[Autonarrada T1] Querido Diario. [Presente absoluto]
#1
Dia 44, Verano, Año 16
Reino de Roshwan, Cuartel de de la Marina

La primera vez que pisé Roshwan, el frío me atravesó como una bala. No había entrenamiento en la academia que me hubiera preparado para ese viento cortante que parecía rebanar la piel y el maldito barco que me llevó hasta allí crujía bajo la escarcha, y cuando la silueta de la isla emergió de entre la bruma, blanca y descomunal, supe que mi vida como marine comenzaba de la forma más dura posible, no me había preparado en lo absoluto para una isla como esta.

El puerto estaba cubierto de nieve sucia, apisonada por botas y ruedas de carros que transportaban barriles de licor, un asco total, no podía ni siquiera pensar en vivir en un sitio como este sin embargo no era una elección, habia sido un mandato y debía cumplir. El olor era inconfundible en todas partes de la isla, un tufo fuerte, mezcla de alcohol derramado y humo de chimeneas que trataban de combatir la helada. Blue, mi guacamayo, se removía inquieto sobre mi hombro, sacudiendo las alas, incómodo con las ventiscas que no le dejaban extenderlas del todo. Yo, en cambio, mantuve la barbilla en alto, era mi primer destino, mi primera prueba como soldado de la Marina y tenía que mantenerme firme, si no podía con un clima como este, no sería capaz de detener un simple delincuente.

—Bienvenida a Roshwan — me gruñó un contramaestre que vino a recibirme —Aquí no hay calor más que en las botellas y en los barracones, así que no esperes comodidades. — Asentí sin decir palabra. Siempre había preferido que mis acciones hablaran por mí y me limité a ajustarme las pistolas al cinturón y a cargar la maleta al hombro, sin importarme que la nieve se me pegara al cabello oscuro, que enseguida comenzó a helarse en mechones rígidos.

El cuartel de la Marina en Pushkin no era más que un bloque de ladrillo rojizo, robusto y austero, levantado frente a una plaza donde la nieve nunca se terminaba de limpiar. Al entrar, el calor de las estufas me golpeó en el rostro y mis dedos entumecidos recuperaron la sensibilidad a medias. Los soldados que se cruzaban conmigo apenas me prestaban atención, todos parecían ir demasiado ocupados, o demasiado acostumbrados a ver caras nuevas que llegaban con la misma ilusión y eran tragadas por la rutina, pero conmigo no sería de la misma forma, yo vine aqui a triunfar y tarde o temprano seré reconocida como la mejor entre las mejores.

Me asignaron un catre en un barracón abarrotado, habían cuarenta camas en fila, el olor era a sudor mezclado con el del carbón de las estufas, y una humedad persistente que calaba hasta los huesos, pero me quejé, había dormido en peores lugares durante la instrucción, dejé mi maleta bajo la cama, entonces acaricié a Blue para que se calmara, y me prometí a mí misma que no tardarían en notar mi puntería, no tardaría en demostrar que mis balas son más eficaces que sus puños o sus espadas.

Los primeros días fueron un desfile de tareas menores, que si patrullas en los alrededores de Pushkin, que si limpieza de nieve en las entradas, que si entrenamiento físico en la intemperie y fue entonces que descubrí pronto que mi cuerpo resistía, pero mi mente peleaba contra una fobia que no podía dominar, los lugares cerrados, en más de una ocasión, cuando tocaba revisar sótanos o almacenes, el simple hecho de sentir las paredes tan cerca me hacía sudar frío, nadie parecía notarlo, y yo me aseguraba de que siguiera siendo así, aunque por dentro el miedo me devoraba, pero ¿que mierda hacer una marine cuando tiene miedo? Pues tragarselo y seguir adelante.

La ciudad, sin embargo, era fascinante. Pushkin estaba hecha de ladrillos rojos y techos imposibles, esferas y cúpulas pintadas en colores vivos que parecían desafiar la monotonía blanca del paisaje y sus habitantes, curtidos por generaciones de inviernos, se calentaban con el alcohol que elaboraban y que exportaban como tesoro nacional, de hecho incluso el comercio era constante, barriles y más barriles salían en caravanas hacia Sorbet, Samba y Baterilla y yo lo veía todo en silencio, grabando cada detalle en mi memoria perfecta, cada gesto de los mercaderes, cada rincón de las tabernas.

Unas pocas semanas después descubrí que mi olor me delataba más de lo que quería, huelo a Aloe vera o eso me habían dicho en la academia, como si mi piel lo exudara naturalmente y aquí volvieron a repetirlo en más de una ocasión, no importaba cuánto me esforzara en pasar desapercibida, siempre había alguien que me encontraba, incluso entre la multitud, al principio lo odié, pero luego aprendí a usarlo a mi favor, era mucho mejor que me reconocieran, mucho mejor que supieran que yo estaba ahí, que la mejor tiradora de la Marina no necesitaba esconderse.

No tardaron en ponerme a prueba, un destacamento debía internarse en la tundra para vigilar movimientos sospechosos de cazadores furtivos, la tundra era un infierno blanco, interminable, donde el viento borraba las huellas en minutos y el horizonte parecía no acercarse jamás, allí fue donde mis sentidos se agudizaron como nunca, el olfato me ayudaba a distinguir rastros de humo de fogatas ocultas, y mi vista cortaba la ventisca para detectar siluetas en movimiento, por su parte Blue volaba sobre nuestras cabezas, era un punto azul contra la nieve, siempre regresando a mi hombro como si supiera que mi corazón latía más fuerte cuando lo perdía de vista.

El primer enfrentamiento llegó de golpe durante la tercera noche que estuvimos en guardia, un grupo de hombres armados con lanzas y fusiles viejos se habían percatado de nuestra presencia de alguna forma y trataban de defender su campamento ilegal, mis compañeros cargaron sin dudar, pero yo me quedé atrás, con el rifle apoyado en el hombro, y lo recuerdo perfectamente, cómo el mundo se ralentizó para mi en ese instante, el viento dejó de importarme, el frío desapareció, y solo quedamos mis ojos, el arma y el objetivo, eramos uno mismo en ese instante y con tres disparos fue suficiente, fueron tres caídas limpias, mis manos se movían con precisión ambidiestra, cambiando de pistolas al rifle sin perder un segundo y al fin cuando todo terminó, los demás me miraban con una mezcla de respeto y recelo, pero yo, en cambio, sonreí para mis adentros, sabía que era buena en lo que hacia y me encantaba que ellos lo confirmaran con sus miradas.

Con el tiempo, empecé a ser reconocida en el cuartel, algunos lo llamaban arrogancia, yo lo llamaba verdad, era la mejor tiradora, y lo demostraba cada día, aceptaba los halagos con naturalidad, como si fueran parte de mi uniforme, pero no todo era vanidad, recuerdo muy bien que una vez, en plena patrulla, encontramos a un zorro ártico atrapado en una trampa de hierro, el pobre animal gemía y la sangre manchaba la nieve a su alrededor, mis compañeros querían acabar con él rápido, evitar riesgos, pero con ojos de fiera yo me interpuse sin pensarlo, desarmé la trampa con las manos desnudas y lo envolví en mi abrigo, no me importaba en absoluto que mis dedos sangraran por el frío, lo salvé, esa fue la primera vez que mis camaradas entendieron hasta dónde llegaba mi obsesión por los animales y siempre protegería aquellas pobres criaturas que no tenían culpa de nacer siendo lo que son.

Las noches eran otro campo de batalla para mi o para cualquier marine en esta isla, es más yo diría que incluso para cualquier ciudadano, pero para mí, era mucho peor, porque mi sueño ligero me hacía despertar con cada crujido, con cada puerta que se cerraba en los pasillos del cuartel, más de una vez fui la primera en reaccionar a una alarma, lista con las pistolas antes que nadie y ese instinto me salvó de caer en la somnolencia, pero también me hizo vivir siempre en alerta, siempre en la frontera entre el descanso y la vigilia, como una maldita máquina incapaz de descansar realmente.

Con los meses, Roshwan dejó de parecer un castigo y se convirtió en mi escenario predilectos, aprendí a orientarme en sus calles y en su tundra, a moverme entre la nieve como si fuera parte de ella, los tejados extravagantes de Pushkin dejaron de asombrarme, pero nunca dejé de sentir una chispa de orgullo cada vez que veía la bandera de la Marina ondeando sobre el cuartel.

Así fueron mis primeros meses en la isla, en la marina, en este mundo nuevo, una mezcla de miedo y arrogancia, de tiros certeros y noches en vela, de animales rescatados y enemigos derribados, Roshwan no me doblegó, al contrario, me templó como el frío templa el acero y yo supe desde ese primer invierno que mi historia apenas comenzaba allí, entre la nieve eterna y las balas que siempre encontraban su destino.

Blue por su parte se adaptó al frío con una sorprendente resiliencia, aprendió a refugiarse entre mis ropas, a volar bajo entre ventiscas y a imitar silbidos marineros, convirtiéndose en un símbolo azul entre tanta nieve eterna.
#2
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
Cita:Obtienes:
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