos segundos, descendiendo su torso ligeramente, acomodando sus codos sobre sus muslos, frotando sus propias manos. —Bueno, puedo hacer un hueco en mi agenda el día que necesites volver a citarme. Perderme el trabajo del mejor sería un desperdicio. Me gustaría que me mostrases cómo trabajas, qué laboratorio tienes, tus materiales y, de ser necesario, si veo que el trabajo es satisfactorio, yo mismo te ofreceré no solo que sigas con el negocio, sino que te pagaré un extra por la mano de obra. Pero eso será después de ver qué tan satisfecho me vas a dejar en tu laboratorio.
No solo por su belleza y atracción, era obvio que sabía lo que hacía, y de lo que hablaba. —Dame una fecha y una dirección con una hora, y allí me tendrás. — Sus manos se separaron, pudo sentir aquella rodilla. De hecho sus ojos incluso descendieron en su dirección, para luego volver la mirada en el rostro ajeno. Su cercanía, su propia erección, su tono. No importaba, no lo soportaba más. Lo tomó de la nuca, atrayéndolo y rompiendo escasa barrera de distancia que había entre ellos dos. Su otra mano descendió hasta la cadera ajena, atrayéndolo hacia él a la fuerza, en un intento de que él mismo instintivamente usara sus rodillas para apoyarse sobre el sofá, encima de él. Ni siquiera tuvo reparos ni vergüenza en usar sus propios labios para separar los ajenos y hacer una intromisión con su propia lengua, buscando la suya. El olor a menta inundaba sus fosas nasales, pero la excitación era mejor que cualquiera.
![[Imagen: 6bt84Mq.png]](https://i.imgur.com/6bt84Mq.png)
Se tomó su tiempo, mientras su mano exploraba ahora la zona inferior de su espalda, apretándolo de modo que, ahora sí, pudiera percibir su erección con más claridad. Ya llegaba a un punto que dolía. Solo se tomó el tiempo de separarse cuando apretó con una de sus manos una de las nalgas, buscando ahora que ambas pelvis se conectaran, aunque estuviera la tela de por medio. —Más vale que no haya un puerto todavía, porque quiero que sea un viaje largo. — su respiración en su tono grave, sus ojos ahora buscaron su clavícula. Mierda, esa corbata ahora solo estaba siendo un estorbo. Elevó su mano, tomándola de la zona superior, desabrochándola de un tirón a la vez que, en un rápido movimiento, lanzaba al pelirrosa sobre el sofá. Sus caderas ahora moviéndose sin compasión, marcando más el territorio.
—¿Qué tal si dejamos las formalidades, Cherry?
La respiración ahora era más salvaje, no iba a darle ninguna oportunidad de escapar, no cuando desde el inicio lo esperaba, no cuando no lo había rechazado y, desde luego, no cuando en su mente, cuando revisaba aquellos óvulos se había hecho una fantasía de tomarlo allí mismo, a sus espaldas, apretar su pelvis. Él mismo ahora se desabrochaba su propia camisa negra, uno tras otro, mientras descendía su cuerpo, usando sus rodillas para forzarlo a abrir sus piernas y sus labios volvían a conectarse en los ajenos, en un beso más fogoso, hambriento, acompañándolo con los movimientos de su pelvis. Su otra mano la usó para tomar la muñeca ajena, buscando también el contacto de él.
Hyákinthos
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C. de Haki
C. de Akuma
26-08-2025, 05:38 AM
(Última modificación: 26-08-2025, 05:39 AM por Hyákinthos.)
La indignación se plantó en su rostro el tiempo suficiente para que se notara su boca semi abierta incluso antes de que alguna palabra saliera de esta. —¿Disculpa? No soy un diamante en bruto, estoy muy bien pulido —dijo en voz baja antes de recuperar la sonrisa de medio lado que lo acompañaba desde que pasó por la puerta del salón privado —, pero, viniendo de usted, puedo dejarlo pasar —mencionó mientras se acomodaba mejor, dejando que su mejilla se apoyara sobre su propio puño.
—¿Ah sí? En ese caso, me alegrará mucho hacer negocios con usted, estoy ansioso por conocer a esos otros clientes, además, debo concordar en lo que dice, no creo que esta sea la primera y última vez que nos veamos —. Eso lo tenía más que claro, ya fuera que le mostrara su trabajo esta misma noche o la siguiente, algo le decía que el trato ya estaba casi cerrado ¿Qué faltaba? ¿Darse la mano y firmar un contrato? ¿Por qué no hacerlo ya de todos modos? Pensarlo le hacía sonreír y llenar su mente con el confort que le daría todo el dinero que obtendría de este trato; sin embargo, tampoco quería pecar de inocente ni adelantarse a los hechos, por eso prefería escuchar todo lo que el pelinegro tuviera que decirle antes de hacer algún comentario más atrevido con respecto al negocio.
—¿Puede hacerlo? ¿Ayudarme a esquivar los conflictos legales? —Se acomodó mejor en el sillón, irguiéndose y mostrando su altura natural, dispuesto a sincerarse con su nuevo futuro cliente. —Eso sería conveniente, después de todo, trabajo solo desde hace seis meses y la discreción es importante para mí, no tengo un cartel de recompensa por mi cabeza y espero que así se mantengan las cosas, por eso es importante que sepa que mi tiempo en esta isla caduca pronto —. Porque desde que llegó al South Blue, específicamente al Reino Sorbet, había pasado año y medio intentando ganarse la vida por las buenas, funcionó relativamente bien, pero…necesitaba más y eso lo hizo recaer en viejos hábitos que empezaron a darle mucho más de lo que tenía, pero…empezaba a sentirse incómodo, empezaba a sentir ojos sobre sí y eso…eso no es agradable para alguien que pretende no hacerse notar. —¿Le importaría si mi mercancía viene de otras islas? Disculpe…reformulo ¿Le importaría expandir sus negocios a otras islas?
Sonrió más confiado, incluso de forma amigable y educada cuando escuchó que, como esperaba, el pelinegro aceptaba la solicitud de observarlo en su trabajo, eso lo emocionó suficiente como para que sus ojos brillaran como los de un niño al que le acaban de regalar su juguete soñado, solo necesitaba dar algo, una fecha y una hora, pero ¿Estaba en verdad eso en sus manos? —No, no le daré una fecha ni una hora, eso dígamelo usted, mi trabajo me permite ser flexible con los horarios considerando que soy mi propio jefe, así que…dejo en sus manos que agende nuestra próxima cita.
No obtuvo respuesta.
No, claro que no.
La provocación llegó muy lejos.
La presión en su nuca lo hizo abrir sus ojos y su boca ¿Iba a quejarse? No, no pudo, no le dio tiempo, tampoco tenía las ganas de evitar el contacto que anheló desde que cruzó por la puerta y que se intensificó con aquella lamida en su labio que, aunque lo desconcertó, lo hizo desear más y luego, luego vino ese beso, ese choque de sus labios que dejó atrás las medias tintas, las formalidades, el profesionalismo…¿Fueron profesionales para empezar?
Sus manos enguantadas se elevaron y sujetaron con fuerza la camisa ajena sin importar las arrugas que eso pudiera causar en la tela planchada, pegó su cuerpo más al ajeno y usó su lengua para batallar por un dominio que sabía perdido, pero por el que quería pelear, aunque fuera momentáneamente; sin embargo, supo que perdió cuando la mano ajena se apretó en una de sus nalgas, haciéndolo dar un respingo y dejando escapar un jadeo que murió en la boca contraria justo antes de que se separara.
—Disfrutemos el viaje entonces —. Dejó que el pelinegro deshiciera su corbata mientras que sus manos buscaron deshacerse de sus propios guantes, con una lentitud tortuosa, contrastando con el actuar impulsivo del otro hombre. —Pareces desesperado —. Intentó que su voz sonara apacible, pero un temblor en ella, sumado al calor de su cuerpo y el propio movimiento de sus caderas que buscaban las otras para sentir la erección que ocultaban sus pantalones, fueron el cóctel que reveló que la excitación crecía con cada caricia que recibía.
—Creo que hace rato dejamos las formalidades, Jin ¿No lo crees? —Se dejó caer de espaldas al sillón rojo, dejando que, por el momento, fuera el otro hombre quién guiara el momento y, cuando por fin este se colocó sobre él, sus manos, ahora sin tela de por medio y aprovechando la camisa desabrochada del otro, se apresaron en la espalda ajena mientras que sus labios correspondían al beso con la misma hambre que el pelinegro mostrara; sin embargo, mucho de jugar a ser tan sumiso podía pasarle factura.
Sus manos, al menos la libre, recorrió el torso ajeno sintiendo bajo la yema de sus dedos los firmes músculos contrarios, mientras que la otra apretó con más fuerza la que el pelinegro había tomado entre la suya y, luego, levantó una de sus piernas, dejando que su rodilla se interpusiera entre sus cuerpos, lo que aprovechó para empujar, tanto con su pierna como con su mano, al otro hombre hacia atrás, lo que haría que ambos quedaran sentados sobre el sofá rojizo, una posición que el de cabello rosa aprovecharía para acariciar con suavidad la erección, aun cuando la tela le estorbara.
—Tsk…al inicio dijo que solía hacer que sus invitados se arrodillaran y sé que dije que no le daría el gusto, pero…ahora mismo podría pensármelo —Su otra mano bajó también para empezar a quitar el cinturón. —…sí consideraras rogar un poco por ello —. Apartó la correa, así como los botones del pantalón y bajó la cremallera con más paciencia de la que podía permitirse para abrir después el pantalón y dejar los calzoncillos expuestos a su vista y una vista más clara de lo que estos esconden. Sonrió.
—Pero por ahora, podría enseñarte que tan buenas son mis manos —. Empezó a acariciar sobre la tela de arriba a abajo, cuidando de ser delicado, pero no tanto para ser considerado un mojigato, aplicó algo de presión y, mientras, llevó sus labios al cuello del contrario, presionándolos sobre este y empezando a trazar un camino de besos mojados que no buscaban dejar una marca, pero si estimular.
Descendió hasta llegar a la clavícula, besó a lo largo y, cuando se acercó más al centro, se atrevió a succionar un poco, nada tan fuerte como para que fuera grave, pero la sensación lo hizo sonreír —. ¿Y entonces? Estoy esperando ese ruego, Jin…
Onizuka Jin
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C. de Haki
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26-08-2025, 06:18 PM
(Última modificación: 26-08-2025, 06:23 PM por Onizuka Jin.)
Seguía moviendo su boca para hablar de forma que solo lo llenaba más. No solo sexualmente, parecía saber perfectamente cómo tratarlo para que se quedara satisfecho. Incluso en esos momentos de ego que claramente dejaba entrever de vez en cuando. —Más vale que no sea la última vez que nos veamos, Cherry. — pronunció mientras su respiración se hacía notar todavía más.
Las respuestas ajenas eran satisfactorias cuando él mismo lo exploraba. Dejó escapar un jadeo de sus labios cuando por fin sentía una respuesta, el tacto ajeno sobre su propio cuerpo. Maldición, quería poseerlo como suyo de una condenada vez. Cierto, estaba siendo extrañamente más impaciente e incluso desesperado que de costumbre y… ¿qué importaba? Por una vez sentía que ya no era un alivio de estrés, sino pura pasión, adrenalina… Pocas veces podía decir que disfrutara de tanta intensidad como aquella. No iba a ser como el típico y conocido “polvo de una noche”, sino algo más intenso. Lo percibía, lo sabía incluso antes de que pudiera pasar.
—¿Qué si puedo ayudarte a esquivarlo? Puedo apartarlos de nuestro camino. — por supuesto que así lo había manejado. La corrupción seguía y se acomodaba en cada rincón, incluso entre los propios marines. Su mano aprovechaba que había terminado de desabrocharle la parte superior para pasearla desde la zona de sus abdominales hasta el pecho, llegando a apretarlo un poco más en dicha zona. Sintió el impulso de morder su cuello, viendo la perfección de aquel cuerpo. —No me importa de dónde venga la mercancía, sea de la isla que sea, ni a cuántos haga falta sacar del camino para evitarte conflictos, solo quiero calidad en los productos y un buen trabajo. Ni nombres, ni caras, eso da igual. — respiró, tratando de enfocarse un poco más en el tema de negocio. Elevó ligeramente su cuerpo, dejando entrever mejor su torso descubierto, manteniendo su expresión, pese a que su erección seguía apretada entre la ajena.
—De hecho busco expandir mi negocio a otras islas, así que me viene perfecto.
Él se dio cuenta, de su desesperación cuanto más le tocaba. Era consciente de que lo parecía, pero no podía parar, de una u otra forma, era como un imán, una nueva droga, mejor que las que vendía en el mercado negro. Dejó escapar una media sonrisa, dejando una marca en el cuello ajeno después de separarse de aquel intenso beso. No lo mordió, ganas de hecho no le faltaron, pero sí que su lengua y sus labios apretaron suficiente para que se notara una pequeña marca que, al menos por el momento, solo se apreciaría roja. —Y más vale que las formalidades se queden fuera por un buen rato, porque no planeo dejarte escapar esta noche.
Ni siquiera le importó que su camisa se arrugara, aunque se rompiera algún botón, eso tenía una fácil solución. Le encantaba la electricidad que aquel pequeño gesto le dio.Su torso descendió, buscando una vez más los labios, pero sus ojos se abrieron con incredulidad cuando una de las piernas ajenas barrió su paso. Solo elevó una ceja, no parecía un rechazo absoluto, al menos no de ese modo. Aparentaba ser algún otro tipo de juego. En otra situación solo le habría atado las manos tras la espalda, pero quería ver hasta dónde lo iba a llevar. Las palabras del pelirrosa lo reafirmaron. Tan travieso… Tanto que solo lo encendía más. Dejó escapar un suspiro de placer gracias a que su erección finalmente tenía obtenía un poco del tacto que había estado buscando. Ahora la maldita molestia era la ropa. Quería hacerla pedazos ahora mismo, agarrarlo del cabello y forzarlo a que tragara hasta el último milímetro… Y él, de todos modos, sabía cómo hablar, cómo llevarlo al éxtasis. Escuchó su propio cinturón, sintió cómo la presión se aflojaba, aliviando el dolor de la erección. Se dejó hacer, al menos por ahora, sintiendo la calidez de su boca, sus labios explorando su torso.
Aprovechó que sentía su cuerpo descender para terminar de retirar la camisa ajena, tirándola por la zona trasera, descubriendo los hombros ajenos. —¿Rogar? No sabía que te gustaba jugar a ser tan duro, Cherry. — Mierda, ahora sí quería saberlo… Sí, quería que sus manos lo explorasen, su propia erección se sacudía bajo su ropa interior, siendo su propio cuerpo el que suplicaba por encima de sus labios.
—Me gustará ver qué tan buenas son esas manos.
El camino de sus besos que iba descendiendo hizo que elevara ligeramente su cabeza, pero no quería perderse detalle de qué hacía, cómo movía esos besos. Elevó una de sus rodillas, abriéndola un poco más, buscando darle paso, hasta que frenó en seco, hablando de nuevo de aquella súplica. Maldición. No… su orgullo… Mierda. Sus cejas se fruncieron involuntariamente y no por enfado, ni molestia, sino porque esa maldita forma de hacer su petición lo estaba volviendo loco.
—Hazlo de una vez, maldita sea…
Su mano se posicionó en el cabello del pelirrosa, apretándolo con desesperación. No forzándolo a bajar, pese a su deseo, pero sí simbolizando que era lo máximo que su orgullo podía permitirle. —Vamos, Cherry… Por favor. — ni siquiera él creía sus propias palabras. Se acomodó ligeramente, retrocediendo un poco su espalda, dejándole la vía libre para hacerlo. Mordió su labio inferior con fuerza, contenerse estaba siendo un condenado infierno, acompañado de un placer indescriptible. Él mismo descendió su mano, tratando de liberar la erección de su ropa interior. No había olvidado, por supuesto, la cita, pero eso se lo detallaría más tarde. Ahora estaba dando toda su voluntad para no tomarlo de golpe y obligarlo a hacerlo todo por la fuerza.
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Calidad del producto, un buen trabajo, sin nombres ni caras —Perfecto, fácil de recordar —. Su aliento se entrecortó en medio de su respuesta, sus labios temblaron al hablar. Supo, desde el momento que sus labios se encontraron, que sostener una charla de negocios se convertiría en una carga de la que ninguno querría encargarse, no cuando sus cerebros, nublados por el vaho de calor excitante y ensordecidos por los jadeos suaves, se cerraban ante la razón y sus cuerpos aprovechaban para dominar sus acciones, desencadenando, poco a poco, el deseo que poco duró oculto tras formalidades innecesarias.
Las palabras dejaron de servirle después de su última petición, dejó que sus manos “hablaran”, bajaron más el pantalón ajeno, descubriendo los muslos pálidos, tonificados, que palpó con paciencia tortuosa de abajo hacia arriba, deteniéndose solo al estar cerca del centro, con la sutileza suficiente para hacer a cualquiera desesperarse, incluso él mismo estaba siendo víctima de su propia calma, su propio pantalón empezó a ser una molestia; sin embargo, Jin lo había dicho antes, tenían toda la noche y el doctor, a diferencia del pelinegro, es paciente, podía esperar.
¿Pero cuánto podía esperar su acompañante?
Una maldición lo hizo elevar la comisura de sus labios en medio de un beso que pasó del medio de las clavículas a uno de los pezones, podía mantenerse así por más tiempo, pero el otro no parecía querer ir a su ritmo.
El apretón de su cabello hizo que se separara y que una expresión de asombro saliera de su garganta, ahora se sabía interrumpido, expuesto y casi creyó que sería obligado a bajar…eso no pasó, al contrario, unas palabras más suaves le siguieron a la brusca acción: un por favor dicho con algo que al pelirosa le pareció casi una súplica.
—¿Solo “por favor”? —Sus ojos dorados se elevaron para encontrar el rostro ajeno, verlo con esa rojez en la cara le gustó, lo impulsó a seguir, suficiente de juegos. —No sonaste muy convincente —susurró cerca de los labios del otro —, pero, por ahora, será suficiente.
Las palabras volvieron a estorbarle, su boca se ocupó de encontrarse con la otra con impaciencia, terminando de desencadenar el deseo que contuvo hasta ahora, mientras que sus manos pasaron de juguetear entre los muslos para posarse directamente sobre la erección aún bajo el calzoncillo, apretó el miembro, como si intentara “probar” la calidad del “producto” y, ahora sí, su mano subió hasta el abdomen ajeno antes de colarse bajo la tela que estuvo separándolos todo este tiempo.
Se encontró piel con piel, apartó la tela con su otra mano y su boca dejó de complacer a la ajena para que ahora, separados por centímetros, fuera libre de bajar su cara hacia el premio que saborearía con la misma paciencia con la que solía hacer todo. Sonrió con malicia y se relamió, sus labios entonces buscaron el cuello ajeno mientras sus manos no dejaban desatendida la erección, después de todo, lo preparaba para que recibir su lengua no fuera un “shock” tan repentino.
No descendió con la misma lentitud que antes, pronto se encontró dejando besos mojados en el abdomen, en el vientre y luego, en una posición por demás incómoda por lo pequeño que empezaba a resultarle el sofá rojo, se encontró de frente con el miembro del pelinegro. Suspiró con calma, aunque lo suficientemente fuerte para que su aliento caliente chocara con el cuerpo del otro hombre; él mismo sintió escalofríos cuando intentó arrodillarse lo mejor posible entre las piernas ajenas, provocando que la fricción de su propias piernas y su pantalón estimularan su erección, algo que le arrancó un jadeo que, a pesar del calor del momento, lo regresó, por un instante, a la realidad.
—Espero que tenga protección, no pienso avanzar más que esto si no es así —. Y con “esto” se refería a su siguiente acción, dejó caer un hilo de saliva que usó como “lubricante”, una de sus manos subía y bajaba desde el tronco a la punta, mientras que la otra acariciaba la piel sensible de la ingle, además de servirle para mantener las piernas ajenas abiertas, luego, sí que usó su lengua, primero probando la punta y enrollando lo que podía alrededor para después lamer con esa misma lentitud que lo caracterizó desde un inicio.
¿Cuánto tiempo se la pasó así? Tal vez segundos, tal vez minutos…El tiempo es relativo cuando se disfruta, pero lo que importaba es que ahora engulliría el miembro del pelinegro, no con desespero, si no saboreando cada centímetro mientras usaba su lengua para ayudar a que la sensación resultara más agradable para ambos y, cuando estuvo bastante abajo, se atrevió a alzar sus ojos solo para darse el gusto de ver que cara tenía ese hombre que en apariencia parecía tan frío y serio ¿Qué tan desaliñado luciría? ¿Qué tan sonrojado estaría? Entre más expresiones provocara en ese rostro sereno, mayor sería su satisfacción.
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