Gwendolyn
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—¿Qué es la selva?
—¿Y qué es la caña de azúcar?
—¿Qué es la samba?
Seguro a muchos les ha sorprendido que sepa hablar por lo poco que conoce. Si no está ligado a la iglesia o es al básico, no lo comprende, más siendo ciega. Hay cosas que por mucho que le expliquen solo abren más preguntas, en un mar de ignorancia e ingenuidad.
—¿Cree que pueda ir ahí?
No debería, ya le han dicho que no, pero no le importó lo que digan los otros. Se sintió con el suficiente valor como para simplemente hacerlo. Dejó sus cosas en el hostal cercano, en donde le han ofrecido una cama por un precio muy bajo ¿Cuántas monedas? No sabe, pero se decía que eran pocas ¡O la señora la ha timado! Tampoco es que le importe tanto.
Una vez en el lugar avanzó. Se tropezó tantas veces que el vestido ya no tiene nada de blanco, es café, lleno hojas pegadas. Es efectivamente un desastre, pero aun así puede continuar. Ha ido en línea recta, usando un palo encontrado en la entrada para marcar el recorrido por el piso, de querer volver, tendrá que tocar la tierra e intentar mantenerse recta.
Dificil siendo ciega, pero no imposible.
Pensó en que podría avanzar más, cuando lo notó. Algo se resiste, es una cuerda extraña, y no hizo nada más que mover el brazo para intentar soltarse. Es una enredadera, que en vez de soltarla, parece girarse cada vez más en su brazo ¡Luego en el otro! ¿Es mala idea usar su pie para hacer presión? Pésima, pero ha terminado colgada de alguna manera, luego de moverse por todos lados y enredarse aun más.
Se preguntó qué hará, cuando suena una pisada. Son dos, así que muy posiblemente sea una persona o algo similar — ¿Hola? ¿Hay alguien? — lo puede oír — Estoy algo atrapada aquí, con… algo y cada vez que tiro, quedo peor — no sabe cómo se llaman las enredaderas que la tienen encarcelada, en una imagen patética. — Si me pudiese ayudar se lo agradecería.
—¿Hola?
Sé que está ahí, responda por favor.
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Una gota de sudor baja por mi frente. No es la primera de hoy, pues la humedad en la selva hace que el calor típico de esta época del año sea aún peor. Más angustiante, tanto que el aire parece no querer entrar en los pulmones. Sin embargo, hoy ha sido un buen día. Las ruinas sobre las que tanto he leído en los libros que me trajo la señora Widmar a la tienda no se han dignado a aparecer. Aún no. Pero si que he encontrado unas piedras antiguas, talladas con símbolos que no se interpretar, pero que no cabe duda fueron hechas por manos hábiles. Tal vez unas runas mágicas para rituales, o tal vez, algún tipo de extraña moneda arcaica. Sea lo que sea, me hace saber que hubo gente habitando estás selvas siglos atrás.
Mis pasos continúan firmes, con la seguridad de quien cree estar en el salón de su casa, olvidando mi habitual sigilo, ese en el que me encuentro tan cómodo, el que me aparta del camino de matones y hombres con oscuras intenciones. Mis pensamientos solo están en las tallas que llevo en mi mochila, en las posibilidades de estudio que se abren para mí, hasta que escucho una voz. Como por instinto, doy un par de pasos para buscar la cobertura de un árbol y pongo atención.
Parece tratarse de una joven que pide ayuda. Algo sobre haberse quedado atrapada. La dulzura de su voz me hace abandonar mi recelo y comienzo a asomar mi cabeza desde detrás del tronco. Y es cuando puedo verla. Ha sido atrapada por una glicina abrazadora y ahora cuelga de una de sus ramas. Por las manchas de su vestido diría que lleva días andando por la selva. No sé si es por verla en esa situación tan indefensa, o por la forma en que pide ayuda, que salgo de mi escondite olvidando mi habitual desconfianza. no puede tratarse de una trampa, verdad?
-Señorita, tranquila -digo con voz calmada, a la vez que muestro las palmas de mis manos, en un claro gesto que ruega confianza-. Ha quedado atrapada en una enredadera. Una muy especial; cuanto más se agita su presa, más se ciñe a ella. Por suerte, nunca vengo a la selva sin mis agujas.
Llevo mi mano al lateral de mi cadera y agarro una de mis agujas. Mis movimientos son lentos, ya que no quiero asustar a la chica y que piense que soy peligroso. Lo mío son los robos, y en la oscuridad, a ser posible. Lanzo mi aguja con fuerza y corto las ramas que se han ido agarrando con fuerza a sus extremidades. Veo como la chica comienza a caer y mi impulso por atraparla se ve frenado de golpe por la idea del contacto de su cuerpo sobre mi piel. Quién sabe las bacterias que llevará encima? Parece estar muy sucia. Salto hasta la rama del árbol para recuperar mi aguja y me dejo caer con sutileza al suelo de nuevo.
-Está bien, señorita? Parece llevar días perdida por la selva. Sí necesita volver a la ciudad podría indicarle cómo llegar.
En ese momento, mi mente vuelve a su estado natural. Tal vez su voz no era más que un embrujo, o una de esas maldiciones de las que me hablaba mi padre. No sé si fue al oírla o al verla, pero mi desconfianza se esfumó. Sí quiere indicaciones se las daré, pero no pienso acompañarla. Se muy bien como acaban estás cosas en la ciudad. Te apartan de la vista y luego... Varios matones te saltan encima.
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—Ay gracias a Dios, si hay alguien — ¿En dónde está? Le dio igual, incluso se movió un poco incluso si le ha dicho que no lo haga, porque la planta seguirá aferrándose a ella — Muchas gracias, de verdad — hizo peso muerto, hasta que finalmente todas las cuerdas cedieron tirándola al piso.
Un quejido fue lo que soltó, para luego comenzar una celebración. Primero son felicidades por la ayuda, luego son aplausos y eso es todo, porque no conoce más, pero supuso que será suficiente.
—¿Llevo días perdida? — si solo le parecieron horas, pero a veces el día y la noche son confusos si no puede sentir al sol — ¿D-De verdad? Yo juraba que fueron un par de horas, pero como es tan frondosa la selva perdí la noción del tiempo, por suerte no he venido a la isla con alguien o estaría muriendo por la preocupación — cualquier persona común podría entender que en realidad… no es lo que se imagina.
—Si me ayudas estaría agradecida — usó sus manos para elevarse y las extendió para balancearse, volviendo a ganar estabilidad — Hice una línea con una vara para poder volver, pero creo que me perdí con tantas vueltas — se rió con suavidad, a pesar de hablar de lo patética que se debe haber visto ahí atrapada entre un montón de plantas — La gente del pueblo me dijo que no viniera… Debí hacer caso.
Hay culpa en sus palabras y una sonrisa en su rostro, en un juego extraño que adorna su rostro — La próxima vez tendré más cuidado ¿Me podría ayudar? Yo uh, no veo — llevó su mano llena de tierra a su rostro sin tocarlo — Pero quería conocer la selva, porque nunca había escuchado de ella, ni de lo que estaba aquí — alzó el rostro sin ver, sino más bien se dio el espacio de respirar con suavidad el aroma del sitio — Tal vez no tenga otra oportunidad una vez vuelva a casa.
A una casa que ya no está buscando con tantas ansias, porque el mundo exterior es entretenido, incluso si se tropieza y queda atrapada. Sigue siendo lo que le gusta.
Hizo un ademán de acercarse a él, buscando la voz que tiene. Una vez la punta de sus dedos lo tocó supo que está ahí — Debe ser una selva muy especial, porque no sentí ni una pizca de hambre a pesar de pasar días ¿Es la enredadera especial lo que hizo eso? Suena casi a milagro, como... como una obra de Dios — se sintió juntando piezas que no calzan, está creando una imagen tan torcida que de alguna manera, tiene solo sentido en su mente.
—¿Me daría la mano? — está ligeramente sucia, pero a ella no le importa, incluso si puede sentir ligeramente ese polvo que jamás estuvo ahí en la iglesia — Ya sabe, para ir más rápido. Dejé mi bastón en el pueblo, tenía un palo, pero lo perdí cuando me quedé atrapada.
¿Por qué da tantas explicaciones? Porque no puede ver lo mismo que él, ni en lo más evidente.
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Veo como la chica cae a mis pies. No en sentido figurado, sino en el sentido más literal, como si se tratase de un peso muerto. Mi desconfianza me impide acercarme, aunque he de reconocer que la manera en que aplaude y celebra el haber sido liberada hace que mi cuerpo se relaje, mis músculos perdiendo la tensión que adquieren cuando me pongo alerta. Parece no desconcertada, sin saber cuánto tiempo lleva perdida. Aunque su aspecto da a entender otra cosa, por su torpeza tal vez solo lleve horas en esta selva.
—Disculpe. No sé el tiempo que lleva en la selva. Es solo que por su ropa tan manchada... —la miro con detenimiento, como si la estuviera examinando—. ¿Y dice que ha venido usted sola? La selva es peligrosa si no se conoce.
Sacudo el ala de mi sombrero y lo ciño a mi cabeza. No porque se me hubiera manchado ni fuese a caerse, aunque poco me dolería más que perder mi sombrero. No, mi gesto no lleva más que la intención de presumir y hacerme valer como explorador. La chica continúa con sus explicaciones acerca de como intentaba orientarse por la selva, mientras yo me mantengo a un par de pasos de distancia. Si algo me ha enseñado la vida, es que nunca puede uno fiarse de las apariencias. Una cara bonita, una voz amable, buenas intenciones... Todo ello suele ser usado por ladrones o estafadores para sacar provecho. Y esta chica tiene las tres cosas.
Ella se levanta y extiende los brazos, como si estuviera buscando algo a lo que aferrarse. Me pide ayuda con voz apesadumbrada y entonces es cuando entiendo la falta de precisión en sus movimientos, ya que me explica que es ciega. Me quedo paralizado. No se si es por su confesión, porque haya podido deambular por la selva ella sola, o por la mano sucia que dirige hacia mi cara, pero permanezco en mi sitio. Algo extraño, pues no solo soy reacio al contacto, sino que cuando alguien se acerca tanto a mi suelo saltar como un resorte para huir, para ponerme a salvo. Sin embargo hay algo en esta chica que me hace confiar. Desprende bondad como nunca antes había visto en esta isla.
Quiere conocer la selva y ha tenido la suerte de toparse con un explorador. O más bien un ladrón al que le apasionan la historia y las antigüedades. Como sea, tengo un encargo del señor Reena y no tengo tiempo que perder... Aunque es temprano y tal vez...
Su dedo rompe mis pensamientos al posarse sobre mi. Noto como mi cuerpo se tensa con el contacto, pero comprendo que la única manera que tiene esta chica de saber dónde estoy es con el tacto. Y entonces menciona a Dios y le adjudica la creación de esta selva.
—No creo que sea ningún milagro. Solo años de evolución —miro a las coloridas plantas que nos rodean y luego cambio mi mirada hacia el rostro de la chica—. Aunque viendo tanta belleza, cualquiera podría pensar que es obra de los dioses.
Me pide ir de la mano para ir más rápido y sin darme apenas cuenta, doblo mi brazo para que se apoye sobre él. Cuando salí de madrugada de la tienda del anticuario, no pensé que esta fuese a ser mi aventura de hoy. Me aseguro de que esté firmemente agarrada y comienzo a andar.
—Esta selva es grande y peligrosa —comienzo a explicar a la vez que andamos—. Es un entorno salvaje, y aquí todo es presa y cazador, como ya ha podido comprobar señorita... —hago una pausa y un gesto con mi cabeza, hasta que me doy cuenta de mi estupidez y continúo preguntando—. No me ha dicho cómo se llama, ¿verdad?
—Pero no por ser peligrosa, carece de belleza. La enredadera que la atrapó, por ejemplo. Es salvaje y una depredadora a ojos de algún animalillo indefenso, o de caminantes descuidados —en mi cara se dibuja media sonrisa burlona—, pero también posee una gran belleza. Sus flores de color morado adornan los troncos por los que se levanta, como si de las decoraciones de alguna festividad se tratase. Y su aroma... su olor impregna el ambiente y llega hasta el corazón, aliviando los pesares.
Me percato de lo errado de mis palabras tan pronto como salen de mi boca. ¿Qué lógica tiene hablar de lo bellas que se ven las flores con alguien que no puede verlas? Soy ágil con mis movimientos, más si son en la oscuridad, pero en lo que se refiere a mi lengua... Sin duda es el músculo más torpe. Paro para pensar un momento, pues no todo lo que ofrece la selva es visual. Me concentro para percibirlo y avanzo guiado por mi sentido del oído desarrollado. Avanzo unos pasos veloz, guiando a la chica para evitar que tropecemos con alguna rama. Por unos momentos, lo único que se oye es el crujir de las ramas y las hojas bajo nuestros pies.
—Aquí es. Guarde silencio —indico susurrando a la chica mientras detengo mi movimiento, mi respiración lenta hasta casi parecer haberse detenido—. ¿Lo escuchas? Es el canto de un songbird. ¿No es precioso lo que nos ofrece la naturaleza?
Y allí permanecí unos instantes escuchando. Relajado por primera vez desde... ¿Cuándo fue la última vez que me tomé un respiro?
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¿La evolución?
¿Qué es la evolución? Conoce la palabra, pero todo ha aparecido por obra de Dios ¿No? Sintió por un segundo su fe temblar, porque el exterior a veces le ha demostrado que las cosas no son como cree.
Se tomó del brazo y sonrió con suavidad — ¿Por qué todo el mundo habla que todos los sitios son peligrosos? El mar, la selva ¡A donde vayas! — pero ella no ha pasado ningún tipo de problema. Debe ser la suerte, una bendición que nadie ve, que no se siente, pero ahí está presente — Gwendolyn. No tengo apellido, a pesar que todo el mundo tiene uno ¿Tu tienes uno también? — se rió con suavidad, porque al salir de la iglesia se ha dado cuenta que siempre está esa decoración — ¿Por qué todos los tienen?
¿Por qué siempre es distinta? No se mostró enojada, pero curiosa.
Escuchó lo que tiene que decir y asintió, no le importó que todo sea gráfico ¡Que diga cosas que no entiende! Porque jamás sabrá lo que es el morado, pero si sabe la textura de los troncos el aroma que la flor tiene. — Si, la sentí cuando me daba vueltas — se rió con suavidad — Me hubiese gustado poder tocar una. Es la mejor manera de que pueda saber como son las cosas.
Tapó su boca con su mano libre y se dedicó a seguir órdenes. Asintió porque le ha dicho que no hable más, al menos por un rato permaneció en un solemne silencio digno de un ritual.
El sonido la hizo tomar más aire, una bocanada grande que llenó sus pulmones — Lo es — lo es, lo es. Es lo que más le gusta, por eso ha ido ahí, incluso si le han advertido que no — ¿Por qué cantan los pájaros? — porque en la iglesia las respuesta se ligan a Dios, pero no creyó que le canten a alguien que está muy ocupado ¿Cómo podría escucharlas todas? Debe haber algo más que quiso saber.
—Siento si hago muchas preguntas, es solo… que nunca había estado fuera de la iglesia — se ha perdido, ahora está en un viaje sin rumbo en donde avanza hasta chocar ¡Y entonces ahí comienza a explorar! Son personas, cosas y situaciones nuevas que no se van de su mente — No me dejaban salir antes.
¿Cuál es la razón? Siempre se dijo que ha sido su visión, pero es otra cosa. La favorita de Dios no puede irse, porque carga con la fe de la gente.
—¿Cómo se ve un Songbird? Nunca había escuchado de él — porque no ha escuchado de nada — Me sé los colores, solo que ya sabe… no los conozco como usted — explicó sin demostrar vergüenza o tristeza — Así que no se preocupe por eso.
Sonrió con suavidad y soltó una risa suave que hizo saltar a más de un ave.
—Tráteme como a los demás.
Incluso si soy especial, solo quiero ser normal.
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Es curioso. Todos nos decimos unos a otros que esto o aquello es peligroso. Y es cierto, puesto que hay infinidad de peligros; unas veces en forma de animales, otras, vestidos con elegantes trajes, cubiertos de joyas de gran valor o refugiados en sus grandes mansiones. Sin embargo, pocas veces nos paramos a ver todas las cosas buenas que tiene la vida. Verlas o disfrutarlas.
—Sí, claro que tengo apellido, señorita Gwendolyn —comento con voz apesadumbrada—. Pero es algo que pertenece a otra vida. Ahora soy solamente Varo. Ya no me queda nada de mi familia.
Escucho sus respuestas con una mezcla de atención y curiosidad. No paro de preguntarme cómo será percibir la vida sin alguno de mis sentidos. Yo siempre he tenido buen oído, en las sombras es algo útil, pero al final, por instinto, siempre recurres a la vista. Sin embargo, ella parece apreciar cada pliegue y cada imperfeccion de aquello que toca, igual que hago yo con los trazos de las pinturas que llegan a mí taller. También me culpo por no haberla dejado palpar las flores y ahora estar hablando de ellas.
Continuamos bajo la espesura que forma una especie de cúpula sobre nosotros, mientras el canto de los pájaros ameniza nuestra estancia. Encuentro entrañable la manera en que se sorprende al escuchar el canto del songbird y la curiosidad que muestra ante un mundo que no se abre ante sus ojos, pero que si que llena el resto de sus sentidos.
—No se preocupe. No me molestan sus preguntas —digo justo antes de que mi respiración sufra un intento de detenerse. He oído bien? No podía salir de la iglesia... —. Entiendo perfectamente su curiosidad. Yo también pasé gran parte de mi vida encerrado. Y ahora... Aquí me tienes. Escapándome a la selva siempre que puedo.
Puede que sea eso. Tal vez algo de ella me recordaba a mí hace unos años. Yo también estuve ciego ante este mundo, de una manera diferente, por supuesto, pero tampoco era capaz de ver los terrores que me acechaban y mucho menos las cosas hermosas que nos rodeaban.
—Los Songbird? Ehm... —comento con dudas en mi voz, como si estuviera buscando las palabras para no limitarme a enumerar una lista de cualidades físicas—. Bueno yo solo he visto ilustraciones en los libros. No son muy grandes, algo más de lo que es un gorrión. Y si plumaje es verde aunque guarda detalles rojos, que lo hacen confundirse con hojas o frutos de los árboles. También son muy esquivos, por aquello de los peligros de la selva. Nadie quiere convertirse en la presa de otros.
La miro y mis ojos se clavan en su sonrisa. Una sonrisa que me llena de calidez, que me trae recuerdos de la infancia, pues hace mucho que no veo sonreír a nadie si no es por haber conseguido un buen botín, pero esas sonrisas están cargadas de malicia, no como la suya. La pequeña risa que se escapa entre sus labios parece marcar la salida de una carrera de aves, pues están levantan el vuelo para huir, sin ser conscientes de la bondad que encierra dentro el ser que los asusta.
—Vaya, parece que nuestros amigos tenían otros planes —digo y mi voz se entrecorta al recordar que tengo un encargo por cumplir y no puedo demorarme mucho más—. Qué más le gustaría descubrir en esta selva? O tal vez en esta isla. Aún dispongo de algo de tiempo antes de que deba marcharme. Sería un honor acompañarla en su exploración.
Aún tengo que prepararme para ir a por el cuadro en la mansión Da Sousa, pero será mucho mejor ir a recuperarlo cuando estén todos dormidos. Al final, las sombras siempre han sido mi hogar, al menos durante los últimos años. Aunque Gwendolyn me recuerda a cuando mi vida era muy distinta.
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01-10-2025, 03:19 AM
(Última modificación: 01-10-2025, 03:21 AM por Gwendolyn.)
—¿Otra vida? — ¿Es que se le ha acabado la anterior? Lo pensó literal, aun así su mente se repitió que eso no es posible, tendría que ser milagroso para lograrlo — Varo. Entiendo, mucho gusto.
Efectivamente es un gusto para ella, por eso sonrió con suavidad, permaneciendo con el semblante sereno ¡Y se ensancha cuando la amabilidad aumenta! Una vez es dichoza por encontrarse en el camino a una persona que le trae calidez al corazón.
Hay muchas cosas que quiere preguntar, pero se amontonan una sobre otra ¿Atrapado en donde? ¿Será que si le cuenta lo que ocurre tendrá una buena respuesta? Apretó los labios y soltó un chasquido con la lengua, pero no llegó a soltar nada. No aun, quizás después, cuando los sentidos no estén enfocados en aquello que los rodea.
—¿Y son tan dulces como el fruto? O tienen sabor como a un ave — ha comido pollo, pero los colores que asocia al animal son otros. Rojo como la manzana, verde como la hierba que le da cosquillas cuando se recuerda — Huh, ¿Es muy normal ser la presa de otro? — seguro en la selva sí, pero en los pueblos no es así. La presa parecieran ser los problemas que llevan a cuesta.
Se han ido las aves por su culpa, pero no reclamó, simplemente alzó el mentón, para escuchar el aleteo de que parten, se marchan a un lugar mejor, como debería hacer ella — Me gustaría… Me gustaría saber lo que es un tigre ¡Me dijeron que era un gato enorme que estaba en las selvas! ¿Es verdad? — porque los gatos que conoce son esos domésticos que se quedan en su regazo toda la tarde, esperando cariños infinitos — ¿Podré tocar uno alguna vez? ¿Ronronearán si les hago cariño?
Suena a tontería, pero nadie ha podido responder.
— Ah, espera… yo tenía que volver al pueblo. Si han pasado días lo mejor será ir de regreso.
Se acercó a su acompañante y buscó el brazo ajeno, encontrándose con una mano. Inicialmente lo apretó con suavidad, como si algo pasara por su mente — Oh… — algo quiere decir, pero no lo logró, simplemente llevó su otra mano para atraparlo más — Nunca había sentido algo así.
Por eso es que su mano se alzó en busca de un rostro que augura que es distinto y quizás lo es si puede llegar a tocarlo — ¡Q-Que suave! Eres como un gatito — de poder, no dudará en buscar las orejas ajenas solo para saber como son — Waah, nunca había encontrado a alguien así. Jamás — no se mostró temerosa, sino más bien encantada con lo que se ha encontrado — Qué eres tú, en la iglesia nunca me encontré a alguien así. Q-Que emoción.
Sin poder evitarlo apretó su mano, no es fuerte, de querer tirarla podrá escaparse de ahí — ¿Te da frío en el invierno? ¿Te da calor en verano? ¿Si duermo contigo eres tibio por las noches?
Seguro no esperó que él fuese la atracción principal de la función.
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Me cautiva ver la manera en la que sonríe. No sé si se debe a que es ajena a los peligros que esconde el mundo, en las sombras o a simple vista, o simplemente porque es una persona llena de bondad. Y al menos es lo que parece cuando veo su expresión. Me sorprendo a mi mismo al notar cómo yo también estoy sonriendo al escuchar sus preguntas, inocentes y llenas de curiosidad, como las de un niño que está descubriendo el mundo y deja salir sus mejores ocurrencias.
—Nunca probé uno, a decir verdad —rio ante su pregunta—. Pero apostaría lo que fuera a que sabe a pollo. Es más, le apuesto 100 berries a que si algún día probamos uno sabrá como un pichón —contesto con ironía, antes de que mi ánimo cambie por completo con su otra pregunta—. Por desgracia, sí que es común. Y no solo hay cazadores entre los animales, no. Las ciudades están llenas de ellos. En todos lados es lo mismo: el pez grande se come al pequeño.
Las aves aletean de manera enérgica para levantar el vuelo y huir de nosotros, aunque en su intento nos regala una escena digna de un cuadro. El peso de sus cuerpos, al abandonar las ramas, provoca un vaivén que agita las hojas, lo que hace que la luz se filtre entre ellas creando rayos danzantes, como si viniesen a celebrar el fin del canto del songbird. Siento pena de que mi acompañante no pueda disfrutar de estos pequeños detalles que nos regala la naturaleza.
—¿Un tigre? Sí, creo que esa es la mejor manera de describirlo —contesto mientras rasco mi barbilla con la mano que aún me queda libre—. Siempre que los gatos midiesen tres metros, tuviesen las zarpas tan grandes como para poder tapar mi cara y se comiesen un ciervo para merendar —rio yo solo ante mi comentario. Ya ni logro recordar cuál fue la última vez que tuve un rato ajeno a preocupaciones, un instante solo dedicado a conversar. Y mucho menos aún cuándo fue que bromeé con alguien—. No estoy seguro de que quisiera cruzarse con ninguno, señorita Gwendolyn. Nunca se puede saber cuándo fue la última vez que ha comido un animal de la selva.
Se acerca hacia mi y noto cómo mis defensas se vuelven a levantar, como por una mala costumbre adquirida después de tantos años bajo el «manto» de la familia Reena. Su mano palpa el aire en dirección a la mía, como la lengua de una serpiente que examina el ambiente en busca de algún ratoncillo. Y me agarra. Mi brazo se tensa y comienza un gesto, apenas perceptible, para liberarse. Sin embargo, no puedo notar agresividad en ella y me paro a pensar en que su invasión de mi espacio vital no es más que la manera de mantenerse conectada con el mundo, la única forma que tiene para saber dónde estoy o quién soy si cabe. Pero noto un cambio en su actitud. ¿Es duda? ¿Decepción? Tan pronto como su piel roza mi pelaje, una expresión de sorpresa sale disparada de sus labios. Así que al final resultó ser eso. Tan solo era amable conmigo porque no me había visto. ¿Cómo iba a pensar que alguien me tratase como algo distinto a un animal? Soy un necio por haberme dejado engañar por su sonrisa amable. Me entrar ganas de salir corriendo y huir de una nueva humillación, cuando me detengo a escuchar sus palabras. No hay asco, ni miedo en sus palabras. Más bien fascinación por haber encontrado algo nuevo para ella. Decido perdonar que su mano este en mi cara, incluso que me haya comparado con un gato, pues se que nunca habrá visto un hurón. Su emoción llena mi pecho de una extraña sensación. Es algo que no se identificar, cálido, algo que me recuerda a días pasados.
—No soy un gato, señorita Gwendolyn. Soy un mink. Un humano, solo que con pelaje y características animales —contesto mientras rasco mi rostro debido al picor producido por la sensación de suciedad que ahora corre por toda mi cara—. El invierno no es un problema para mi, aunque el verano... Es como si siempre llevara un abrigo.
Me siento completamente desarmado, pese a llevar mi rifle al hombro y mis agujas en la pernera, pero por muy raro que parezca, por primera vez en mucho tiempo, siento que puedo relajarme, que no debo estar alerta. Siento que puedo ser yo mismo. No muchas personas me tratan como a un igual y no son pocas las que no ven algo distinto a una bestia cuando me miran. Pero hoy es un día distinto. La selva, esta mujer... ¿Será esta una de esas maldiciones de las que hablaba mi padre? Si es así agradezco estar maldito.
—¿Sabría indicarme dónde se hospeda? —pregunto con sinceridad, mi voz entrecortada—. He de volver a la capital y me gustaría asegurarme de que no se vuelve a perder por la selva.
Me gustaría poder pasar más tiempo con ella, pero el encargo del jefe Reena ha de llevarse a cabo esta noche. Y se bien lo que me espera de no conseguir el cuadro que me ha pedido. Ese hombre rabioso... Seguro que me quitaría todo, una vez más.
—¿Alguna vez ha estado en la ciudad? Si decide visitarla me encantaría poder recibirla en mi tienda de antigüedades. Estoy seguro de que usted podría apreciar el arte de una manera similar a como yo lo hago.
No estoy seguro de lo que hago. La vida de ladrón no es compatible con nada más. Pero su extraño embrujo me hace pensar que tal vez haya encontrado alguien en quién confiar.
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—¿Qué es un ciervo? ¿Es como una vaca? — un perro, un gato, una vaca y las aves, esas son las cosas que conoce, porque ha podido tocar. Las referencias son importantes para alguien que no puede ver — ¿Me comería a mi? Pero si no creo que saque mucho de mi — porque es delgada, no tiene nada de atractivo, además hay algo más — Nunca me ha lastimado un animal, porque seguro saben que no los voy a lastimar. Los amo a todos mucho como para poder hacerles algo.
Sonrió con suavidad ante su declaración. Porque es honesta, porque son sentimientos que le provocan una calidez en el corazón.
—Un mink — repitió el concepto, como si fuese una niña. Aunque en realidad es más una esponja, como si quisiera aprenderlo todo — ¿Y también cambias el pelaje? Eso hacen los animales ¿No? ¿De qué color es el tuyo? Me gusta, me gusta mucho.
Se rió con fuerza una vez más, espantando el resto de los pájaros que deben quedar cerca. Un paso atrás la hizo amenazar con tropezar, pero no lo hizo, simplemente volvió a pasar su brazo por el ajeno, como si fuesen una cadena que se une.
—Me hospedo en la hostal que tiene flores en el exterior. Tienen un aroma parecido a las de la enredadera, supongo que no son las mismas, pero son agradables — no conoce nombres, nunca los pregunta. Pero se guía por detalles que a ella le importan. Un sonido, un aroma o sensación — Prometo no volver sin compañía. Ya aprendí la lección, Varo.
Pero no le costará arrastrar a alguien cuando tenga a un acompañante, seguro porque a veces pareciera difícil decir que no.
—¿Cuál ciudad? ¿La de este lugar? Más o menos, no… no soy buena en las ciudades, porque hay mucho ruido y las cosas ocurren rápido. Vivía en una iglesia alejada del pueblo — donde nada pasa y el tiempo avanza lento, en una tranquilidad que no se rompe — ¿Tienda de antigüedades? ¿Venden cosas viejas que tienen valor? — no es que esté incrédula, pero no supo qué puede ser. Ella mantiene todo hasta que no funciona más.— Suena a que le das un hogar nuevo a los objetos que alguien más no quiso o no apreció.
Y eso le parece encantador.
—Es una lástima que la gente deje ir sus cosas — porque en realidad no ha pensado que se roban o se consiguen de manera deshonestas — Las mías las cuido como mi mayor tesoro, como…
Su mano fue a su cuello, buscando la cadena y la tiró, para sacar la joya que se esconde bajo sus ropas — Esto de aquí. — se ve caro. Demasiado para una acólita que tiene la ropa sucia y con partes hechas retazos — Es mi mayor tesoro. Me dijeron que me lo había dado alguien importante, pero nunca supe su nombre.
No escuchó su voz o vio su rostro.
—Seguro era el tesoro de alguien más y ahora es mío.
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Otro fallo. ¿Cómo podía pensar que sabría lo que es un ciervo? Aunque si lo pienso, de esta manera descubre más cosas sobre el mundo. Es complicado, pero a la vez me resulta interesante. Me siento como un profesor, enseñando a un aprendiz inexperto, como hacía mi madre conmigo cuando era pequeño. Hace tanto tiempo...
—Sí, sería algo así como una vaca, pero más estilizado. Y viven en zonas de bosque. Sus cuernos son mucho más largos e intrincados. Son animales muy bellos —hago una pequeña pausa y reflexiono acerca de lo visual que soy, pues me cuesta dar definiciones que no se basen en el aspecto. Tal vez sea debido a haberme dedicado a admirar cuadros y esculturas en lugar de haber intentado experimentar la vida de otra forma—. Eso lo tenemos en común. A mi tampoco suelen atacarme los animales. Algunos te dirían que es porque me parezco mucho a uno...
—¿Mi pelaje? —siento vergüenza al hablar de él y eso se nota en mi voz. La gente acostumbra a hablar de mi pelaje solo para burlarse o humillarme—. Es marrón. Como el tronco de los árboles, cómo la tierra húmeda tras una tormenta. Pero también blanco, como las nubes que llenan el cielo en un día de primavera —noto por su actitud que sus intenciones son nobles y sus últimas palabras terminan por bajar mis barreras nuevamente. Esas palabras que traen consigo la declaración de su aprecio, todo lo contrario a lo que estoy acostumbrado.
Se ríe con fuerza, pero no hay sorna en ella. Sonrío mientras veo cómo alzan en vuelo las últimas aves curiosas que permanecían sobre nosotros. Noto que Gwendolyn se aleja un poco de mi y vuelvo mi mirada hacia ella. Da un paso atrás y parece que va a caer, pero lanza su brazo y lo enlaza con el mío como el hilo que pasa por el ojal de una aguja, cosiendo nuestros caminos. Esta vez, no reacciono, ni siquiera por instinto. Mi cuerpo no rechaza ya su contacto y mi mente no desconfía de las intenciones de esta chica.
—Puede tratarse de otro tipo de glicinas. Muchos las utilizan por sus flores como elemento decorativo. Pero he de reconocer que su aroma a vainilla y miel es algo que me encanta.
Se que he visto más de un hospedaje que utiliza glicinas en su fachada, pero no estoy seguro de dónde. No creo que sea muy lejos de aquí, pues no creo que ella pueda desplazarse grandes distancias sola. Aunque no debería juzgar, ya me ha sorprendido que se orientase por la selva.
—La capital del Reino de Samba. Aquella en la que las calles siempre están llenas de gente animada. En la que el aire arrastra alegres melodías noche y día. Allí es donde trabajo. Algunos traen objetos antiguos para que los restaure, pero la mayoría solo busca deshacerse de lo que ellos consideran trastos inútiles. Me hierve la sangre al ver que no son capaces de apreciar el valor de las cosas que tienen —aprieto mi puño por ser algo que me afecta realmente—. Por eso soy feliz cuando esas valiosas piezas acaban en mi taller.
Al menos, durante el tiempo que pasan los cuadros y reliquias en mis manos, me aseguro de que alguien sabe apreciarlos como realmente se merecen. Veo como lleva la mano a su cuello y saca una joya de aspecto valioso. Ella dice que es su mayor tesoro, y yo se bien que no es consciente de el valor que podría alcanzar para la venta. El jefe Reena no dudaría en arrancárselo de las manos como hizo con el collar de mi madre. Pero yo se que su valor real es muy distinto del económico, pues seguro que es igual de valioso que lo era para mi el otro, el que juré recuperar, el que estoy seguro de que algún día recuperaré.
—Yo también tenía un tesoro, pero lo perdí. Me lo arrebataron —aprieto mis puños y la tensión se nota en mi cuerpo—. Sueño día y noche con el momento en que pueda recuperarlo. Por eso permanezco en esta isla, si no, me gustaría explorar el mundo, igual que hace usted.
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