Fiesta del té [pasado con la mano vacía]
#1
Día 90 de primavera

Las brasas avisaban de su estado con un crepitar constante, Cao las revisó colocando las teteras sobre el hierro encima de las brasas para así tener el agua en la temperatura adecuada para poder tomar el té, cada una de las teteras tenía un compartimento interior donde había depositado el té en cuestión, siendo que cada tetera tenía un versión diferente, los niños de la iglesia ayudaban, la parte de atrás de la misma había sido adaptada , en un pequeño jardín que ahora tenía un gran mesa con todo tipo de repostería, así como pan con todo tipo de ingredientes, salmón, jamón, queso fresco, los niños tenían en el interior su propia fiesta con comida para poder mantener una conversación en paz llegado el momento pero ahora ayudaban a terminar los retoques.

Bien , bien muchachos, os lo agradezco, traed también las piezas de fruta, muchas gracias... Decía mientras colocaba con tranquilidad servilletas en la mesa , cubiertos por como cuchillos para poder untar el queso, y decoración como flores , pequeños detalles quizás excesivos para algunos, pero tremendamente tranquilizador para Cao, no pretendía parecer pretencioso ni mucho menos aquello era una muestra simplemente de que cuando Cao hacia algo le gustaba hacerlo bien, con detalle y disfrutando el proceso, y era lo que había hecho, sin prisa, tomándose su tiempo al fin y al cabo si todo salía bien aquellos reunidos hoy serían aliados en el futuro 

Muchas gracias chicos, espero que disfruten su propia fiesta os la preparé para que puedan divertirse, corred chicos... 

Ya solo faltaba una cosa, esperar a que hubiesen recibido sus invitaciones y que llegasen hasta el lugar, como era habitual Cao saco su pipa con tranquilidad y paz mientras encendida las hierbas y daba una calada con tranquilidad, exhalando el humo mientras miraba el cielo abierto, lo cierto es que el lugar le transmitía una paz brutal, solo por ello el ex noble creía que había logrado como poco un ambiente agradable para charlar que al final era lo que buscaba con esa fiesta y ese grupo, pues estos individualmente tenían mentes únicas.

Anhelo vuestra llegada mis posibles aliados , me muero de curiosidad por saber qué tipo de cosas podréis enseñarme... Diría dando otra calada meciéndose en una de las sillas y expulsando nuevamente el humo.
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#2
Li Yuan suspiro largamente, mirándose en el pobre reflejo de un caldero de bronce, rodó los ojos suspiró otra vez mientras determinaba que ya había sido suficiente, no estaría más presentable ahora que luego, no tenía recursos para destinar a controlar su pelo rebelde, por lo que se colocó la cáscara de huevo sobre la cabeza y ya, controlado.

Había quedado con Cao, y una serie de misteriosos individuos a los cuales propondría algo ¿La naturaleza de aquel acuerdo entre individuos extraños? le era completamente desconocido, Cao había guardado bien el misterio y la expectativa, aunque por ahora era imposible de adivinar y Li Yuan sólo podía especular de los motivos para mantener tal secreto, no dejaba de ser algo que le ponía nervioso y le hacía mirar su reflejo en los calderos para ver que tenía buen aspecto… ni que fuera a una cita. Pero quien sabe, tal vez alguna mujer acudiera a tal reunión, alguien distinguido de la nobleza como el propio Cao, o bien un destacamento de la Marina… nunca se sabe.

Dejando finalmente su aspecto de lado, empezó a caminar a la zona acordada, abanicándose con su mano palmeada fingiendo que era una abanico mientras escrutaba sus alrededores.

Al llegar, notó dos cosas, primero y más importante, era el primero en aparecer de quien fuera el grupo invitado, Y segundo, había bastante comida en la mesa, de la cual tendría ganas de degustar.

Inclinó la cabeza con respeto a Cao. Demasiado tímido para empezar la conversación, y esperando que fuera el propio Cao quien le hiciera las preguntas, mientras Cao Hablaba, Li intentó tomar una fruta para comerla en sigilo, mientras el hablaba pero cuando estaba a punto de darle un mordisco, vio las extrañas espirales de la fruta, como si tuviera gusanos retorcidos en su interior, a lo que dejó la fruta donde estaba como si hubiera perdido el apetito.
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#3
Los atletas de su tierra tenían por costumbre practicar ejercicio con el cuerpo prácticamente desnudo, igual que la gente de armas e igual que Bai al entrenar. Para ella, la pureza del cuerpo era sagrada y la desnudez, algo natural. Al fin y al cabo, ¿acaso no llegamos todos al mundo de ese modo? De hecho, solo cubrían sus partes íntimas porque, cuando su comunidad enraizó en la isla, los moradores de aquellos lares fruncieron el ceño y arrugaron el rostro al verlos así.

En consecuencia, aquella mañana, como tantas otras de su vida, había salido a entrenar ungida en aceite de oliva, para que el sudor y el polvo fueran más fáciles de retirar. ¡Ni que ella fuera una bárbara, con esas costumbres ridículas de limpiarse únicamente con agua! Porque sí, su entrenamiento empezaba mucho antes de alcanzar el punto adecuado: comenzaba tan pronto como cruzaba la puerta de su posada y se echaba a trotar.

Trotar, correr, cargar peso… todo ello lo hacía en las sombras de la madrugada.

Después, una vez el sol se había alzado lo suficiente como para templar su piel, finalizaba el ritual utilizando un utensilio que solo veía la luz del día en aquellas ocasiones: un pequeño raspador de hueso con el que se despojaba de los restos de sudor, aceite y arenilla, limpiándolo constantemente contra la grava del lugar. Y tras ello, para concluir, se frotaba el cuerpo con arena, completando así la purificación.

Para ese momento, el sol ya había avanzado un poco más, y la necesidad de un baño y de un desayuno copioso se imponía con fuerza.

Así que pies en polvorosa, puso rumbo a su hogar temporal aprovechando que el baño estaría vacío. Aunque, en realidad, muy pocos tenían por costumbre el bañarse. Pero, por si un caso, y habiendo conocido de antemano la rutina de la gente de la posada, no iba a dejar pasar la oportunidad de terminar su ritual matutino como merecía.

El vapor se elevaba cubriendo su cuerpo; sus brazos recordaban el peso de las piedras que había levantado, y sus piernas, las flexiones realizadas.
Cada fibra le hablaba en silencio bajo el agua. Y, para Bai, ese era un idioma que sí entendía.
Por eso masajeó su cuerpo, porque debía liberar el estrés acumulado aprovechando la relajación que le producían las gotas de agua al caer sobre su piel y arrastrar los restos de arena y aceite.

Y, ese pequeño acto, hizo que sus extremidades se soltaran lentamente, como si la tensión de aquella madrugada se disolviera en el líquido transparente.

Después, prosiguiendo con su sagrado baño, se inclinó, frotando cuidadosamente los brazos, el cuello, los hombros y el abdomen… cuando alguien llamó a la puerta: el primero en despertarse.

Salió del agua; la piel le brillaba como el bronce bruñido y, con una toalla de lino, acarició los mechones húmedos de su cabello, secó su cuerpo y se envolvió en ella para dirigirse a su habitación y vestirse.

Una vez allí se desnudó frente al pequeño animal que, de tanto en tanto, la visitaba. Lo acarició, trató de hacerlo ronronear y, finalmente, se puso la ropa interior.

—¿Qué es esto? —se dijo mientras cogía algo que había traído el gato.

Era un papel elegante, muy cuidado a decir verdad, y el hecho de que proviniera del felino lo convertía en una invitación de peso, un regalo, digno de prepararse con sumo cuidado.

Así que sin perder detalle del ambiente, concluyó que debía acicalarse con mayor esmero. Para ello, comenzó por ungirse el cabello con aceite aromático de savia y mirra, masajeándolo con delicadeza para que los aromas se impregnaran en cada hebra y, luego, para evitar excesos, con un pequeño peine de marfil, desenredó los mechones y retiró el sobrante.

Después, se puso frente al cuenco de agua que tenía en la habitación —un viejo truco que le había enseñado su madre para maquillarse cuando no tenían dónde verse reflejada— y delineó sus ojos con kohl, marcando su mirada y dándole un toque profundo que realzaba su dura expresión.

Hecho esto, se acercó al gato y lo besó en la cabeza, no sin antes agradecerle aquel pequeño gesto. Pero él, con la inteligencia propia de quien se sabe racional, le dio la espalda, como si contemplarla al natural le resultase incómodo. Y Bai rió. Luego, para concluir, aplicó un poco más de fragancia sobre sus hombros y cuello, y se vistió por completo.

Una vez terminado con todo aquello, la mujer pidió al gato que la acompañara. Para ello, recurrió a un gesto que ya se había vuelto habitual entre ambos: una palmada en su propio muslo.

Lo que vino después fue fruto de un simple malentendido, pues Bai aún no dominaba del todo el idioma y sus acciones resultaban fáciles de interpretar de forma errónea.

Al salir en busca de su desayuno habitual —fruta, pan y aceitunas; nunca leche fresca, pues le sentaba fatal si no le quitaban la grasa adecuadamente—, acabó comprando más de lo que tenía por costumbre. Pues, para ella, no era más que una previsión para los días venideros; pero para quien lo observase desde fuera, aquello podía parecer un acopio destinado al convite al que el felino había sido invitado.

Como si ella hubiera podido entender algo... ¡Pobre ilusa la persona cuya creencia fuera que, tras mucho insistir con el objeto a lo largo de las horas, había podido descifrar algo!

Por eso, cuando llegó el momento de partir, el gato no solo insistió en que cargara con aquellas viandas, sino que también la apremió a salir cuanto antes, como si temiera que la mujer llegara tarde la cita. Y Bai, la pobre muda —aunque quizás muda no sería lo más adecuado para quien habla sin ser entendido—, intentó explicarle que esas provisiones estaban pensadas para otro día. Mas cuando vió que sus explicaciones de poco servían, cedió tomando una pequeña cesta con pan, raíces y fruta, resignándose a llevar con ella parte de sus reservas.

Y así, fruto de un malentendido, casi sin ser del todo consciente de hacia dónde se dirigía, es como acabó encaminándose hacia la iglesia donde ambos habían sido llamados.

Al llegar, la buena educación le exigía conceder un instante a la contemplación del lugar: observó los arreglos florales, la mesa dispuesta con pulcritud y a las gentes, ataviadas con tanto esmero como su voluntad les había permitido. Después, se paró en los adornos y alabó, en silencio, la gracia con la que habían engalanado el lugar.
Y como no conocía a nadie, se dedicó a adivinar a quién debía ofrecer el tributo que llevaba.
La elección resultó relativamente sencilla, pues había pocos presentes y, mientras que uno fumaba con parsimonia, el otro comía sin mayor recato.

Era obvio para ella que el anfitrión pues, este, no podía probar bocado antes de que todos los invitados hubieran llegado. Así que, con la calma de quien no conoce el tiempo, se encaminó hacia el hombre de la pipa y, en un gesto de cortesía, sonrió mientras extendía la cesta.

—He traído esto como muestra de respeto —dijo, con voz serena—. Espero que sea recibido con agrado.

Y como sabía que la probabilidad de que alguien la entendiera era ínfima, depositó la cesta sobre la mesa, en un lugar donde no estorbara, y llevó ambas manos a su pecho mientras pronunciaba su nombre. Luego señaló al hombre, repitió el gesto y volvió a sonreír.

Cita:Off: Las acciones entre Lu Yan y Bai en este post han sido acordadas entre ambos usuarios.
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#4
Un día de cambios y avances, eso es lo que la luna nuevamente dijo la noche anterior, una nueva oferta fue lo que el amanecer me confirmó. El día que Cao había acordado conmigo terminó llegando y, con ello empecé a prepararme para acudir a la fiesta para la que me contrató, por lo visto quería un músico para amenizar la velada. Era una oportunidad única, ese día podría comer y, además de ese día, Cao ofreció pagar por mi melodía, por lo que es posible que no pasara hambre por unos días. 

Me levanté de mi futón improvisado, hecho con bolsas de basura, hojas secas y plumas de gallina que algunos granjeros me habían dado con toda su compasión, la verdad es que la hospitalidad de esta isla era ejemplar, por mucha delincuencia que hubiese, sus habitantes no perdían su empatía y su compasión. Me estiré viendo el callejón en la que había dormido esa noche, buscando con la mirada algo de comer, fútilmente debo añadir. -Bueno, tendré que esperar a la fiesta para comer algo.- Sonreí mirando al cielo mientras crujía mi cuello. No tenía mucho, mi ropa, i flauta y poco mas, pero tampoco es que necesitara mas, pues la riqueza no es aquello que define la felicidad.

-Bueeeno, pongámonos en marcha.- Dejé el futón allí, pero enrollado y escondido detrás de un contenedor para que no estorbase a nadie y tampoco me lo robasen, que una cosa es ser buena gente y otra es ser idiota. Me llevé la mano a la cinta atada a mi cintura para asegurarme que mi flauta seguía allí y mis pies comenzaron a caminar hacia la iglesia del reino, resonando mis pies descalzos contra el suelo ya compactado de los andares de la gente por aquellas calles, me ajusté la coleta de caballo y me aseguré que no me quedasen legañas en los ojos mientras caminaba a mi meta.

Mi ropa seguía algo sucia y con algún que otro agujero, el kimono negro con detalles rojos que llevaba ya tenía muchos años, menos mal que pude conseguir esta prenda al terminar de crecer, si no no se como habría logrado cubrir mi cuerpo de manera correcta, no obstante no podía permitirme comprar mas ropa y tampoco material de costura para reparar los rotos y agujeros que había en la zona mas baja del kimono por tanto uso. Lo que si mantenía impecable y en perfectas condiciones era la flauta de mi cinturón, pues era el bien mas preciado que poseía, bueno, prácticamente era la única que tenía. 

Caminé por las calles de Sobert, observando puestos, mirando a la gente, apreciando a los chavales jugar por sus callejuelas y plazas, no es que estuviera lejos del lugar al que iba, pero me tomé mi tiempo para llegar, no tenía prisa y valía la pena maravillarse de la actividad de la población. Sin embargo, terminé frente a la puerta del templo al que había sido invitado, no pretendía llegar pronto, pero inconscientemente mis piernas me llevaron hasta allí, era un andar familiar para mi, pero no pensé que lo fuera tanto como para acabar allí de forma instintiva, como un animal que vuelve a su madriguera al final de su día. -Vaya, pensé que tardaría mas...- Observé el arco que adornaba la entrada con mis ojos castaños, de pronto un rayo de luz bañó mi rostro, enseñando reflejos rojizos en mis iris.-Bueno, no creo que vaya a molestar si llego antes..- Sonreí emocionado, era el primer contrato que había tenido desde... No, era el primero a secas. Me adelanté un poco mas, subiendo las escaleras que hacían de altar al templo y, justo antes de entrar por esa puerta magna, me lavé los pies para no ensuciar el suelo sagrado que esos terrenos representaban. 

Caminé curioso y algo perdido por el interior, sabía que era allí la fiesta pero no veía guirnaldas ni un tumulto de gente. -Debe de ser en alguna sala de la iglesia pero... ¿En cual?.- Pregunté en voz alta para mi mismo, por suerte un niño me escuchó y se acercó a mi con cara de pillo para tirarme del kimono y guiarme entre risas y señas. Menos mal que aquel chiquillo no tenía malas intenciones y terminó dejándome frente a una sala que desprendía un aroma dulce. -Hhmmm... Huele a comida... Espero que sea aquí.- Dije mientras mi estómago rugía y yo me llevaba a una mano al abdomen para acallar sus quejas. 

El momento había llegado, sonreí lo más tranquilo posible e ignoré mi hambre, cogí la flauta de mi cinturón y la llevé en la mano para entrar al festejo, un lugar conde Cao y otras dos personas que no conocía ya se encontraban reunidos, en silencio, mas que una fiesta parecía un funeral. -Parece que he llegado en buen momento.- Hice un gesto de saludo a todos con la mano libre y me dirigí hacia Cao con una actitud confiada. -Hola a todos. Dígame señor.- Procuré sonar lo mas cordial posible, ahora estabatrabajando, no en una tasca con los amigotes. -¿Dónde quiere que me ponga para empezar a tocar? ¿Quiere alguna pieza en particular o prefiere que improvise la melodía?.- Mis preguntas a mi patrón lodoso fueron claras y concisas, pero también amables y tranquilas.
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#5
Zhang Zhang Gulao caminaba con su lento andar rumbo a una reunión inesperada. Cao, el joven que había conocido al alba días atrás, le había invitado a un encuentro algo inusual. Zhang, por supuesto, no podía resistirse a la intriga que le generaba aquella cita. Al llegar, percibió un murmullo mezclado con el aroma dulce de la hierba infusionada en té, lo que lo estremeció de inmediato.

A su lado, Silencio, su inseparable compañero, saltaba emocionado sobre él. Cuando, mientras se acercaban a la mesa, el pequeño lanzó un chillido juguetón y se lanzo hacia un arreglo floral cerca de la entrada. Sin querer, derribó un jarrón que, al caer, se rompió en varios pedazos, produciendo un sonido que quebró la calma de aquella reunión en el jardín.
Zhang negó aquel acto de inmediato, moviendo su trompa de un lado al otro.

- Hmmmmm… - soltó reflexivo, resignado a las travesuras de su amigo, con la paciencia de quien ya había visto incontables travesuras. Luego se inclinó en señal de respeto y comenzó a juntar las piezas rotas con calma.

Al terminar, Zhang Zhang Gulao se acercó con lentitud al centro de la mesa y, con respeto, ofreció un saludo a todos los presentes con una leve inclinación de su rostro. - Zhang Zhang Gulao… Gusto en conocerlos, jóvenes. - Su único ojo bueno se afiló mientras observaba a aquellos invitados:

La reunión estaba muy bien preparada, demostrando que Cao no dejaba nada al azar, de inmediato su atención se dirigió a un Gyojin con una cascara de huevo sobre su cabeza, quien se veía bastante nervioso. Zhang, le dedico una pequeña sonrisa, para luego caer rendido de un suave aroma, era Bai, otra de las personas junto a la mesa, quien acompañada de un gato negro, emanaba una mezcla de oliva y dulzor, que conquisto de inmediato a aquel burro. – Hmmm. murmuro Zhang al aire, alegrándose de esas pequeñas cosas de la vida.  Incluso había un musico junto a Cao, pronosticando una maravillosa fiesta.

Saludó a Cao con una de sus manos, mientras Silencio se lanzaba sin pudor hacia uno de los platillos. Aquel burro percibió el rico aroma de aquel festín, y su estómago rugió con suavidad. - Hmmmm… - dijo suavemente, intentando contener su impulso animal. Su pierna golpeó el suelo con firmeza, como exigiendo un poco de comida.  -Qué festín tan generoso…  Gracias por la invitación- murmuró en voz baja, observando a Silencio disfrutar.

Zhang tomó una de las tazas y, con su fascinación habitual, la sostuvo entre sus manos, apreciando los detalles únicos de cada pieza. Luego bebió un pequeño sorbo de té, que calentó su cuerpo invernal. La espera había valido la pena, y aquello era apenas el inicio de una aventura destinada a cruzar los mares.
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
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#6
El día se acercaba y, una noche antes, la mujer juntó todas las monedas que pudo para pagar un hostal donde pudiera limpiarse correctamente y darse un merecido baño, quitar el polvo y la suciedad de su ropa y de su capa y, de paso, dormir en una cama que no fuera improvisada con paja en algún cobertizo de los lugares donde trabajaba.
De alguna manera, la emoción la recorría por dentro, pero no por el baño o por limpiar su ropa, sino por el encuentro que iba a darse al día siguiente. Cao la había invitado a una reunión con otras personas, y la simple idea de descubrir de qué se trataba era lo que la llenaba de entusiasmo.

En cuanto pudo encerrarse y lavarse, encendió en su vieja pipa las hierbas que había conseguido hacía unos días y que guardaba con recelo, pues el dinero no era abundante la mayor parte del tiempo. Le dio una profunda calada, sostuvo y luego dejó salir, observando cómo el humo se elevaba mientras permanecía desnuda en medio de la habitación, junto a la caldera que calentaba su piel y secaba su ropa mojada.
A la mañana siguiente se vistió con las mismas prendas gastadas de siempre, se peinó el cabello con sus propios dedos y colocó la capa sobre sus hombros, ajustando la capucha sobre su cabeza. Le entregó a la señora una propina —todas las monedas que llevaba encima— y salió del hostal con una sonrisa, la pipa en la boca y el paso seguro en dirección al lugar de la cita.

Encaminó sus pasos hacia la iglesia, donde apenas unos días atrás había realizado varios trabajos sin paga. Cruzó el arco de la entrada y recorrió los pasillos interiores, preguntando en el camino por el señor Cao Guojiu. “Preguntando se llega a Roma”, pensó, justo en el instante en que a su nariz llegó el olor a comida.
—No he desayunado —se dijo, al tiempo que se bajaba la capucha con forma de cabeza de lobo para entrar por la puerta.
La mesa ya estaba dispuesta y algunos invitados se encontraban alrededor, rodeados de flores y niños que iban y venían dejando y trayendo cosas. El ambiente recordaba a aquellas fiestas de nobles donde la etiqueta era un requisito para todos los presentes. La mujer sonrió, complacida, al contemplar la escena: un escenario de lujo, casi extravagante para ella, que evocaba las celebraciones de la comunidad en la que alguna vez vivió. El corazón se le apretujó con nostalgia.

Lan avanzó hasta el círculo que poco a poco se había formado. Reconoció rostros que había visto antes: allí estaba Cao y, junto a él, aquel mink burro sabio con quien había hecho eclosionar un huevo días atrás. También distinguió a un mink con una cáscara de huevo en la cabeza, a una mujer que hablaba en otro idioma mientras entregaba una canasta como obsequio y a un hombre con una flauta de bambú entre las manos.
La mujer sacó su pipa, la llevó a los labios y caminó a paso seguro hasta el grupo.
—Es un gusto verlos el día de hoy —dijo en voz alta, observándolos a todos. Luego retiró la pipa de la boca y giró hacia la mujer, intentando expresarse en su idioma—:
—Es un gusto, señorita. Buen día —saludó con una reverencia un tanto oxidada, aunque aún elegante.
—¡Gracias por la invitación, señor Cao! —añadió, inclinándose una vez más para dirigirse a todos los presentes.
[Imagen: dtilbUBl_o.gif]
Hablo #e82a1f | Pienso #E86E04 | Narro
Karmas
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#7
Fiesta del Té
Iglesia Austro en el reino de Sorbet
[Imagen: C6kX3Y6.png]
La carta había llegado, aunque si he de admitirlo a este punto me había sorprendido de qué aquel noble imberbe realmente hubiera organizado la fiesta, o qué tras tanto tiempo aún me recordase, habiendo creído que debía haberse ido de la isla para este punto sí la vida aún estaba de su lado y alguna de mis palabras hubiera llegado a su forma de percibirse, no sabía si estaba alegre de leer, insatisfecho en primera instancia, de manera qué debo haber apreciado de su caligrafía con calma entre lo qué meditaba sí todavía había una razón para escuchar sus palabras, o sí lo había decidido.

Lo único seguro es qué no iba a perdonarlo sí había decidido convertirse en un patético vagabundo tal y como había asegurado la primera vez, de manera que valore la presentación en aquella carta, incluso cuando no era alguien que le importara la etiqueta, porque bien era un indicio de que aún pese que no se había marchado de este pequeño reino tampoco olvido nuestra única conversación, entonces todavía valía la pena escuchar lo que tras todos estos días había decidido y sí realmente había armado una fiesta de la que podía sentirse orgulloso, no iba a pretender que seria poca cosa.

Fui hecho Gato hasta donde se hospedaba Bai.
Tal y como de costumbre me recibía sin nada,
¿Lo seguiría haciendo de saber la verdad? no,
Dudaba bastante de que confiara en mi igual.

Pero, qué mas daba, no era la primera mujer que había visto ni seria la ultima de manera que tras acercarme a ella colocaría con cuidado la elegante carta de invitación sobre los dedos de sus pies, recibiendo casi de inmediato una caricia por su parte, aunque claro me apartaría rápidamente sin malograr mi sentido de individualidad y le brindaría la espalda para que se tomara el tiempo a leer, aunque sabia que no era capaz de leer, de manera qué me había tomado la molestia de adjuntar algún pequeño mapa hecho por mí en mis tardes libres, uno sencillo, que seguro ella entendería.

De esta manera, tome distancia por completo y me dedique a recoger la ropa desordenada de la mujer en la habitación, agarrándola con mi hocico con cuidado para separar la sucia de la limpia, aunque había un olor extraño esta vez, de manera que me detendría por un rato vestido de papa con uno de sus sostenes mientras buscaba alrededor con curiosidad, hasta notar la piel de Bai. “¿Que es esto?” reflexionaba, observando el brillo singular y el aroma extraño que sin darme cuenta habría lamido por instintos de limpieza, provocandome un asco increíble, por sabor a tierra y aceite.

-AjGhH ¿QU- MIERD- ESTABAS PONIENDOTE?; AIUDA, ME MUERO! KIASCO, BA-BaÑATE COCHINaa.- exclamaba el gatito tras saborear aquella limpieza alternativa, sufriendo de arcadas incontrolables que obligaban a su cuerpo felino a contorsionarse con intenciones de vomitar aunque no vomitaba, ¿acaso había pepino en aquel aceite alternativo? sospechaba que sí, pero en todo caso y a pesar de algún beso sin significado de la mulata habría decidido retirarme de la escena correteando lejos.

En el baño buscaría en forma común limpiarme la boca, ineficazmente.

Y ya otra vez, como gato, escucharía a Bai llamándome buscando que la siguiera otra vez.

“¿Has entendido el mapa?” cuestionaba, con mi entrecejo, en parte sin saber sí era lo bastante lista para entender las indicaciones que había dibujado o sí realmente iba a tomar en serio mi indicación,  a fin de cuentas era un simple gato para ella así que podía ignorarme, pero como era la unica cosa que gastaba su tiempo en intentar comunicarse con ella o se había vuelto loca o tenia curiosidad, fuera como fuera parece que mi plan iba en la dirección correcta, de manera que dejaría el tema aquel de la estabilidad mental de la mulata para otro día mientras nos ubicábamos hacia la iglesia.

¿Honestamente? esperaba un lugar más acaudalado.
Más claro este era también un lugar retirado y discreto,
de manera que no me quejaría de la decisión del todo,
incluso dejándome cargar por la mulata que me seguía.

Evidentemente insulte con fuerza a cualquiera de los inoportunos qué nos recibían y retrasaban de nuestra entrada al jardín indicado por la invitación donde Cao y allegados nos estaban esperando, ¿honestamente? no esperaba reconocer a nadie, pero tal vez porque tenia un buen ojo había visto desde la distancia al joven de manos amarillas qué tiempo atrás me había perseguido por ser gato, -Maldito hijo de puta! A ti te conozco! XIEXIE! Y a ti también putazo! XIEXIE- remarque, sincero y bastante mal hablado como de costumbre al señalar primero a Li y luego a Cao de primera vista.

Aunque, por supuesto, sabia que Cao no me reconocería en un principio de manera que actuaba despreocupadamente y dejaba que mi querida Bai mostrara sus respetos para ver de su reacción, ¿acaso se atrevería a tratarla mal frente a mi? no podía evitar preguntármelo, pero eso estaba fuera de mi control así que simplemente observe desde sus brazos de manera que seguí siendo impropio, hasta sorprenderme del todo, escuchando el comentario de la mujer, quien parecía haber dicho algo bastante similar a lo qué fonéticamente había escuchado una y otra vez pero sin jamas entender.

Y el rostro de Bai me hacia pensar qué ella había entendido eso.
Pero ¿y sí estaba burlándose de que hablaba diferente al resto?,
¿y sí no había dicho nada y por eso su expresión era como era?,
sin poder saberlo, mi fijación hacia Lan acabo siendo inmediata.

-Tú, ehm, enana tatuada de muslos gruesos ¿también hablas taka taka?- pregunte de forma directa hacia esta mujer tratando de ser lo menos agresivo posible a pesar de desconocer su nombre y mirarla con fijación, casi esperando una respuesta negativa o qué empezara a burlarse para saltar.

Off



➶ — Frases por aquí, también pueden ser Datos separados así
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#8
Dejó de mecerse para levantarse y dar otra calada a su pipa , notaba el humo llenando sus pulmones y lo exhalaba con tranquilidad, entonces uno a uno fueron llegando Cao iba mirando a todos conforme llegaban , Han había adoptado unas maneras muy serviciales por lo que iba a cortar eso de inmediato Siéntete libre de tocar lo que desees Han, pero quería que vinieras realmente como parte del grupo, te pagaré igual si luego decides negarte a mí propuesta Observó a Lo en su timidez habitual pero siendo cortés aún así, miro a Bai Mudan esperaba que de alguna forma pudieran hacerse entender entre todos, Bai no hablaba el idioma pero su corazón era digno de estar entre ellos, ella también había pululado por el mundo. 

Zhang se hizo presente como sólo el sabía con elegancia y educación, y Lan Caihe había llenado el lugar con su presencia arrolladora, con sus ojos echa a en falta a dos personas, Heissiani y Dong, suponía que no todos habían querido aceptar su invitación, pero entonces un gato negro al lado de Bai Mudan habló, lo cual hizo parpadear a Cao ese mundo era cada vez más extraño, pero su risa solo había conocido a una persona con esa excéntrica forma de reír ¿Dongbin Lu eres tú? Se había tomado la tranquilidad de llamarlo por su apodo, cuando vio a la gran mayoría ahí reunidos decidió comenzar a explicarse , tomó la tetera y fue llenando con té verde la taza. Sabéis el té verde es mi favorito pero hay una selección variada, comed y bebed mientras os explico mis intenciones dejó nuevamente la tetera mientras tomaba su taza de té y daba un ligero sorbo dando margen a un pequeño silencio que todos podrían aprovechar para servirse. Os he conocido a todos individualmente, cada uno tiene cualidades muy interesantes tanto mentales como por la profesión que ejercen, pero casualmente todos hemos llegado hasta aquí de manera que hemos podido coincidir siendo todos extranjeros, creo en el destino, y siento que fuerzas mayores nos guían... Cómo individuos este mundo puede devorarnos y escupirnos, las leyes y los reinos oprimen a aquellos que anhelan sentirse libre, yo quiero ser libre y creo que una manera para lograr nuestro crecimiento individual este trabajar como grupo, una asociación si queréis llamarlo así, que defienda los intereses de cada uno de sus miembros incluso si tenemos que enfrentar las leyes establecidas juntos.habia intentado ejercer todos sus dones del habla entonando en los momentos adecuados usando pausas y mirando uno por uno a los miembros allí presentes, se acercó unos pastelitos para probar bocado,  sacudió sus manos y volvió a mirarlos, entonces miró a Bai Mudan y señaló a todos mientras la miraba, luego cerró el puño y lo acercó, quería decirle que todos juntos unidos, sonrió, serían mejores. Tras hacer aquello miró a los presentes A ella nuestro idioma se le escapa pero es lista y fuerte , y un alma libre como el resto, Li es tímido pero sabio, tened paciencia, por lo que veo algunos ya os conocíais, eso refuerza mi creencia, dadme vuestra opinión, soy todo oídos.
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#9
Li Yuan permaneció en silencio, mientras uno a uno, iban apareciendo extraños personajes, uno de los primeros fue un animado músico tocando la flauta, no se presento, solo saludo y pregunto a Cao si quería que tocara algo, sin duda ansioso por mostrar sus artes musicales, el gyojin no era muy conocido, por tener oído para la música, pero una flauta suena algo relajante.
El siguiente personaje Relevante fue un Mink, extraño, parecía una vieja mula de carga, el primer instinto de Li Yuan fue intentar poner una postura de Alerta, pero el Mink fue el único que se presentó como una persona civilizada, por lo que Li yuan acabo juntando las palmas y saludando a Zhang Gulao respetuosamente, sería muy desconsiderado si no hacía algo mínimo como eso, aunque de momento no sentía fuerzas de dar conversación, especialmente por el resto de la compañía, dos mujeres hermosas, especialmente la pelirroja cuyo movimiento de caderas obligó a Li Yuan a bajarse la cáscara de huevo para ocultar su sonrojo.
Apenas se había fijado en la otra chica, por que parecía hablar extranjero, y ya que evitaba mirar una evitaba mirar a la otra. Pero resulta que esta mujer llevaba una sorpresa escondida debajo del pantalón… digo, dentro de la cesta.

Los ojos de Li Rodaron en sus cuencas, mientras lanzaba un largo y profundo suspiro, y empezaba a fingir que su mano palmeada era en realidad un abanico, solo para no mirar de frente a ese insulso gato que había osado insultar a su madre en su propia cara.

Li Yuan no era alguien fácil de provocar, así que intentó fingir que aquel animal no estaba ahí, pero muy pronto empezó a servirse a sí mismo un Té verde siguiendo el ejemplo de Cao, mientras escuchaba al mismo hablar, sus palabras finalmente lo motivaron a hablar.

-Mi nombre es Li Yuan, mi objetivo es la búsqueda de la libertad, no creo en el destino, pero si en el destino que nos forjamos, si realmente vamos a ensamblar nuestros caminos, lo primero será asegurarnos de que todos caminamos la misma senda y el mismo sentido. ¿Qué os mueve? ¿Qué buscáis? ¿Quiénes sois? eso me gustaría saber.

Para ser alguien muy callado, por una vez que abrió la boca, hablo más que muchos en ese círculo, en un tono monótono y aburrido. Luego tomó elegantemente su taza de Té verde con ambas manos y bebió calmado y tranquilo intentando mantener esa aura que había recolectado para parecer muy culto.

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#10
Es por todos bien sabido —y pocos lo discutirán— que el hombre verdaderamente virtuoso no se limita a dominar los modales de su propia tierra. Pues, es por todos bien sabido que su grandeza reside también en la capacidad de reconocer y buscar un término medio relativo al yo, uno que, por supuesto, lo capacite para actuar correctamente, de manera equilibrada y racional, en pos del bien y de la felicidad que lo define como hombre prudente.

Mas, sin embargo, es también por todos bien sabido que, quien en la utilidad busque virtud, contradirá la esencia implicita del buen hacer; y es que, es por todos bien sabido que, quien por la pulsión se deje guiar, por mucho que intente buscar la virtud en el hábito, jamás alcanzará la universalidad.

Por eso, ante la llegada de un nuevo invitado —un joven músico de vestidura humilde, casi despojado de toda atadura terrenal— Bai reaccionó sin reflexión alguna, dejando entrever su pulsividad erótica.
Cuidado, lector, con estas palabras.
Pues no se trataba de pasiones esclavas, sino de aquella fuerza vital que te atrae hacia lo bello y lo inesperado.
Y así, tan pronto como vio aquella flauta de bambú, una sonrisa floreció en un rostro que aún no comprendía del todo lo que sucedía a su alrededor.

—¿Has visto, mi pequeño ánax? —le preguntó al gato que parecía bufar, o reír, mientras parecía querer pelear con todos los invitados —. Esta noche se nos elevará el alma.

La mujer hablaba con la complacencia de quien sabe que la belleza, por naturaleza, atrae al alma hacia lo divino. ¿Y qué arte podría ser más noble que la ciencia de la buena modulación, donde todo se ordena con proporción y número? Ninguno. Así, con justo conocimiento —y convencimiento—, sus palabras se deslizaron dulces y envolventes, como si la armonía misma de la música se reflejara en cada sílaba pronunciada. Porque, sí, aquel joven era una promesa de purificación y su presencia anunciaba un preludio solemne que avisaba de que la comitiva que aguardaba no sería solo un festejo corporal, sino también júbilo del espíritu, que en la música halla la huella de lo inmutable.

—Así que portate bien —añadió rascándole tras la oreja.

En ese momento, al burro, le rugió el estómago con suavidad, y, Bai, se mantuvo serena e inmutable ante la nueva fotografía que se imprimía frente a sus ojos.

De repente, sus labios se curvaron en una sonrisa suave y de ellos brotó una risa alegre que no iba más allá de un susurro. Sus ojos brillaron, traviesos y juguetones, chisporroteantes de energía contagiosa, porque las acciones del mink llenaban su alma. La alegría del viejo ser ante la comida no surgía de la abundancia, sino de la satisfacción inmediata de un deseo natural; Bai la sintió como un reflejo de la vida misma: simple, pleno y verdadero.

Sin meditarlo, disfrutaba de aquel instante, del goce evidente y sin artificio, dejando que la vitalidad del momento la atravesara por completo. Y, movida por la espontaneidad, se acercó hacia él y, colocando sus manos sobre las del mink, dijo:

—Si quieres, podemos compartir un poco.

Tras aquello, soltó la mano de Zhang para buscar una de las frutas que había traído consigo. Estaba en ello, seleccionando una pieza, cuando alguien habló:

—Es un gusto, señorita. Buen día.

Aquellas palabras resonaron en lo más profundo de su ser. Sus ojos se abrieron sorprendidos y su mueca se congeló por un instante. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Era esa su querida lengua? No estaba completamente segura —o quizás simplemente no quería que así fuera—, pero, en lugar de sentirse aliviada, lo que experimentó fue algo extraño: el verdadero peso de la libertad. Y en él no había júbilo ni celebraciones, solo una sensación de desconcierto y desorientación, causada por la rutina, la privación y el sufrimiento a los que se había acostumbrado en soledad. Sí, era extraño. Esa relativa libertad le parecía completamente ajena y encadenante. ¿Quizás se había acomodado a la ignorancia? ¿O, en el fondo, prefería no conocer el exterior, limitándose a ver solo lo que deseaba?

Bullendo en medio de estos entumecedores pensamientos, Bai se giró en busca de quien había proferido aquellas palabras. Y, cuando creyó que lo había encontrado y estaba a punto de hablar, el anfitrión se puso en pie para dirigirse a los presentes.
Bueno, en realidad, sí pudo decir algo. Pero fue tan escueto que apenas fueron dos palabras:«—¿Me entiendes?».

Del discurso no comprendió nada. Del ambiente, en cambio, extrajo una energía arrolladora, casi comunitaria, que pretendía envalentonarlos. ¿Para qué? Lo ignoraba. Sin embargo, al reparar mejor en aquel hombre de la pipa, con todos sus sentidos fijos en su presencia, algo la golpeó de lleno: lo conocía. ¡Era el señor Cao!

Un rubor súbito le ascendió por las mejillas al advertir la magnitud de su descuido y, cuando ya no podía contener el hormigueo de la vergüenza recorriéndole el cuerpo, el hombre alzó el puño, como preguntándole: «¿Estás conmigo?».

Y no, no podía estar con él; básicamente porque no sabía dónde debía estar.

Consecuentemente, Bai miró a la única persona con la que podía hablar y, sin saber qué hacer, sin saber cómo comportarse, se dirigió a ella como el náufrago que tras días de soledad en el mar ve la luz en un barco de rescate.

—Buen día, señorita —le dijo entre susurros mientras el hombre terminaba el discurso—. Perdóneme que me dirija a usted mientras nuestro anfitrión aguarda respuesta. Mi nombre es Bai, y este es mi pequeño amigo Ánax —prosiguió señalando donde ella creía que estaba el gato pese a no haberlo visto desde hacía rato.

Tras ello hizo una pausa. Otro de los integrantes comenzó a hablar —uno al que, sin querer, poco o nula atención le había regalado— y, aunque sabía que no era del todo correcto, desconcertada y perdida, continuó:
—Le confieso que ignoro las verdaderas intenciones del señor Cao. No llegué aquí por mi propio pie, sino porque Ánax me condujo hasta este lugar. Y ahora, tras su discurso y las palabras de vuestro compañero, siento que se nos exige algo que aún no alcanzo a comprender.

A sus palabras le siguieron pasos firmes hacia la pelirroja. Luego, su mano, delicada y marmórea, se alzó vacilante hasta rozar con el dorso el brazo de la otra. El contacto fue leve, pero suficiente para despertar en ella un estremecimiento que no intentó ocultar.

Era por culpa de la tangibilidad de la realidad.

Pues aquel roce había quebrado la frontera invisible que hasta entonces la mantenía apartada, en un mundo distinto al del resto. Y, en ese mismo instante, sus ojos brillaron con la claridad de lo que su lengua aún no podía pronunciar: rogando compasión.

—Quizás mis pensamientos carezcan de peso para la ocasión —concluyó con un dejo de tristeza e ironía suave—. Aun así, ¿sería tan amable de transmitirle al señor Cao mis dudas, mientras hallo la manera de ordenar lo que siento?

Dicho esto, Mudai se separó en silencio dando espacio a la pelirroja por si su actuar había sido demasiado agresivo, y, murmurando una disculpa hacia el joven con una cáscara de huevo por casco, se sumió en un breve y meditabundo silencio en lo que iba a por una taza de té.
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