Bertram Gaufrid
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El joven sargento se encontraba en su habitación cuando le encomendaron una misión sencilla y rápida, tenía que entregar una carta a uno de los marines que se encontraban continuamente en movimiento, apenas pisando la base para entregar informes sobre sus misiones y cualquier suceso que fuese requerido mencionar, como un rescate o la intervención en situaciones peligrosas o con claro potencial para volverse un auténtico riesgo. Tenía indicaciones de no abrir la carta bajo ningún contexto y entregar la carta directamente al marine a cargo, a nadie más. El pelirrojo asintió con seriedad y se puso en marcha en un barco otorgado por la marina para poder realizar el trayecto rápidamente y con cierto apoyo por si alguien decidía intentar interceptar el mensaje, aunque era poco probable.
El joven llevaba su uniforme marine, aunque en esta ocasión tenía el abrigo guardado para cuando tocara regresar a Roshwan no pasar frío. Su arco se encontraba colgado de su hombro derecho mientras que en sentido opuesto se hallaba su carcaj, cargado de flechas listas para ser empleadas si tenía que pelear por cualquier razón, aunque esperaba no tener que hacerlo en una misión tan sencilla. Gracias a la maestría náutica de los encargados de llevar el barco no tardaron en llegar a su destino, una isla que no poseía base marine y tenía su propia milicia, formada por luchadores de diversos estilos presentes en la misma, los cuales eran tan diestros que pocos se atrevían realmente a causar revuelo en la isla. El barco llegó cuando el sol estaba a media altura, siendo alrededor de las 10 de la mañana, por lo que el marine tenía aún unas cuatro horas hasta la hora de la entrega, y en este caso el horario era inamovible salvo causas extremas como sospecha de enemigos o un ataque.
El arquero salió del barco con la carta bien guardada en su chaleco, reajustó su arco y empezó a caminar por la isla de los artistas marciales, esperando no encontrar enemigos y poder descansar 4 horas antes del encuentro. Por precaución los marines del barco también bajaron, repartiéndose por la isla para formar una red de vigilancia y poder actuar en caso de necesidad, así mismo el arquero se mantuvo atento a todo, manteniendo la vista aguda a cualquier movimiento sospechoso y al mismo tiempo centró también atención en oído y olfato, siendo grandes sentidos para detectar amenazas fuera del campo visual.
Moja
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Recién había salido el sol y el mink ya estaba preparado para salir a una patrulla rápida por la isla. Llevaba su distintivo uniforme de la marina prácticamente impoluto. Debian de ser aproximadamente las 7 de la mañana cuando Moja salía por la puerta. Lo de hoy era una misión rutinaria de dar una patrulla por los puntos más conflictivos de la isla. Si no había incidentes debía de estar de vuelta antes de las 12 del mediodía. La fama de la pantera en la isla había ido en aumento en las últimas semanas tras su incidente con los jóvenes mink. No para bien como le habría gustado a Moja. Aun así, su rectitud y su buen hacer cambió un poco la perspectiva que tenía los habitantes de la isla sobre él.
Como primera parada era uno de los enormes dojos con los que contaba la isla, el dojo del Hasshoken. En este desde temprano los discípulos se les escuchaba gritar durante los típicos entrenamientos. Moja inspeccionó los lares y se dispuso a visitar su siguiente punto conflictivo, que no eran más que los otros dos grandes dojos reconocidos de la isla, el dojo de Kyojin Karate y el dojo de Okama Kenpo. Tras la visita de estos, el siguiente punto era el puerto. Un punto un tanto conflictivo, mucha gente, mucho alboroto, algo que no le agradaba al mink. Al llegar al puerto vio a lo lejos que se acercaba un barco de la marina. De pronto recordó que hoy venían a entregarle un mensaje desde la base. *¿Será una nueva misión en la isla o que deberé de volver a la base para mi reposicionamiento?* Pensó el joven mink.
Antes de la llegada del barco Moja ya había terminado el reconocimiento del puerto y se disponía a volver a su habitación. Recogió sus cosas por si acaso tenía que dejar la isla con celeridad, por supuesto, todo bien organizado. Cuando hubo terminado, la pantera se dirigió al punto de la reunión para esperar las nuevas órdenes, pues si no recordaba mal, la hora marcada eran las catorce horas y aunque aun faltaba tiempo prefería llegar temprano.
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13-09-2025, 12:28 PM
(Última modificación: 13-09-2025, 12:33 PM por Bertram Gaufrid.)
El joven sargento había sido enviado a Isla Karate a modo mensajero para recoger a un nuevo recluta que se incorporaría a las funciones de la base de Roshwan, siendo que usualmente ese tipo de labores eran responsabilidad de otro grupo, pero como había tanto movimiento necesitaban que todos ayudaran y el pelirrojo era un marine que respetaba la cadena de mando y siempre que las órdenes no fuesen en contra de su integridad no le desagradaba obedecer, y en el caso de que sí lo fueran, no tenía más remedio que hacerlo si quería permanecer en la institución. El joven llegó a la isla con bastante tiempo hasta la hora designada para reunirse con el recluta en cuestión por lo que el arquero decidió visitar la isla y ver el estado de la misma, comprobando que estuviera todo en orden y no hiciera falta que actuara, aunque la isla demostró se perfectamente capaz de lidiar con los problemas con su propio sistema de seguridad.
El joven arquero caminó tranquilamente por la isla observando la forma en la que los habitantes seguían su rutina, sin molestar a los demás y respetando a todos, no había un solo rastro de los típicos problemas de delincuencia menor y ataques como lo vio en otros lados, posiblemente por el hecho de que la propia gente respetaba a los demás, pero también por el respeto que tenían a los artistas que se encargaban de la seguridad de la isla, de hecho era poco común que piratas y criminales de otras islas empezaran problemas en la isla precisamente por ello. El arquero observaba la posición del sol, aunque más bien vigilaba las sombras y así sabría la hora que tenía, no era algo ajeno a sus conocimientos como cazador, aprendió a ver el paso del tiempo sin necesidad de relojes ni nada más que las sombras. Sus pasos calmados y tranquilos lo llevaron por el puerto y empezó a caminar por el interior de la isla, si bien aún quedaba tiempo para la hora acordada el joven sargento decidió acudir al punto de encuentro para hacerse una idea de cómo era la zona antes del momento oportuno.
Volvió a reajustarse el arco y empezó a caminar mientras se rascaba detrás de la cabeza sin saber mucho que hacer, y mientras pensaba “Si acabo encontrando antes al recluta quizás podamos regresar rápido a la base y acelerar el papeleo.” El joven arquero realmente no esperaba encontrarse con el recluta antes de la hora indicada, solamente esperaba que al menos llegase a la hora acordada y no se demorara más de lo aceptable como un retraso por incidentes inesperados. El joven arquero no tardó en llegar a la zona, mirando cada detalle del lugar, rincones, huecos donde podrían esconderse tiradores, ventanas bien ubicadas para una mejor posición de disparo, si alguien fuese a emboscarles, esos serían los puntos a controlar.
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El sol apenas comenzaba a descender cuando Moja emprendió el camino hacia el interior de la isla. Había salido con antelación, como siempre hacía: la puntualidad y la preparación eran su forma de mostrar respeto a la Marina y a sus superiores. El sendero lo condujo a través de un bosque frondoso, donde el aire era más fresco y húmedo que en la costa. Cada paso crujía sobre hojas secas y ramas, un sonido que se mezclaba con el canto lejano de los pájaros y el zumbido de los insectos. Moja avanzaba en silencio, el uniforme de la Marina ajustado y en perfecto orden, como si hasta la naturaleza misma respetara su presencia. Sus ojos dorados no dejaban de recorrer el entorno: notaba el rastro de pequeños animales, el movimiento rápido de una ardilla que saltaba entre ramas, el olor terroso de la madera húmeda. Todo lo absorbía, todo lo registraba, porque en su mente no existía la idea de “simple caminata”: cada trayecto era una vigilancia, cada detalle podía significar un peligro oculto.
El sendero se estrechó un poco antes de abrirse en un claro. Allí, la espesura se apartaba para formar un círculo natural de tierra firme, rodeado de árboles altos que dejaban filtrar haces de luz dorada entre las copas. El lugar estaba en calma, pero Moja no se fiaba de esa calma; había aprendido demasiado pronto en la vida que el silencio a menudo ocultaba más de lo que mostraba. Se detuvo un instante en el borde del claro, respirando hondo, dejándose envolver por los sonidos del bosque. El viento agitaba suavemente las hojas, pero debajo de ese rumor constante se escondían variaciones: un crujido en la maleza, un destello de sombra, el olor metálico que no encajaba con la frescura del entorno.
Con la misma paciencia que siempre lo caracterizaba, Moja cruzó el claro y se apoyó contra el tronco de un roble grande, desde donde tenía buena visibilidad del sendero por el que debía llegar el mensajero. Allí aguardó, erguido, la cola moviéndose lentamente de un lado a otro, como un depredador que mide su territorio. Y fue en ese instante, cuando su respiración se acompasó con la del bosque, que percibió el ritmo constante de pasos a lo lejos. No eran pasos torpes ni nerviosos: eran firmes, medidos, el avance de alguien acostumbrado al bosque. Moja alzó la vista hacia el sendero, y entre las sombras del follaje comenzó a distinguir la silueta del hombre de cabello rojo.
Bertram Gaufrid
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29-09-2025, 06:52 PM
(Última modificación: 06-10-2025, 01:36 PM por Bertram Gaufrid.)
El joven sargento caminaba con calma por la isla, atento a cada rincón, cada zona que podía ser usada para una emboscada o para que un tirador se escondiera, siguiendo el camino indicado al punto de encuentro con el recluta. Sin embargo, el camino no lo llevaba a la ciudad ni a ninguna zona de dojos, más bien se desviaba de la misma hacia el bosque haciendo que los pasos del arquero se dirigieran poco a poco y sin lugar a dudas hacia el bosque. No era común que la marina organizara un punto de encuentro tan secreto y apartado, era más propio que fueran piratas y otros criminales que se reunieran alejados del resto, necesitaban mantener el encuentro discreto y reducir el riesgo de ser atrapados por la marina o cazadores. Pero por mucho que le sorprendiera la decisión, el joven arquero no podía sino reírse de la ironía de la situación, pues casi parecía una broma mandarle precisamente a él a un bosque.
Cada paso del arquero era cuidado y medido, pero de forma completamente natural e inconsciente, la típica naturalidad que venía de alguien que ha pasado gran parte de su vida en un entorno hasta el punto de convertirse en uno con ella. Para Bertram caminar por el bosque era como para un cocinero estar en la cocina, algo instintivo y natural. De hecho era su conocimiento del entorno que le hacía detectar fácilmente los lugares donde podrían ocultarse enemigos, y aunque no parecía haber nadie esperando para atacar era costumbre en el arquero prestar atención a lo que le rodeaba en todo momento, pues habiendo crecido en mitad de cacerías aprendió que nunca se podía saber cuando las cosas se torcerían.
Tras un rato caminando tranquilamente el joven marine llegó a una zona abierta del bosque, un claro no muy grande, pero lo suficientemente espacioso como para funcionar como el centro de una trampa elaborada en el bosque. Los pasos, tranquilos pero decididos del sargento, lo sacaron del bosque al claro donde solamente se veía a un sujeto bastante peludo con un uniforme marine, por lo que Bertram se rascó nuevamente tras la cabeza y se acercó con calma al sujeto sacando el sobre de su chaleco para luego tenderlo al joven mientras decía
-Buenas tardes, por lo que me comentaron esta carta es para usted, sir.-
De normal eso sería todo y debería esperar la respuesta del joven antes de regresar con él al barco, pero de pronto sus oídos notaron unos ruidos concretos, ninguno propio del bosque, por lo que el joven aguzó un poco más su oído para tratar de averiguar alfo más, y su cara cambió, de una expresión tranquila pasó a mostrar una mirada seria mientras tomaba su arco en mano y decía
-Parece que tenemos compañía y no parece que esperasen que nadie viniera por la zona, sir.-
Lo último era una suposición en base a lo agitado de los pasos, era como cuando los padres pillaban a los niños haciendo una trastada, pues lo mismo se notaba en esa forma de moverse tan descuidada por el bosque.
Moja
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Moja tomó la carta con gesto sobrio. No pronunció palabra, simplemente asintió mientras la guardaba en la chaqueta, como si aquel sobre fuese un tesoro que debía proteger. La mirada felina del mink se cruzó un instante con la de Bertram, captando de inmediato la tensión en el joven pelirrojo. La firmeza en sus ojos rojos… no era un gesto en vano.
Y entonces lo escuchó.
El bosque, que hasta ese momento había sido un mar de sonidos tranquilos, ramas moviéndose por el viento, pájaros escondidos en las copas, insectos ocultos en la hierba, empezó a revelar un compás distinto. Pasos torpes, demasiado pesados, demasiado cercanos. Las ramas crujían con brusquedad, los arbustos se agitaban sin el cuidado propio de un cazador. De pronto, entre los troncos, comenzaron a asomar figuras. Hombres armados con machetes oxidados, lanzas improvisadas, algún viejo mosquete. Sus ropas eran harapos remendados, las caras cubiertas de mugre y cicatrices. Se movían como lobos hambrientos, cerrando el círculo alrededor de los dos marines.
Moja no se inmutó. Su respiración siguió siendo calmada, pero su cola golpeó el aire de un lado a otro, marcando el compás de la tensión. Un claro, rodeados, en inferioridad numérica. Pero… no son soldados. Son bandidos. Esto no es una batalla, es una caza mal planeada. Moja no desenfundó arma alguna. Dio un paso al frente, sus ojos dorados brillando como brasas encendidas. Sentía el cosquilleo eléctrico de la adrenalina recorrerle el cuerpo, esa sensación que tantas veces lo había acompañado en combates pasados: el instante en que el peligro se convertía en certeza.
Uno de los bandidos, un hombre con barba enmarañada y una navaja curva, lanzó la primera amenaza:
-¡Dejad lo que tengáis y quizás os dejemos salir vivos!-
Moja lo miró fijamente, sin responder. Avanzó dos pasos más, hasta quedar en medio del claro. El silencio fue aplastante. Los bandidos dudaron por un instante, pero el líder gritó una orden, y la horda cargó con gritos desordenados.
Fue entonces cuando Moja se movió.
Su cuerpo explotó en velocidad felina. El primero que se abalanzó recibió un zarpazo en el pecho que lo lanzó contra el suelo. El segundo, que blandía una lanza, apenas alcanzó a ver un destello negro antes de que su arma se partiera en dos y su cuerpo rodara entre las hojas. Cada golpe de Moja era rápido, certero, devastador. No había furia ciega en su estilo: era un baile disciplinado, calculado, como si cada enemigo fuese solo un obstáculo más en su ruta. El claro se llenó de polvo, gritos y el sonido metálico de armas cayendo. Moja, firme en el centro, no mostraba miedo ni ira; solo la convicción fría de un marine que sabía que aquella emboscada sería la perdición de sus atacantes.
La batalla acababa de empezar.
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El joven sargento tenía un encargo relativamente sencillo entre manos, viajar a la isla de los karatekas a recoger un nuevo recluta que había llegado allí y llevarlo hasta la base de Roshwan para que se incorporara a las filas de los marines destacados en aquella base antes de enviarlo a su siguiente destino o que viajara realizando tareas de patrulla y control. En teoría sería entregar la carta, subir el recluta al barco y regresar a la base sin mayores complicaciones, pero al parecer el destino quería jugar a un juego de vamos a hacer que no puedas tener un día tranquilo con el joven pelirrojo, pues nada más entregar la carta al recluta se percató de que había un grupo de locos que pensaban poder emboscar a dos marines y salir indemnes de ello. Y no solo es que intentaron emboscar a dos marines, sino que uno de ellos creció en un bosque, reconocía los sonidos naturales a la perfección por lo que sabía exactamente que había gente acercándose que no pertenecía a aquel lugar, además no sabían moverse por el bosque, hacían demasiado ruido delatando su posición.
El recluta tomó la carta en silencio y con serenidad, parecía alguien silencioso por lo que Bertram ya hablaría con él para conocerlo a futuro si se daba la ocasión, uno nunca podía saber con quien acabaría trabajando en alguna misión. Cuando el joven pelirrojo mencionó la presencia de más gente el mink no se inmutó, y poco después los causantes de tanto escándalo en el bosque aparecieron, un grupo de sujetos vestidos con harapos, seguramente pasaron demasiado tiempo escondidos con miedo a las consecuencias de sus crímenes, poca higiene y armas improvisadas o en mal estado, sobre todo los mosquetes que parecían apenas se mantenían enteros. El arquero se rascó tras la cabeza mientras escuchaba la amenaza de uno de los bandidos a la vez que veía al mink adelantarse, por lo que el sargento pudo ver era un artista marcial, peleaba con sus puños y no empelaba armas.
Cuando el mink avanzó en completo silencio el que parecía el líder de los bandidos dio la orden de atacar, pero no tuvo en consideración que no enfrentaban a un civil asustado, algo complicado de encontrar en una isla donde prácticamente todos son artistas marciales, sino que se enfrentaban a dos marines entrenados. Mientras el mink lidiaba con los que se lanzaban a por él Bertram tomó su arco y se limitó a lanzar flechas directamente a las rodillas de los demás, poco daño pero lo suficiente para que gente con poco entrenamiento no pueda moverse, aunque incluso un hábil luchador tendría problemas de movilidad con una flecha incrustada en su rodilla. El arquero no era una persona cruel y sangrienta, pero no toleraba que emplearan la violencia para dañar a otros si no era en defensa propia así que conforme iba tumbando criminales se acercaba lentamente al que parecía ser el líder diciendo
-Si os rendís y entregáis no sufriréis más daños, sir. En cambio, si pretendéis seguir peleando y resistiendo no puedo asegurar vuestra seguridad, sir.-
La mirada del arquero era serena y tranquila, pero al mismo tiempo seria demostrando que lo que decía era completamente serio.
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En el instante en que los bandidos cargaron, Moja midió la situación con una claridad felina. No necesitaba palabras para coordinarse con el compañero marine; bastaba con su posición y movimientos. Dio un salto lateral ágil, situándose ligeramente a la izquierda del claro, dejando su flanco derecho completamente abierto, un ángulo despejado que el arquero podía dominar sin interferencias.
-Ese lado es tuyo…- pensó Moja, sin siquiera mirar atrás.
Frente a Moja, cuatro bandidos se lanzaron a rodearlo, intentando aprovechar su número. Uno portaba una lanza improvisada, otro una navaja oxidada, y los otros dos se abalanzaban con machetes mal afilados. Su estrategia era simple: distraerlo por delante y golpearlo por los costados.
Pero Moja no era presa.
El primero en lanzarse fue el de la lanza, directo al pecho. Moja giró sobre sí mismo con un paso corto y seco, desviando la estocada con el antebrazo reforzado y, en el mismo movimiento, lanzó un zarpazo ascendente que impactó en el mentón del atacante. El hombre se levantó del suelo más de medio metro antes de caer inconsciente.
Los dos de los machetes llegaron casi al mismo tiempo, uno por la izquierda y otro por detrás. Moja bajó la postura, la cola firme para equilibrarse, y giró bruscamente hacia el de la izquierda. Sus garras cortaron el aire con precisión quirúrgica, bloqueando el machete y golpeando con la rodilla en el abdomen del bandido, sacándole el aire.
Quedaba uno: el de la navaja, que trató de aprovechar un momento de aparente apertura para apuñalar por el costado. Moja giró con una velocidad animal, interceptando el brazo del atacante en el aire y torciéndolo con brutal eficiencia hasta que se escuchó el crujido de la articulación. Un golpe seco en el pecho lo lanzó contra un árbol, dejándolo fuera de combate.
En apenas unos segundos, el intento de rodeo había fracasado por completo. Moja respiraba con calma, sin señales de esfuerzo. Sus ojos dorados seguían escaneando el entorno. Los bandidos que quedaban comenzaron a retroceder, dudando. Lo que había comenzado como una emboscada fácil se había convertido en un error fatal.
Entre el murmullo tenso de los sobrevivientes y el crujido de hojas bajo los cuerpos derrotados, un nuevo sonido se alzó desde la espesura: un paso pesado, pausado y distinto. No era la torpeza de los bandidos rasos, sino un ritmo firme, casi desafiante. De entre la línea de árboles surgió una figura más alta y robusta que el resto, con una chaqueta de cuero raída sobre el torso desnudo y un machete ancho colgado al hombro. Su rostro estaba cruzado por una cicatriz que le partía la mejilla hasta el cuello, y en su mirada brillaba una mezcla peligrosa de confianza y crueldad. Los otros bandidos, al verlo aparecer, enderezaron la postura con nerviosismo, como si la verdadera amenaza acabara de llegar.
-Así que estos dos son los que han estado causando problemas…- dijo el hombre con voz rasposa, dejando caer el machete sobre el suelo con un golpe seco que hizo eco en el claro. -Bien… veamos si están a la altura de su fama.-
La emboscada improvisada acababa de transformarse en un enfrentamiento real. Moja, en silencio, giró ligeramente su cuerpo, adoptando una posición más firme. Había pasado de limpiar a meros oportunistas a enfrentarse al líder de la banda, y por el brillo en sus ojos dorados… estaba listo.
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11-10-2025, 07:58 PM
(Última modificación: 12-10-2025, 03:03 AM por Bertram Gaufrid.)
El joven arquero intentaba darles una salida a los bandidos, un camino para que simplemente fueran arrestados sin sufrir demasiados daños al no oponer resistencia y facilitar las cosas. Uno a uno los bandidos parecían seguir eligiendo el enfrentamiento y ser heridos más que ceder y dejase arrestar sin mayor problemas. Su mayor problema fue que tomó a dos marines como víctimas impotentes, siendo que Bertram incluso antes de unirse a la marina tenía bastante habilidad a la hora de defenderse de personas violentas, y más si lo atacaban en un terreno tan conocido para un cazador como lo era un bosque. El pelirrojo y el mink se enfrentaban cada uno a una parte de los bandidos, unos criminales descuidados que no estaban entrenados para peleas serias, se aprovechaban de su ventaja numérica y el factor sorpresa al atacar a personas que no estaban acostumbradas al bosque, por lo que no lograban reconocer sus pasos acercándose.
Bertram lanzaba una flecha a cada uno de los bandidos que se acercaban, apuntando siempre a sus rodillas de forma que no pudieran moverse y se quedaran quietos. Afortunadamente ninguno de ellos portaba armas de fuego, eso les daría una ventaja en el bosque que no conocían, y les permitiría atacar sin poder andar, pero como ninguno parecía tener buena putería empleaban mayormente armas de corta y media distancia, dando la ventaja a un arquero que les superaba en agilidad también. Finalmente, todos los presentes parecían anulados, siendo que solo quedaba el líder y algunos pocos bandidos más, quien apareció al poco con pasos pesados y decididos, claramente mejor preparado que los demás, pero algo le decía al pelirrojo que no estaba en condiciones de poder enfrentar al arquero en solitario, mucho menos teniendo apoyo,.
Bertram vio al joven marine adoptar una buena posición de pelea, por lo que él mismo tensó bien el arco con una flecha lista, apuntando al líder de los bandidos que parecía confiar en sus capacidades por sus palabras y con calma le dijo
-Pareces confiar en tus habilidades, pero te recomiendo entregarte si no quieres acabar como ellos, sir.-
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Moja fijó la mirada en el líder, sus ojos dorados brillando intensamente en medio del claro. El aire alrededor de su cuerpo parecía cargarse de tensión, como si la misma naturaleza presintiera el choque que se avecinaba. El bandido levantó el machete con una sonrisa torcida, confiado en su fuerza bruta y en la fama que tenía entre su gente. Pero Moja no esperó ningún discurso ni gesto de provocación. Dio un paso adelante y desapareció en un estallido de movimiento, la tierra bajo sus pies salpicando hojas y polvo. La distancia entre ambos se desvaneció en un instante; el líder apenas alcanzó a girar su arma para cubrirse cuando Moja ya estaba sobre él.
El primer golpe fue un puñetazo directo al abdomen, firme y preciso, que lo obligó a retroceder un par de metros con un gruñido de dolor. El bandido agitó el machete en un amplio arco horizontal, pero Moja se agachó y giró sobre una pierna, esquivando con la elegancia de un depredador. La cola azotó el aire como un látigo, marcando el ritmo de sus movimientos.
-¡Maldito gato!- rugió el hombre, lanzando una serie de ataques salvajes.
Moja bloqueó uno con el antebrazo, desvió otro con la palma abierta y respondió con una ráfaga de golpes rápidos, dirigidos a puntos estratégicos: costillas, codo, clavícula. No peleaba para impresionar, peleaba para desarmar, quebrar la defensa y dominar. El líder, acorralado por la presión, dio un salto atrás intentando ganar espacio. Moja no se lo permitió. Se lanzó nuevamente, esta vez desde un ángulo bajo, casi felino, impulsándose con las piernas como si fuera a cazar una presa. La fuerza del impacto levantó una nube de polvo, y el machete del bandido se soltó de sus manos con un sonido metálico.
Moja que había visto como el marine cazador tensaba su arco le dijo en voz alta y apresurada –Acaba con el-.
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