[Pasado] La belleza es como un hibisco en pleno verano
#1
Día 2 de Verano, Año 16

La humedad me envolvió en cuanto crucé el arco natural de raíces que marcaba la entrada. Era como si la selva me hubiera tragado de un solo bocado, cerrando la boca detrás de mí. Mi corazón latía a gran velocidad, presa del miedo y a la vez del entusiasmo. El aire olía espeso, cargado de tierra mojada, flores dulzonas y algo más profundo… como un latido escondido entre el follaje, estaba casi segura de que no era el latido de mi propio corazón lo que notaba. Mis pies diminutos se hundían en la hojarasca húmeda, pero no me detuve; el murmullo del bosque me empujaba a seguir adelante.

Parpadeé, ajustando mis ojos a la penumbra verde. Todo era demasiado denso. No podía fiarme de lo que veía: las sombras parecían moverse solas, las ramas crujían incluso sin viento. ¿Siquiera podía soplar el viento en aquella zona? Cerré los ojos y me aferré a lo que mejor me guiaba: mi nariz.

Aspiré hondo. Ahí estaba: la frescura de agua corriendo más adelante, la acidez de una fruta madura escondida entre hojas, el olor dulzón de flores que parecían querer adormecerme… y más lejos, muy lejos, algo distinto, un perfume que no era natural: humo de madera, quizás de una fogata apagada. Alguien más había estado aquí. La pregunta era: ¿sigue aquí?

Me abrí paso como pude, esquivando raíces que surgían del suelo como serpientes dormidas. Para mí eran casi troncos de árboles; y los troncos eran edificios en los que alojarme. El bosque parecía observarme; cada chasquido de rama bajo mis pies resonaba demasiado alto, como si hubiera interrumpido una conversación que no debía escuchar.

Un tronco caído me bloqueó el paso, grueso como una muralla. Escalé por la corteza áspera, mis manos pequeñas tanteando grietas como si fuesen escalones improvisados. En el trayecto me encontré con algún habitante de la muralla pero ninguno nos prestamos atención. Desde lo alto, miré alrededor… y tuve la sensación de que los árboles me miraban a mí. Era una idea absurda, claro, pero juraría que las hojas se agitaron justo cuando me detuve. Cuando eres tan pequeña, todo te observa y a la vez nadie te mira. Lo eres todo y a la vez no eres nada.

Pero no podía ser la única allí, no. Sentí un aroma distinto: sudor, piel joven, tal vez alguien perdido. El sonido de ramas quebrándose confirmó mis sospechas. No sabía si acercarme aún… pero la selva me empujaba, como si quisiera que encontrara algo o a alguien. La selva me empujaba y las hojas me escondían. Ese lugar era mi pequeño paraíso personal.

No vi a nadie. Estaba yo sola. Mi soledad y yo. Una extraña flor de rojos colores me distrajo. Tenía cinco pétalos y un centro con prominentes estambres amarillos. Sus hojas eran dentadas, ovaladas casi, dentadas en su punta y de un verde intenso y lustroso. Me alcé por su tallo hasta llegar a sus estambres. Mis manos se tiñeron en el momento de ese fuerte amarillo. El polen no parecía querer irse. Tras lo cual, empecé a estornudar intensamente, espantando a cualquier insecto que estuviese cerca. El problema era… ¿atraería a otros?— ¡AAATCHÚS!
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#2
¿Es una mentira si lo creyó verdad? Porque prometió no meterse ahí, entrar a la selva sola es una mala idea, pero… ha venido con un grupo al lugar, porque le han dicho que necesitan a alguien con una voz suave para atraer a un pájaro en especial.

¿Es mentira o verdad?

No le importó, porque ya está una vez más perdida en la nada, entre hojas y flores. Pero ésta vez se encontró a su bastón consigo para hacerle compañía. Sus pasos dejaron rastro y su presencia no alertó a la mayoría de los seres, quienes la ven pasar sin hacer mucho más. Algunos huyen, pero otros observan como un humano se ha perdido dentro de la selva.

Lo llamó, a quienes la han traído, pero no están ahí. Alzó su voz, asustando a las aves, clamando el nombre de quien ha conocido hace poco ¡Y la respuesta llega! En un estornudo que la hizo voltear. En noventa grados, sus talones avanzaron por unos segundos, hasta que finalmente pudo estar cerca de dónde ha venido el sonido ¿O quizás no?

—Salud — es lo primero que respondió, porque es lo más importante, que tenga salud. — ¿Estás bien? Traigo un pañuelo conmigo — uno de tela que sacó y ofreció a la nada. Esperó que lo tome, pero si no ocurre, el mismo terminará en un tronco cercano — Debe ser un problema enfermarse en un lugar como este. — Porque no conoce la alergia, no la ha vivido y por lo tanto ¿Existe? — No soy doctor, pero… pero oí que una planta de por aquí era buena para las enfermedades.

Una mano se posó en su barbilla.

—Recuerdo que dijeron los nativos que tenía aroma a limón, pero la flor tenía un color rojo. Solo que bueno, yo no veo los colores — no veo es la parte importante. Ni los colores, paisajes e imágenes. Nada — Soy Gwendolyn — se presentó y estiró su mano en una presentación ligeramente solemne.

—Aunque no me explicaron qué se hacía con la flor. Conocí a un doctor que dijo que separaba las partes para crear remedios — no es tan así, pero es la explicación simplificada — ¿Sabes tu algo de eso? 

¿Me ha tocado un milagro una vez más?
[Imagen: Gwendolain.gif]
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#3
Me froté la nariz con el antebrazo, todavía manchada de polen amarillo. Pero antes de que me diese cuenta, había alguien pisándome los talones. Una chica extraña, con apariencia aún más extraña. Los ojos vendados. ¿Por qué? ¿No podía ver a través de ellos? ¿O quizás escondía algo detrás de esa venda? Me decanté por la primera opción.

Me había deseado buena salud tras el estornudo, y el pañuelo que me tendía me hizo reír bajito; era tan grande que, si lo desplegaba, podría taparme entera como si fuese una sábana. Así que lo dejé caer sobre el tronco y, una vez en el suelo, aproveché para limpiarme la nariz con él.

— Eres muy amable, señorita… pero debo decirte que casi podría envolverme en esto. Quizás no me vuelvas a encontrar nunca más si me pierdo dentro —respondí en un tono tímido y divertido, aunque con un deje de juego. Más tarde me daría cuenta de que, por mucho que le dijese tal cosa, ella no podría entender la broma si es que efectivamente no veía.

Trepé por el borde de la tela con mis diminutas manos hasta alcanzar la punta, y desde allí di un golpecito en el aire, como si marcara mi posición en el mapa de la selva. Me incliné hacia la voz. Había algo en aquel timbre, en la calma con que me hablaba, que me resultaba distinto a los demás. Curioso contraste: yo, pequeña y casi invisible; ella, incapaz de ver, pero observándome de una manera que los otros nunca hacían. Al no poder verme, me percibía como cualquier otra persona, sin juicios, sin tabúes, sin el temor a aplastarme. Aunque, siendo sincera, quizá ella más que nadie podría hacerlo sin darse cuenta.

— Soy Alana —me presenté, un poco más seria esta vez al hablar—. Y sí, sé de flores. La que me hizo estornudar solo sirve para pintarse de amarillo y dar alergias, nada más. No la uses para remedios, podría enfermarte. La que dices tú es otra distinta… huele a limón has dicho, ¿verdad? Podría ser la flor de citronella. Esa sí puede ayudar —me aclaré la garganta, bajando la voz—. Más concretamente con las fiebres. En nuestro caso no vendría mal encontrarla. También ahuyenta a los insectos, y estando perdidas en esta selva, solo es cuestión de tiempo que alguno nos pique o, peor aún, nos mate.

El aire alrededor parecía escucharme: un zumbido grave se mezclaba con el murmullo de hojas, y la humedad pesaba en mis hombros diminutos como una capa invisible.

Con cuidado toqué la palma extendida que me esperaba, apenas rozándola con mis manos diminutas. En toda la extensión de su piel cálida, posé mis dos manos. La diferencia de tamaño era abismal, pero a la vez, ese contacto me anclaba.
— Tú no ves… y a mí casi no se me ve. Parece que la selva quiso juntarnos para que nos reconozcamos de otra forma —susurré, con una mezcla de timidez y fascinación. Ladeé un poco la cabeza, estudiando la venda que ocultaba sus ojos—. Porque no ves, ¿cierto?

Aunque había multitud de formas de “no ver”. No tenía porqué tener el sentido totalmente apagado, tal vez solo una reducción significativa de la visión. Sin embargo, teniendo en cuenta la venda, lo más lógico era pensar en una negación total. Al fin y al cabo, si aún quedaba algo que pudiera conservar, no sería adecuado taparlo. Pero ella sí lo había hecho. Y eso despertó mi curiosidad aún más.
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#4
¿Cómo un pañuelo podría hacer algo así? Movió su mano paseando con suavidad sobre él, cerciorándose que es del mismo tamaño que lo entregó. No encontró la punta, pero es el mismo — ¿Perderse dentro? ¿Es especial? No recuerdo eso, lo lamento — alejó su mano y apretó los labios sin saber qué más decir. — No era mi intención.

No es su intención de molestar a otro, ni de causar incomodidad, pero suele ocurrir, porque de por sí es una molestia al no poder ver —Alana — juntó sus manos y sonrió con suavidad — Me alegra que tu sepas, al menos una podrá ayudar con eso — llevó ambas manos juntas a su rostro, como una plegaría silenciosa.

Al parecer sí sabe mucho. Más de lo que esperó y por eso agradeció al cielo por enviar una vez más a alguien que la pueda ayudar — … ¿Cómo que matarnos? — sus cejas subieron ligeramente, porque no esperaba eso. — No recuerdo un mosquito que haya matado a nadie en mi hogar — pero sí recuerda los bichos que molestan por sus sonidos en la noche ¡La insistencia también! — Deberíamos buscarla entonces.

¿A dónde y cómo? Se quedó quieta ante el tacto ajeno, porque se siente extraño, es una cosquilla que la obligó a reírse por lo bajo — ¿No te ves… por qué? — es por su tamaño, sí y aunque tardó, finalmente pudo entender a lo que se refiere — No veo nada, nunca pude hacerlo — la gente siempre pregunta eso, como si fuese importante. No entiende, pero tiene mucho sentido alguien que vive en el eterno negro, a una persona que conoció el color — Pero no pasa nada, he podido llegar hasta aquí incluso así.

Llenó de aire sus pulmones en un acto de orgullo — Vamos juntas, no me molesta. Aunque necesito un poco de tiempo, el bastón ayuda, sí, pero tengo que ir con cuidado de igual forma — finalmente se puso en marcha, con cuidado, avanzando, curiosa de con quién se ha topado — ¿Podría saber por qué estás aquí? — se mostró curiosa e ingenua, como siempre.

—Siento algo en la pierna — es un apretón suave que no la alertó, no hizo nada más que poner su pierna adelante, notando como algo se envuelve y sube por ella. La tocó con cuidado, tiene una textura extraña — Nunca había visto una cuerda que se moviera — no tuvo temor, porque la ignorancia es a veces su mejor amiga — ¿Es normal, Alana? — finalmente subió a sus manos, no se muestra incómoda, pero si avanza a la muchacha que la acompaña.

— La dejaré en el suelo, porque si se mueve no sirve mucho — pensó en dejarla caer, pero si está viva se va a caer ¿No? Sus brazos se acercaron a un árbol, al cual el animal se subió, como si nada hubiese ocurrido — Era suave.

Como si fuese una anécdota, un trámite, simplemente pasó. Muchas cosas ocurren con ella de esa manera, sin entender la verdad.

¿Cómo es que está viva?

Algunos le dicen suerte, pero en la iglesia le llaman una bendición.
[Imagen: Gwendolain.gif]
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#5
La escuché reír bajito y por un instante olvidé dónde estábamos. Era como si la selva hubiese detenido sus ruidos para escucharla también. Había en su risa algo puro, tan distinto al estrépito de insectos y ramas—. No, no es especial el pañuelo. Yo digo que me pierdo dentro porque… bueno, para alguien de mi tamaño cualquier tela es una montaña —expliqué mientras saltaba de nuevo sobre el tronco, sacudiéndome el polen amarillo de las manos.

Me sorprendió lo tranquila que se mostró con lo de los insectos, como si el peligro no existiera para ella. Me mordí el labio, en duda sobre si asustarla más o dejarla en su ignorancia. Finalmente solté un suspiro y decidí—. Algunos mosquitos no matan, es verdad. Pero aquí, en estas tierras, hay criaturas mucho peores que un simple zumbido nocturno. Y no solo insectos… —mi voz bajó un poco, como si no quisiera que la selva escuchara—. Pero no te preocupes, si vamos juntas podremos encontrar esa flor antes de que se acerquen.

Cuando sentí su risa al rozar mis manos me quedé quieta. Ella no podía verme, pero parecía sentirme más que muchos otros que sí me miraban. Esa confesión suya, tan simple, tan directa, me dejó un instante muda—. Nunca viste nada… —repetí en un susurro, como si tratara de comprender la enormidad de esas palabras. Luego añadí, con algo de ternura—. Quizá por eso caminas tan tranquila. No temes a lo que otros huirían al ver.

Avanzamos juntas, y tan juntas, pues trepé por su ropa hasta quedar a la altura de su hombro, sentada sobre él y tanteando el aire como si fuera una extensión de su bastón— ¡Yo seré tus ojos por hoy!  —mas cuando la escuché hablar de la “cuerda” me quedé helada— ¡No es una cuerda, Gwen! —exclamé, alarmada, acercándome rápido, bajé por sus ropas como si de un tobogán se tratase. Mis manos diminutas tantearon la textura que ella había sentido antes. Reconocí de inmediato esa humedad viva, el latido extraño de algo vegetal y animal al mismo tiempo—. Es una serpiente… ¡y esas no sueltan tan fácil!

Pero ella ya la había dejado en el árbol. Tan tranquila, como si no hubiera pasado nada. Y el animal, en lugar de volver a atrapar, simplemente serpenteó entre las hojas, obedeciendo a su gesto. Quizás porque no se habían atacado mutuamente, es que la serpiente lo dejó estar. ¿Cómo había salido ilesa de eso? Aún así me quedé mirándola en silencio unos segundos, con un escalofrío que me recorrió la espalda. Lo normal era que alguien quedara mordido y envenenado hasta morir, si es que esa era de las peligrosas, claro.

— No es normal, no… —murmuré al fin, mirándola con una mezcla de fascinación y recelo—. No te voy a mentir... eres curiosa.

Mis palabras quedaron flotando en el aire húmedo, pesadas, mientras volvía a trepar por su ropa como si fuese un árbol y su ropa una liana. La selva no hace nada sin motivo. Si había permitido que nos cruzáramos, era porque había algo que debíamos encontrar juntas. Me sacudí la inquietud y di un salto ágil hasta quedar en su hombro, marcando la dirección con la mano— Recto, con cuidado al pisar, despacio. El olor a limón está más adelante, lo noto en el aire. La citronella debe crecer cerca de alguna corriente de agua —la miré desde mi posición, con una sonrisa ligera, tratando de quitarle peso al temor que me rondaba—. Si dices que no te molesta ir conmigo, pues yo tampoco pienso dejarte sola.

Avanzamos a su paso, ella tanteando con el bastón, supuse, y yo acomodada sobre ella, guiándola por los olores que conocía. Cada vez que el follaje se cerraba más, parecía que la selva nos empujaba hacia un destino que aún no entendíamos del todo. Quizá la flor era lo de menos. Quizá la prueba real era que dos seres tan distintos (una ciega que caminaba como si nada y una diminuta que apenas se veía) aprendieran a reconocerse, no con los ojos, sino con algo más profundo. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que la selva no era mi enemiga. Sentí que nos observaba, sí, pero no para cazarnos… sino para ver qué éramos capaces de hacer juntas.
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#6
No es una cuerda es… — ¿Qué es una serpiente? — no conoce los animales, en realidad si conoce y los puede contar con dedos de una mano. Por eso es que este nuevo mundo no la asusta, llamando la atención de quien necesita toca para poder ver — ¿Serás mis ojos, de verdad? — se mostró emocionada por el gesto amable, es un confort que llevó la sonrisa a sus labios y la energía a su tono.

Avanzó, sintiendo como el piso no deja de crujir por la hierva y las hojas, mientras sus palabras no le sorprenden — Me lo dicen mucho. Espero que no me compares con un ángel también — se rió de la broma que es una realidad en muchas ocasiones. Porque no ha caído del cielo, pero así la tratan — Porque no es así. Solo… soy distinta.

Mucho, más de lo que debería. Pero eso no quiere decir que esté mal ¿no? — ¡Voy! Igual… suena a tontería, pero ir recto es difícil cuando no ves — se rió, usando el bastón para que él vaya más adelante. Se desvió ligeramente a un lado, escuchando la corrección, por lo tanto con un movimiento volvió al camino que le ha dicho sin mucho problema. Es ciega, pero obediente y diligente — No lo siento aun. Soy mejor escuchando las cosas — un buen oído que solo ha servido para la música y los susurros que hablan de ella, pero quizás tenga una utilidad mayor.

—Pero escucho el agua — avanzó a un paso más rápido, dando un par de tropezones, pero ahí se lo encontró. Un río que no puede ver, pero siente que está ahí — Tenía mucha sed ¿Puedo tomar agua de aquí? — todo es tan peligroso en el exterior -o eso se supone- que no dudó en preguntarle a alguien que sabe más que ella — Antes lo habría hecho, pero desde que me metí a la selva sin mi bastón… aprendí a que tenía que ser mas cuidadosa. Por suerte me salvó alguien que pasaba por ahí — se rió acercándose al río.

Su mano tocó el agua, sintiéndola fresca. Es un contraste a esa humedad cálida que ha sentido hasta ahora — ¿Eres pequeña no? No he querido molestarte con eso — porque a veces la gente es temerosa por cómo se ve. Pero a ella le da igual — N-No es nada en especial, solo que nunca vi a nadie así ¡Bueno, nunca vi a nadie si nos ponemos técnicos! Pero… en la iglesia solo conocía al sacerdote y a un par de personas — incapaz de acercarse a otros para tocarlos, solo le quedaba verlos desde lejos, mientras los mismos se hunden en ese negro — Ahora que puedo ir a donde quiera y acercarme a otros… he descubierto que hay gente muy distinta.

Suena feliz al decir eso, como si hubiese encontrado un tesoro que la calma.

—Así siento que no soy... rara.

Jugueteó con el agua, olvidándose de la flor.

—Es como si ser diferente fuese lo que me hace como a otros. Es difícil de explicar, n-no sabría como hacerlo.

Seguro no lo necesita.
[Imagen: Gwendolain.gif]
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#7
— No, no es una cuerda… aunque tiene su forma, ¿eh? —reí suavemente, observando cómo se movía la planta que pendía de la grieta del techo—. Es una serpiente, un animal que se mueve como… ¿serpenteando? Zigzagueando —si no conocía a las serpientes, supuse que tampoco entendería el término de serpentear, que es al final de cuentas un movimiento que hacen las serpientes—. Y que a veces es venenoso, según su especie —comenté en voz alta, más para que me escuchara que para explicármelo a mí misma.

Sus palabras me arrancaron una sonrisa. Había algo tan puro en su forma de preguntar, en esa mezcla de curiosidad y franqueza que desarmaba cualquier cinismo—. Claro, seré tus ojos sin dudarlo —afirmé con firmeza, más quisiera yo en su lugar poder tener la bondad y amabilidad de cualquier extraño, aunque algo me decía que no todos acostumbraban a serlo—. No sería la primera vez que guío a alguien a tientas.

Con los gigantes como ella, con los que simpatizaba, acostumbraba a ir en su hombro, dejándome llevar por ellos. Confiaba con demasiada facilidad en la gente, y a su vez me enojaba a la mínima provocación. Acaricié mi colgante como si de una reliquia se tratase. Para mí lo era, de hecho.  La seguí de cerca, tan cerca como que estaba encima de ella, mientras avanzaba, escuchando los crujidos de las hojas secas bajo sus pasos. ¿Nuestros, quizás? Ella se reía de su torpeza, pero yo no lo veía así; había algo hermoso en su manera de moverse, como si todo en su entorno fuera un descubrimiento—. No te preocupes —dije con tono tranquilo—, ir recto no tiene tanta importancia. A veces los mejores caminos son los que se tuercen un poco. Y, ahora mismo, me fío de tu oído.

Cuando mencionó el agua, mis orejas se movieron levemente, atentas, pero era mejor con el olfato, notando la humedad que inundaba mis fosas nasales; supuse que se trataría de un caudal cercano—. Sí, la noto también —confirmé, como si la joven necesitase de mi propia reafirmación para estar segura de lo que decía, pero estaba segura de que no lo necesitaba—. Es un río, no parece muy profundo. Puedes beber, aunque… —me deslicé por sus ropas hasta llegar al suelo para tocar el agua con las manos, probando su frescor—, mejor evita hacerlo directamente. Nunca se sabe si hay algo raro corriente arriba.

La observé mientras ella hablaba de la iglesia, del sacerdote, de lo pequeña que había sido su vida antes. Me quedé callada unos segundos, como si sus palabras me pesaran un poco en el pecho—. A veces ser distinta es justo lo que hace falta para ver las cosas que otros no pueden —susurré, casi con ternura, simpatizando con sus palabras y de alguna extraña forma, comprendiéndolas.

Toqué el colgante que llevaba al cuello, un gesto automático otra vez, mientras la miraba chapotear en el agua—. Y tú… no eres rara, Gwen. Solo eres nueva en un mundo grande. Y créeme, este mundo necesita más gente como tú —le sonreí con suavidad, aunque sabía que no podía verlo—. Cada uno tenemos nuestras peculiaridades. Yo, por ejemplo, soy enana, minúscula. No te pierdes gran cosa, no podrías verme casi.
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#8
—¿Algo raro como qué? — ¿Qué puede haber que manche algo tan puro como el agua? Tocó el líquido con las manos y meció con suavidad — No lo haré entonces, seguiré tus recomendaciones. Después de todo, sabes más que yo… — se levantó, refrescando el rostro con el resto del agua que queda entre sus manos. Lo paseó también por el cuello y la nuca, soltando un sonido de satisfacción — Me gustaría aprender, saber todo del mundo. Sé que las cosas vienen en libros, pero yo no puedo leerlos — se rió con suavidad, regresando a donde ha venido la voz de la muchacha, sin importarle cómo se ve o es. Lo importante es una amabilidad que le enternece el interior.

—Es verdad, he podido hacer muchas cosas que otros no — encontrar personas y hablar con quien no, solo porque no puede ver, porque no se deja llevar por las apariencias. Es una bendición dentro del enorme problema que trae la ceguera — Seguro encontraré más cosas que hacer, como ayudarte a salir de aquí. Solo si tu me ayudas primero a mi — porque para avanzar necesita unos ojos que puedan decirle a dónde ir. Es tripulante de un barco sin navegante, pero ahora aparece alguien que quiere hacerlo.

Que se acerque a la cadena no le asustó, porque el valor no es material, no existe un resquemor que se lo vayan a quitar, porque ¿Quién querría un trozo de su pasado? — También puedes tomar mi ropa, es algo holgada, pero no te preocupes, no se me caerá o romperá. La gente del pueblo se ha preocupado de eso — sintió el aroma finalmente de las flores y se acercó, es un agradable sentir, en donde tomó más aire de lo necesario. No dudó en usar sus manos para arrancar una con cuidado, llevándola a su hombro — Esta es para ti. Te la regalo — se rió con suavidad, esperando que la tome — No tengo mucho para dar, pero las flores me gustan como regalo, porque tienen un aroma fantástico y no necesito de la vista para disfrutarlas.

Son suaves y una vez termina de pasear los dedos por ella no es un desagrado, es un aroma dulce que aunque limpia, no molesta.

—No importa si no puedo verte, Alana. Puedo escucharte y sentirte — se rió con suavidad — Es más de lo que puedo hacer con mucha gente. — porque algunos se sienten distantes, como si la vinieran a ver para pedir algo y desaparecer. Una estatua que ha cobrado vida, un milagro andante, pero no es nada de eso — ¿Crees que el mundo necesite a más gente como yo? Me gusta que digas eso, pero creo que… la ceguera es algo que no se lo desearía a nadie. — no suena triste, es algo que ha aceptado con el tiempo, luego de pataletas y regaños

—Pero sí desearía que la gente pudiera querer al mundo como yo lo quiero — incluso si no puede verlo, lo aprecia — Seguramente así la gente sería más feliz.

Como lo soy yo la mayoría del tiempo.
[Imagen: Gwendolain.gif]
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#9
— ¿Algo raro? —repetí su pregunta con una sonrisa que se escapó sola, tan ligera como el aire que jugaba con mi cabello. Es cierto: nunca hay que dar por hecho que la gente sabe lo mismo que tú. A veces un recordatorio de todo ello no viene nada mal—. Bueno… el agua puede parecer pura, pero a veces arrastra cosas que no vemos. Tierra, hojas, o recuerdos de otros lugares. Como la gente, supongo. A veces parece limpia, pero incluso el agua más limpia puede llevar… excrementos, bacterias, en general suciedad que a nadie le sentaría bien.

Me agaché un poco, observando cómo el agua se escurría entre sus dedos, como si intentara seguir el movimiento de su risa. Era una imagen tan tranquila que relajaba al mirarla. Parecía ser de estas personas con las que te sientas a hablar y encuentras la calma, con las que incluso el silencio es reconfortante. Finalmente sus palabras me desconcertaron más de lo que me gustaría admitir, incluso me produjeron cierta pena que tal vez no debería sentir—. No necesitas leer para aprender, Gwen —murmuré, volviéndome hacia ella, aunque no pudiera apreciarlo—. Hay cosas que no están escritas en ningún libro. El sonido de un río, el tacto de una flor, la forma en que alguien pronuncia tu nombre… son lecciones que solo se aprenden viviendo. Y tú pareces vivirlo todo con tanta intensidad, que da gusto mirarte. Si leer es lo que te atormenta, bueno, otros pueden hacerlo por ti. Eso no te hace más o menos apta. Tú me tendrías que ayudar a mí a llegar a cualquier estante para coger cualquier objeto.

Cuando habló de ayudarme, sentí un nudo en la garganta. Había pasado tanto tiempo caminando sola, sin rumbo fijo, que la simple idea de que alguien quisiera acompañarme me resultó extraña y temerosa… y reconfortante. La última vez que me dejé ayudar, había acabado siendo traicionada; si bien alguien había conseguido traer luz a mi vida— Trato hecho entonces —dije finalmente, con una sonrisa que buscó sonar firme incluso sin ser algo que ella pudiera percibir—. Tú serás mis oídos, y yo seré tus ojos. No creo que haya mejor trato en este mundo —aunque en ocasiones costara confiar en la gente.

Sus palabras sobre la ropa me hicieron reír bajito—. No te preocupes, me las arreglaré sin robarte nada. Además, me quedarían grandes —añadí con tono juguetón, mientras le observaba tocar las flores—. Aunque me gusta lo que dijiste… sobre los regalos.

Me acerqué al mismo tipo de flor, intentando apreciar de cerca sus pétalos, incluso dejando que sus pétalos rozaran mis dedos. La llevé hacia mi cuello y la prendí junto al colgante que siempre llevaba, justo donde la brisa pudiera moverla—. Es perfecta —dije, y mi voz salió un poco más baja, más cálida.

Sus últimas palabras me dejaron callada un instante. La forma en que hablaba de su ceguera sin pesar, con amor hacia el mundo, era algo que desarmaba. Daba pena que sobre su afección hablara como si de algo malo se tratara. Yo, por mi parte, adoraba que hubiese Tontattas en el mundo, aun cuando nuestra altura podía ser un impedimento para salir al mundo de los gigantes—. No sé si el mundo necesita más gente como tú —dije al final—, pero estoy segura de que el mundo merece a gente como tú. Y eso ya es mucho.

Me aparté un mechón de cabello que se había pegado a la mejilla, el reflejo del agua bailando en mis ojos—. Si todos pudieran querer el mundo como tú lo haces, tal vez… —me quedé un momento pensativa, mirando hacia el horizonte— tal vez no necesitaríamos héroes, ni guerras, ni huir de nadie. Solo bastaría con escuchar, como tú haces.

Me acerqué un poco más, subiendo por sus ropas y posando una mano en su hombro con cuidado—. ¿Me ayudarás pues, a salir de aquí? Creo que la citronella podrá esperar a otro día.
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#10
Hay cosas que no están escrita en libros y lo sabe, porque todo lo que ha aprendido ha sido de otra manera. No sabe leer o escribir, incluso de poder hacerlo, jamás se lo habrían enseñado, porque el conocimiento trae dudas y la fe ciega es lo que le han ofrecido en la vida. Es la panacea para cualquier dolor y malestar, el pedir a Dios.

—Es verdad, solo tengo que encontrar a alguien que quiera leer por mi. Prometo no olvidar — juntó sus propias manos, como si eso le diera valor a sus palabras, pero no lo hace. No existe nada que otorgue peso a lo que dice más que su voluntad ¡Una que aún no se marchita! Y que florece lentamente — Es verdad, supongo que está bien necesitar a los demás ¿No? Así no hay razones para estar solos por el mundo — la necesidad de compañía se siente dulce, como el calmante de un ardor que aprieta el pecho y le quita el aliento.

Asintió cuando aceptó el trato, no dijo nada, simplemente ensanchó un gesto que ya se muestra feliz. Contento por lo que ocurre, por encontrar a alguien que pueda valorar lo que tiene, incluso si no es material.

—¿Es perfecta? — porque no la ha visto y aunque ha sentido su tacto, jamás se imagina que las cosas poseen perfección. Se habla como lo único que puede tener esa palabra en la iglesia es aquel que los ve desde los cielos… Aun así, a ella tampoco le parece infalible a veces, solo que por el miedo es incapaz de decir sus pensamientos — Es verdad, lo es ¿Como nosotras, no? — se rió al decir eso, porque es la primera vez que habla de sí misma de esa manera. Antes se habría declarado una muñeca rota, que está en busca de un propósito para no ser desechada, pero si es perfecta de esa manera ¿Debe temer?

—Claro que te ayudaré, solo necesito que me guíes. Pero seguro podrás hacerlo — esperó sentirla sobre el cuerpo y avanzó, en un paso seguro a pesar que usa el bastón. Incluso cruzó el río, porque lo ha escuchado de camino a donde se han encontrado ¡Por otro sitio! Pero eso no importó.

Sus palabras adornaron su rostro con un ligero carmín y una risa ligeramente tonta. Es una felicidad de un halago leígitimo, la sensación de que alguien la aprecia, incluso si nada sabe o puede hacer ¡Porque Alana no le ha pedido nada! No es una doncella milagrosa o el heraldo de un ser que todo lo puede hacer, ya no más — Vamos.

Avanzó, no se encontró con muchos obstáculos, como si la selva se suavizara con ellas o el camino se abriera para dejarlas pasar ¡Un golpe de suerte una vez más! Uno que la hizo avanzar en esa perpetua oscuridad… pero ya no es solitaria, no se llena de sonidos que llaman su atención, porque la misma descansa en alguien más — Héroes… he oído historias de cosas así — de todo lo que ha dicho en realidad, pero el resto tiene un sabor amargo que no quiso tocar — ¿Crees que existan? Me gustaría conocer uno, en este enorme mundo, debe haber alguno.

¿Cómo serán? ¿Podrá sentirlos o tendrá que mirar para saber?

—¡S-Si me equivoco avísame! Que creo que voy en línea recta, pero tal vez no — seguro puede sentir el golpeteo del bastón en el suelo — Ya lo sabes. — y se lo repite sin problema, porque el decir sus falencias nunca ha sido un impedimento para ella — Alana… ¿Tu crees que sea malo querer tanto? — es una pregunta curiosa, que tiene una razón — A veces me dicen que podrían engañarme por ser tan ingenua y… buena persona.
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