[Aventura T3][Presente absoluto] El final de un comienzo apoteósico
#1
Día 39 de Verano, Año 16

Cuantas historias se cuentan en el trópico. Aventuras legendarias de aquellos que vienen y van a la isla Samba. ¿Cuantas leyendas del mar habrán caminado por estas calles, disfrutado de estos paisajes y se habrán deleitado de la gastronomía local y el ritmo de la fiesta? Ritmo. Esa es la clave. Un ritmo frenético, marchoso e hipnótico que envuelve a la isla de una atmósfera única. Quizás es por eso que todo lo que sucede aquí, sucede a lo grande. Que el mundo entero sabe que lo que nace en Samba, resuena por todos los rincones del planeta. Y esta noche... Esta noche está a punto de ver nacer a verdaderas estrellas. Estrellas del crimen, el saqueo y el pillaje. Pero, sobretodo... Estrellas del espectáculo.


La nocturnidad en Samba es curiosa. Mientras que las calles están vacías, los edificios están a rebosar de garitos clandestinos que no dejan a los ciudadanos dormir. Es una fiesta constante donde nadie tiene permitido retirarse y participan desde los más ricos, nobles y justos hasta los más rateros y malnacidos del lugar. Aquí estamos precisamente. En uno de tantos locales que propones una alternativa adulta al descanso. Es un segundo piso de un edificio de 3 plantas. Una gran sala, como si de un centro cívico se tratase. Para acceder hay unas escaleras que dan desde la calle a una puerta que insonoriza por completo la estancia. Una vez dentro, se puede ver de todo.
Una gran pista de baile preside la sala. Amplia como ella sola. Todos caben ahí, pero está tan abarrotada de decenas y decenas de personas que apenas cabe un alfiler. El suelo de la pista es pegajoso, víctima de cientos de bebidas derramas y vidrios rotos. Por encima de la gente, una bola de disco y media docena de focos de luces estroboscópicas. Una iluminación que hace parecer que la gente baila por fotogramas.
A la izquierda, una barra que ocupa lo largo de la pared. La gente se presenta ahí para pedir cualquier tipo de refrigerio o consumición... No tan legal. Tras la barra, un puñado de trabajadores para arriba y para abajo, a destajo y sin parar. Su sueldo se basa en propinas, así que son amables y rápidos con todo aquel que se les acerca, por mucho que varios impresentables pidan las cosas de mala manera.
En el fondo del todo desde el acceso principal, un puñado de mesas con sillas. Parecen reservados para clientes VIP. Todos los que se sientan ahí tienen pinta o de tener más pasta que el resto o de tener demasiados contactos. Todos llaman la atención, pero nadie destaca de forma significativa. Algunos parecen reunidos por negocios. Otros por consumo ilícito. Y los peores parecen pasarlo bien en compañía de hombres y mujeres con ganas de marcha. Hay una mesa libre. Un último reservado por si alguien quiere reunirse.
A la izquierda, un pequeño escenario formado por múltiples plataformas. Cada plataforma con una barra central que conecta hasta el techo. Ahí los más atrevidos suben para bailar y dar espectáculo a los de abajo. Hay quien baila mejor y es realmente agradable de ver. Otros solo hacen el ridículo y son rápidamente desterrados al centro. Todos son libres de subir, pero no todos son dignos de mantenerse.
Sin duda, un antro donde la noche vulgar se convierte en anécdota para toda una vida. Un sitio que recoge a mundanos y a aquellos que buscan ser algo más.

Aquí, en este mismo garito, se encuentran un conjunto de protagonistas de lo más variopinto. Algún ya se conocen. Otros están por hacerlo. Todavía no son conscientes de que sus destinos están entrelazados y de que... La noche es joven. ¿Así que porque no un poco de samba?

Datos de interés
#2
Siempre me he sentido mas a gusto en las noches, dónde yo era el que acechaba en busca de víctimas a las que robar. Aunque sería más apropiado decir que era como un carroñero, me colaba en sus madrigueras para tomar aquello de valor que tuviesen allí. Ahora, las noches me han convertido en un incauto roedor que sale a por comida, sin saber si tiene sobre él los ojos de un búho, esperando el momento exacto para clavar las garras en su espalda. Los días son aún peores, pues no se cuántos de esos ojos pueden delatarme, o cuales de ellos me andan buscando. Es por ello que ya solo salgo con la luna, rapiño los contenedores del puerto con rapidez y vuelvo a mi rincón oculto sobre la lonja. Pero lo sucedido hace un par de noches me ha hecho volverme algo paranoico. ¿Puedo ya estar seguro allí? ¿Cuánto tiempo tardarán en aparecer los compañeros de aquella chica? ¿Trabajaría para Reena? ¿Cómo de grande será el grupo que envíe esta vez a por mi? Después de lo que le hice a aquellos chicos seguro que no escatima en fuerzas...

Mis pensamientos se habían convertido en una cárcel, ya que por ellos me había recluido en mi guarida los últimos días. Pero ya no aguantaba más. Allí nunca encontraré aliados con los que poder huir de esta isla, con los que intentar sentirme a salvo. Sin embargo, no era una tarea fácil; la única persona con la que había hablado en los últimos días no dudó en sacar una navaja e intentar clavármela en el pecho sin apenas haber cruzado dos frases. Estuve horas meditando, tal vez días. Pensaba que mi situación no tendría solución, que debería buscar una opción de huir de aquí yo solo. Pero entonces, lo recordé. Aquel sitio del demonio en el que acabé la noche que toda mi vida se torció. Aquella en la que creía que comenzaba mi libertad, y en la que lo acabé perdiendo todo, o bueno, casi todo, pienso mientras agarro el colgante que me dio mi madre.

Es por eso que acabé aquí. Un lugar lleno de gente que viven fuera de la ley, o que, como poco, prefieren que sus actividades pasen desapercibidas. Luces de colores, música a gran volumen y de ritmo acelerado, gente sudada frotándose unos con otros. Unos vienen para dejar a un lado la rutina, otros para olvidarla por completo bajo el influjo de diferentes sustancias. Otros en cambio, vienen para hacer negocios, como bien pude comprobar la noche que huía de la mansión Reena. Si bien algunos eligen una apartada azotea para intercambiar fajos de billetes por bolsas llenas de pastillas, otros prefieren realizar sus actividades comerciales donde está la acción, en locales en los que el público es más extenso, y en los que cuentan con el paraguas de que todo lo que sucede a su alrededor tenga también un carácter poco legal. Sin duda, un sitio como este es el mejor para encontrar compañeros en una situación parecida a la mía; prófugos o delincuentes, me da igual. Solo me importa que no sean ni marines ni hombres de Reena.

Los destellos golpean mis ojos y hacen difícil distinguir las caras de la gente que baila en el centro del local entre tanto movimiento parpadeante. No pienso entrar ahí, demasiada gente, demasiado roce. La enorme bola que pende sobre ellos reparte haces de luz por toda la sala, como si intentase atrapar nuevas víctimas que quedarán atrapadas a sus pies, pegadas a un suelo cubierto de cristales y mugre, tanto que me cuesta creer que no pierdan el calzado en cada bote que dan. Yo prefiero quedarme a un costado, sin llamar la atención, analizando la gente que hay disfrutando de la fiesta, buscando algún posible compañero futuro. Camino despacio hasta llegar a la barra, la cuál está llena de gente pidiendo bebidas y algún otro tipo de «especial de la casa». Me deslizo hacia la esquina, a una zona más resguardada, menos expuesta, y apoyo mi codo sobre la madera. Gran error, pues noto como la manga de mi chaqueta se frena y queda adherida al más mínimo contacto. Tendré que buscar una fuente más adelante en la que pueda quitar la mancha que seguro se está formando en ella. Ordeno una bebida, un San francisco, un combinado de varios zumos de frutas y siropes. El camarero me mira y arruga su frente nada más escucharme. Veo como se acerca a su compañera y le dice algo al oído. Ella encoge sus hombros y él decide coger un par de botellas de zumo y mezclarlas en un vaso directamente, sin hielos ni nada. Me acerca el vaso y mi gesto de confusión debe ser tal, que puedo ver cómo el camarero comienza a buscar algo de lado a lado, hasta que finalmente coloca una sombrillita de papel en mi bebida y sonríe de manera forzada. Asiento y tomo la bebida, pues no estoy aquí para deleitarme y esto es mucho mejor que lo que he podido tomar desde hace días. Pago y entrego algunos berries extra al camarero, el cual se guarda a toda prisa en el bolsillo como si de ellos dependiera su vida.

Busco la zona algo más sombría tras de mi y me apoyo en la pared para establecer mi torre de vigilancia improvisada. Desde aquí pienso revisar la sala en busca de gente interesante a la que poderme unir. No amigos, eso no creo que vaya a encontrarlo en un lugar como este. Tan solo compañeros.

Al fondo de la sala puedo ver una zona de sillas y mesas algo apartadas del bullicio. Me recuerdan a aquellas que había la otra noche, esas dónde había gente apostando a las cartas. Siento un impulso irrefrenable por ir a ver si alguien quiere jugar a algo o si me dejan unirme a alguna de sus partidas, pero rápido recuerdo lo que me pasó la última vez y decido que estoy bien donde estoy. Es más, viendo la gente que se encuentra allí diría que estoy más seguro alejado de ellos. Los hay que parecen tener el dinero por castigo, de los que buscan nuevas formas en las que derrocharlo puesto que no saben ya en qué hacerlo. Y luego un segundo grupo, uno que me trae malos recuerdos, pues varios de ellos tienen la misma actitud que sostenía Reena con todos sus subordinados. Esa creencia en que eran superiores al resto solo por tener más poder, más contactos. 

Continúo con mi barrido visual. Veo muchas personas que podrían ser ciudadanos de lo más normal, gente que me hubiese cruzado yendo a por el pan, de haber sido otra mi vida. Pero entre la multitud, haciendo un buen esfuerzo por destacar individuos entre toda esa masa de cabezas brincando, puedo ver varias personas que llaman mi atención. ¿Será alguno de ellos un posible compañero?



Info
#3
El calor del lugar me abrazó como fuego apenas crucé la puerta. El aire estaba cargado de ron, perfume barato y sudor, pero yo lo respiré como si fuera brisa marina. Caminé con paso firme hacia los reservados, y aunque las luces estroboscópicas parpadeaban de mil colores, mi memoria me capturaba cada rostro, cada gesto, cada vaso alzado. Sé qué copa pidió ese hombre en la barra, sé cómo se le escapó la risa falsa al gordo de la mesa de la derecha, y sé que el camarero con la camisa rota escondió una botella bajo la barra. No olvido nada.
 
Las miradas no tardaron en caer sobre mí. Mi bufanda morada ondeaba sobre mi vestido, marcando mis curvas con descaro, y el brillo de mis pendientes hacía que algunos se quedaran embobados. Yo solté una carcajada fuerte, inconfundible. —WUAWUAWUAWUAWA—. Más de uno giró la cabeza, claro, ¿cómo no iban a hacerlo? Soy demasiado ruidosa para pasar desapercibida, y demasiado alegre para que alguien me odie al primer vistazo, además soy tan hermosa que incluso cocinando soy una obra de arte como mis platillos.
 
Me acomodé en el reservado vacío, dejando que los demás VIP me observaran de reojo. Ellos tenían compañía comprada y risas ensayadas, yo tenía mi exceso de confianza que me envolvía como armadura. Me senté con una pierna cruzada y el pecho firme, como quien no necesita presentación, un camarero se me acercó casi tartamudeando, y yo le sonreí amplia, extrovertida, como si lo conociera de toda la vida. —Tráeme un roncito de esos fuertes con miel de caña. — Le pedí ron, uno de esos que dejaban caer un como un golpe en la garganta. —Casi lo olvido chiquitin, tráeme un plato e’ frutas frescas pa’ aliviar el ambiente —  Él me miró dos segundos de más, y yo lo dejé, hehe. ¿Quién le va a negar un vistazo a esta belleza?
 
El vaso llegó pronto, y lo levanté en alto antes de probarlo. El fuego del ron bajó por mi garganta, pero mi cuerpo ya está acostumbrao’,  yo bebo como pez en agua, y todavía sigo de pie, mon. Bebí otro sorbo sin pestañear, disfrutando el calor en el pecho mientras el ruido del lugar crecía.
 
El escenario se llenaba de torpes que trataban de brillar, y la pista se movía como un mar humano, y yo solo miraba, con esa seguridad desbordante de que nada ni nadie me intimida, podían llenarse de lujos, de diamantes falsos o de compañía barata y yo, sola en mi mesa, ya estaba brillando más que toitos’ ellos. Me recosté contra el respaldo, tamborileando los dedos en la mesa y dejando que mi risa volviera a reventar contra las paredes. —WUAWUAWUAWUAWA—. Que Samba entera se entere, esta noche, el silencio no es una opción.

Resumen


Vestimenta
#4
Había seguido el murmullo de la gente como quien sigue un hilo invisible; seguir un sonido así en Samba era como seguir a la nada. Quizás después de tanta tensión necesitaba comprobar que el corazón de Samba latía en otra cadencia, menos violenta, más humana, y la gente en Samba solo iba allá a donde iba la fiesta. Además, sabía bien que en lugares así se encuentran los secretos que nunca aparecen en un informe oficial: experimentos, contactos, tratos sucios, e incluso rumores sobre médicos caídos en desgracia o investigaciones robadas. No creía que el caso de Herber fuese el único en aquel aparente lugar de alegría y jolgorio.

Y también estaba, claro, el puro impulso de vivir. Por mucho que me vistiera de princesa o que cargara con la cruz de mi pasado, seguía siendo alguien que sabía moverse entre antros y cabarets. No había entrado al local como “la tontatta médico”. Me había tomado mi tiempo antes de subir esas escaleras: me había agenciado un pañuelo de seda raído y lo había enrollado en torno a mi cuerpo a modo de vestido improvisado. El color era un rojo opaco, apagado por el uso, que la hacía confundirse con las alfombras, luces y sombras del lugar. Me convertí en una más de las sombras que pululaban por la sala. Desde abajo, si alguien reparaba en mí, lo más probable era que me confundieran con una rata o un gato curioso correteando entre botellas y tacones. En realidad, ese era el truco: nadie mira dos veces a algo tan común. Y, sin embargo, yo creía verlo todo.

Así que ahí estaba. Caminando por la barra con la seguridad de quien mide quince centímetros pero se comporta como si midiera dos metros. La música me golpeó en cuanto crucé la puerta, como si el aire mismo estuviera hecho de percusión y sudor. Miraba a la pista de baile con cierto deseo, el deseo de quien anhela ciertas cosas que por uno u otro motivo no puede obtener. Ser una más. Quizás suba a una de esas plataformas, quizás no. Pero por ahora lo mío es observar. Ver quién se reunía en las mesas VIP, qué manos cambiaban bolsitas sospechosas o qué labios soltaban información sin darse cuenta.
El suelo pegajoso me obligaba a calcular cada paso, pero nadie parecía notarlo: la gente bailaba con una energía tan caótica que uno podía jurar que se alimentaban del mismo ruido. A mi alrededor, demasiadas caras, demasiadas sombras que iban y venían, cada una con su propio secreto. Mis pasos eran medidos, casi minuciosos, como si no quisiera dejar huella entre la marea de cuerpos que rebotaban y chocaban a mi alrededor.

“Si algo tiene la noche de Samba, es que nunca sabes si volverás a casa con un secreto o con un enemigo...”, pensé con una sonrisa torcida.

Pocos eran los que no bailaban, bebían, charlaban, reían o lo hacían todo junto a la vez. Dos extremos de la misma moneda en el mismo local: el silencio vigilante y el estruendo descarado. Me abrí paso entre ambos mundos, buscando no perderme en ninguno. Pero en este caso, si lanzabas la moneda, tenías más probabilidades de sacar una cara que la otra. Una moneda evidentemente trucada. ¿Cuántas trampas podía haber en aquel lugar? Lejos de eso, sabía de alguien que podía llegar a pasárselo muy bien en ese antro y, con suerte, brillar.

Me movía con los ojos abiertos de par en par, absorbiendo los detalles que podía: vasos con sombrillas, risas que retumban por encima de la música, el olor a alcohol y perfume barato que se mezclaba con el sudor y la adrenalina de la multitud, y aunque sentía un hormigueo de alerta recorriéndome el cuerpo, también había algo que me fascinaba. Cada gesto, cada movimiento, cada expresión decía más de lo que las palabras podrían. Yo no bailaba, no gritaba, no pedía atención, pero mi mente absorbía todo con la misma precisión que un médico estudia un síntoma: analizando, decodificando, sintiendo. Por un instante, me descubrí sonriendo por dentro. Entre tanto ruido y locura, me sentía viva y alerta. Como siempre, entre la multitud, invisible y presente al mismo tiempo.

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#5
Me había invitado a una salida en búsqueda de diversión, ya que hace un par de días una de esas salidas había terminado en combate. No pude divertirme para nada. Pero esta vez, con fe, tenia la esperanza de poder divertirme como se debe. Solo tenia que seguir el sonido de la música. A estas horas de la noche las calles estaban vacías, al igual que los locales, pero en alguno de ellos la música rompía el silencio de los callejones.

—Hey Ryuu ¿Tienes en mente algo para hoy?
—Mmm… buscar alguna ¿fiesta? o lo que salga, la verdad, tengo ganas de ¡divertirme! Esta isla tiene algo que me calienta la sangre.
—Vale! Yo te guío, mira gira por aquí ¡estoy escuchando algo! ¡Vamooos!

Giramos por una esquina y entramos en una calle donde se alzaba un edificio de tres pisos. Del segundo se podía se podía sentir un leve vibrar al ritmo de la música. Si o si tenia que ser una fiesta clandestina. Desde afuera no tenia ninguna señal. La puerta no estaba resguardad por nadie —de seguro solo se entra con invitación o solo para los que saben donde es— por lo que sería fácil de entrar.

—¡Te lo dijeeeee! Mi instinto fiestero ¡nunca falla!
—Es leve el sonido, pero si, parece que hay una ¡fiesta adentro!
—¡Vamos entremooooos! Di que eres el dueño si alguien te pregunta quién eres, ¡Shishishishi! A ver si conseguimos engañarlos y llevarnos tragos gratis toda la ¡noche!
—Muahahahahaha ¡Esto será divertido!

Llevaba puesto mi ropa de siempre, mi chaqueta azul con capucha ploma, sin polo —obviamente— con unos pantalones que hacían juego con la chaqueta. No llevaba nada más encima. Solo buscaba diversión y algo de caos. De ser posible más caos que diversión, pero con lo que salga voy a estar conforme.

Llegamos a la entrada y empujamos la puerta como si viviéramos ahí. Una pequeña ráfaga de viento, lleno de olores y sabores, nos dios en toda la cara. Luego el sonido de la música exploto de golpe. Seguimos el camino por las escalares hasta llegar a segundo piso.

La pista de baile se abría en gran tamaño apenas entramos. Las luces estrambóticas que se prendían y apagaban como flashes, acompañadas de las bolas de disco y las docenas de luces que iban y venían, hacían que todo fuera una locura visual. Mis ojos no tenían idea de lo que veían, gente detenida en el tiempo como fotos, pero solo por segundos, algunos elevados en el cielo o a veces hundidos en el suelo.

Antes de avanzar al centro de la pista de baile me percate de una bufanda que ondeaba por entre las personas, pasando por entre la pista de baile en dirección a la barra —y encima es de color morado, mi color favorito— tendríamos que buscarla luego para resolver algunos asuntos.

—¡Por las sombras más oscuras del universo! ¡Esto es una locura!
—¡Wuuuuuuuu! Esto es lo mejor que hemos hecho en mucho tiempo
—Bailemos un rato y cuando se acabe la música ¡buscamos algo de tomar!
—¡No olvides mencionar que eres el dueño! ¡Shishishishi!
—Si me lo recuerdas a cara rato ¡como lo voy a olvidar!
—Shishishishi y a lo mejor antes de irnos, les bajamos ¡la palanca de la luz! ¡Y nos vamos corriendo!
—Muahahahaha! Brillante pero espeluznante si salen todos en grupo a perseguirnos, al menos hasta que salgan nosotros ya estaremos ¡bien lejos!

Nos quedamos bailando hasta que la música terminase o cambiaran a otra. Nos dejamos llevar por el ritmo de los sonidos. Pegados como un oso a un tarro de miel. Los sonidos sintéticos acompañados de las luces hacían que mi cerebro viera toda clase de formas y figuras. Me deje llevar hasta perder el sentido del tiempo por unos minutos. No me importaba estar apretado en tanta gente, solo quería divertirme y dejarme llevar por la música. Bailar era mi especialidad y lo demostraba con cada paso de baile.



INFO
#6
La puerta del local se abrió de par en par como si fuera el mismísimo telón de un teatro y, ¡voilà, cariño!, ahí estaba yo. Una estrella nacida del caos y la miel, honey. Apenas di un paso dentro, el estruendo de la música me golpeó el pecho y me sentí vivo, vibrante, como si cada nota fuese hecha solo para mí.

Caminaba rápido, casi danzando, mis botas repiqueteando contra el suelo pegajoso sin importarme que se quedaran pegadas un segundo en cada paso. ¿So what if the floor was dirty? Yo lo convertía en pasarela, darling.

Con mis ojos carmesí recorrí el lugar como un gato curioso: los focos de colores iluminaban los rostros sudorosos de los bailarines, las luces estroboscópicas los cortaban en fotogramas, y todo parecía un improvised show donde yo era la estrella invitada. Y claro, no podía caminar sin dejar huella, mi cuerpo se movía con gracia felina entre la multitud, y mis manos, oh, mis preciosas manos adornadas con anillos brillantes, se encargaban de explorar lo que se cruzara.

—Ay, pero qué pecho más duro, honey — reí, deslizándome con descaro sobre un hombretón de torso descubierto que no tuvo ni tiempo de reaccionar antes de que mi risa se perdiera entre la música, otro, con camisa abierta, recibió una caricia fugaz en el pecho y uno más, al que atrapé por la cintura, se volteó sorprendido y confundido, pero yo ya me había escabullido con una reverencia burlona y un beso lanzado al aire.

Avanzaba con velocidad, como si un fuego me quemara los talones, y cada segundo dejaba un rastro de perfume dulzón a miel, era imposible no notar mi paso, cada mirada que se cruzaba conmigo recibía un guiño, cada hombre alto y fornido que encontraba recibía una caricia, cada grupo de borrachos escuchaba un “darling” cantado como si fueran mis más fieles espectadores.

Llegué a la barra con la energía de una tormenta tropical. Me apoyé de espaldas contra el mostrador, una mano en la cadera y la otra en el aire, saludando a cualquiera que me mirara como si fueran viejos amigos, porque tengo que ser the sexiest of the stars, entonces el camarero se me quedó mirando, dudando de si debía atenderme primero o atender a los demás, but i love being the drama queen.

—Cariño, si no me sirves ya, voy a desmayarme aquí mismo en tu barra, ¿ You want an angel like me to die of thirst in front of all these gentlemen, honey? —exclamé, elevando la voz para que media pista escuchara, varias risas se escaparon entre la multitud, y yo, feliz con mi público, rematé con una risa excéntrica —Jusususu, Jusususu— que brilló más que la bola de disco sobre nuestras cabezas.

—Un trago fuerte, honey. Lo que tengas que me haga olvidar la rutina y me recuerde que estoy vivo —pedí, deslizando mi dedo sobre el borde de la barra como si estuviera acariciando la piel de un amante. A mi alrededor, algunos hombres me observaban con mezcla de intriga y deseo, otros con desdén, oh Darling y cuanto me encanta que me deseen, o que me critiquen, igual asesinaré a todo aquel que no respete mis hermosos y preciados besos, pero por ahora todos posaban sus ojitos en mi, y eso bastaba. No soy alguien que pasara desapercibido, cariño. Where I am, there is a show, that's always the case.

Con la copa finalmente en la mano, levanté el vaso hacia la pista abarrotada y declaré con voz clara, en medio del estruendo, —¡A la vida, a la locura y a los hombres con pecho de guerreros, cariño! — Y bebí de un solo trago, dejando que el alcohol incendiara mi garganta mientras mi risa se mezclaba con el ritmo frenético de Samba. La noche era joven, y yo más escandaloso que nunca, honey.
#7
Uno por uno, nuestros protagonistas van llegando. Cada uno a su ritmo, cada quien con su pasado y con sus ganas de vivir la noche. Varo, por ejemplo, decide ser sigiloso y desconfiado. Vuelve donde una vez su vida se truncó para encontrar refugio en un mundo criminal que le pueda proporcionar aliados. Tenemos a gente como Ryuu y Alana, que buscan disfrutar de la fiesta, aunque de forma comedida y sin llamar la atención. Y luego vemos casos como el de Mercedes o Rosse, que directamente se convierten en el centro de atención de todos con su carisma estelar. Gente nacida para destacar, sin miedo a las consecuencias y con hambre de fama. Un grupo diverso, pero con un destino común, aunque todavía no lo sepan.


El garito está abierto para todo aquel que quiera quemar la noche. Sin distinción. Sin impedir el paso a nadie que se atreva a cruzar esa puerta y consumir. Eso a veces trae cosas muy buenas. Gente variopinta, llegada de todas partes del mundo dispuestas a pasarlo bien y a desinhibirse. Pero en este mundo tan podrido, lo que suele traer son cosas malas. Personas que se sienten en el derecho de juzgar al resto, gente que busca peleas o trabajos sucios... Es el precio de la libertad absoluta, y el local se lucra con la promesa de encontrar eso, en este lugar.
La barra es un lugar sagrado para todos aquellos que buscan una anécdota de fiesta. Es un lugar por el que tarde o temprano pasan todos, ya sea para consumir o para ver cómo está el panorama. El mink y la tontatta, por ejemplo, se cruzan por ahí de los primeros, más con una intención contemplativa que con la de pillar un pedo de morirse. La señorita Benz decide que la barra tiene demasiada poca clase, pero sin embargo, acaba cayendo en el juego del local y desde la zona VIP ordena algo. Rosse cumple, pero con un protocolo distinto. Primero un poco de marcha y pavoneo antes de recargar pilas con una bebida bien cargada. El único con una práctica distinta es aquel que habla solo, que no deja de darlo todo en la pista. Cada uno acaba en una zona u otra, acorde con su ritual.

Varo, Mercedes ----- Sector Zona VIP

Alana, Ryuu, Bellecour ----- Sector Pista y Barra

La noche es joven y larga. Aún quedan cosas por ver y por vivir. Y por desgracia, en este lugar es ser cazado... O cazar. En vuestra mano está el ceder y ser pacíficos y espectadores o el poneros en el lugar que os corresponde y destacar por encima del resto con fuerza.
Ayuda visual de mapa y posiciones



Datos de interés
#8
El puñetazo de la mujer contra la mesa me sacó una sonrisa torcida y el ron todavía me ardía en la garganta, pero mi sangre ya hervía más que cualquier trago, entonces alcé la mirada, tranquila, dejando que mis pendientes tintinearan con el movimiento, mis ojos se posaron en la mujer, que tenía un traje que me recordaba a los idiotas del gobierno mundial.

—¿A mí me hablaste, muñeca? — solté con voz suave, casi cariñosa, aunque quedaba muy claro que detrás de mis palabras había filo, ira y muy muy poca paciencia.

El hombre de los lentes seguía clavado en mi pecho como si jamás hubiera visto dos razones tan grandes pa’ perder la vergüenza y pues en ese maravilloso evento no había nada mejor que hacer que soltar una risa atronadora.— WUAWUAWUAWUAWA—. El eco se tragó cualquier intento de murmullo, incluso la música pareció bajar el ritmo un segundo para darle paso a mi risa.

Con un movimiento lento, me puse de pie, tenía que darle drama a esta maldita noche. La luz me bañó completa como si de un espectáculo se tratase y, como siempre, recordé cada gesto de la mujer frente a mí, su ceño fruncido, los labios tensos, las venas palpitando en la sien, memoria de elefante, mon, pa’ que después no digan que la malinterpreté, ella vino buscando un lío y eso tendrá.

Era más baja que yo, mucho más, era tan pequeñita que tuvo que alzar la barbilla para mantenerme la mirada y yo, mon, incliné la cabeza y sonreí como quien mira a un cachorro que ladra demasiado. —Tú quieres trono, pero elegiste la mesa equivocada, mon. —

Dejé el vaso a un lado con toda la calma del mundo y, sin previo aviso, levanté mi pierna derecha con la gracia de una bailarina y la fuerza de un toro, dejando ver solo por un segundo todo lo que había debajo de mi vestido, más drama y sensualidad para mí y ¡PAM! La patada le estampó la cara contra la misma mesa que había golpeado segundos antes, el elegante mueble crujió con el impacto, y su nariz dejó un rastro rojo sobre el terciopelo verde.

—WUAWUAWUAWUAWA—. Reí de nuevo, más fuerte, mientras me sacudía el vestido como si nada hubiera pasado. —¿Querías atención? Pues ahora la tienes, mon. — 

El tipo se tensó, pero no se movió. Sus gafas de sol brillaban bajo las luces, pero su vergüenza se notaba más que cualquier reflejo, yo le lancé un guiño juguetón. —Y tú, deja de mirar tanto que se te van a secar los ojos.— Esperaba que no molestaran más en lo que pasaba mi hermosa velada en este bar, y ojalá que sus planes sean esos.

El lugar entero había clavado la vista en mí durante un momento, pero no me importaba. Es más, creo que me encantaba la mirada de todos viendo a una Oni tan preciosa como yo. El ron me mantenía tibia y mi exceso de confianza hacía el resto, no habia más que pensar y no iba a dejar que dos payasos disfrazados de agentes me robaran el escenario.

Me senté de nuevo, como si nada, ignorando por completo al hombre que veía mis pechos como un premio consolador, cogí mi vaso y lo levanté en alto, habia escuchado a un tipo raro desde la barra brindar por varias cosas así que también lo hice. —¡Por Samba! Que la fiesta siga, y que nadie olvide que aquí manda Mercedes, mon. —

—WUAWUAWUAWUAWA—.

Resumen


Belicozo
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 567 + 0 = 567
Energia: 593 - 86 = 507
Espiritu: 27 + 0 = 27
#9
Por suerte para mis oídos, no trascurrió mucho tiempo hasta que comenzaron a aparecer algunos candidatos para mí peculiar concurso. El premio: la increíble posibilidad de huir conmigo de la isla. Quién iba a rechazarlo? Solo traía consigo la pequeñísima letra pequeña de ganarse unos cuantos enemigos, dentro y fuera de la ley. Mis ojos se fijan primero en un tipo grande que baila entre la multitud. Su cabeza afeitada resalta por encima de la multitud y su envergadura lo hace rebotar con todos los que estan a su alrededor, como alguien demasiado grande y torpe que entra en una tienda con pasillos demasiado pequeños. Su cara poco avispada y sus formas rudas me recuerdan a los matones que ayudan a descargar los barcos de Reena en el puerto. Sí tienes algo que ver con los estibadores prefiero no involucrarme con él, pues las posibilidades de que los largos tentáculos de Reena hayan llegado hasta él son muchos más altas de lo que quiero asumir.

Mi mirada, oculta bajo el ala de mi sombrero, sigue recorriendo la pista de baile. Los cuerpos sudorosos chocan unos con otros en lo que parece un mar de descontrol, con olas saciadas de alcohol y desenfreno. Entre la multitud, no puedo evitar fijarme en alguien. Es extravagante y salta de unos a otros para recorrer sus cuerpos con sus largos dedos. La invasión del espacio de uno no es de mi agrado, pero hay algo en su actitud que me divierte, como si se deslizase por el local siendo el protagonista de un espectáculo. Continúa con su actuación, de un cuerpo sudoroso a otro, hasta que, finalmente llega hasta la barra a pedir una bebida. Las reacciones a su alrededor me dejan claro que seguro que es alguien que acumula enemistades, alguien que tarde o temprano deberá salir de esta isla; porque lo persiguen o para buscar una nueva parada en su "gira espectáculo".

Y no es hasta este momento, en el que aquel actor decide tomarse un descanso, que me percato de la presencia de otra estrella principal. Un cuerpo que sobresale por encima del resto, su estatura es el doble o el triple que el del resto de bailarines, pues muchas de las cabezas apenas le llegan a la cadera. Avanza acaparando miradas que se dirigen hacia el pronunciado escote de su provocativo vestido morado. Llega hasta la zona de mesas, la que parece estar reservada para gente de alto estatus social, ya sea por dinero o por contactos. Tal vez sea una peligrosa jefa de la mafia que rivalice con Reena, una poderosa enemiga. Se sienta sin complejos en la única mesa que queda libre en aquella zona y le hace un pedido al titubeante camarero que se le aproxima.  El chico volvió a toda prisa con su bebida y un plato de frutas, sin quitar ojo de sus prominentes atributos. Ella, sin reparar en dicha actitud, levanta el vaso y bebe como si fuese agua. Pobre de mi si intentase hacer lo mismo, puedo sentir el dolor de cabeza del día siguiente solo de imaginarlo. La chica está allí con una seguridad como quien es dueña del lugar, aunque rápido veo como aparecen un hombre y una mujer. Sus trajes dejan ver que trabajan como seguridad de alguien importante, o eso quieren hacer parecer, pues el hecho de llevar las gafas de sol puestas a estas horas y aquí dentro me hacen pensar si no serán más apariencia que otra cosa. En un instante comienzan a increpar a la chica, insultando de mala manera e indicando que esa mesa es para un alto cargo. El golpe que da la mujer sobre la mesa deja claras sus intenciones, agresivas, pero la chica del cuerno no se amedrenta. Se pone en pie, con calma, como si supiese que no tiene nada que tener, que la situación está controlada. La mujer del traje sigue sus ojos con la mirada y la hermosa joven deja su consumición a un lado, y como si de un parpadeo se tratase levanta la pierna y la deja caer con fuerza, como el hacha de un verdugo. Y es así como debe sentirlo la mujer cuando el pie de su contrincante impacta en su cara y la lleva a empotrarse contra la mesa. La madera cruje y se llena de sangre. La mujer no vuelve a moverse. Puede que la chica de gran tamaño se haya metido en un lío, pero no parece importarle, pues tan solo se sacude el vestido y se permite el lujo de retar al hombre que aún la mira con una mezcla de deseo y pavor. Ella se sienta con la misma parsimonia y toma su vaso para lanzar un brindis al aire en honor al reino de Samba.

Puede que no sea la mejor de las decisiones, ya que la chica no parece necesitar ayuda, pero pienso que si consigo que crea estar en deuda conmigo, podré lograr una aliada poderosa. Lo hago todo en un segundo; meto mi mano por dentro de la chaqueta para agarrar una de mis agujas y lanzarla con fuerza al cuello del hombre, aprovechando la confusión y su obsesión por el escote de la chica de morado. La aguja vuela rápido e impacta en el objetivo. El hombre se tambalea y yo salto hacia él para recuperar mi arma.

-Disculpe, señorita. No quiero meterme donde no me llaman, pero viendo la gente que se reúne por aquí -hago un gesto hacia una mesa de hombres con mal aspecto con la palma de mi mano mirando al techo-, creo que deberíamos escapar antes de que sea demasiado tarde. Se bien el poder que puede tener esta gente.

Permanezco de cara al hombre trajeado pendiente de si recupera la consciencia, mientras con mi mano instó a la hermosa mujer a que me acompañe para escabullirnos de la fiesta. Jamás pensé ser tan atrevido, pero se bien las consecuencias que puede traer jugar con determinadas personas.



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#10
La fiesta estaba en su punto, buena música, un montón de gente y el ambiente poco a poco se cargaba de energía. Movimiento tras movimiento me fui abriendo un lugar entre la multitud. Mis pasos de baile sacados desde las mismísimas profundidades del océano me hacían ver como delfín en el mar. Sumado a eso, mi cuerpo siempre ágil me permitía moverme con total soltura, dando pequeños saltos que parecían que tocaría el techo.

Por ratos podía sentir como algunas manos pasaban ya sea rosándome o tocándome no tan discretamente. No lo podía evitar, el cuerpo que mantenía siempre atraía las miradas. Para mi era lo de menos, yo solo venia por la fiesta y el caos.

La música ya había cambiado, igual de buena que la anterior, así que mi cuerpo ya me pedía algo para tomar y subir las energías al máximo. Me gire para observar en todas las direcciones donde estaba la barra o algún lugar donde podría aprovecharme de alguien para conseguir tragos. Tenia el bar al bar a un costado, cerca, y un poco mas lejos estaba una zona vip con alguien que nos llamó la atención de golpe.

 —¡Miraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Que locura! Nunca había visto a alguien tan ¡enormeeee! ¡Mira, mira, mira!
—Calma aqui no existen los gi —mis ojos no lo podían creer—  gant…! ¡DIOS MIOOOOOO!
—¡Seguro le llegas a la rodilla, pedazo de enano! ¡Shishishishi!
—Hahahaha ¡mierda! Si tal vez o quizás ni a la rodilla llego ¡Muahahahaha!  
—¡Se me ocurren miles de ideas en la que podemos aprovechar su tamaño para conseguir cosas! ¡Hasta podríamos acabar con el gobierno mundial! ¡Muehehehehe!
—Oye ¡Así no me rio! ¡Pero es una buena ideaaaaa! Pero primero vayamos a la barra a tomar algo, perece algo ocupada con es dos tipos medios raros, —mire de reojo tratando de ver algo— ¿Trabajara con ellos?
—Luego lo averiguamos, vamos a tomar algo, ¡yo también me muero de sed!
—Me quedaré con la duda…
—No importa ¡Vamos, vamos, vamos!

Al voltear en dirección a la barra me pude percatar que alguien más se estaba divirtiendo a sus anchas. No podía llegar a ver bien quien era, parecía alguien de una estatura muy pequeño como para fijarme bien —o será que estoy alucinando— o al menos eso era lo que se podía notar en la pista de baile.

No pude dar ni dos pasos cuando me topé con un grupo de “chicos” que estaban, al parecer, fastidiando a alguien. Solo pude escuchar las últimas palabras del tipo.

“—Tú, pedazo de basura. Discúlpate por lo que eres o prepárate a sufrir la violencia de los jefes de Samba—”

Me acerque por detrás justo cuando todos la tenían rodeado. No pude contar con exactitud cuántos eran, pero de seguro más diez. Trate de buscarla con la mirada para ver quien era, pero las cabezas de los tipos no me dejaban ver bien. Mi mente estaba procesando todo como una máquina, no iba a iniciar una pelea que no pudiera ganar. Si todo salía de acuerdo con el plan, sería una completa locura.

Tome aire en los pulmones antes de gritarle con toda mi fuerza al tipo ese.
 —¡HEY TU! ¡PEDEZA DE IDIOTA!
—¡Eso Ryuu, déjame al de cabello rojo! ¡A ese lo mato!
—¿Como lo vas a matar? ¿Con la mente? ¡Muahahahaha!
—Shishishishi ¡concéntrate en el tuyo mejor! ¡Luego dios sabe dónde tiraran tu cuerpo al matarte!
—Ni empezamos y ya me deseas le mal…

Apenas volteara por el grito me acercaría lo mas posible hasta estar cara a cara, con la mirada puesta en sus ojos como un enfermo que solo quiere matar. Las palabras saldrían de mi boca como dardos envenenados, mientras mis manos aplaudirían como tono burlón de sus actos.

—Muy “machitos” para ir en grupo molestando a los demás… NO! ¿jefes de Samba? ¿Vas a llamar a tu dueño o qué? “PERRO”… O no me digas que tu eres el jefe ¡MUAHAHAHAHAHAHA! No me hagas reír… patéticos, al menos métanse con alguien de su tamaño.

Sin darle tiempo a responder y esperando llamar la atención del resto para que la chica de atrás pudiera actuar, seguí increpándoles. No me importaba recibir un par de golpes si esto conlleva a que se desate el caos en el lugar.

—¡CA – BE – ZA – ZO     MOR – TAL!

En un movimiento ágil y al ritmo de la música cargue de lleno con un cabezazo a toda potencia hacia la cara del tipo. Al impactar sentí el crujido de su nariz al quebrarse contra mi frente. Tenia que enseñarle una lección que nunca olvidaría. Sin darle tiempo a reaccionar mi pierna derecha ya estaba recorriendo a toda velocidad hacia las bolas del tipo. Aun con la bulla de la música se pudo escuchar el sonido de una campana al recibir el golpe. Cayó de costado, convulsionando, lo empujé con el pie para que todos sus compañeros lo vean.

—!Ahora ni pito tendrás! 
—!Buen golpe Ryuu! !Ten cuidado ahí vienen!
—Muahahaha !esto se pondrá sabroso!

Sabía que los otros tipos no se quedarían quietos. Cuatro de ellos se venían encima por los costados, como perros sin amo sueltos en una plaza. El primero corrió directo hacia mi con los puños levantados. Lo deje venir, midiendo la distancia, y en el último segundo me agache. Mi hombro golpeo en su estomago y lo levante por lo aires, dejándolo caer sobre su cabeza. El segundo aprovecho que estaba distraído y me lanzo una botella vacía hacia la cabeza. Logre esquivarlos a las justas, —mala suerte al que le cayera la botella allá atrás— no le di tiempo a nada más. Me abalancé a toda velocidad y con salto potente le estame la rodilla en toda la cara. El tercero era un poco más grande, con brazos gruesos como troncos. Intento abrazarme por la espalda para aplastarme contra él. Sus brazos rodeaban mis pechos, podía sentir la presión. Con toda mi furia le mordí el antebrazo, arrancándole un pedazo de carne y haciéndolo gritar de dolor. Aproveche que se retorcía de dolor y lo empuje con los hombros para liberarme. El cuarto dudo en venir. Su mirada parecía perdida viendo caer uno a uno a sus compañeros. No le di opción de pensar más, si no venia yo iría a por el. Avancé con un rugido a toda velocidad, lo agarre del cuello y lo empuje a al centro de la pista de baile. Cada golpe que le daba parecía que estuviéramos bailando. 

—!Quien más quiere bailar!
—!Eso Ryuu! !No dejes a nadie vivo!

Me quedé de pie, con la respiración media agitada, el sudor empezaba a recorrer por mi frente. Mire al resto a la espera de que vinieran o tal vez algún vendría a ayudarme. En cualquiera de los casos estaba preparado y mas que dispuesto a seguir luchando hasta el final.



INFO
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 150 + 0 = 150
Energia: 176 - 50 = 126
Espiritu: 87 + 0 = 87


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